Revolver - Working In Background La fábrica de misterios

martes, 8 de septiembre de 2015

Sorteo de El lienzo de los malditos

Hola, amigos, amigas, ratones y culebras varias. Mañana dedicaré un hueco del día a enviar los libros a los ganadores del concurso realizado por mi buena amiga Chica Sombra. Enhorabuena a los participantes y..., espero que os guste y lo comentéis.

Besos veraniegos

miércoles, 8 de julio de 2015

La letrina de los dioses

 Todo el mundo en Veralia conocía de sobra La letrina de los dioses, una posada que hizo su nombre por ofrecer un gran servicio de misión, oferta, demanda y recompensa, para todo tipo de aventurero. Infravalorada antaño, sobrevalorada ahora, aquella posada se convirtió en el punto de referencia de muchas espadas y varitas mágicas famosas en todo Arca, así como en un enclave obligado para todo historiador o trovador que de verdad buscase hacerse un nombre entre las letras más leídas o las odas mejor interpretadas.
Eran tiempos de gloria; tiempos para salir de casa joven, conocer mundo, hacer riquezas y grabar el propio nombre en el reloj de arena de los tiempos. Hacía poco que una crisis económica se había disipado en el gran continente de Veralia y había que aprovechar. «Independízate hijo; monta tu propia escuela de magia». Los padres instaban a sus retoños a abandonar el nido para ayudarlos a madurar o utilizar el cuarto sobrante para hacer un estudio. Fuera como fuere, aquellos que evitaban la idea de practicar uno de esos tantos oficios que la mayoría desdeña pero, menos mal que alguien los hace (panadero, lechero, carnicero, etc...), soñaban con hacerse un hueco entre las filas de aventureros que el día de mañana viven de su nombre y su popularidad. Y es que, en estos tiempos que corren, la buena fama no la dan una espada y una rodela del mejor metal, sino un acero roído por los dientes de un dragón y un escudo a medio calcinar por sus llamas. La gente se vuelve más morbosa cuanto más se les da, y las aventuras ya no son lo que eran. El populacho quiere pruebas, cicatrices y sangre, lo normal. No te conviertes en escritor porque escribas un libro, te conviertes en escritor porque te leen.
Pues ahora, más que nunca, esa realidad persigue a los aventureros. «Yo vencí al nigromante de La montaña de la estirpe olvidada», y la gente responde: «Hemos oído que el nigromante tenía un medallón de plata clavado en el pecho, y no vemos ningún medallón entre tus pertrechos». Así pues, todo guerrero, mago o ladrón que buscase pruebas, solo debía acudir a La letrina de los dioses. Aquella posada confería la seguridad de una misión escrita en letra cursiva con títulos subrayados. Aventuras de contrato donde el propio aventurero pagaba una tasa por el derecho de agenciarse la recompensa, los logros, los tesoros y la fama generada en su odisea. Y todo gracias a un sistema creado por el primer gerente de la propia posada: Limb de Riorner El canas, apodado así por llevar una vida de preocupación perpetua que flaco favor hizo a su cabellera.
Pues bien, Limb, que se negaba a dar un mal nombre a su querida taberna, se dedicó a buscar almas curiosas y faltas de sueldo que comprobasen, en persona, el rigor de cada misión que ocupase en papel el ancho y largo de sus tablones. Eran tratados como Tasadores de peligros, y con el tiempo dieron paso a una vertiente conocida como los Agentes de seguros.
Aquella noche en Quimera, la brisa que anunciaba la llegada de la primavera susurraba silencios por entre las muchas callejas de aquella ciudad de prospero puerto de río y olor dulzón en el aire. Dicho silencio chocaba contra el doble portón de madera de la famosa posada. Sus puertas permanecían misteriosamente cerradas esa noche, y digo misteriosamente, porque fue uno de los primeros lugares de encuentro en poner de moda el “abierto veinticinco horas”, como rige el sistema solar de nuestro calendario. En la doble puerta, un cartel rezaba: Cerrado por tasación.
Gracias a este cartel tan astuto, nadie puso quejas ni molestó. Cerrado por tasación, escrito en cursiva y pintura negra, explicaba, como ya habréis deducido, que los tasadores se reunían aquella noche para valorar y puntualizar las aventuras de la nueva temporada y el rango de cada una. Con rangos me refiero a nivel de dificultad.
Y allí, con solo un par de candiles iluminando una de las diez mesas de la taberna y once jarras de cerveza a poco de ser vaciadas, once individuos sopesaban cada palabra del asunto que se traían entre manos. Boco, el nuevo regente de La letrina desde que murió su padre Mabu Cejapoblada, se acercaba a la mesa con una gran bandeja cargada de jarras llenas de cerveza a rebosar y el oído curioso y aguzado. Para que os sumerjáis un poco más en el ambiente, os diré que aquella famosa posada, no solo ganó renombre por su sistema de recompensas y sus veraces tasadores, sino por ser también el único edificio con forma circular de la ciudad a parte del coliseo de los tres reyes, del cuál ya hablaré si me da para otra novela.
Por fuera, piedra abrazando madera y grandes ventanales que cada mañana daban la bienvenida al gran astro dorado. Tenía tres plantas, dos de las cuales servían como dormitorios para los viajeros y los maridos castigados. Tres chimeneas dispuestas en triángulo sobresalían por entre las tejas color barro. Olor a café por la mañana, a ollas de estofado al mediodía y a litros de cerveza de noche. Sin duda alguna, una posada como pocas en todo Arca. En sus paredes de madera descansaban pinturas de héroes que hicieron nombre y gloria con las misiones más famosas y peligrosas de la historia de La letrina de los dioses.
Sonó un carraspeo entre los murmullos de los otros diez individuos, nueve de ellos de raza humae aunque de diferentes regiones y costumbres pero, tasadores al fin y al cabo. El carraspeo provenía del único comensal que pertenecía a la raza närim quien, a pesar del declive de su pueblo y teniendo en cuenta las dificultades que pasaban desde que su mayor enclave tuvo que ser desalojado, vestía ropajes dignos de un buen comerciante, anillos y collares de fina plata, y engalanaba su espesa y trenzada barba con abalorios de oro. Era dificil descubrir dónde acababa su melena pelirroja y dónde comenzaba su barba, pues las trenzas de ambas se unían. A ambos lados del närim, otros dos individuos vestidos de manera opulenta acompañaban su carraspeo; uno era poco más alto que un taburete, o sea, un pärvum, raza extremadamente nerviosa, impredecible y ocurrente, sea cual sea el momento. Parecía ajeno a la preocupación que se fraguaba en el ambiente y paladeaba a gusto su cerveza, como si aquello no fuera con él. El último personaje parecía ser un humae de la propia ColinaSerrada, un colinaserradiense, distinguidos por adoptar las creencias närim y sus formas incluso a la hora de adornar sus barbas. Éste último vestía su rostro de silencio y humillación.
  • Jumpf – carraspeo incómodo närim.
  • Veamos, lo primero, ¿ya hay nombre para la misión? - dijo uno de los jóvenes tasadores, que parecía pertenecer a estas tierras y vestía túnica de seda blanca.
  • Después de mucho cavilar la historia que se cierne tras la ciudad mágica de Risco Profundo... - comenzó un anciano tasador procedente del este de Veralia, donde la lluvia es el pan de cada día y todo alimento lleva una base de manteca de ballena. Son fáciles de reconocer por sus barbas en herradura y sus bigotes exagerados.
  • ¿Jumpf ?– carraspeo inquisitivo.
  • Después de esto – prosiguió, mirando de soslayo al närim –, creemos que, para quitar hierro al asunto, un buen nombre podría ser Renace Villa Mazmorra.
  • Suena esperanzador – dijo un tosco tasador de barba frondosa, patillas que no llegaban a ninguna melena y brazos prominentes.
  • Bien, porque es ese o Salvad Villa Mazmorra - respondió el anciano.
  • Ese no - cortó el más ancho y alto de los ocho tasadores. Un hombre que bien recordaba las raíces del norte –, hace pensar en una situación desesperada de vida o muerte. Se supone que buscamos aventureros ávidos de fortuna y fama que no les importe el riesgo, y con ese título solo acudirán almas caritativas que luego se cagarán en los pantalones. O peor aún, algún predicador loco por guiar un pueblo a la salvación – acabó su primera jarra, la ofreció a Boco, le hizo un gesto con la mano para que regresara a la barra y dio un nuevo sorbo a su segunda cerveza –. Denegados ambos nombres – nadie se opuso a su decisión, parecía ser el líder de los tasadores, y con aquel tamaño, mejor no llevar la contraria.
  • Jumpf – carraspeo de aprobación närim; el pärvum apuró su jarra. El colinaserradiense comenzó a sudar.
  • ¿Alguna otra idea?
  • Yo he pensado en una concreta que igual nos beneficia a todos – se escuchó una voz aguda y desagradable entre los murmullos y los carraspeos del närim.
  • ¿Vikko? - el líder prestó atención a Vikko, un humae de origen incierto, fruto de infidelidades por parte de ambos padres; ni siquiera la madre aseguraba haberlo parido. Un chico de mirada astuta, encorvada postura e intenciones misteriosas.
  • Bueno, al fin y al cabo, ésta es la primera vez que se nos paga para que maquillemos un poco la verdad, ¿no es así?
  • Jumpf, jumpf – carraspeo nervioso. Leve eructo pärvum. Sudor sobacal colinaserradiense.
  • ¿Y? - preguntaron dos de los otros tasadores al mismo tiempo.
  • Por lo general, los aventureros actúan en solitario o en grupos organizados, pero bien es cierto que, después de estudiar nuestras valoraciones sobre Risco Profundo, ahora mazmorra maldita, lo mejor sería mandar un ejército a Villa Mazmorra.
  • Es cierto – añadió una voz con acento de oriente –. Compartir no entra dentro del diccionario de los cazarrecompensas.
  • Por ello, y teniendo en cuenta la suma que manejamos esta noche a fin de tapar ciertos huecos algo... confusos, y que podrían provocar malentendidos cuando no futuras confrontaciones – el chiquillo había estudiado y hablaba de maravilla –, he pensado que, para ahorrarnos la posibilidad de manchar nuestro nombre y el de La letrina, podríamos...
  • ¡No te enrolles! - se impacientó el líder.
  • Podríamos dividir la misión teniendo en cuenta sus peligros.
  • ¿Te refieres a crear varias aventuras con Villa Mazmorra como punto de referencia? - preguntó el más anciano.
  • Efectivamente – Vikko le guiñó un ojo al decir esto –. De esta manera, todos los huecos quedan cubiertos sin posibilidad de fraude.
  • Jumpf – carraspeo närim muy de acuerdo y sorbo de cerveza. Ánimo pärvum. Suspiro colinaserradiense.
  • Interesante. Los futuros héroes no podrían alegar quejas de salir victoriosos o no de sus hazañas. Visto así, si quieren perseguir algún logro más a parte de su misión, sería por voluntad propia. Mmm – el líder se acarició su larga melena gris –. Muy astuto. ¿Todo el mundo de acuerdo con dividir la misión?
Todos, incluidos el närim y sus dos compañeros, levantaron la mano en señal de aprobación. La mano y las cejas animadas del pärvum era lo único que se veía de él.
  • Decidido entonces, dividiremos la aventura. Ahora solo nos queda decidir cuántas misiones competen a la petición inicial de Risco Profundo, el nombre de cada una y el rango de dificultad que conllevan.
  • Que nadie olvide que ésta es La letrina de los dioses y el renombre nos lo ganamos con nuestro veraz servicio – sonó una voz temblorosa pero decidida.
  • ¡Qué te he dicho de fisgonear, Boco! Anda, vete a fregar que esto no te concierne – amenazó el líder, que con su voz profunda y potente y su corpulencia, consiguió sin esfuerzo amedrentar al orondo tabernero –. Todo está dispuesto para que no haya fraude, ¡maldita sea!
  • Volviendo al tema – comenzó el de acento oriental y ropajes anchos –, y teniendo en cuenta la información recopilada por cada uno de los aquí presentes y la de Marvinne, quien no regresó con vida – todos guardaron unos segundos de silencio -, el grado de dificultad no es, en ningún caso, normal - fácil; un símbolo de espada bajo la recompensa indica poca peligrosidad, diez símbolos, aparentemente el máximo, indican gesta heroica. Alguna vez se vieron once espadas... Esta rareza se conoce como “Bromita de los dioses” en la jerga de los cazarrecompensas.
  • Hombre, primero están todos esos rataris que ocupan sus múltiples salas – dijo uno.
  • Por no decir los osumbras que se aliaron a ellos – añadió el anciano.
  • Yo diría que lo más creíble sería al contrario. Los primeros se aliaron a los segundos, cobardes como siempre – puntualizó el de las tierras de oriente.
  • De ser así, lo veo como un movimiento estratégico, no de cobardía – la debilidad se olía en los modos de Vikko, que nunca destiló mucha valentía, procurando realizar su trabajo desde las gradas.
  • Eso ahora da igual – dijo una tasadora del grupo con pinta de avezada guerrera –, lo que importa es que manejamos entre manos un número indeterminado de esas ratas, no sé cuántos osos berserker, alguna que otra bestia inmunda o demoníaca... - la chica, de musculoso cuerpo y anguloso rostro, dio un sorbo a su cerveza antes de proseguir.
» Y luego está eso otro tan grande, por no hablar del dragón.
  • Jumpf, jumpf, jumpf – Tres carraspeos..., tres.
  • Y no es pequeño – habló el líder –. Encima es púrpura, y tienen muy mala leche.
  • Los dragones no dan leche – informó un silencioso y bajito tasador junto al líder, recibiendo acto seguido un golpe de nudillos en plena sien.
  • ¡Eso ya lo sé, imbécil! Era una forma de hablar.
  • Con todo - dijo Vikko –, diría que lo más preocupante no es el dragón – y entonces dirigió su mirada hasta centrarla en los rostros nerviosos de los tres individuos, que comenzaron a carraspear nerviosos mientras daban pequeños sorbos a sus cervezas -. ¿No es así? - sonrió.
  • Muy cierto – habló el anciano –; la verdad que expulsó a las gentes de la ciudad arcana de la tierra conocida también como Villa Mazmorra, se esconde ahora bajo su salón principal, allá por la cámara de los patriarcas; y yo diría, aún a riesgo de parecer pesimista, que diez espadas no son un número adecuado.
  • Jumpfffmjumjum – carraspeo conjunto. Sudor incómodo. Vergüenza latente.

* * *

Puede que alguno se haya quedado a cuadros después de leer el prólogo. En mi defensa debo decir que son trucos literarios para crear expectación. Pero vayamos por partes; para disfrutar del libro que tenemos entre manos, se necesitan saber el dónde y el cuando, ya que, el por qué, me lo guardo para más adelante; consideradlo otra de mis argucias para persuadiros con la lectura. Una vez conoces esos..., llamémoslo detalles, puedes respirar mejor los aires de aventura épica que despide esta historia.

El Dónde

Para empezar y, no sea que la magia - en su cara más caprichosa - hubiera dispuesto ésta novela más allá de mi mundo, os hablaré de él. Siempre es un placer describir Arca, y hasta para quienes pertenezcan a sus vastas tierras, es menester echar un ojo a estas líneas. Cultura señores, cultura.
Arca es, según los historiadores, los religiosos e incluso los científicos - los de aquí, claro -, la tierra de todos y cada uno. Su nombre tuvo el placer de escogerlo un filósofo de la antigüedad llamado Moah, un erudito conocido por ser el primero que habló cara a cara con los dioses. ¿Con cuáles? Eso no se sabe, pero muchos amigos y vecinos del elegido afirmaron en su día la fiabilidad de dicho acontecimiento, y desde entonces, lo acogimos como el pasado del que provenimos.
En realidad, si nos ceñidos a los hechos y citando de nuevo la veracidad, Moah no era erudito, ni mucho menos. Filósofo puede; cuando te has pasado más de media vida - el equivalente a sesenta y siete años, año arriba, año abajo - labrando y cultivando campos, se te pasan muchas tonterías por la cabeza, y alguna vez las sueltas y tienen sentido. Unas veces parecen desvaríos, otras, esos desvaríos quedan grabados en la historia cual verdades como puños.
Moah no era un profeta, mucho menos alguien religioso, pero sí se sabe de él que fue un hombre bueno. Uno de estos señores que al observarlos en su día a día y su vida cotidiana, solo puedes decir: míralo, qué majo el hombre. Toda su familia lo quería, y sus vecinos, y sus amigos; todo el mundo. Por eso, cuando un mediodía entró en la taberna de su pueblo diciendo que acababa de hablar con los dioses en persona, unos lo creyeron y otros pensaron: míralo, qué majo el hombre.
Al parecer, en una de esas mañanas veraniegas de calor intenso y húmedo del mes de Ahngosto, el hombre, ya mayor, tuvo una visión. De ahí que unos lo creyeran y otros no. Según Moah, los primeros dioses, padres del resto de nuevas deidades del panorama actual, bajaron de más allá las nubes para exponerle una duda, en busca, dijo él, de la sabiduría de los mortales. La duda decía así:
Si de repente nos da por desatar una catástrofe climatológica a nivel mundial y tuvieras poco más de unos meses para prepararte y salvar a todos los que puedas, ¿dónde meterías a tanta gente?
Los historiadores lo tachan de acertijo, yo más bien lo veo una putada. Pero Moah, un hombre majo de buenas intenciones y mejores pensamientos, pensó en su pueblo, variopinto por aquel entonces, cuando el oro no tenía mucha importancia y el odio racial era un concepto que deambulaba por las jarras de más y no pasaba de algún comentario jocoso.
Y es que en Arca somos muchos y muy diferentes. Cada uno con su origen, su padre y su madre. Rataris, humaes, närims, passeravis, galaparaxs, etc, etc, etc. Si tuviera que describir a todas las razas, necesitaría un compendio a parte, uno de esos que viene con la edición del coleccionista en tapa dura y con dibujos representativos.
Así pues, el viejo Moah, que no las tenía todas consigo por el golpe de calor, contestó: ¿En un arca? Se tomó su tiempo, al parecer.
Según narra la leyenda y aquellos que atesoraron sus palabras, los dioses, al escuchar su respuesta inocente, se apartaron a un lado de los campos a debatir. Cuando volvieron, todos menos uno contemplaron sonrientes al anciano, y le agradecieron su tiempo. Ahora el mundo tiene nombre gracias a ti, le explicaron entre sonidos celestiales que se traducían en su mente. Y el día de mañana, si nos da por ahí, tú y los tuyos ya sabéis cómo apañároslas.
El caso no se ha dado aún.
Nunca se supo por qué uno de los dioses estaba en desacuerdo. Se sostiene la idea de que aquel dios pensaba que en un arca se puede meter a mucha gente, pero no tiene por qué estar preparada para todo tipo de desastres. Un quisquilloso; de todo tiene que haber en esta vida.

Ahora ya conocéis mi mundo y su origen, bueno, el de su nombre, porque su origen es algo que aún hoy se debate científica y fervorosamente, y paso de meterme en discusiones que no llevan a nada. Soy de la opinión de que los dioses se aburrían. Ni más ni menos.

En fin, dicho esto, apuntemos más de cerca, donde ocurre la aventura por nombre A partes iguales, título fruto del café y no la cerveza, que quede claro...

Ah, mi amada SierpeRoca, una preciosa extensión de montañas que amurallan el norte del continente central de Arca: Veralia. Maravillosas tetas de tierra y roca aderezadas con nieve en polvo que contemplan, orgullosas, el frío continente de Upumatum. Y entre ambos continentes, el Gran plateado, un enorme charco que los divide y que, todavía hoy, es tratado como río, aunque hace siglos que evolucionó a un término mayor.
Cuenta la tradición y un sinfín de abuelas, que el nombre de SierpeRoca se lo atribuyó un cartógrafo real dispuesto a descubrir el norte, y que cuando quiso cruzar el Gran Plateado, una gigantesca serpiente - y cuando digo gigantesca me refiero a grande hasta límites insospechados -, sedienta de vagar por el mundo, se paró a beber de las aguas del gran río, y tan cansada estaba, que allí se quedó dormida, hibernando y veraneando hasta que el dios viento la cubrió de tierra y el frío polar la adornó de blanco.
Otros creen que aquel cartógrafo no supo cómo justificar un error logístico al por entonces rey de Veralia, ni el rodeo que tuvieron que dar él y sus hombres hasta llegar al norte. Pero sí se sabe que, hasta que tuvo el valor de volver, pasó el tiempo suficiente para que, ya viejos de arrugas, los dos se creyeran semejante patraña.

Nuestra aventura tiene lugar entre dos de las montañas que se hallan en la columna vertebral de la gran sierpe: ColinaSerrada y ColinaErrante, pertenecientes al valle rocoso de Risco Profundo. Unos pocos pueblos compartían la riqueza y la pureza que dan las montañas; estaban los humae de ColinaSerrada, los cervarem de LaderaEsguince, los pärvum de ColinaErrante, los närim que acudieron a las grutas y minas que recorren el costillar de la sierpe y hasta los geodón que despertaron en su interior. Todas estas razas vivían en comunión, armonía y una buena unión de mercado en alza.
Una buena unión hasta que dejó de serlo pues, en todo el centro del valle de Risco Profundo, y de origen desconocido, se encontraba una construcción que durante décadas, todas estas razas, exceptuando algún incauto que luego no lo contó, prefirieron pasar por alto. Tenía su entrada justo entre las dos montañas ya citadas, donde el valle mezcla matices de verde y los árboles crecen sin ayuda del hombre. Muchos atestiguan que se trataba de la boca de la sierpe, que daba paso al interior de su cavernoso cuerpo. Otros simplemente la llamaron mazmorra.
Con el tiempo, unos cuantos individuos ataviados de exploradores y aventureros, se adentraron en aquella mazmorra atraídos por una fuerza misteriosa llamada curiosidad. Al final resultó ser eso, una mazmorra colocada allí tiempo ha por vete a saber quién, donde criaturas ocultas a los mortales aguardaban hambrientas a la espera de un buen bocado. Pero la mazmorra era más que eso, y pronto se corrió la voz de los tesoros y conocimientos ocultos que descansaban en sus galerías, sus pasillos, sus oscuras salas y sus calabozos.
Como era de esperar, las gentes de las montañas reclamaron la mazmorra como parte de sus tierras, adentrándose en ella a tropel y expulsando todo rastro de mal; purgando de criaturas malignas hasta sus más recónditos rincones. Y ciertamente había tesoros, y ciertamente se estaba a gusto allí. Tanto es así, que varias de aquellas razas la hicieron su nuevo hogar, orgullosas de su conquista. Remodelaron sus tres pisos, extensos como las más grandes aldeas que podáis imaginar. Dieron forma a aquella prisión de los horrores hasta que dio gusto permanecer adentro, aislado del frío que azotaba las cumbres de Risco Profundo.
En su afán por hacerla suya, aquellas razas compartieron las habilidades y los secretos típicos de sus raíces, forjando una unidad que más tarde se conoció con el nombre de Villa Mazmorra, en honor a lo que fue. Y es debido a este intercambio de culturas, razas - y otras veces fluidos -, junto con el hecho de hallarse entre montañas, que con el tiempo, la magia halló otra de sus formas y los sabios la tildaron como la madre de la geomagia; un punto ideal para estudiar los entresijos de la roca y sus doctrinas arcanas.
Fue entonces cuando Villa Mazmorra pasó a ser una universidad mágica, donde la hechicería se utilizaba hasta para hacer pan. Un lugar donde cada raza dio rienda suelta a su imaginación y sus dotes hasta originar artes que hoy son conocidas como materias de estudio.
Los geodón, hijos de la tierra, desvelaron los misterios con que se defiende la roca y golpea la piedra. Los närim, maestros del martillo, reconocieron que de haber magia en ellos, se hallaba entre sus runas, signos rebosantes de empeño que tornan su significado en una corriente de energía tangible al ojo del hombre. Los pärvum, inquietos por naturaleza, compartieron las bases de la alquimia con sus nuevos hermanos y los avances de la inventiva y la ingeniería absurda. Y por último están los colinaserradienses, humaes que no aportaban nada, pero como ayudaron en la conquista de la mazmorra y es de malnacido ser desagradecido, se les hizo un hueco. El tiempo y su origen insulso los llevó a adoptar las costumbres de sus hermanos de montaña.
Los cervarem de LaderaEsguince prefirieron quedarse a un lado en todo esto y guardar con sumo recelo sus precipicios y cumbres empinadas. Eso de vivir ocultos no iba con ellos. Era una raza que se jactaba de su altura, su unión con la ladera y su constitución para sobrellevarla, y por ello no imaginaban la vida ocultos del sol.

Vaya, todo esto para explicar el dónde... Pero no creáis, presumo que es necesario si se quiere entablar una buena amistad con la historia.


El cuando

Esto me llevará muchas líneas de menos. Exactamente doscientos y pico años después de que Villa Mazmorra fuera reconocida como la segunda universidad mágica de Arca - después de la principal allá en las tierras flotantes de Puerto Poniente -, y escuela del elemento tierra, el mal sobrevino de la manera más sutil y absurda que os podáis imaginar. Por aquel entonces corría el año 647 d.m. - después de Moah, de su muerte, como es lógico -.
A lo mejor os imaginabais que dicho mal abordaría la Villa prorrumpiendo en ella con un ejercito devastador de demonios y criaturas del averno, oculto durante años a expensas de recuperar lo que por derecho le pertenecía: la mazmorra, calentita y cómoda toda ella. Pues no, nada más lejos de la realidad. Pero a eso ya llegaremos. Lo que interesa en este momento, es saber que de ese hecho hace ya un año y medio, y que debido a él, las buenas gentes de Villa Mazmorra se vieron de repente sin hogar, expulsadas de nuevo a sus lugares de origen, o compartiendo apretujados pequeñas aldeas de montaña. Y todas estas razones me dan de sobra para escribir la historia que viene a continuación.

sábado, 27 de junio de 2015

Sinopsis de mi nueva novela... comienza la trilogía

A partes iguales

Villa Mazmorra, la ciudad mágica de la piedra, la alquimia, las runas y la inventiva sin sentido, se encuentra ahora sumida en el caos. Una maldición pulcramente trajeada de satén, parapetada tras un calculado bigote, oscurece sus salones, su academia arcana y sus torres invertidas. En un último intento por recuperar su hogar, las razas de Risco Profundo acuden a La letrina de los dioses en busca de aventureros capaces que les devuelvan la esperanza.
El destino y la casualidad, en su constante partida de dados, conspirarán para que ocho individuos muy singulares, acaben uniendo fuerzas por una causa digna... o simplemente porque el sentido de la orientación les falló en el último momento, y acabaron donde no debían, y ya que estaban...


martes, 16 de diciembre de 2014

El silbido

 Solo hay dos formas de crear vida, dos formas de dotar de alma a un objeto inanimado: con mucho amor o demasiado odio. Yo fui creada con odio, con la rabia de los años, con la ira de una raza que olvidó, tiempo a, el origen de su rencor. Nunca sabes para qué vienes al mundo hasta que ese momento se presenta ante ti sin avisar. Pues bien, hoy llegó mi momento. Hoy surqué los cielos, navegué por el aire emulando el vuelo de las águilas; hoy cumplí con mi cometido, con aquello para lo que había nacido.
Convencida, atravesé decenas de nubes que, con sus lágrimas aún latentes, no fueron capaces de apagar mi pecho de acero henchido de fuego. Me alcé lo más lejos que pude de la tierra, hasta que en mi caída pude hacer resonar mi silbido como siempre soñé que sonaría... Y en mi camino se toparon la certeza y la precisión con que a veces juguetean la Muerte y el Destino, como dos chiquillos caprichosos.
Y es ahora, con mi corta vida a punto de acabar en brazos de un corazón ajeno, impotente, cuando al fin doy crédito a mi existencia; una existencia que tiñe campos yermos de un carmesí que el tiempo no olvida y la pena jamás abandona. Si alguna vez me juzgaron de mortal, yo jamás tensé la cuerda, jamás me disparé, jamás dispuse el camino.

Dicen que la sangre sabe a hierro, al acero de mil batallas; pero si alguna vez ese mismo destino caprichoso me hace volar una vez más, en mi susurro involuntario, en el silbido de mis plumas y el cantar de mi acero, grabaré lo que sentí en aquel corazón, grabaré el verdadero sabor de la sangre. Y es que cuando mezclas dos sentimientos tan opuestos y tan parecidos a la vez como son el amor y el odio, solo dan una respuesta: amargura.

martes, 9 de septiembre de 2014

Día mundial del sexo por el sexo

Podéis tomaros esto como uno de mis relatos, o igual como una de esas columnas de interés. El caso es que hoy, al despertar y pensar en cuánto debo escribir, ya sea como amada labor o por el simple hecho de despejar de ideas mi mente hiperactiva, me acordé de varias personas de mi alrededor que empuñan el teclado a modo periodístico. Personas que aprecio no solo por esa profesionalidad, sino también por ser amigos que han aportado algo a mi pequeño mundo literario aún en construcción, y lo que me queda.
Es por esto que me pregunté: ¿Sería capaz de escribir algo como ellos?, ¿me atrevería con esa forma de escribir que va directamente al consumidor y busca ser informado, o solo estoy capacitado para crear historias ficticias que calmen esa sed por saborear todas esas sensaciones que solo podemos soñar?
Así pues, tras una buena sesión de ejercicio y exprimir el cerebro en busca de algo interesante que contar, caí en la cuenta de que toda buena conversación que se precie, por filosófica que comience, no valdrá la pena si no acaba abarcando uno de estos dos temas, cuando no los dos a la vez: caca y sexo.
Y es que es imposible no sonreír cuando se está con alguien de confianza, tomando algo mientras procuras contarle tus penas o preocupaciones, o la batalla del hombre consciente contra el sistema político que nos muerde las entrañas y, de repente, el tema se extrapola para acabar hablando de gases no tan nobles o escenas subidas de tono.
Pero como no deseo hacer hincapié en cuántas veces vamos al baño o si agacharse a coger algo es un problema después de según qué comidas, voy a ir más allá, pues lo que vengo a contar se escribe en clave de crítica. Sí, una crítica a ese otro tema que queda libre de entre esas dos joyas: el sexo.
No penséis que voy a censurar ese maravilloso ejercicio tan sano para el cuerpo y la mente y a la vez tan estudiado. Todo lo contrario; mi idea es proclamar, aunque sea por un día, un “¡Ya basta!”. Efectivamente, señoras y señores. Muy humildemente, al otro lado del ordenador, hago un llamamiento público para hacer de éste día, nueve del nueve de dos mil catorce, el ¡Día mundial del sexo por el sexo!. Y os preguntaréis qué conlleva el Día del sexo por el sexo. Por lo general, los días nombrados de esta forma, procuran dos cosas, a saber: el orgullo o la protesta por algo. Pues yo vengo a juntar los dos conceptos, enorgullecerme de lo que voy a decir, y protestar la otra cara de lo que conlleva.
Y es que la sociedad de hoy en día, con sus series de actores y actrices de canon de belleza diez, sus vampiros y hombres lobo ciclados y pasionales, o sus mujeres de Nueva York en pos del capítulo culmen de su sexualidad, nos han llevado a pensar que un hombre no es lo suficientemente hombre si no viste un cuerpo escultural; o que lo es aún menos si su técnica de cunnilingus no está lo suficientemente depurada como para ser comentada en reuniones de café de amigas; o que una mujer no debe soñar con su príncipe azul, el hombre que la ame incondicionalmente, sino sus cincuenta sombras y a poder ser “Grey” marengo.
Pues bien, yo, un hombre de a pié que se considera normal y corriente, no vengo a protestar por estos límites que nos imponen la radio, la televisión, los libros para personas chabacanas y, en total, la sociedad y su idea de consumo, sino a quejarme de vosotros, los que oís esos llamamientos y huís de lo natural y lo bonito de experimentar por uno mismo.
Y digo esto pues creo que, a ciencia cierta, las personas solo son ellas mismas cuando se masturban en soledad, al menos en lo que a sexualidad se refiere. Pocas veces alguien es tan abierto de mente como para cambiar este hecho. ¿Y por qué lo pienso? Fácil. Solo en el puro aislamiento te sueles dejar llevar por lo que realmente deseas, a sabiendas de que nadie te observa para juzgarte. Únicamente a solas, una persona se masturba paladeando en su mente la forma en que realmente le gustaría apretar, morder o forni...follar (y pido perdón por la expresión) con su pareja, su esposo/a, etc. Es luego, al estár frente a ellos, cuando el individuo en cuestión, hombre o mujer, se traga sus instintos y, atemorizado por todos esos listones que pretenden imponernos, no solo no disfruta del sexo, sino que todo lo que pudiera llevar detrás se pierde entre las sábanas.
¿Dónde han quedado esas risas al equivocarse o probar una postura nueva? ¿Dónde se ha ido la confianza para decir “estoy algo desacostumbrado”? ¿Dónde, lectoras y lectores, quedó mirar a la persona que amas y obviar si carece de abdominales y o si su peinado no va a la moda? Me pregunto dónde se fue esa mirada entre dos personas, esa que habla deseo por sí sola y se esconde tras un fino y traslucido velo de ternura. Y lo peor de todo, adónde escaparon las confianzas para poder comportarte frente a ella tal y como eres, sin reprimir palabras. ¿Qué hay más bonito que mostrarle a esa persona cómo la deseas en realidad y por qué cuando piensas en ella te hierve la sangre? O mejor aún, ser aceptado por ella. ¿Qué supera el hecho de dos individuos que poco a poco se van desgranando el uno al otro con el bello fin de encajar y, aunque sea por un momento, hacerse felices, hacerse uno?
Por ello, yo os pido que, si os gustó este, llamémoslo artículo, me ayudéis a instaurar el “Día del sexo por el sexo”, un día sin miedo a lo natural, sin miedo a nosotros mismos, sin miedo a no cumplir con los clichés o la medida estándar; un día en que le cuentes sin pudor qué deseas hacerle aunque luego no estéis de acuerdo, un día para aprender sobre ti mismo y sobre esa persona; un día sin miedo a dar la talla, un día sin “el tamaño sí importa” o “teta que cubre la mano, no es teta es grano”. Un día en que nos sintamos orgullosos de cómo somos, de lo que sentimos y de cómo amamos o deseamos. Un día para destruir esa idea del hombre perfecto en su búsqueda del clítoris o la femme fatale que te lleva al orgasmo solo con mirarte.
Lo que yo pido es un día para llegar frente a esa persona, poner tu mano en su rostro, sonreír y poder besarla sin pudor. Un día para echar unas risas porque el colchón cruje o no atinabas en la oscuridad. Un día para disfrutar del sexo como eso, tan solo sexo, algo que creemos es obsceno cuando en realidad, quizás sea lo más natural del mundo.
Desde mi humilde punto de vista, hemos sobrestimado al punto g, para cagarnos en el amor...queda dicho y, como veis, he podido mezclar en una frase ambos temas.

martes, 2 de septiembre de 2014

Inmortal

 Qué cierto es que, los mejores momentos aparecen cuando no se esperan, cuando nada se planea. Tengo la sensación, en este instante, que da igual las veces que cuente esta historia, en mi mente siempre adquiere un matiz nuevo.
Aquella fue una de esas veces, una de tantas, en que sueltas la frase: “A ver si quedamos esta semana y nos tomamos un café”...un café... Uno de tantos; con las buenas amistades es bueno redundar. ¿Nuestro pecado como amigos? Teniendo en cuenta que vivimos a una calle de distancia, sí, yo diría que frases como esas, que siempre resuenan entre comillas, son un crimen entre buenos colegas.
Pero aquella vez, aquella tarde, decidimos despojar de comillas la frase y dar un paseo, hasta llevar nuestros pasos a uno de esos cafés que tanto nos gustan, al amparo de la buena música de época, con la idea de poner nuestras vidas al día.
Voy a llamar a mi amigo “U”. Él siempre dice que, solo cuando queda conmigo, le suceden las cosas más inverosímiles o absurdas. Opino, y no es ningún secreto para él, que es un poco especial en temas de comportamiento, pero como U opina lo mismo de mí, estamos a pares.

Al principio fue como siempre; dar una vuelta, charlar mientras caminábamos, contar las últimas experiencias, las inquietudes, las noticias de interés... Así hasta llegar al lugar indicado. Imaginad uno de esas cafeterías que intentan, de forma humilde, llevar a sus clientes de vuelta a otro momento, a otra edad, a una época en que todo era diferente. Ese tipo de lugares nos encantan a la gente como U y yo, así que, como era de rigor, allí acabamos nuestro paseo.
Todo empezó sin más cambios que estar sentados y pedir unos cafés para proseguir con la charla, cuando frente a nosotros, una señora de unos cincuenta años de edad y arrugas que llegaron antes de tiempo, se tambaleaba junto a una figura del local, que representaba a un gánster de tamaño natural. Al parecer, pretendía hacerse fotos junto al individuo de cartón piedra, pero las copas de más dificultaban su tarea. Yo me quedé mirándola, preguntándome si ayudarla o seguir con mi conversación.
  • Conozco esa cara – dijo U – Por favor C, – C soy yo – no dejes salir tu vena samaritana que luego te quejas de que todos los locos se te acercan, y me gustaría seguir pensando que estoy entre los cuerdos.
  • No seas así, me da pena la pobre mujer, solo quiere hacerse una foto con el muñeco, pero le está costando.
  • Ahora es una foto, luego se sentará a tu lado a contarte su vida y yo me pasaré el resto de mis días mirándote de soslayo como castigo por hacerme pasar por estas cosas.
  • Tómate el café y calla – le sonreí y me levanté.
  • Mírala... – U se parapetó en su taza de café, como si la cosa no fuera con él.
Recuerdo que, mientras me acercaba a aquella señora, que por cierto tuvo que ser muy guapa de joven, y dejando a un lado sus comentarios y chistes a un muñeco que ejercía su buen papel de mutismo perpetuo, creí percibir en ella una gesto que intentaba enmascarar otro sentimiento; no sé, quizás fuese amargura o tristeza, pero entendí que esas arrugas no le pertenecían, no aún.
  • Buenas tardes, señora – comencé, y se volvió hacia mí con aquella sonrisa rota.
  • Hola, guapa – calculé que aquella copa que sostenía debía pasar de la tercera...como mínimo.
  • ¿Quiere que saque yo la foto? Veo que le cuesta.
  • Sí, por favor – me contestó alegre – Este caballero – añadió refiriéndose al muñeco – no pone de su parte.
Me dejó su móvil y en cuestión de unos minutos le hice el simpático reportaje que ella pretendía desde un principio. Cuando se le acabaron las poses, se apartó del muñeco, cambió el gesto, el tema, y se acercó tranquila hacia mí.
  • Qué triste es beber por pasarlas horas – me dijo extrañamente serena y sonriente.
  • Sí que es cierto – intenté ser cortes y volver con U, que de haber tenido pan a mano, hubiese rebañado en el poso de café solo para hacerme entender el mensaje.
  • ¿Estás ahí sentada? Bien, pues así me tomo la próxima y te cuento un poco de mi – se auto invitó.
U, que la escuhó, levantó las cejas y arqueó los labios en ese gesto que señalaba un claro “te lo dije”. Con el alcohol que llevaba encima, no entiendo aún lo rápido que pidió la copa y se sentó a nuestro lado. Yo sonreí a U y no pude sino encogerme de hombros. Me lo busqué yo solita.
  • A tu novia, ¿es tu novia? - preguntó.
  • No, somos amigos – contestó U representando su sonrisa más ensayada.
  • Ah, pues a tu amiga le comentaba lo triste que es beber como lo hago yo. Qué amargo es el amor, pero qué bonito. Aprovechadlo, vosotros que sois jóvenes – y levantó su copa en señal de brindis.
Diría que hasta aquí, todo iba como U vaticinó, pero al proseguir su asalto a nuestra mesa, nuestras caras cambiaron, la idea que teníamos se desvaneció y la música de fondo pasó a ocupar un papel muy lejos de la escena. Ahora recuerdo todo esto y sonrío para mí; es increíble descubrir cómo detrás de cada transeúnte puede haber una gran historia.
  • Yo bebo porque hay penas que solo saben nadar en alcohol. Y ahogarlas, no digamos – la mujer siguió con su historia. Pude comprender que, seguramente, se sentía sola, necesitaba hablar, ser escuchada, y de forma desesperada, nos eligió como público.
» A ver – se paró un segundo para hacer un gesto aclaratorio con la copa – soy viuda – me sobrecogió, básicamente porque, como ya cité, no pasaba de los cincuenta – y bebo porque he decidido seguir con ese papel en mi vida.
  • Vaya, lo siento mucho – me vi de repente posando mi mano sobre su brazo – pero es usted muy joven.
  • Yo no diría tanto, pero gracias por el piropo – considero loable, ahora que sé lo que está por venir, el hecho de que pudiese mantener esa sonrisa perenne en su rostro.
  • ¿Y cómo fue? Si no es molestia que le pregunte.
  • Un infarto. Demasiado joven. Aunque ahora sé que, da igual con qué edad le hubiese dado, yo habría sentido la pérdida de la misma manera – dio un sorbo a su copa, dejó a sus ojos perderse en el recuerdo por unos instantes y volvió a su historia.
» Veréis, cuando conocí a mi marido, que en paz descanse, yo tenía tan solo nueve años – ante este dato, U cambió su actitud de muro para adoptar otra más interesada – él tenía catorce, y de hecho salía con mi prima. Por Dios, qué guapo era ya por entonces. Recuerdo que, desde que me lo presentara mi prima, ya se nos escapó la mirada. A veces pienso que fue eso que llaman amor a primera vista, que sí que existe. Como comprenderéis, ese tipo de miradas se repitieron más de una vez, imposibles de evadir, y claro, mi prima, más tarde o más temprano, no tuvo más remedio que reconocerlo. Un día vino a hablar conmigo, y eso que, como digo, yo solo tenía nueve años; pero claro, eran otros tiempos, otra forma de ver las cosas y una manera muy distinta de comportarse. Pues bien, una tarde, ella vino a mi casa y, sin preambulos me preguntó - Te gusta mi novio, ¿verdad? - Imaginad mi cara de sorpresa, me quedé muda – Ya – su gesto de aceptación me trajo mucha pena en ese momento – Pues resulta que tú a él también, qué le vamos a hacer – la sorpresa casi hizo a la pena desvanecerse – Así que, qué puedo decir. Es una tontería que perdáis el tiempo.
» Mi prima, es tan linda – parecía que sus ojos contenían palabras que ella prefería seguir ocultándo – Como podéis imaginar, no tardamos ni un segundo en buscarnos.
  • Entonces, ¿tuviste novio desde los nueve años? - a U y a mí nos pareció tan inusual como llamativo.
  • Efectívamente. Y fueron los mejores veintitrés años de mi vida – Aún no sé cómo sentó esto último a U, para mi fue como un jarrón de agua helada tan inesperado que ni pude reaccionar.
  • ¿Veintitrés? Eso quiere decir que su marido...
  • Murió a los treinta y siete años de edad, Dios lo tenga en su gloria.
  • Vaya, no sabe cuánto lo siento – y mi mano seguía allí reposada sobre su brazo izquierdo – pero, qué lástima, era demasiado joven para algo así.
  • Que me lo digan a mí, que nuestra tercera hija era aún un bebé – suma y sigue – pero sabéis, a día de hoy sigo manteniendo que fueron los mejores y más maravillosos años de mi vida, y no daría ni un solo paso hacia atrás. Ese hombre me regaló los mejores momentos de mi existencia – Desde aquí, dejó de mirarnos, parecía hablar más bien para sí misma, para contarse secretos, verdades y decisiones que ella bien sabía – A pesar de mis años de viudedad, de que incluso una vez, soñé con él y me rogó que siguiera con mi vida, que fuera feliz, que era lo único que deseaba para mi... A pesar de todo ello, sé que ya no habrá ningún hombre para mi. No sin él. Las ganas de amar se me escaparon detrás de su último suspiro. Es mi esposo, yo su mujer, y solo quiero ser suya hasta el día en que me muera – al fin dio permiso a sus lágrimas para que surcaran sus mejillas. Nos miró de repente he hizo esa mueca forzada que intenta retener el llanto. Y aún con todo, no dejó de sonreír – Sé que suena cursi, o exagerado, pero lo que me quede, prefiero vivirlo junto a su recuerdo.
Y ahí lo comprendí. La única manera de ser inmortal es viviendo en el recuerdo de los demás, en este caso, en el de una mujer que se levanta cada día y se despierta cada noche evocando el recuerdo y alma de uno de esos amores que damos por idílicos pero que, a veces, se escapan de los cuentos para hacerse realidad. Allá donde se encontrase aquel hombre, permanecía vivo en el corazón ebrio de una persona que tuvo la suerte de conocer el sentido de la vida. Reconozco que me costó no derramar una lágrima cuando la contemplé con la mirada absorta en ningún lugar, o quizás paseando por sus recuerdos más dulces.
» Simplemente me niego a volver a amar a nadie que no sea mi marido. Mi corazón solo le pertenece y pertenecerá a él, por siempre.

Cuando ya no tuvo más palabras para expresar todo aquello que necesitaba vomitar, se levantó con cuidado, se secó las lágrimas, siempre sin dejar de sonreír, y dijo para despedirse:
  • El amor es lo más bonito que tiene este mundo. Aprovechadlo, vosotros que podéis.
Qué decir. Pagamos los cafés y nos fuimos de allí con un silencio que no vino con nosotros en un principio. Es curioso; ahora, la fortuna se me antoja un viajero caprichoso y de culo inquieto, que se presenta en tu hogar sin avisar y sin importar tu edad, como la de aquella señora. Unas veces se viste de seda y oro, otras se disfraza de idilio, y otras de oportunidad. Por desgracia, muchas veces, no se hace sentir y la dejamos escapar, o la retenemos a la fuerza como a la gallina de los huevos de oro, hasta robar su esencia. Esta mujer la dejó pasar amablemente y la disfrutó durante veintitrés años. Algunos pensarán: veintitrés años, qué lastima, su amor se fue pronto. Yo opino: qué suerte tan bonita. Encontró el amor verdadero, una quimera para muchos, y lo gozó durante veintitrés años y tres hijas.
Por desgracia, ese sentimiento tan lindo, esa historia que nos pueda parecer tan romántica, no es para ella sino una novela efímera que, cada día se levanta con ganas de releer, hasta que a la noche descubre la cruda realidad...solo quedan palabras y un epílogo por escribir.
Al salir de la cafetería y caminar unos cuantos pasos callados, U rompió el silencio para decir:
  • Tengo que reconocer que la historia es buena, pero estas cosas solo me pasan cuando quedo contigo.
Le dediqué una sonrisa, pero por dentro paladeé parte de aquella historia agridulce. Nunca se entiende del todo una canción hasta que se vive, y todo esto me llevó al muelle de San Blas, con aquella mujer vestida de anhelo, esperando por alguien que ya no volverá.


Aprovechadlo, vosotros que podéis.

sábado, 24 de mayo de 2014

Un revólver llamado Mississippi

 Lo cierto es que mentiría si dijera que no esperaba estar en medio de una calle de este pequeño pueblo de Little Falls tumbado mirando al cielo. ¿Cuándo me abandonaste, Señor? Bueno, si tenemos en cuenta mis vicios, mi suerte diabólica y mis costumbres, lo que me extraña es que no me abandonase nada más nacer.
Tommy “Dos tiros” McCallan. Sabía de antemano que ese mal nacido lucía una recompensa tan alta por algo. Hoy comprobé su sobrenombre. Tommy “Dos tiros”. Por lo visto, el nombrecito de los cojones se lo puso un alguacil sin pelotas para plantarle cara, uno que prefirió salir por piernas después de comprobar la velocidad de Tommy; ahí va el dinero de mis impuestos. Hay que tener en cuenta que, Tommy, como muchos otros forajidos, no va solo. Este tipo de bandoleros siempre marca una huella antisocial en otros pobres diablos que lo siguen como perritos falderos. Unas veces las marcan, otras la despiertan. “Dos tiros” proviene de su velocidad en duelo y su puntería, Tommy siempre tiene tiempo de disparar dos veces y, por lo general acierta una, cuando no las dos. Y es por ese detalle que ahora estoy tumbado aquí, en la calle principal de Little Falls, debatiéndome entre levantarme o quedarme aquí tranquilito esperando a la parca. Al fin y al cabo, no me puedo quejar, me he salido con la mía. Sí, yo nací en el Mississippi, me bauticé en el Mississippi y esperaba morir en el Mississippi…

* * *

Sam “Mississippi” Waits nació, se bautizó y creció en Louisiana, muy cerca de su gran río Mississippi. Desde muy pequeño, su padre le inculcó de lleno lo que significaba amar Mississippi y las costumbres de cada uno de sus rincones. Su padre fue un veterano de guerra que, al igual que él, nació, creció y vivió allí hasta el momento de su muerte, pidiendo por favor que enterrasen su cuerpo a orillas de ese gran río. Manías que con el tiempo pasan de generación a generación.
Sus padres murieron siendo él un adolescente algo rebelde. Así que tuvo que hacerse cargo de una granja que pasó duros veranos y peores inviernos, quizás por su temprana edad para los negocios y su inexperiencia. No era bueno con la soga, tampoco se desvivía arando, aunque aún le quedaba gente que, por bienes y cercanía, le ayudaban con el trabajo de sus tierras. Ni siquiera tenía esclavos, como era costumbre con una extensión de tierra así. No necesitaba tanto para él solo. Tampoco era el tipo más agradable del salvaje oeste; ni falta que le hacía. Había heredado dos características por parte paterna que a temprana edad ya le brindaron una reputación tan beneficiosa como perniciosa; una terquedad digna de un toro y la paciencia de las paciencias. Tardó en comenzar a andar, tardó aún más en dejar escapar su primera palabra e incluso tardó en disparar su primera bala mientras practicaba con su padre; pero no falló. No falló la primera, la segunda, la tercera vez y ninguna que él supiera. Así que, como cazador se las apañaba de maravilla. Al final, consiguió que sus vecinos se ocupasen de la mayoría de sus tierras y se llevasen casi todo el beneficio. No era generoso, simplemente no tenía ganas de hacerlo él y, por una suma económica justa y una despensa bien abastecida, se ahorraba ese trabajo. Pero, en una tierra salvaje como era Mississippi, donde si algo brillaba en el suelo llovían puñetazos, puntapiés, insultos y demasiadas veces hasta las balas, no era de extrañar que alguien avispado intentase aprovecharse de un joven sin experiencia y con demasiado para él solo. El nombre de ese aprovechado era Jim Beam, cuñado de su vecino. Era uno de esos hombres que hizo su fortuna a costa de los demás y muchas espaldas doloridas, y la gastó de la misma manera. Nada más enterarse de las propiedades a explotar de Sam, Jim quiso indagar en registros de tierras y demás, con la idea de comprar por poco lo que realmente costaba oro. Su habilidad; los negocios. Su presa; un ingenuo jovencito de dieciséis años. Pero claro, lo de ingenuo era una idea hecha que llevaba de base. Jim llegó con brillo en su diente dorado, pelo fijado a fuerza hacia atrás por una mezcla de agua no potable y el constante sudor que regala el verano en Mississippi, un maletín gastado por las esquinas y papeleo que pensaba no leería Sam debido a analfabetismo colectivo, pero otra vez se equivocó; su santa madre era profesora de fin de semana en la parroquia del pueblo. Además, Sam ya era perro viejo desde niño, y actuaba de maravilla.
- ¿Qué, no dirás que es mal negocio? – La sonrisa de Jim era la de quien aspira a ser el nuevo diablo, pero claro, la de un aspirante al fin al cabo – Es lógico que alguien de tu edad busque conocer nuevos horizontes y no pasar el resto de su juventud atado a una tierra sin oficio ni beneficio. Con este contrato yo convierto esto en algo de provecho y tu sacas una buena tajada – No era ni por asomo una buena tajada, pero Sam volvió a ocultarlo igual de bien con su actuación de inculto frente al papel.
Primero se divirtió interpretando un paripé, haciendo creer a Jim que solo miraba aquellos contratos de letra pequeña con intención de quedar bien. No era la primera vez que había tenido que tratar con tipos como este. Así que, mientras Jim hacía el gesto que hacen las manos cuando creen que saborearán dólares a espuerta, Sam se levantó de su silla mecedora, escupió tabaco de mascar a un lado y sacó un cigarrillo que encendió con suma parsimonia, los ojos entrecerrados por el sol, ofreciendo otro a su caco visitante. Mientras Jim lo encendía dejando volar su fe al verde de papel arrugado y rostro de presidente, Sam se adentró no más de diez segundos en su casa con el cigarro pegado al labio y salió cargando un revólver que heredó de su padre y que tenía grabado en el cañón de plata la palabra Mississippi. Al principio Jim no dio crédito a lo que sucedía. No sabía dar forma a los modos de Sam. Entonces, cuando aún alimentaba el estómago del revolver con la tercera bala, Sam comenzó a hablar con el cigarro bailoteando entre sus labios.
- Bueno, si no he entendido mal, usted pretende colarme un gato y llevarse todas mis liebres, que por cierto dicen que las crío de maravilla – terminó la frase cerrando un tambor saciado de plomo y que giró por el simple gusto de hacerlo bailar - ¿No es así?
- ¿Disculpa? – Jim comenzó a ponerse nervioso y sentir sequedad en la garganta – Yo solo pretendo que nos beneficiemos de un buen trato para…
- ¿Es cómodo correr con botines?
La frase fue esclarecedora y dio paso a una imagen más que cómica de la que Sam se estuvo riendo a carcajadas durante toda la tarde de aquel día caluroso de comienzos de Junio. Sam no era amigo de gastar por gastar, pero aquellas balas perdidas le alegraron el carácter. Se llevaba a las mil maravillas con sus vecinos, y sabía de sobra que opinaban igual que él cuando dijo que Jim era un despojo social y que si volvía a sus tierras los libraría de la oveja negra de la familia. Y ciertamente lo era, y ciertamente no les importó el comentario. Aunque, quién iba a imaginar que volvería.
Huelga decir que la tierra de las oportunidades, como muchos la llamaban, también era, allá por el sur, la tierra de los rencores. Pocas veces no se “solucionaba” un conflicto entre dos caballeros o se dejaba un duelo por resolver. Para Jim, el corredor de fondo, un niñato de dieciséis años lo había ridiculizado y humillado a fuerza de pistola y descaro, y eso no debía quedar impune. Además, la avaricia de Jim iba muy lejos, y seguía pensando que esas tierras debían ser suyas. Así que, exactamente una semana más tarde y a la misma hora, volvió al porche de Sam Waits, acompañado por un matón de nombre desconocido para Sam y sus vecinos. Sam, que los vio venir a lo lejos, sonrió, tiró al suelo un cigarro que cogió tarde la jubilación, y echó mano de su revolver, que descansaba en una mesita bien tallada junto al libro más famoso de todos los tiempos; La Biblia, con un separador hecho de hoja de tabaco que marcaba Lamentaciones, su libro favorito. Cabe decir que Sam era un chico muy creyente pero con una fe muy intima. Él opinaba que; “lo que suceda entre Dios y yo se queda entre Dios y yo, al cura ni le va ni le viene”.
- Muy buenos días – Comenzó Jim abriendo la conversación.
- ¿Qué tal? Vaya, botines de nuevo, veo que le tienes cariño a ese tipo de calzado. Yo lo veo algo incómodo, la verdad – Se burló Sam, que ya llevaba al cinto Mississippi y acariciaba la culata como si fuera el lomo de un gato sumiso – Veo que has traído a tu mujer para convencerme.
Jim soltó una risotada encajando bien el golpe de sarcasmo y dio una palmadita en el hombro a su compañero, que parecía que hubiera andado diez kilómetros de volcán en erupción. Sus ropas, su sombrero y su piel vestían la suciedad del humo del fumador perenne y el abrazo del desierto, y su gesto de desprecio anunciaba impaciencia por cobrar.
- Verás, aquí mi colega y yo opinamos que no cavilaste suficientemente bien los términos del buen acuerdo que te hice. Así que nos hemos presentado aquí con la esperanza de que recapacites y le des un par de vueltas más a la idea. Creo que todos salimos beneficiados.
Jim, que observó cómo su sucio acompañante ya tenía la mano sobre la pistola, sacó de su maletín una pluma y los papeles del contrato. Antes de ofrecerlos, Sam caminó tranquilo unos cuantos pasos alrededor de ellos, apartándose aproximadamente una distancia de unos diez pasos.
- ¿Y bien? – Jim parecía relajado.
Antes de hablar, y sabiendo cómo se traduciría su respuesta, Sam hizo lo que mejor hacía desde pequeño; ser paciente y visualizar la situación. Era igual que cuando salía de caza. El se decía a sí mismo; “analiza a la presa, estúdiala, compréndela y podrás hacerte una idea de su reacción”. Y eso hizo durante unos cuantos segundos. Pensó; “ese puerco roñoso es diestro, está claro que es un superviviente. Me mira fijamente a la cara como buscando un gesto, por lo que apuntará con el cerebro y no con los ojos. Es bajito, más que yo, que le saco una cabeza, así que apuntará ligeramente hacia arriba. Mi posición es más abierta. Me parece bien”. Y habló:
- ¿Te has encaprichado, eh? Lo entiendo, las tierras de mis padres son… - miró en derredor y al volver a la conversación se topó de nuevo con la mirada fija y penetrante de aquel misterioso personaje – Yo diría, envolventes, mágicas.
- Entonces – prosiguió Jim, haciendo un gesto con la ceja a su compañero - ¿No cambiarás de opinión?
- ¿Cuántas formas hay para decir “Vete a la mierda, maricón”?
No había acabado de cerrar comillas cuando percibió en milésimas de segundos cómo aquel pistolero de nombre x y gatillo rápido desenfundaba el revolver y apuntaba hacia él con la inercia que da un contrato. Sam se tomó alguna milésima de más, calculando una trayectoria imprecisa por parte de aquel pistolero aunque, según la suma, no mortal. El disparo se tornó silbido de trueno y éste, mordisco de acero y sangre cuando penetró en el hombro izquierdo de Sam, que apenas retrocedió un paso. El pistolero cambió la expresión de seguridad por la de desconcierto cuando contempló, atónito, como un chico de dieciséis años había soportado el balazo, tomado postura, y ahora afinaba una trayectoria que aseguraba un final más que anunciado. Demasiada frialdad. Así que no hubo tiempo para un segundo intento. Aunque el cañón de Mississippi estaba tranquilo, la pólvora gritó rabia. Nadie preguntó el punto de vista de la bala. Simplemente, ésta se halló haciendo un viaje de placer que comenzó en una visita a un tabique nasal y acabó saliendo por una nuca de poco pelo.
Jamás se supo más de Jim Beam en Little Falls ni alrededores, y tampoco se le echó de menos. Para Martin, el cuñado de Jim, saber de aquella noticia fue motivo de preocupación por Sam y respiro a un tiempo. No soportaba a su cuñado, y sabía que sólo traía problemas a la familia y mala fama. Emily, la esposa de Martin, se dedicó en silencio a limpiar, desinfectar y coser la profunda herida del hombro de Sam, que gracias a Dios, a su suerte y a su ajustado cálculo de última hora, sólo quedaría en un buen dolor de músculos para unos cuantos meses y una perfilada cicatriz. E igual que su padre lo inició en el arte de la puntería y la paciencia, sería Emily quien sin querer y para evitar más dolor, lo introduciría en la más conocida forma de paliar las agonías; el Whiskey, al que no tardó en aficionarse.
Pasaron no más de dos semanas cuando, al llegar de pescar y echar una madrugada de risas y bocadillos con Martin, se encontró a dos señores bien vestidos y serios frente a su hogar. Se volvió a Martin dejando a un lado todos los útiles de pesca y con cara de “No fastidies”. Martin se quedó atrás esperando ver el resultado de la visita. Para él fue una sorpresa, pero aún más para los visitantes.
- Buenos días señores. Señor Waits – dijo el más mayor de los individuos, que vestía de negro aún a pesar del calor que ya anunciaba esa mañana de principios de Julio.
- Buenos días Sheriff Label. Alguacil Daniel’s. ¿Qué les trae por mis tierras? – La actitud de Sam era relajada a pesar de tener a la ley de visita.
El Sheriff Label respondió a la pregunta sacando un papel amarillento doblado en tres que desplegó y mostró a Sam. Era una orden de búsqueda con recompensa. Damon Roses “la víbora”, así lo apodaban. Sam había ganado un duelo sin comerlo ni beberlo a un pistolero buscado en gran parte de Mississippi por unos cuantos cargos entre los que contaban; robo a mano armada, robo a mano armada con homicidio (todos voluntarios) y atraco a un par de bancos. Entre algunos cargos más se hallaba el del odio al jabón y al agua, algo preocupante pero que al menos alarmaba de su llegada.
Martin, que permanecía a no más de dos metros de Sam, quedó boquiabierto ante tal noticia. Sam alargó la mano, agarró la orden y le echó un vistazo. Miró de nuevo hacia el sheriff y el alguacil esperando una respuesta.
- ¿Y bien? – Dijo Sam, encendiendo un cigarro y devolviendo la hoja de papel gastado al alguacil, que entró en la conversación acercándose a coger la orden.
- ¿Y bien? ¿Eso es lo único que se te ocurre decir? – añadió de pronto Hank Daniel’s, alguacil de Little Falls desde hacía tres años. Era un tipo de unos treinta queriendo, desde muy joven, aparentar cuarenta. Sam lo miraba pensando; si no sabes fumar, no fumes – Sam, ¿te llamas Sam, correcto? – Sam lo miró pensando; ¿Le falta un hervor? – Has ganado un duelo a “la víbora” Roses, ¿Y sólo dices: Y bien?
- Creo que el joven Waits tiene demasiada sangre de papá corriendo por sus venas – cortó Dwain Label – Verás chico, por tu acto, digamos, casual, y no me refiero a que acabases con Damon pues, conocí a tu padre y si te enseñó a disparar no es de extrañar que tengas madera cuando no hierro, sino al hecho de toparte con Roses en una escena que acaba en duelo, debes cobrar una recompensa. Exactamente la que pone en la hoja que te ofrecí. Dásela Daniel’s.
El alguacil Daniel’s extrajo una bolsa de tela de un maletín negro estilo médico que llevaba consigo y se lo entregó a Sam, que lo recibió igual que cuando te dan un libro que ya leerás con el tiempo, si lo lees. Martin sonrió y dio una palmada en el hombro de Sam, quien siquiera hizo caso al gesto
- ¿No dices nada? – adujo Daniel’s.
- ¿Si digo gracias también te indignarás? – Esta pregunta tomó más fuerza cuando Sam lanzó la bolsa encima de la mesa de madera donde descansaba su Biblia, haciendo ver que lo sucedido no significaba tanto para él.
El alguacil miró perplejo al sheriff. Se debatía entre dos pensamientos; O es demasiado chulo para entender lo que ha pasado, o demasiado joven y no tiene puta idea del riesgo que corrió.
- Chico, quería preguntarte algo. Si fuera por la recompensa no hubiera venido, como comprenderás, el banco no va a Mahoma. Me preguntaba si te interesaba aprender el oficio y quizás el día de mañana aspirar a alguacil y, quién sabe, si sobrevives, y con el tiempo, incluso a sheriff.
- Y todo eso después de mí, claro – se sumó Daniel’s.
Sam rodeó al sheriff y a su compañero de ley y se dirigió a la puerta de su casa hasta quedarse bajo el marco de la puerta. Se quedó casi de espaldas a ellos y dijo, mientras comenzaba a desabrocharse la camisa:
- Todo ese rollo no va conmigo, sheriff. Comprendo que alguien tiene que limpiar la mierda – acto seguido enfiló sus pasos hacia el interior de su casa, haciendo un ruido cristalino que anunciaba la llegada de un par de vasos de whiskey en camino.
El sheriff sonrió y contempló unas tierras que, aunque Sam no fuera conciente de ello, había protegido, visitado y amado junto a sus padres. De hecho, conocía l respuesta a su pregunta mucho antes de realizarla, pero bueno, dicen que por probar que no quede.

* * *
Después de un mes, día arriba, día abajo, Martin acompañó a Sam a Little Falls para vender un par de reses y hortalizas del huerto. Sam predijo en una noche de cena con sus vecinos, que el agosto próximo se celebraría la despedida de soltero de Satanás. A Sam le encantaba hablar en clave y metáfora, siempre buscando el humor ácido o el sarcasmo; ese punto lo heredó de mamá. Así que, para no probar suerte, pues con la comida no se juega, recogieron la cosecha y aprovecharon para extraer carne de unas cuantas piezas para así sacar unos ahorros hasta el otoño. Martin y Emily se preguntaron varios días si Sam había perdido la generosa recompensa o simplemente le daba igual el dinero, como tantas cosas.
Después de vender el género por el pueblo, Sam propuso entrar en una taberna a relajarse, tomar una buena cerveza y repartir tranquilos las ganancias. El calor aceptó por ellos. Pidieron dos buenas jarras de cerveza que Sam tuvo el detalle de pagar y algo para picar. La música, de manos del sobrino del dueño, era agradable. No aporreaba el piano, aunque los dos convinieron que al local le faltaba algo de movimiento si quería prosperar. Cuando Martin casi había acabado su jarra y Sam ya se levantaba a por una segunda tanda, un tipo que tomaba una copa en la barra se volvió hacia él y, con la voz ronca y la lengua despertando de una siesta de última, dijo:
- ¿Waits, Sam Waits? – no miró directamente a Sam, sino que devolvió de nuevo la vista hacia su copa y comenzó a menear el vaso.
- El mismo que fuma y calza – Sam pareció no extrañarse, simplemente hizo un gesto con la mano al camarero que indicaba el número de jarras que deseaba.
- Pero si sólo eres un criajo – Aquí sí se volvió hacia Sam, con una expresión de descaro e incredulidad que se mezclaban en un rostro de suciedad, barba mal cortada y soltería forzada.
- ¿Disculpa? – por una vez en mucho tiempo, Sam optó por el beneficio de la duda.
- Mis cojones has matado tú a Damon. Tú no podrías ni levantar el revolver – Se acabó el beneficio de la duda. Al escuchar esta frase, Sam, que recibió las dos jarras, dio un sorbo a la suya e hizo un gesto de brindis hacia aquel vaquero medio borracho y mugriento.
- ¿Si? Pues a esta invita Damon.
Es curiosa la rapidez a la que viaja la rabia, con el tiempo, algunos científicos descubrieron que va mano a mano con la velocidad del sonido. Por ahí anda. Cuando escuchó la respuesta descarada de Sam, el vaquero lanzó su copa de repente contra éste, que la esquivó sin dificultad para luego ir a parar a un ventanal que, como no esperaba visita, se vino abajo. Para sorpresa de los individuos que ocupaban la taberna, el camarero sólo cambió el gesto para denotar dolor; otra ventana que reparar. Eso sólo podía significar una cosa; aquel tipo era peligroso y conocido, y el tabernero lo sabía, porque no se quejó.
- Maldito niñato, te vas a burlar de tu puta madre – Se encaró de pronto el vaquero.
“No, ese no es el camino. ¿Ves, ya me has mosqueado?” Pensó Sam, que dejó la jarra y, dejando caer la mano sobre la culata del revolver, se quedó mirando muy fijamente a aquel tipo.
» Damon Roses “la víbora” era mi hermano. Vas a pagar con tus pulmones, niñato.
Y de nuevo, de una forma que rozaba a un tiempo lo instintivo y lo profesional, Sam se paró un par de segundos, no más de…dos, a analizar la situación y a aquel tipejo. Caviló: “Hermano de Roses y compañero de corral por su olor. Está medio borracho, pero acordándome del difunto, seguro que es un tirador experimentado. Es alto el cabrón.” En un tercer segundo, que se regaló a sí mismo, sopesó la distancia. No hubo un cuarto segundo, aquel tipo hedía a venganza e ira por los cuatro costados. Fue rápido, quizás demasiado para un borracho. Y por esa misma razón y por una suerte desmesurada, el disparo fue a parar al muslo izquierdo de Sam, que se decidía, ahora que había ya calculado con precisión, a disparar su bala. Una sola. Su revólver, Mississippi, se codeaba con pólvora de la cara, porque gastaba una potencia desmesurada. Se había alimentado de un tabique hacía poco más de un mes, y ahora no se conformaba con menos. Esta vez, escogió globo ocular de primero con guarnición de salida de oreja roñosa, pintando un bonito y pintoresco cuadro impresionista en la espalda del pianista, que tanteó seriamente la idea de mearse en los pantalones mientras seguía allí inmóvil.
Curiosamente, el ahora cadáver tardó en decidir caer al suelo con el fin de crear algo más de morbo a la situación. Sam fue muy consciente de que el alcohol a granel había jugado un papel muy importante en la línea temporal de su vida. Comprendió, en cuestión de milésimas de segundo, que el tipo que tenía delante no era moco de pavo y que bien podría haber muerto un par de veces en sólo un mes. Así que, cuando todo permanecía aún en silencio y su pierna razonaba con el cerebro para no comenzar allí una oda a todo tipo de improperios, guardó a Mississippi en su cinturón y cogió las dos jarras de cerveza para luego sentarse junto a Martin, que lo miraba atónito. La pierna no paraba de llorar carmesí, pero de momento le podía la sed, así que dio buena cuenta de toda la jarra en un par de tragos largos.
Hasta que, alertado por el tronar de dos disparos, el sheriff entró por la puerta de la taberna seguido de Daniel´s, nadie hizo el intento de salir del mutismo que ahora reinaba allí.
- Daniel´s, ¿ese cadáver maltrecho de ahí no es…
- Roses, señor, Peter Roses.
- Ya suponía yo – el sheriff se volvió hacia la mesa de Sam y contempló aquel muslo sangrando y a su dueño degustando un poco de cecina y un sorbo de la cerveza de Martin. No hubo comentario respecto a lo sucedido, simplemente una pregunta y una respuesta:
- ¿De veras no te interesa? Este no tenía una recompensa tan grande y cobrarías bien.
- No – Y acabó el plato de cecina dando un par de tragos más.

Y así, de esta guisa, fueron pasando los años de Sam y aumentando considerablemente su reputación y sus ahorros pues, nada más curaba una cicatriz de un nuevo duelo, aparecía otra hiena con ansias de renombre y popularidad. Y es que, desde que el destino, juguetón y sobrado de humor ácido, pusiera en su camino a los hermanos Roses, en todo Mississippi comenzó a sonar un silbido en el viento que cantaba un sobrenombre: “Mississippi Waits”. Algunos nostálgicos comenzaron creyendo que el viejo John Waits seguía vivo, pues llevaba incluso tatuado el nombre de su tierra tanto en su revolver como en el brazo con que lo sostenía. Pronto supieron que un chico que se hizo hombre a sí mismo, había suplantado el alma pistolera de su padre y se había labrado una personalidad y un carácter forjado en la pólvora, el alcohol y la hoja de tabaco. Un chico que se hizo hombre y duelista sin buscarlo, sin comerlo ni beberlo.
Aunque, como más de una vez pensó entre intercambio de faldas y whiskey, el sheriff, perro viejo, lo había puesto en el camino de la justicia disfrazándola de recompensa. «El sheriff me ha disfrazado de alguacil y para convencerme de lo contrario me llama caza recompensas». Mientras esa idea no se promulgase en voz alta y las obligaciones de la ley no llamaran a su puerta, le traía al pairo. Sam se consideraba afortunado por el hecho de tener cuanto necesitaba y muchas veces de sobra. Hay que decir que, en este transcurso de años, sus apodos se maquillaron diferente según su público. La razón de este hecho fue que, después de once duelos a su favor y evidentemente ni uno en contra, pues la historia ya hubiera acabado hace un par de líneas, Sam había recibido en cada uno de ellos un recuerdo en forma de plomo o rasguño profundo. Marcas y cicatrices que agrandaron considerablemente la habilidad de Emily tanto para la medicina repentina como para la costura. Así que, muchos de los que lo conocían como Mississippi Waits, comenzaron a llamarlo Atalaya Waits, según ellos porque jamás cayó. Pero, con diferencia, el sobrenombre que con más diferencia marcó su carrera, se lo puso el propio sheriff con la astuta idea de alejar el mal de sus tierras: El demonio del Mississippi.
Nadie sabía el cariño que podía tenerle Dios o, aún peor, el propio Diablo, pero Sam parecía calcular con ojo de cirujano el momento álgido de cada duelo que sobrevivió para, aún a pesar de recibir un disparo, no fallar el suyo, que siempre ponía el punto y final. Una vez casi quedó en punto y seguido, pero fue debido a los espasmos involuntarios de su oponente, que al final desistió.
Y así, después de once balas, muchas borracheras y una voz que el tabaco fue rompiendo, Sam llego un día a Little Falls, esta vez por voluntad propia, para poner fin a la carrera en alza de un bandolero que tenía gran parte de Louisinia patas arriba. Su nombre: Tom Sark, más comúnmente conocido como Tommy “Dos tiros” debido a su velocidad endiablada. Tommy amenazaba sus tierras y su gente con todo el devenir de sus actos, que podían salpicar como una cascada de fuego. Así que, para bien de todos y gloria de pocos, Sam retó a Tommy a un duelo en nombre de la ley. Esto último no lo creían ni él, ni Tommy ni el propio sheriff, pero daba el pego. Así que, después de una sesión de aseo para la ocasión, una copa de buena mañana y el debido acicalamiento de su revolver Mississippi, que con el tiempo se había vuelto muy soberbio, Sam tomó posición en la avenida principal de Little Falls frente a Tommy. Espectadores, pocos en primera fila y una cantidad considerable tras las ventanas. Y, tras un minuto de miradas lobunas, la canción que trajo el viento en forma de oda al silencio, y un cigarro que se quedó en las cenizas, los contrincantes no tuvieron más remedio que comenzar un show que por lo general duraba muy poco para lo mucho que costaba. Fue el crujir de una puerta mal cerrada la que dio, y esta vez sin metáforas, el pistoletazo de salida. De hecho fueron dos, y por raro que pareció, ninguno de Sam, que optó involuntariamente por tumbarse en el suelo de tierra a repasar su vida. Entonces, cuando se debatía entre contestar las cartas que tantas veces le mandó Satanás, escuchó una frase que lo extrajo de su siesta a deshora.
- ¿Y este tipo era el que acabó con las serpientes Roses? ¿El temido demonio del Mississippi? Pues tampoco era para tanto. Joder, esperaba algo más emocionante. Ni siquiera ha hecho homenaje al puto revuelo que le dieron a su revolver – Tom soltó una risotada y comenzó a caminar lento en dirección a Sam, que yacía en el suelo teatralizando, a ojos del mundo, una muerte muy conseguida – Voy a tener que heredar ese revolver para hacerle justicia al nombre.
Es curioso, muchos juran todavía que esas fueron las últimas palabras de Tommy “Dos tiros”, aunque la veracidad de la historia subraya que Tommy tuvo tiempo de un par de “hijo de puta y cabrón” hasta el momento de su muerte. Así que, cuando aún le quedaban unos diez pasos para alcanzar el cuerpo aparentemente inerte de Sam, el miedo sobrecogió los músculos de Tom Sark, que en este segundo caso, no tuvo tiempo de reaccionar. Desde no más de una altura de unos veinte o treinta centímetros del suelo, una bala seguida de la frase «Un carajo vas a heredar», cruzó castigadora la distancia que separaba a los dos contrincantes hasta instalarse sin previo aviso en la rodilla derecha de Tommy, que cayó al suelo para así apoyarse sobre las dos manos. Pero no fue uno, sino tres disparos. El primero un obsequio por aquella frase vejatoria, el segundo, pura técnica, pues voló la muñeca derecha de Tommy “Dos tiros”, impidiéndole toda opción de respuesta, pero el último, el último fue en pago por las molestias. Interesante, pero la última bala guión duelo que dispararía Sam sería la única que en teoría falló en toda su vida, pues en realidad, y esto es algo que sólo habló en un noche de copas con sus vecinos, no iba dirigida a la mandíbula de Tommy, sino a su frente. Pero bueno, el efecto fue el mismo, de hecho, mucho más pintoresco. Entonces, y cuando el duelo dio un giro ciento ochenta grados, Sam, que lo atribuyó todo a un mal despertar, se incorporó y aceptó la ayuda del sheriff Label para levantarse. Aquellas serían las dos cicatrices más altaneras de su cuerpo, una en el hombro derecho, para compensar la que en su día le dejara Damon Roses, y la segunda en la costilla izquierda, que lo obligó a leer el génesis de la Biblia unas tres veces hasta quedarse tranquilo.
- Nunca dudé de ti – dijo el sheriff después de sacudir la tierra de la espalda de Sam, que tosía por no gemir.
- Si ya, mi revolver tampoco.
- ¿Te hace la placa?
- Ya sabe la respuesta – agregó Sam con tono seco pero amistoso – Bueno sheriff, ¿una cerveza?
- Por supuesto, yo invito.

- Sheriff, eso iba implícito en la pregunta.
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