Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Historia de una rosa

viernes, 11 de abril de 2014

Historia de una rosa

Hace mucho tiempo, en la tranquilidad y el sosiego que sólo un bosque es capaz de brindar, apareció, sembrando el frío a su paso, la mismísima muerte. Ataviado con su larga y oscura túnica, su guadaña y un pequeño saco de tela color pardo, deambuló por aquel bosque alejado de la humanidad durante un par o tres de horas hasta que por fin encontró lo que buscaba; un sitio donde poder descansar del paso del tiempo y las pesquisas de este mundo. Se sentó al amparo de la sombra de un gran árbol rodeado de arbustos y bellas flores, y se abstuvo de tocar nada no fuera que marchitase tanta belleza. Del saco de tela extrajo un tentempié y comenzó a comer, con la mirada perdida en las nubes.
Siempre se sintió solo en el mundo, y ese día había decidido armarse de valor para cambiar su sino. Deseaba que, aunque solo fuese un ser, lo mirase con otros ojos que no fuesen los del terror y la amargura. Así que, cuando hubo acabado de comer, se levantó y del saco extrajo una semilla de rosa que llevaba consigo y una bota de vino con agua. Cerca del árbol, buscando la protección que éste le brindaría, cavó un pequeño hoyo y plantó la semillita. Con mucha ternura, tapó el hoyo y lo regó abundantemente. Al terminar, miró de nuevo al cielo y sintió que un profundo bienestar lo invadía; ésta vez estaba creando vida, no quitándola. Quiso sonreír pero recordó que no tenía músculos en su huesuda cara.
Cada día a la misma hora, dejaba sus quehaceres y obligaciones y se dirigía a su pequeño rincón en aquel bosque para otorgar sus cuidados a la flor. Al pasar los días, pudo apreciar que el bosque ya no lo temía, pues percibían su cariño y su respeto al hacer las cosas. Así pues, pequeños animalillos se fueron dejando ver, e incluso otras flores y plantas lo saludaban al llegar, interesadas en su tarea de cuidar de la nueva huésped. La regaba siempre con la mejor y más fresca agua, le cantaba canciones que había recopilado con el paso de los años y desayunaba junto a ella mientras la veía crecer. En un principio no era más que un pequeño capullo sin abrir y un par de hojas verdes de intenso color. Parlamentaba con el gran árbol y le preguntaba sobre botánica, con la intención de que le guiase en el proceso de dar vida a una flor, un tema del que poco sabía pero que le interesaba sobremanera.
Un día, cuando no hizo más que llegar, se sintió lleno de alegría al ver a un coro de animales, pájaros de múltiples colores y otras plantas ensimismadas por la visión de su flor, que ya había germinado. No pudo evitar querer sonreír al percibir los celos en las caras de las demás rosas. Había hecho bien consiguiendo aquella semilla. Su tallo esbelto y definido, sus hojas gloriosas y, sus pétalos, de un intenso color tinto, daban forma a la cara más bella e inocente que jamás pudo contemplar. Se sintió feliz, y de haber podido habría llorado de alegría. Había cambiado su sino, o eso pensaba.
Cada día, le contaba a la rosa cuentos, le hablaba del mundo y sus gentes y respondía a preguntas sobre otras flores. Él la trataba con el cariño de alguien que ama profundamente. Su rosa era la más bella de la Tierra, y él lo sabía porque recorría el mundo entero a diario. Pero, y ese era un hecho que bien conocía, todo tiene un precio, y la muerte, sabedora del contrato del tiempo, comenzó a cavilar en la idea de que su flor no sería eterna, y que aquello era de lo único que no debía hablarle jamás. Lo atenazó la verdad, haciéndole caer en su error. Por mucho que quisiese olvidarlo, él era la muerte, y eso nunca cambiaría. Ahora se apenaba de haber creado algo tan hermoso sabiendo que pronto la tendría que dejar marchar. Con el paso del tiempo llegó el frío invierno al bosque, y la rosa se fue marchitando poco a poco. La flor, que había crecido junto a alguien sabio e inteligente, no tardó en acertar a ciegas la verdad. Los bordes de sus pétalos se retraían y oscurecían, se arrugaban en torno a ella. De joven cantaba a los demás seres del bosque con una voz melodiosa, pero en cambio ahora, notaba su voz resquebrajarse y dañar su tallo. Una mañana, cuando varios pétalos la abandonaron al viento, miró a su hacedor y, con una triste sonrisa le preguntó:
- ¿Sigo siendo igual de bella?
Ante la pregunta, la muerte sintió su egoísmo por lo que había pretendido sin maldad, y notó cómo se rompía en mil pedazos un corazón del que estaba exento.
La rosa pudo percibir que la muerte, sin rostro ni gestos, la sonreía desde su alma. Con una caricia tierna y temblorosa, la muerte la envolvió entre sus dedos, sintiendo el poco calor que le quedaba y cómo su belleza y su alma quedaban grabadas en sus huesudas manos para siempre.
- Para mí siempre serás la más bella – susurró.
Esa mañana, todo el bosque se congregó alrededor de ellos, los lloraron y rindieron homenaje, pues supieron ver algo que el mundo aún no esta preparado para conocer; Incluso la belleza más poderosa se puede marchitar, pero algunos ven más allá. Es esa belleza interior la que puede llegar hasta los rincones más oscuros.

La muerte ya nunca volvió a aparecer por aquel bosque. La pena y el vacío que dejó su rosa jamás se llenarían, pero le quedaría el regusto agridulce de saber por siempre que aún siendo quien era, también pudo amar, y que ese sentimiento nunca lo abandonaría.


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