Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Tú también soñaste con princesas y dragones

viernes, 11 de abril de 2014

Tú también soñaste con princesas y dragones

Einstein fue niño, Hitler fue niño, Frida Kahlo fue niña... Tú, que lees ahora, fuiste niño/a alguna vez. Todos lo hemos sido. Se siente, la ley de la naturaleza. Es curiosa esa etapa maravillosa en que el cielo no está tan lejos o una simple canica te puede llevar a mundos mágicos. Es increíble ese concepto llamado imaginación que te hizo alguna vez mirar debajo de la cama, hacerte creer que eras “siete veces más fuerte que los demás, y veloz”, o aquel momento en que un simple cuento a la hora de dormir te relajaba hasta dejarte grogui. Todos hemos sido niños. Nunca he escrito de esta forma, así que pido perdón si la estructura, el método o las formas no son las más adecuadas. Con todo, y llevado por la emoción y el consejo de gente que sé de sobra, me quiere, os dejo este texto en primerísima persona.

Algunos quizás conozcáis parte de las cosas que voy a contar. Redes sociales, vuelan las noticias. El caso es que, por razones médicas, comencé a visitar más mis playas gaditanas con idea de nadar y caminar. Si, solo gasto veintiocho inviernos, pero me he fastidiado a conciencia bailando. Y ha sido en esos devaneos con el agua de mar y sus orillas, que tuve el inmenso placer de toparme con ciertas anécdotas de talla infantil que, cuando no me sacaban una sonrisa, me robaban una carcajada. Una buena persona me aconsejó estirar mis historias, ponerles mi punto personal y dejarlas clavadas en el tiempo, y para qué está Internet si no es para inmortalizar. Podría contarlas en orden, pero me hace más darles mi toque de dramatismo e ir en modo crescendo.

La primera que contaré me hizo ver esa capacidad tan interesante que tienen los niños de asimilar, de adaptarse a situaciones o aquello que los rodea. En este único y primer caso, me encontraba yo debatiendo sobre tonterías y otras nimiedades con el socorrista de la piscina comunitaria de mi edificio. Digo único, porque no soy de piscinas, me gusta lo natural y el cloro me sienta mal. Comprobé tras bajar algún que otro día, que la madre de la renacuaja en cuestión, que no tendría más de cuatro años, se la confiaba al muchacho durante pequeños períodos por razones de trabajo, y él tan a gusto. Entendí por qué gracias a lo que escuché tras de mi aquella mañana de día tal.

Falta de comunicación

La niña del móvil

La pequeña, canija y con cara de “mamá, ese plato no lo rompí yo, fue el gato”, extendió su toalla de princesas Disney, extrajo de un saquito un móvil de juguete, de esos llenos de bolas de caramelo que sabes que declaran la guerra a los dientes y se tumbó boca abajo en posición de conversación, los codos sobre la toalla. Empezó a rizarse con el dedo una de las coletas mientras miraba a ningún lado esperando contestación al teléfono y... de repente:
  • Si, hola, ¿qué tal? - Al fin contestaron.
» No, yo voy a comer – prosiguió – No, no, yo en todo caso si voy es para almorzar, no me quedo – al parecer, a la persona con quien hablaba no le gustó esto último.
» Mira, dile a mamá que voy a comer y que me llevo la basura, pero luego me voy – aquí me encantó, cambió el gesto como indignada y siguió – ¡Ji, ome!(¡Si, hombre! En el más puro léxico gaditano) ¿Porque tú lo digas? No – sentenció acto seguido – Subo a comer, que cuando me vaya, ya yo me llevo la basura. Venga, un beso – y en la despedida me encandiló – Si, adiós, adiós – y fue bajando el tono – un beso, adiós.
Y colgó. Cuando nos quisimos dar cuenta, tanto el socorrista como yo, nos encontrábamos siguiendo toda aquella conversación de maruja de aquella niña de cuatro o cinco años. Impresionante. Después de reírme, subí a casa y pensé: Le digo eso a mi madre y termino bajando la basura haciendo el pino. Pero la forma de llevar la conversación me pareció tan natural, que no me quedó otra que escribirla.

Malas noticias

El crío decepcionado

Buscando uno de esos huecos en que bajo a darme un buen chapuzón y aprovechar para nadar, me encontré con la que ha sido la más corta de las anécdotas y sin embargo, una de las más críticas a mi modo de entender las cosas. Al acabar de darme aquel baño rejuvenecedor, busqué una de las tantas duchas que ocupan las playas de Cádiz a fin de quitarme, aunque fuera, parte del salitre. Allí me tropecé con unos cuantos niños de entre cinco a diez años jugando con globos de agua...más agua. Uno de los más mayores, se encontraba bajo una de las duchas hablando a su hermano pequeño; tenían la misma cara y supuse que eran familia. Con la diestra sostenía un globo de color no me acuerdo mientras con la siniestra se frotaba bien el sobaco para enjuagarse. Ya la escena en sí era graciosa, pero aún más la frase y el tono serio y decepcionado que le prosiguió:

  • No me puedo creer que papá...- se paró un segundo para dar énfasis – haya fracasado.

Puntos suspensivos. Así me quede. El pequeño simplemente asintió serio y frío ante el comentario de su hermano, que se cambió el globo de mano para seguir con su ritual de acicalamiento. Os juro que por el tono de voz seco y remilgado, y el gesto del benjamín, sentí pena de aquel padre desconocido. Se me pasaron decenas de cosas por la cabeza; Perdió acciones en la bolsa, fracasó en un intento por crear un coche que consumiera verduras, quedó último al parchís de seis jugadores... Pero recuerdo que sentí lastima, además por supuesto de reírme por el comentario. Uno nunca se para a pensar cómo te ven los pequeños de la familia. Y es que creemos que por ser más pequeños no le dan a la sesera tanto como nosotros.

Juegos arriesgados

El niño que apostaba fuerte

Imaginaos a vosotros mismos sentados en vuestra toalla, la mirada perdida en un horizonte azul, el mar en calma, el vociferar de fondo de la multitud disfrutando de un buen día de playa y en vuestras manos, una cerveza bien fría y un bocadillo tamaño antebrazo de filetes de ternera estilo japonés. Si, yo me sé alimentar. Gracias. Ahora imaginad que justo cuando vais a dar el siguiente bocado a ese suculento manjar, dos niños pasan a vuestro lado desde atrás y se escucha esto:
  • Oye tío, recuerda, que el que pierda... pierde.
Efectivamente, no llegué a dar el mordisco. De haberlo hecho me hubiese atragantado y muerto en el acto debido a la risa. Y si en vez de eso hubiera dado un trago a la cerveza, la mujer que descansaba boca abajo delante de mi, se habría levantado enfurecida por tener la espalda rociada de zumo de cebada.
Como oís. En un principio y siendo meticuloso en detalles, un primer chiquillo de unos siete años, moreno, pasó a mi lado sosteniendo en su mano una pequeña pelota estilo balonmano. A éste lo seguía otro algo más bajo, rubio y pequeñajo, pero que denotaba seguridad en sí mismo, pecho henchido, macho alfa. Por qué digo lo de macho alfa... Ahora veréis pues, lo bueno no fue solo esa frase, lo que realmente me hizo revolverme en mi toalla de la rana Gustavo, fue el gesto del niño que portaba el balón tras escuchar la declaración de su amigo. Yo ya estaba boquiabierto comprobando cómo el más bajito seguía camino de la orilla con la intención de poner en práctica aquel “arriesgado juego” en que si pierdes... pierdes, cuando el niño de la pelota se para a procesar dicha información.
Se paró en seco durante unos cuatro o cinco segundos en que pareció que iba a decir algo, a discutir tal aclaración. Levantó el dedo índice de su mano libre con la intención de protestar e incluso abrió la boca. Pero, la lógica era aplastante y, después de agachar la cabeza, cerrar la boca, bajar el dedo y respirar, siguió a su colega asumiendo la crueldad del juego a que había apostado.
Me descojoné. Sobre todo porque recordé que cuando yo era pequeño, era tan sumamente competitivo, que si jugando a algún juego de mesa o acción física, no importaba el tema, veía menguar mis posibilidades de ganar... si por un segundo me quedaba claro que iba a perder... yo decía muy, muy en serio:
  • Creo que no sabéis que aquí, en este juego, quién pierde, gana - ¡Ea! Tócate los cojones, ese era yo.

¡Ataque materno de agua!

Mamá te protegerá, pero no te pases con mamá

Recuerdo feliz que aquella mañana, al fin recibiría mis plantillas nuevas. Un respiro para mis pies doloridos ¡Maldita fascitis plantar! Pero por temas que no vienen al caso, yo me encontraba en Cádiz una hora antes de mi visita al médico. Había desayunado bien, me había aseado aún mejor y no tenía nada que hacer. Así que enfilé mis pasos hacia la playa con idea de zafarme de la camisa y los zapatos y dar un buen paseo por la orilla. En aquel momento y desde hacía días, tenía varias canciones rondándome la mollera, así que la calma que produce un paseo de sal y azul e ir componiéndolas, me pareció un buen plan para matar una hora. Así fue durante la ida y creedme, saqué el estribillo de dos de ellas. Pero a la vuelta, el destino quiso ser partícipe de mis anécdotas y se confabuló con la casualidad para que me viera involucrado en esta asombrosa historia.
Desandando mis pasos por la orilla, dejando que el agua salada y la arena fría me envolvieran los pies, me crucé con una madre que jugaba en el agua con su pequeño de...calculo año y medio, cuando ya empiezan a corretear. En principio la imagen se me antojó tierna, como a vosotros quizás. Hay que tener en cuenta que, lo que para aquella mujer y para mi solo era agua hasta los tobillos, comprendía la altura de las rodillas para aquel chiquitín con hechura de bebé gorila comestible. No sé por qué aminoré el paso para contemplar la escena...no debí hacerlo, pero eso lo supe más tarde. El infante, mantenía con su madre pequeños lances en que corría hacia ella y, dando una intencionada pero leve patada al agua, la salpicaba diciendo »Que te mojo«, salía escopeteado en dirección opuesta a ella y reía como si los pulmones no fueran suyos. Para dar más emotividad, añadiré el recuerdo de que en una de sus manos agarraba con cariño un juguete del típico camión de bomberos. Yo sonreía mientras miraba una de sus acometidas cuando, ya a punto de dejarlos atrás, escucho que la madre ríe y suelta:
  • ¡Yo también te mojo!
Acto seguido, aquella señora propina al agua tal patada con el empeine que, evocando un ataque especial a lo Street Fighter, crea una especia de honda acuática, un manto de muerte cristalina que engulló al pequeño dejando su contador de vida a cero. Por supuesto, en su contraataque no calculado, ocasionó daños colaterales en mi ropa y mi ego. El bebé gorila, y no penséis que era feo, nada más lejos de la realidad, temblaba en la orilla con media sonrisa en la cara y la boca abierta en gesto de “Si digo algo me cae otra” o “Mi propia madre...”. Quiero pensar que sonreía para no hacer sentir mal a mamá loba aún a pesar de su corta edad, o que simplemente no esperaba que su progenitora lo hundiese de tal forma, pues el labio inferior le temblaba en señal de posible llanto. Quedó claro que no vislumbró una respuesta así, ni yo tampoco. La madre, que supuse no controló su fuerza, seguía dando torpes y ridículos saltitos en el agua diciendo:
  • Yo también...te salpico...yo...también...je, je, je...yo...
Y ahí dejé al adorable niño con postura de bebé gorila y a su madre campeona de Water Fighter, a punto de un segundo round y más daños colaterales.

Timothy Willy

El niño que amenazó al mar

La última, de momento. Comenzaré aclarando que el niño del cuál hablaré no es conocido como Timothy Willy, al menos no por sus allegados. El nombre se lo puso mi buena amiga Mila al día siguiente, compartiendo tarde de playa, sol y cerveza fresquita (Sí, me gusta la cerveza, ¿qué pasa?). Después de intentar ser fiel a lo que viví la tarde anterior y describir a mi amiga toda la anécdota con pelos y señales, nos pasamos unas dos horas hablando del niño, de su futuro como conquistador del mundo y cerebro del mal y, como ya veis, otorgándole un apodo. Si, bueno, no es que Timothy Willy suene a genio del caos pero, Darth Vader no nació con ese nombre y mirad cómo acabó.
El caso es que me hallaba esa tarde solo, por desgracia, pues hubiera dado un dedo...de alguien por no presenciar la escena que estaba por llegar sin compañía. Podéis creer o no lo que voy a contar pero, solo puedo decir que juro solemnemente trascribir cada palabra que aquel chiquillo pronunció con total exactitud. Yo salía de nadar cuando, al llegar a la orilla, este crío de no más de cinco años se cruzó conmigo corriendo en dirección al agua. Su intención era zambullirse pero nada más rozar el agua con sus pies, dio un salto hacia atrás y se alejó varios pasos cambiando el gesto de la cara. En un principio corría alegre e infantil, cuando no hay preocupaciones y solo piensas a qué jugarás después pero, cuando su piececíto pudo comprobar la frialdad del agua, y yo la corroboro, su rostro se tornó serio, enfadado, como si lo hubiesen herido o traicionado. “No agua, esto no era lo que me habías prometido”, así hablaban sus ojos...o eso pensé yo. Mi idea era caminar hasta mi toalla y relajarme pero, al contemplar al niño adoptar una postura señorial y firme ante el agua y señalar al mar por completo con su dedo índice...tuve que quedarme:
  • Agua, – comenzó con voz grave – te voy a destruir, - y aquí viene lo mejor – a ti y a tus amigos.
¡Dios! Os juro que estuve por dar la alarma. ¡Sirenita, corre, te van a violar! Avisa a Sebastián porque lo cocinarán vivo y harán paté de cangrejo con sus entrañas. ¿Cuáles son los amigos del agua? Maldita sea, ese niño había declarado la guerra al mar porque la temperatura no era de su agrado... ¡Así piensa un maldito narco de la mafia mejicana, un traficante de armas o el mismísimo Jerjes! Focas, orcas, algas... Green peace... Mierda ¡Van a caer todos!
Lo que luego vi fue aún más impactante. Aquel discurso, aquella amenaza, le habían servido para aunar fuerzas entre voluntad y coraje y cruzar las frías aguas decidido, sin miedo. Se acababa de convencer a sí mismo de que el mar era poco, un elemento pisoteable. Joder, hasta yo quería volverme a meter y enseñar al agua y sus amigos lo que era bueno.
Se van a enterar esos cabrones. A partir del año que viene, un termo para Timothy Willy...o caeremos todos.


Pues aquí concluye mi relato de experiencias verídicas en primerísima persona guión escenas playeras. Espero os haya gustado y hayáis conseguido ver el fondo de todas estas historias. Tenemos la sabiduría delante de nuestros ojos a no más altura de un metro, y somos incapaces de prestarle atención.

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