Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: marzo 2014

martes, 11 de marzo de 2014

Prólogo: El lienzo de los malditos

Una carta de suicidio

¿Que porqué coño voy a quitarme la vida? Quizá sea una historia que podría resumir en unas pocas palabras, pero entonces, ¿qué sentido habría tenido todo para mí? Para que me entendáis, debería adentrarme unos cuantos años en el pasado, doce en total. Fue por aquel entonces cuando dictaminé, sin querer, gran parte de mi destino. A veces no sabemos ver el bosque más allá de los primeros árboles y pasamos por alto el hecho de que no hay más verdugo que uno mismo. Y todo por culpa de unos cuantos niños malcriados. Si, yo era el típico caso de crío introvertido que no molestaba en clase, delgaducho, sombrío y de más bien poco valor. No tenía amigos, tampoco me hacían falta por mucho que mis padres me diesen todo el santo día el coñazo con la idea contraria. “Sal, juega y relaciónate”. Pero los niños, sobre todo los niños, pueden ser muy crueles y, las pocas veces que lo intentaba sólo por dejar de escuchar el parloteo constante de la cotorra de mi madre, se reían de mí o me impedían jugar o, lo que era peor, me utilizaban de mini saco de boxeo como divertimento colectivo. Pero, como con todo en esta vida, cualquiera termina por alcanzar su límite, y yo lo hallé a la temprana edad de los siete años. El mundo es un lugar injusto, eso sin duda. Desde mi infantil punto de vista, sólo utilicé en términos literarios lo que los expertos en la materia denominan la ley del talión, o dicho de otra forma, el maldito ojo por ojo. Pero es gracioso, yo sufro incesantes acosos desde parvulario y, cuando de una maldita y puñetera vez me decido a defenderme y acabar con mi tormento incesante, desembolso todo el pato que esos pequeños cabrones nunca han pagado y, además, para mayor mal, mis jodidos padres y el mundo se vuelcan en mi contra. No sé si será obra de la mano todopoderosa, el destino o el estúpido karma, pero me pregunto desde entonces por qué los que no pretendemos hacer ningún mal siempre somos los perdedores.
Es divertido, toda la vida escuchando al típico familiar que te dice, tu no te dejes amedrentar, defiéndete, no permitas que te utilicen. Ahora ese pariente me califica de pequeño psicópata. Me cago yo en la psicopatía. Por hacer caso a ese estúpido consejo he vivido doce malditos años encerrado en un infierno. ¿Lo podéis creer? Por defenderme. Puta sociedad. Y eso no es lo peor, ya que no me encuentro solo. A mi lado está el único amigo que he conocido en toda mi vida. Nunca imaginé ni por asomo mezclarme con alguien tan dispar a mí, pero, ahí dentro, si no te relacionas sí que acabas loco de remate y, por suerte o por desgracia, Jack sólo me tenía a mí, y por ende yo a él. Fue una suerte conocernos, no creo que hubiésemos aguantado tanta desdicha solos, aunque reconozco que él es mucho más fuerte que yo. Sé qué va a pasar y no hay vuelta atrás, es lo que hemos decidido juntos; Jack y yo. Por fin escapamos de esta mierda que llaman vida.


Así que si os preguntáis cuál es exactamente el inicio de mi historia y la causa de hallarme al borde de una muerte más que segura, diré, en pocas palabras a todos aquellos que estéis leyendo esta carta, que ese inicio es conocido con el sencillo nombre de: bate de béisbol.

Adiós mundo, adiós cruel universo, adiós a todos los que habéis formado parte de mi breve y dura existencia… Adiós para siempre.


PD: Que os jodan.
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