Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: mayo 2014

sábado, 24 de mayo de 2014

Un revólver llamado Mississippi

 Lo cierto es que mentiría si dijera que no esperaba estar en medio de una calle de este pequeño pueblo de Little Falls tumbado mirando al cielo. ¿Cuándo me abandonaste, Señor? Bueno, si tenemos en cuenta mis vicios, mi suerte diabólica y mis costumbres, lo que me extraña es que no me abandonase nada más nacer.
Tommy “Dos tiros” McCallan. Sabía de antemano que ese mal nacido lucía una recompensa tan alta por algo. Hoy comprobé su sobrenombre. Tommy “Dos tiros”. Por lo visto, el nombrecito de los cojones se lo puso un alguacil sin pelotas para plantarle cara, uno que prefirió salir por piernas después de comprobar la velocidad de Tommy; ahí va el dinero de mis impuestos. Hay que tener en cuenta que, Tommy, como muchos otros forajidos, no va solo. Este tipo de bandoleros siempre marca una huella antisocial en otros pobres diablos que lo siguen como perritos falderos. Unas veces las marcan, otras la despiertan. “Dos tiros” proviene de su velocidad en duelo y su puntería, Tommy siempre tiene tiempo de disparar dos veces y, por lo general acierta una, cuando no las dos. Y es por ese detalle que ahora estoy tumbado aquí, en la calle principal de Little Falls, debatiéndome entre levantarme o quedarme aquí tranquilito esperando a la parca. Al fin y al cabo, no me puedo quejar, me he salido con la mía. Sí, yo nací en el Mississippi, me bauticé en el Mississippi y esperaba morir en el Mississippi…

* * *

Sam “Mississippi” Waits nació, se bautizó y creció en Louisiana, muy cerca de su gran río Mississippi. Desde muy pequeño, su padre le inculcó de lleno lo que significaba amar Mississippi y las costumbres de cada uno de sus rincones. Su padre fue un veterano de guerra que, al igual que él, nació, creció y vivió allí hasta el momento de su muerte, pidiendo por favor que enterrasen su cuerpo a orillas de ese gran río. Manías que con el tiempo pasan de generación a generación.
Sus padres murieron siendo él un adolescente algo rebelde. Así que tuvo que hacerse cargo de una granja que pasó duros veranos y peores inviernos, quizás por su temprana edad para los negocios y su inexperiencia. No era bueno con la soga, tampoco se desvivía arando, aunque aún le quedaba gente que, por bienes y cercanía, le ayudaban con el trabajo de sus tierras. Ni siquiera tenía esclavos, como era costumbre con una extensión de tierra así. No necesitaba tanto para él solo. Tampoco era el tipo más agradable del salvaje oeste; ni falta que le hacía. Había heredado dos características por parte paterna que a temprana edad ya le brindaron una reputación tan beneficiosa como perniciosa; una terquedad digna de un toro y la paciencia de las paciencias. Tardó en comenzar a andar, tardó aún más en dejar escapar su primera palabra e incluso tardó en disparar su primera bala mientras practicaba con su padre; pero no falló. No falló la primera, la segunda, la tercera vez y ninguna que él supiera. Así que, como cazador se las apañaba de maravilla. Al final, consiguió que sus vecinos se ocupasen de la mayoría de sus tierras y se llevasen casi todo el beneficio. No era generoso, simplemente no tenía ganas de hacerlo él y, por una suma económica justa y una despensa bien abastecida, se ahorraba ese trabajo. Pero, en una tierra salvaje como era Mississippi, donde si algo brillaba en el suelo llovían puñetazos, puntapiés, insultos y demasiadas veces hasta las balas, no era de extrañar que alguien avispado intentase aprovecharse de un joven sin experiencia y con demasiado para él solo. El nombre de ese aprovechado era Jim Beam, cuñado de su vecino. Era uno de esos hombres que hizo su fortuna a costa de los demás y muchas espaldas doloridas, y la gastó de la misma manera. Nada más enterarse de las propiedades a explotar de Sam, Jim quiso indagar en registros de tierras y demás, con la idea de comprar por poco lo que realmente costaba oro. Su habilidad; los negocios. Su presa; un ingenuo jovencito de dieciséis años. Pero claro, lo de ingenuo era una idea hecha que llevaba de base. Jim llegó con brillo en su diente dorado, pelo fijado a fuerza hacia atrás por una mezcla de agua no potable y el constante sudor que regala el verano en Mississippi, un maletín gastado por las esquinas y papeleo que pensaba no leería Sam debido a analfabetismo colectivo, pero otra vez se equivocó; su santa madre era profesora de fin de semana en la parroquia del pueblo. Además, Sam ya era perro viejo desde niño, y actuaba de maravilla.
- ¿Qué, no dirás que es mal negocio? – La sonrisa de Jim era la de quien aspira a ser el nuevo diablo, pero claro, la de un aspirante al fin al cabo – Es lógico que alguien de tu edad busque conocer nuevos horizontes y no pasar el resto de su juventud atado a una tierra sin oficio ni beneficio. Con este contrato yo convierto esto en algo de provecho y tu sacas una buena tajada – No era ni por asomo una buena tajada, pero Sam volvió a ocultarlo igual de bien con su actuación de inculto frente al papel.
Primero se divirtió interpretando un paripé, haciendo creer a Jim que solo miraba aquellos contratos de letra pequeña con intención de quedar bien. No era la primera vez que había tenido que tratar con tipos como este. Así que, mientras Jim hacía el gesto que hacen las manos cuando creen que saborearán dólares a espuerta, Sam se levantó de su silla mecedora, escupió tabaco de mascar a un lado y sacó un cigarrillo que encendió con suma parsimonia, los ojos entrecerrados por el sol, ofreciendo otro a su caco visitante. Mientras Jim lo encendía dejando volar su fe al verde de papel arrugado y rostro de presidente, Sam se adentró no más de diez segundos en su casa con el cigarro pegado al labio y salió cargando un revólver que heredó de su padre y que tenía grabado en el cañón de plata la palabra Mississippi. Al principio Jim no dio crédito a lo que sucedía. No sabía dar forma a los modos de Sam. Entonces, cuando aún alimentaba el estómago del revolver con la tercera bala, Sam comenzó a hablar con el cigarro bailoteando entre sus labios.
- Bueno, si no he entendido mal, usted pretende colarme un gato y llevarse todas mis liebres, que por cierto dicen que las crío de maravilla – terminó la frase cerrando un tambor saciado de plomo y que giró por el simple gusto de hacerlo bailar - ¿No es así?
- ¿Disculpa? – Jim comenzó a ponerse nervioso y sentir sequedad en la garganta – Yo solo pretendo que nos beneficiemos de un buen trato para…
- ¿Es cómodo correr con botines?
La frase fue esclarecedora y dio paso a una imagen más que cómica de la que Sam se estuvo riendo a carcajadas durante toda la tarde de aquel día caluroso de comienzos de Junio. Sam no era amigo de gastar por gastar, pero aquellas balas perdidas le alegraron el carácter. Se llevaba a las mil maravillas con sus vecinos, y sabía de sobra que opinaban igual que él cuando dijo que Jim era un despojo social y que si volvía a sus tierras los libraría de la oveja negra de la familia. Y ciertamente lo era, y ciertamente no les importó el comentario. Aunque, quién iba a imaginar que volvería.
Huelga decir que la tierra de las oportunidades, como muchos la llamaban, también era, allá por el sur, la tierra de los rencores. Pocas veces no se “solucionaba” un conflicto entre dos caballeros o se dejaba un duelo por resolver. Para Jim, el corredor de fondo, un niñato de dieciséis años lo había ridiculizado y humillado a fuerza de pistola y descaro, y eso no debía quedar impune. Además, la avaricia de Jim iba muy lejos, y seguía pensando que esas tierras debían ser suyas. Así que, exactamente una semana más tarde y a la misma hora, volvió al porche de Sam Waits, acompañado por un matón de nombre desconocido para Sam y sus vecinos. Sam, que los vio venir a lo lejos, sonrió, tiró al suelo un cigarro que cogió tarde la jubilación, y echó mano de su revolver, que descansaba en una mesita bien tallada junto al libro más famoso de todos los tiempos; La Biblia, con un separador hecho de hoja de tabaco que marcaba Lamentaciones, su libro favorito. Cabe decir que Sam era un chico muy creyente pero con una fe muy intima. Él opinaba que; “lo que suceda entre Dios y yo se queda entre Dios y yo, al cura ni le va ni le viene”.
- Muy buenos días – Comenzó Jim abriendo la conversación.
- ¿Qué tal? Vaya, botines de nuevo, veo que le tienes cariño a ese tipo de calzado. Yo lo veo algo incómodo, la verdad – Se burló Sam, que ya llevaba al cinto Mississippi y acariciaba la culata como si fuera el lomo de un gato sumiso – Veo que has traído a tu mujer para convencerme.
Jim soltó una risotada encajando bien el golpe de sarcasmo y dio una palmadita en el hombro a su compañero, que parecía que hubiera andado diez kilómetros de volcán en erupción. Sus ropas, su sombrero y su piel vestían la suciedad del humo del fumador perenne y el abrazo del desierto, y su gesto de desprecio anunciaba impaciencia por cobrar.
- Verás, aquí mi colega y yo opinamos que no cavilaste suficientemente bien los términos del buen acuerdo que te hice. Así que nos hemos presentado aquí con la esperanza de que recapacites y le des un par de vueltas más a la idea. Creo que todos salimos beneficiados.
Jim, que observó cómo su sucio acompañante ya tenía la mano sobre la pistola, sacó de su maletín una pluma y los papeles del contrato. Antes de ofrecerlos, Sam caminó tranquilo unos cuantos pasos alrededor de ellos, apartándose aproximadamente una distancia de unos diez pasos.
- ¿Y bien? – Jim parecía relajado.
Antes de hablar, y sabiendo cómo se traduciría su respuesta, Sam hizo lo que mejor hacía desde pequeño; ser paciente y visualizar la situación. Era igual que cuando salía de caza. El se decía a sí mismo; “analiza a la presa, estúdiala, compréndela y podrás hacerte una idea de su reacción”. Y eso hizo durante unos cuantos segundos. Pensó; “ese puerco roñoso es diestro, está claro que es un superviviente. Me mira fijamente a la cara como buscando un gesto, por lo que apuntará con el cerebro y no con los ojos. Es bajito, más que yo, que le saco una cabeza, así que apuntará ligeramente hacia arriba. Mi posición es más abierta. Me parece bien”. Y habló:
- ¿Te has encaprichado, eh? Lo entiendo, las tierras de mis padres son… - miró en derredor y al volver a la conversación se topó de nuevo con la mirada fija y penetrante de aquel misterioso personaje – Yo diría, envolventes, mágicas.
- Entonces – prosiguió Jim, haciendo un gesto con la ceja a su compañero - ¿No cambiarás de opinión?
- ¿Cuántas formas hay para decir “Vete a la mierda, maricón”?
No había acabado de cerrar comillas cuando percibió en milésimas de segundos cómo aquel pistolero de nombre x y gatillo rápido desenfundaba el revolver y apuntaba hacia él con la inercia que da un contrato. Sam se tomó alguna milésima de más, calculando una trayectoria imprecisa por parte de aquel pistolero aunque, según la suma, no mortal. El disparo se tornó silbido de trueno y éste, mordisco de acero y sangre cuando penetró en el hombro izquierdo de Sam, que apenas retrocedió un paso. El pistolero cambió la expresión de seguridad por la de desconcierto cuando contempló, atónito, como un chico de dieciséis años había soportado el balazo, tomado postura, y ahora afinaba una trayectoria que aseguraba un final más que anunciado. Demasiada frialdad. Así que no hubo tiempo para un segundo intento. Aunque el cañón de Mississippi estaba tranquilo, la pólvora gritó rabia. Nadie preguntó el punto de vista de la bala. Simplemente, ésta se halló haciendo un viaje de placer que comenzó en una visita a un tabique nasal y acabó saliendo por una nuca de poco pelo.
Jamás se supo más de Jim Beam en Little Falls ni alrededores, y tampoco se le echó de menos. Para Martin, el cuñado de Jim, saber de aquella noticia fue motivo de preocupación por Sam y respiro a un tiempo. No soportaba a su cuñado, y sabía que sólo traía problemas a la familia y mala fama. Emily, la esposa de Martin, se dedicó en silencio a limpiar, desinfectar y coser la profunda herida del hombro de Sam, que gracias a Dios, a su suerte y a su ajustado cálculo de última hora, sólo quedaría en un buen dolor de músculos para unos cuantos meses y una perfilada cicatriz. E igual que su padre lo inició en el arte de la puntería y la paciencia, sería Emily quien sin querer y para evitar más dolor, lo introduciría en la más conocida forma de paliar las agonías; el Whiskey, al que no tardó en aficionarse.
Pasaron no más de dos semanas cuando, al llegar de pescar y echar una madrugada de risas y bocadillos con Martin, se encontró a dos señores bien vestidos y serios frente a su hogar. Se volvió a Martin dejando a un lado todos los útiles de pesca y con cara de “No fastidies”. Martin se quedó atrás esperando ver el resultado de la visita. Para él fue una sorpresa, pero aún más para los visitantes.
- Buenos días señores. Señor Waits – dijo el más mayor de los individuos, que vestía de negro aún a pesar del calor que ya anunciaba esa mañana de principios de Julio.
- Buenos días Sheriff Label. Alguacil Daniel’s. ¿Qué les trae por mis tierras? – La actitud de Sam era relajada a pesar de tener a la ley de visita.
El Sheriff Label respondió a la pregunta sacando un papel amarillento doblado en tres que desplegó y mostró a Sam. Era una orden de búsqueda con recompensa. Damon Roses “la víbora”, así lo apodaban. Sam había ganado un duelo sin comerlo ni beberlo a un pistolero buscado en gran parte de Mississippi por unos cuantos cargos entre los que contaban; robo a mano armada, robo a mano armada con homicidio (todos voluntarios) y atraco a un par de bancos. Entre algunos cargos más se hallaba el del odio al jabón y al agua, algo preocupante pero que al menos alarmaba de su llegada.
Martin, que permanecía a no más de dos metros de Sam, quedó boquiabierto ante tal noticia. Sam alargó la mano, agarró la orden y le echó un vistazo. Miró de nuevo hacia el sheriff y el alguacil esperando una respuesta.
- ¿Y bien? – Dijo Sam, encendiendo un cigarro y devolviendo la hoja de papel gastado al alguacil, que entró en la conversación acercándose a coger la orden.
- ¿Y bien? ¿Eso es lo único que se te ocurre decir? – añadió de pronto Hank Daniel’s, alguacil de Little Falls desde hacía tres años. Era un tipo de unos treinta queriendo, desde muy joven, aparentar cuarenta. Sam lo miraba pensando; si no sabes fumar, no fumes – Sam, ¿te llamas Sam, correcto? – Sam lo miró pensando; ¿Le falta un hervor? – Has ganado un duelo a “la víbora” Roses, ¿Y sólo dices: Y bien?
- Creo que el joven Waits tiene demasiada sangre de papá corriendo por sus venas – cortó Dwain Label – Verás chico, por tu acto, digamos, casual, y no me refiero a que acabases con Damon pues, conocí a tu padre y si te enseñó a disparar no es de extrañar que tengas madera cuando no hierro, sino al hecho de toparte con Roses en una escena que acaba en duelo, debes cobrar una recompensa. Exactamente la que pone en la hoja que te ofrecí. Dásela Daniel’s.
El alguacil Daniel’s extrajo una bolsa de tela de un maletín negro estilo médico que llevaba consigo y se lo entregó a Sam, que lo recibió igual que cuando te dan un libro que ya leerás con el tiempo, si lo lees. Martin sonrió y dio una palmada en el hombro de Sam, quien siquiera hizo caso al gesto
- ¿No dices nada? – adujo Daniel’s.
- ¿Si digo gracias también te indignarás? – Esta pregunta tomó más fuerza cuando Sam lanzó la bolsa encima de la mesa de madera donde descansaba su Biblia, haciendo ver que lo sucedido no significaba tanto para él.
El alguacil miró perplejo al sheriff. Se debatía entre dos pensamientos; O es demasiado chulo para entender lo que ha pasado, o demasiado joven y no tiene puta idea del riesgo que corrió.
- Chico, quería preguntarte algo. Si fuera por la recompensa no hubiera venido, como comprenderás, el banco no va a Mahoma. Me preguntaba si te interesaba aprender el oficio y quizás el día de mañana aspirar a alguacil y, quién sabe, si sobrevives, y con el tiempo, incluso a sheriff.
- Y todo eso después de mí, claro – se sumó Daniel’s.
Sam rodeó al sheriff y a su compañero de ley y se dirigió a la puerta de su casa hasta quedarse bajo el marco de la puerta. Se quedó casi de espaldas a ellos y dijo, mientras comenzaba a desabrocharse la camisa:
- Todo ese rollo no va conmigo, sheriff. Comprendo que alguien tiene que limpiar la mierda – acto seguido enfiló sus pasos hacia el interior de su casa, haciendo un ruido cristalino que anunciaba la llegada de un par de vasos de whiskey en camino.
El sheriff sonrió y contempló unas tierras que, aunque Sam no fuera conciente de ello, había protegido, visitado y amado junto a sus padres. De hecho, conocía l respuesta a su pregunta mucho antes de realizarla, pero bueno, dicen que por probar que no quede.

* * *
Después de un mes, día arriba, día abajo, Martin acompañó a Sam a Little Falls para vender un par de reses y hortalizas del huerto. Sam predijo en una noche de cena con sus vecinos, que el agosto próximo se celebraría la despedida de soltero de Satanás. A Sam le encantaba hablar en clave y metáfora, siempre buscando el humor ácido o el sarcasmo; ese punto lo heredó de mamá. Así que, para no probar suerte, pues con la comida no se juega, recogieron la cosecha y aprovecharon para extraer carne de unas cuantas piezas para así sacar unos ahorros hasta el otoño. Martin y Emily se preguntaron varios días si Sam había perdido la generosa recompensa o simplemente le daba igual el dinero, como tantas cosas.
Después de vender el género por el pueblo, Sam propuso entrar en una taberna a relajarse, tomar una buena cerveza y repartir tranquilos las ganancias. El calor aceptó por ellos. Pidieron dos buenas jarras de cerveza que Sam tuvo el detalle de pagar y algo para picar. La música, de manos del sobrino del dueño, era agradable. No aporreaba el piano, aunque los dos convinieron que al local le faltaba algo de movimiento si quería prosperar. Cuando Martin casi había acabado su jarra y Sam ya se levantaba a por una segunda tanda, un tipo que tomaba una copa en la barra se volvió hacia él y, con la voz ronca y la lengua despertando de una siesta de última, dijo:
- ¿Waits, Sam Waits? – no miró directamente a Sam, sino que devolvió de nuevo la vista hacia su copa y comenzó a menear el vaso.
- El mismo que fuma y calza – Sam pareció no extrañarse, simplemente hizo un gesto con la mano al camarero que indicaba el número de jarras que deseaba.
- Pero si sólo eres un criajo – Aquí sí se volvió hacia Sam, con una expresión de descaro e incredulidad que se mezclaban en un rostro de suciedad, barba mal cortada y soltería forzada.
- ¿Disculpa? – por una vez en mucho tiempo, Sam optó por el beneficio de la duda.
- Mis cojones has matado tú a Damon. Tú no podrías ni levantar el revolver – Se acabó el beneficio de la duda. Al escuchar esta frase, Sam, que recibió las dos jarras, dio un sorbo a la suya e hizo un gesto de brindis hacia aquel vaquero medio borracho y mugriento.
- ¿Si? Pues a esta invita Damon.
Es curiosa la rapidez a la que viaja la rabia, con el tiempo, algunos científicos descubrieron que va mano a mano con la velocidad del sonido. Por ahí anda. Cuando escuchó la respuesta descarada de Sam, el vaquero lanzó su copa de repente contra éste, que la esquivó sin dificultad para luego ir a parar a un ventanal que, como no esperaba visita, se vino abajo. Para sorpresa de los individuos que ocupaban la taberna, el camarero sólo cambió el gesto para denotar dolor; otra ventana que reparar. Eso sólo podía significar una cosa; aquel tipo era peligroso y conocido, y el tabernero lo sabía, porque no se quejó.
- Maldito niñato, te vas a burlar de tu puta madre – Se encaró de pronto el vaquero.
“No, ese no es el camino. ¿Ves, ya me has mosqueado?” Pensó Sam, que dejó la jarra y, dejando caer la mano sobre la culata del revolver, se quedó mirando muy fijamente a aquel tipo.
» Damon Roses “la víbora” era mi hermano. Vas a pagar con tus pulmones, niñato.
Y de nuevo, de una forma que rozaba a un tiempo lo instintivo y lo profesional, Sam se paró un par de segundos, no más de…dos, a analizar la situación y a aquel tipejo. Caviló: “Hermano de Roses y compañero de corral por su olor. Está medio borracho, pero acordándome del difunto, seguro que es un tirador experimentado. Es alto el cabrón.” En un tercer segundo, que se regaló a sí mismo, sopesó la distancia. No hubo un cuarto segundo, aquel tipo hedía a venganza e ira por los cuatro costados. Fue rápido, quizás demasiado para un borracho. Y por esa misma razón y por una suerte desmesurada, el disparo fue a parar al muslo izquierdo de Sam, que se decidía, ahora que había ya calculado con precisión, a disparar su bala. Una sola. Su revólver, Mississippi, se codeaba con pólvora de la cara, porque gastaba una potencia desmesurada. Se había alimentado de un tabique hacía poco más de un mes, y ahora no se conformaba con menos. Esta vez, escogió globo ocular de primero con guarnición de salida de oreja roñosa, pintando un bonito y pintoresco cuadro impresionista en la espalda del pianista, que tanteó seriamente la idea de mearse en los pantalones mientras seguía allí inmóvil.
Curiosamente, el ahora cadáver tardó en decidir caer al suelo con el fin de crear algo más de morbo a la situación. Sam fue muy consciente de que el alcohol a granel había jugado un papel muy importante en la línea temporal de su vida. Comprendió, en cuestión de milésimas de segundo, que el tipo que tenía delante no era moco de pavo y que bien podría haber muerto un par de veces en sólo un mes. Así que, cuando todo permanecía aún en silencio y su pierna razonaba con el cerebro para no comenzar allí una oda a todo tipo de improperios, guardó a Mississippi en su cinturón y cogió las dos jarras de cerveza para luego sentarse junto a Martin, que lo miraba atónito. La pierna no paraba de llorar carmesí, pero de momento le podía la sed, así que dio buena cuenta de toda la jarra en un par de tragos largos.
Hasta que, alertado por el tronar de dos disparos, el sheriff entró por la puerta de la taberna seguido de Daniel´s, nadie hizo el intento de salir del mutismo que ahora reinaba allí.
- Daniel´s, ¿ese cadáver maltrecho de ahí no es…
- Roses, señor, Peter Roses.
- Ya suponía yo – el sheriff se volvió hacia la mesa de Sam y contempló aquel muslo sangrando y a su dueño degustando un poco de cecina y un sorbo de la cerveza de Martin. No hubo comentario respecto a lo sucedido, simplemente una pregunta y una respuesta:
- ¿De veras no te interesa? Este no tenía una recompensa tan grande y cobrarías bien.
- No – Y acabó el plato de cecina dando un par de tragos más.

Y así, de esta guisa, fueron pasando los años de Sam y aumentando considerablemente su reputación y sus ahorros pues, nada más curaba una cicatriz de un nuevo duelo, aparecía otra hiena con ansias de renombre y popularidad. Y es que, desde que el destino, juguetón y sobrado de humor ácido, pusiera en su camino a los hermanos Roses, en todo Mississippi comenzó a sonar un silbido en el viento que cantaba un sobrenombre: “Mississippi Waits”. Algunos nostálgicos comenzaron creyendo que el viejo John Waits seguía vivo, pues llevaba incluso tatuado el nombre de su tierra tanto en su revolver como en el brazo con que lo sostenía. Pronto supieron que un chico que se hizo hombre a sí mismo, había suplantado el alma pistolera de su padre y se había labrado una personalidad y un carácter forjado en la pólvora, el alcohol y la hoja de tabaco. Un chico que se hizo hombre y duelista sin buscarlo, sin comerlo ni beberlo.
Aunque, como más de una vez pensó entre intercambio de faldas y whiskey, el sheriff, perro viejo, lo había puesto en el camino de la justicia disfrazándola de recompensa. «El sheriff me ha disfrazado de alguacil y para convencerme de lo contrario me llama caza recompensas». Mientras esa idea no se promulgase en voz alta y las obligaciones de la ley no llamaran a su puerta, le traía al pairo. Sam se consideraba afortunado por el hecho de tener cuanto necesitaba y muchas veces de sobra. Hay que decir que, en este transcurso de años, sus apodos se maquillaron diferente según su público. La razón de este hecho fue que, después de once duelos a su favor y evidentemente ni uno en contra, pues la historia ya hubiera acabado hace un par de líneas, Sam había recibido en cada uno de ellos un recuerdo en forma de plomo o rasguño profundo. Marcas y cicatrices que agrandaron considerablemente la habilidad de Emily tanto para la medicina repentina como para la costura. Así que, muchos de los que lo conocían como Mississippi Waits, comenzaron a llamarlo Atalaya Waits, según ellos porque jamás cayó. Pero, con diferencia, el sobrenombre que con más diferencia marcó su carrera, se lo puso el propio sheriff con la astuta idea de alejar el mal de sus tierras: El demonio del Mississippi.
Nadie sabía el cariño que podía tenerle Dios o, aún peor, el propio Diablo, pero Sam parecía calcular con ojo de cirujano el momento álgido de cada duelo que sobrevivió para, aún a pesar de recibir un disparo, no fallar el suyo, que siempre ponía el punto y final. Una vez casi quedó en punto y seguido, pero fue debido a los espasmos involuntarios de su oponente, que al final desistió.
Y así, después de once balas, muchas borracheras y una voz que el tabaco fue rompiendo, Sam llego un día a Little Falls, esta vez por voluntad propia, para poner fin a la carrera en alza de un bandolero que tenía gran parte de Louisinia patas arriba. Su nombre: Tom Sark, más comúnmente conocido como Tommy “Dos tiros” debido a su velocidad endiablada. Tommy amenazaba sus tierras y su gente con todo el devenir de sus actos, que podían salpicar como una cascada de fuego. Así que, para bien de todos y gloria de pocos, Sam retó a Tommy a un duelo en nombre de la ley. Esto último no lo creían ni él, ni Tommy ni el propio sheriff, pero daba el pego. Así que, después de una sesión de aseo para la ocasión, una copa de buena mañana y el debido acicalamiento de su revolver Mississippi, que con el tiempo se había vuelto muy soberbio, Sam tomó posición en la avenida principal de Little Falls frente a Tommy. Espectadores, pocos en primera fila y una cantidad considerable tras las ventanas. Y, tras un minuto de miradas lobunas, la canción que trajo el viento en forma de oda al silencio, y un cigarro que se quedó en las cenizas, los contrincantes no tuvieron más remedio que comenzar un show que por lo general duraba muy poco para lo mucho que costaba. Fue el crujir de una puerta mal cerrada la que dio, y esta vez sin metáforas, el pistoletazo de salida. De hecho fueron dos, y por raro que pareció, ninguno de Sam, que optó involuntariamente por tumbarse en el suelo de tierra a repasar su vida. Entonces, cuando se debatía entre contestar las cartas que tantas veces le mandó Satanás, escuchó una frase que lo extrajo de su siesta a deshora.
- ¿Y este tipo era el que acabó con las serpientes Roses? ¿El temido demonio del Mississippi? Pues tampoco era para tanto. Joder, esperaba algo más emocionante. Ni siquiera ha hecho homenaje al puto revuelo que le dieron a su revolver – Tom soltó una risotada y comenzó a caminar lento en dirección a Sam, que yacía en el suelo teatralizando, a ojos del mundo, una muerte muy conseguida – Voy a tener que heredar ese revolver para hacerle justicia al nombre.
Es curioso, muchos juran todavía que esas fueron las últimas palabras de Tommy “Dos tiros”, aunque la veracidad de la historia subraya que Tommy tuvo tiempo de un par de “hijo de puta y cabrón” hasta el momento de su muerte. Así que, cuando aún le quedaban unos diez pasos para alcanzar el cuerpo aparentemente inerte de Sam, el miedo sobrecogió los músculos de Tom Sark, que en este segundo caso, no tuvo tiempo de reaccionar. Desde no más de una altura de unos veinte o treinta centímetros del suelo, una bala seguida de la frase «Un carajo vas a heredar», cruzó castigadora la distancia que separaba a los dos contrincantes hasta instalarse sin previo aviso en la rodilla derecha de Tommy, que cayó al suelo para así apoyarse sobre las dos manos. Pero no fue uno, sino tres disparos. El primero un obsequio por aquella frase vejatoria, el segundo, pura técnica, pues voló la muñeca derecha de Tommy “Dos tiros”, impidiéndole toda opción de respuesta, pero el último, el último fue en pago por las molestias. Interesante, pero la última bala guión duelo que dispararía Sam sería la única que en teoría falló en toda su vida, pues en realidad, y esto es algo que sólo habló en un noche de copas con sus vecinos, no iba dirigida a la mandíbula de Tommy, sino a su frente. Pero bueno, el efecto fue el mismo, de hecho, mucho más pintoresco. Entonces, y cuando el duelo dio un giro ciento ochenta grados, Sam, que lo atribuyó todo a un mal despertar, se incorporó y aceptó la ayuda del sheriff Label para levantarse. Aquellas serían las dos cicatrices más altaneras de su cuerpo, una en el hombro derecho, para compensar la que en su día le dejara Damon Roses, y la segunda en la costilla izquierda, que lo obligó a leer el génesis de la Biblia unas tres veces hasta quedarse tranquilo.
- Nunca dudé de ti – dijo el sheriff después de sacudir la tierra de la espalda de Sam, que tosía por no gemir.
- Si ya, mi revolver tampoco.
- ¿Te hace la placa?
- Ya sabe la respuesta – agregó Sam con tono seco pero amistoso – Bueno sheriff, ¿una cerveza?
- Por supuesto, yo invito.

- Sheriff, eso iba implícito en la pregunta.

Un brindis por los condenados

 No llegaba al punto de mala muerte, pero ningún individuo de polo de golf o perfume de cien dólares hubiera regentado un local así, mucho menos ocupado siquiera una silla para pedir una cerveza. Un camarero disfrazado de horas y horas de barra de bar se acercó para ofrecer dos cervezas más a una mesa en que resonaban el crepitar de unos dados gastados y brindis por cualquier cosa. Después de tres jarras de rubia bien fría y unos cuatro o cinco chupitos de tequila de factura mexicana, el motivo para un chin-chin, era indiferente. Los dos clientes se miraron, alzaron las jarras en gesto de nuevo brindis, las posaron sobre la mesa dando sendos golpes y luego dieron un buen trago a sus cervezas.
  • A todo esto – comenzó el que parecía más joven - ¿Por qué brindábamos?
  • Cuando ya se ha bebido es porque el brindis a sido asumido – Sonrió el más mayor.
Desde fuera, la conversación, las jugadas de dados y el cara a cara con el alcohol lo mantenían dos hombres totalmente distintos. Uno, el más joven, parecía sacado de una película en homenaje a Woodstock. El segundo, trajeado y acicalado, parecía lucir los cincuenta como sólo lo hacen los buenos dandis de corbata y pitillera de plata. Sin duda alguna, una pareja muy dispar.
  • Cuéntame... - El mayor hizo un gesto, esperando respuesta mientras encendía un cigarro de color negro.
  • Jimmy – respondió el joven, sacando otro del bolsillo de su camisa negra. Entonces, el caballero de traje gris perla, le guiñó el ojo y dio una larga bocanada al cigarrillo, guardando a la vez un mechero de oro en el bolsillo de su pantalón.
  • Bien Jimmiy, cuéntame algo. Llevo tiempo observándote – Jimmy se irguió en su asiento y miró sorprendido a aquel tipo mientras ladeaba sus labios para dejar escapar el humo de su cigarro – Si, no te extrañe. Hace un tiempo tocaste en solitario en un local de blues que me encanta. Igual, ibas tan colocado que ni te acuerdas – Jimmy soltó una risotada.
  • Igual si – Los dos rieron.
  • Permíteme que te diga que tocas de puta madre, colocado y todo.
Jimmy levantó la jarra, dio un sorbo y dijo:
  • Ya, suele pasar.
  • Si, ciertamente. Me pregunto por qué será.
  • Es fácil, para moldear bien los pecados, primero debes somatizarlos – la respuesta de Jimmy fue acertada y divertida para aquel tipo, que le devolvió un guiño cómplice y dio un trago a su cerveza.
  • ¿Crees que tocas mejor...puesto hasta arriba de...todo? - Jimmy cambió el gesto dando a sus cejas un tono de seriedad y apurando el cigarro, apoyó un codo en la mesa y con la mano del cigarro cogió el cubilete de los dados. Llevaban mucho alcohol y alguna que otra cajetilla de cigarrillos de marca indefinida desde que comenzaron a jugar al poker.
» Llevo toda la noche reventando tu suerte, confabulado con el azar ¿De veras puedes permitirte invitar a otra ronda? - Y Jimmy miró al individuo de gris, le sonrió y, matando al cigarro dijo:
– Joder, es cierto, tienes la suerte del Diablo y yo poca pasta. Maldita sea – Entonces meneó el cubilete, acabó su cerveza de un trago y tiró los dados sobre la mesa. Una J y dobles parejas de Rojos y Negros. Poca cosa. Saco otro cigarro y lo encendió mirando fijamente su jugada.
– ¿En abierto? ¿No vas a probar siquiera a mentirme?
– Voy a contestar a tu primera pregunta y luego voy a por esa. Camarero – He hizo un gesto con la mano hacia la barra pidiendo una nueva ronda – Verás Charles, ¿puedo llamarte Charles? Te va que ni pintado con el traje, la corbata y los zapatos de marca.
“Charles” sonrió e imitó a Jimmy dando el último sorbo que aquella jarra podía ofrecer. Luego le devolvió a Jimmy un ademán con la mano derecha para que prosiguiera.
– Verás Charles, no toco mejor “puesto hasta arriba”, como dices, simplemente me lo creo más ¿Qué digo? Todo lo hago mejor colocado. ¿Y sabes por qué es así?
– Ilumíname – Añadió Charles devolviendo al camarero las jarras vacías y recogiendo los dados para lanzar la respuesta a la jugada de Jimmy.
– Fácil. Porque acepto que me encanta y me hace más llevadero este maldito mundo, esta jodida sociedad en que buceamos. Al aceptarme a mí mismo incluyendo mis males y mis pecados, me libero de toda la lacra social que dictamina qué está bien y qué no, y mis notas fluyen libres, joder, sin dar cuenta a ninguna estricta partitura.
– Ya veo – Y justo antes de tirar, miró a Jimmy de soslayo y preguntó - ¿Estás seguro? La vas a pagar tú.
– ¿Tengo alguna posibilidad acaso? Y con ésto respondo a la segunda cuestión.
  • Entonces, dime – Y dio la vuelta al cubilete encerrando dentro la jugada para crear misterio Si sabes que vas a perder, ¿por qué juegas?
  • Charles, Charles, Charles... Cómo se nota el doble fondo en esa pregunta – Y brindaron de nuevo a nada y a todo. Antes de responder te propondré algo, destapa tu jugada y lo verás.
Y allí, aceptando su papel fortuito, cinco dados mostraban, no un poker, sino un re poker de Reyes. Jimmy abrió los ojos todo lo que alcohol le permitió y sonrió dando luego una larga bocanada a su cigarro.
  • Vaya, a esa jugada solo la supera otro re poker, ésta vez de Ases ¿Cierto?
  • Correcto.
  • Bueno Charles, para mi es fácil. Si quieres que lo diga sin pudor, lo haré. Me gusta esta puñetera droga de los ochenta, es más, lo acepto, Charles. Esa es la jodida diferencia entre la sociedad y yo; aceptación, un concepto que no parece ir con nuestro mundo.
  • Brindo por esa aclaración – Y ciertamente brindaron con sus jarras.
  • Así que si me preguntas, después de estas “x”jarras de cerveza y los “y” chupitos al cuadrado que a mi me tienen sobrevolando la psicodelia y a ti parecen saberte a agua, te responderé que... Arrepentirse es de cobardes. En serio, Charles, si viniera un puto médico a esta mesa en este momento... ¿Qué digo, joder? Si bajara el Espíritu Santo ahora mismo, entrara por esa puerta y me dijera: Jimmy – Y cambió el tono de su voz para que pareciera grave y decidida – si sigues por este camino, chico, alcohol, drogas, rock and roll... Es más, si te acabas ese porro morirás ahora mismo.
Charles comenzó a reír, pidiendo al camarero dos chupitos más cuenta de su misteriosa cartera negra.
» ¿Sabes cuál sería mi respuesta? - Charles se tomó su chupito de tequila y lo miró divertido – Apuraría el jodido porro, Charles, me lo fumaría como si fuera el cuerpo de una maldita pin up. ¿Y sabes por qué? Porque me encanta y soy muy consciente de ello y porque es lo que he elegido. Y, - añadió de repente – porque toco de putísima madre, Charles - “Charles” se echó a reír mientras sacaba otro cigarro más de su pitillera de plata.
» Si, Charles, amigo mío, toco la guitarra para como para que hagan una estatua dedicada a mis huevos - “Charles” comenzó a soltar carcajadas. Hasta el camarero sonreía y hacía con la cabeza un gesto de afirmación – Toco como si una valquiria se hubiera tirado a mi guitarra, Charles. Y, si no es así, a mi me da igual, porque no me doy ni cuenta gracias a toda esta mierda. La vida es para disfrutarla, y qué quieres que te diga, yo la disfruto a mi manera.
  • Interesante – respondió “Charles” cuando Jimmy acabó el discurso – Entonces, santo de la aceptación ¿Pagarás esta ronda?
  • Voy a hacer algo mejor, Charles, voy a salirme de mi piel con esto y a dejarte boquiabierto. Y aquí es donde entra mi propuesta. Que te parece si, para que entiendas mi forma de ver las cosas, nos jugamos, y vas a escuchar bien, mi alma en esta tirada. Tómatelo en plan metáfora o cualquier mierda filosófica que se te ocurra, porque yo voy a tirar muy convencido.
  • ¿Lo dices en serio? Tienes que sacar cinco Ases y además pagarías una cuenta curiosa – En los labios de “Charles” se leía una mueca risueña que parecía haberse puesto de acuerdo con sus ojos.
  • Completamente. Nunca había hablado tan en serio – Y justo al acabar su frase, posó el cubilete sobre la mesa dejando en su interior su destino marcado en unos dados de poker y se tomó su tequila. Luego, se puso de pie sin destapar la jugada, encendió otro cigarro, guiño un ojo a “Charles” y cogió su guitarra, que se encontraba apoyada en una de las sillas de la mesa. Hizo un saludo silencioso al camarero y salió por la puerta con paso decidido.
Charles se quedó unos segundos acabando el cigarro y saboreando el momento. Entonces cambió una mirada con el camarero y se dispuso a destapar el cubilete. Ni siquiera lo llegó a levantar cuando soltó una risotada y susurró.
  • Ya lo entiendo. Aceptación. Qué cabrón – Y se levantó, pagó la extensa cuenta de jarras y chupitos y abandonó el bar.

El camarero, que no tenía tanto aguante ni vestía tanta chulería, se dirigió a la mesa, ocupada ahora por vasos vacíos y ceniceros colmados de gris. Recogió los vasos, los puso sobre una bandeja y, con la mano que aún le quedaba libre, destapó la jugada de Jimmy, y, para su sorpresa, no tuvo otra que sonreír.

Su alma entre los cerezos

La joven lo miró por última vez a los ojos, triste y humillada pero segura de su destino. La cara salvaje y pasional del amor había quebrado su futuro, un futuro que para ella sólo destilaba tonos de gris y amargura. Si le hubieran preguntado, hubiera respondido una y mil veces que no se arrepentía en absoluto. Habría dicho, si aún tuviera derecho a las palabras, que de tener libre un sólo segundo más de su tiempo, sería para él, para su amor oculto, para su idilio. El misterio le había mostrado una forma de beso que jamás probó, el calor en unos abrazos robados que jamás entendería, el poder de una caricia animal y tierna que escapaba a su mente.
La mirada que le fue devuelta, azorada pero firme, derramó una lágrima, sólo una. Esa fue la señal que daba salida a una carrera de sangre y hiel. Con pulso firme, la muchacha dibujó una línea perfecta en su garganta que dio paso a una cascada de silencio y carmesí. No se puede entender el significado literal de Jigai para la mujer, hasta que el kaiken de doble filo y ella son uno solo. Había pagado su infidelidad con creces, pero dejó claro en su rostro mortecino, que el arrepentimiento era un extranjero más en su corazón. Pudo beber el sake de despedida o escribir su último poema, pero eran honores que su alma obvió a pesar de que las tradiciones casi se rompen para ella.
El Daimyô se mantuvo firme, la mandíbula apretada en gesto de dolor, mientras la vida de su hija se apagaba ante sus ojos. El dolor de su marido jamás igualaría al de un padre despojado de su sangre, pero así debía ser.
En su mano derecha, el kaiken que absorbió su vida. En la izquierda, el objeto que la delató y condenó: Un simple molinillo de viento.

* * *

Paseó su mirada entre tazas vacías de alcohol. Sus ojos se perdían aquel atardecer en un mar de nostalgias mientras su alma vomitaba ríos de sake. No bebía para olvidar. Bebía para recordar. Bebió hasta que sus recuerdos viajaron desesperados hacia aquella boca, aquellos dulces y tiernos labios prohibidos. Jugó con sus dedos, dibujando formas en el aire, imaginando como los paseaba por su pelo negro. Bebió porque la amó, porque la amaba y porque seguiría amándola tras la amargura. Sabía que el licor de arroz podría paliar en parte su llanto, pero no paliaría el de su espada. Notaba su rabia y desesperación impregnadas en una hoja que jugó a ser dios en decenas de cuerpos. Aquella impotencia que lo consumía vibraba furiosa en su katana. Pero mantenía la poca cordura que restaba al pensar que ni toda la sangre ni toda la ira del mundo la traerían de vuelta. Las leyes y tradiciones de sus ancestros habían condenado su amor desde el principio, y ese principio se hizo fin. Un alma rebelde como la de Kentarô no podía aspirar a pedir la mano de Sâkura, la hija de un Daimyô, pero sí pudo en cambio robarle el corazón. A veces pensaba que aquel amor pasional y condenado permanecía escrito en las memorias del tiempo hasta que el suspiro de dos cuerpos lo hiciera realidad. Y fue a esos momentos a donde su mente viajó anhelante, sumida en sake y humo de tabaco.
Quedaba poco para el ocaso cuando se levantó de su asiento, pagó más alcohol del que bebió e hizo un gesto a la dueña de la taberna, la yaya Momo, abuela de todos y familia de nadie. Ella lo miró triste con una medio sonrisa en la cara y, cuando quiso devolverle sus monedas, él dijo:
  • A donde voy no requiero riquezas – Entonces la besó en la mejilla y le acarició el pelo.

* * *

Le habían dado un honor mayor que el Seppukku, lo habían retado a duelo. El mismísimo general de las fuerzas del Daimyô, Ibuki, había rogado a su señor por el deseo de acabar él mismo con la vida de aquel traidor. Sólo así limpiaría su nombre, bajo el grito de su espada. El Daimyô, ofuscado y aún dolido por la perdida, le concedió dicha petición. Kentarô, a cambio, pidió algo: escoger el lugar. Quizá fuera por los años de servidumbre de una casta que probó su filo y lealtad una y mil veces, el honor impoluto, la katana invencible, o quizá por aquella vorágine de amarga confusión, pero para sorpresa de todos, el Daimyô accedió.
Sâkura fue enterrada bajo la sombra tenue de un cerezo, un cerezo arropado por decenas de hermanos de rosa y mutismo. Para Ibuki, acabar con Kentarô condenando su alma junto a la de una esposa traidora, simbolizaba una buena forma de erradicar un recuerdo trémulo. Encerraría para siempre aquel recuerdo en un bosque que jamás pisaría, una cárcel para su pasado marchito, para su nombre manchado.
Si bien su reputación ponía en entredicho su puntualidad, no así su katana. Quienes supieron del duelo, quienes fueron testigos y todo aquel que alguna vez pronunció el nombre y apellidos de Kentarô, sabían que, de poder elegir, jamás se opondrían a una katana que parecía besada por los labios de una diosa. No había dudas en la capacidad de guerra del general, pero aún menos en las proezas de una casta que simbolizaba todo aquello que escapa al entendimiento del acero templado. La duda gritaba en silencio incluso en boca del Daimyô, que sabía que, después de todo, sería quien más perdería aquel ocaso. Fuera como fuere, había perdido una hija y ahora perdería una gran espada.

De espaldas a la tumba, Ibuki esperaba ansioso cuando Kentarô, el rostro cansado, hizo aparición. Llevaba el pelo desaliñado y el kimono cubriendo un solo brazo, el izquierdo. Dejaba ver el resto de su torso, una piel que hablaba un idioma secreto de cicatrices.
No habría palabras, ni gestos, tan solo dos katanas que abandonarían sus vainas para marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Los oponentes se miraron fijo, profundo. Se estudiaron y analizaron hasta quedar satisfechos y seguros de sí mismos. Kentarô mantenía una sonrisa que perfilaban sus labios susurrando orgullo. Entonces los cerezos lloraron un canto a la brisa, disfrazando el lugar de pétalos y el aire de un aroma suave que envolvía los sentidos. Súbitamente, un pétalo de cerezo acarició meloso el rostro de Kentarô, que cargó hacia Ibuki con la mano derecha aferrada a la empuñadura de su katana. Ibuki emuló al viento en un arranque de furia latente, dirigiendo sus pasos hacia Kentarô. Aquel ocaso, sólo una espada cortó en dos el aire. Sólo una espada probó el sabor de la carne y rugió sangre. Los contrincantes, en su lance de honor, se habían cruzado y cambiado las posiciones. Ahora, Kentarô ocupaba el lugar frente a la tumba de su amada. Sonreía, nunca perdió la sonrisa. Ibuki, de espaldas a él, giró el rostro y preguntó:
  • ¿Por qué no desenvainaste? - La vergüenza se olía en sus palabras.
  • Te he dado el honor de quitarme la vida, no iba a darte el de morir bajo mi katana – la sangre brotaba de su pecho imparable, como ríos de pena, pero aún así, sonreía.

Y así, con la poca fuerza que aún se negaba a abandonar su cuerpo, dio un par de pasos hasta quedar al lado de la tumba de Sâkura. De su kimono extrajo un objeto que suscitó el murmullo de mil pétalos en el ocaso; un molinillo de viento. Se arrodilló para luego tumbarse junto a la tumba de Sâkura y clavó el molinillo en la tierra que exhalaba su nombre. Se sintió morir, alegre y preparado. Entonces, con un dedo de su mano, dio al molinillo una razón para girar. Y allí permanecieron el silencio y la muerte, contemplando la escena donde la vida se rindió a la realidad del amor y la sangre...y sus almas vagaron al fin libres entre los cerezos.

Muñeco mío

 Las luces de cientos de farolas flotan delante de mis ojos, como transeúntes que me miran extrañados al verme pasar. Soy un extraño para ellas y ellas para mí. Es una de esas noches de motor y carretera en que el coche se sume en el silencio y la música de la radio juega a crear atmósferas que parecen parar el tiempo. Si, una de esas noches mágicas en que llegas a creer que hasta la radio escoge la música apropiada.
No hace mucho que mi novia y yo decidimos poner alas a nuestra relación y abandonar los respectivos nidos. La miro y ella me sonríe, es una de esas sonrisas que te acarician el alma y te consuelan en momentos de pena. Mudanza; adiós papá, adiós mamá. Me estoy haciendo mayor. Ella piensa que voy a cambiar de marcha, pero lo único que quiero es entrelazar los dedos de mi mano y la suya. Autopista en quinta, muy de agradecer. Miro por el espejo y casi pienso que ese día lo reservaron para nosotros; sin baches, sin tráfico, sin obstáculos que puedan parar el camino que hemos trazado juntos.
Al mirar el cuenta kilómetros y la velocidad, veo que ando escaso de gasolina. Debería repostar, que de pequeño, mis hermanos me contaban historias de autopista de las que despiertan a media noche a papá y a mamá con un mentiroso “no tengo sueño”. Así que, de cartel a cartel y tiro porque me toca, me fijo en que a unos tres kilómetros encontraré una gasolinera donde dar de comer al depósito.
Sigo conduciendo envuelto ahora por Ordinary world de Duran Duran, que parecía haber aprovechado el instante más adecuado para poner banda sonora al momento que estaba por llegar a pocos metros. Miramos a la derecha y divisamos un desguace de automóviles repletito hasta la boca de esqueletos de metal y sillones de cuero. Lo pasamos y empecé a pensar en mi coche. Lo tenía desde hacía tres años, un regalo del plasta de mi hermano, al que por cierto tengo que llamar a ver cómo esta. No sé cómo puedo querer tanto a ese coñazo de ser, pero es que me parto con el, no lo puedo remediar. Entonces caigo en la cuenta de que, a pesar de ser una tontería, mi novia y yo le pusimos incluso nombre. Cuánta gente habrá puesto nombre a su coche. Cuando te quieres dar cuenta, te has acostumbrado en entero a él, a su asiento, a sus pedales, a su altura, al olor. Y lo más curioso es que el coche también parece llegar a un punto en que se acostumbra a ti. Sé que, de momento, no podría separarme de este coche. Y es que no creo que seamos conscientes de lo que unos simples objetos inanimados pueden llegar a significar para nosotros. No sé, de tanto conducirlo, de tanto cuidarlo creo haberle dado un alma. ¿Nunca os pasó que disteis tanto mimo y personalidad a un objeto que al final tuvisteis la sensación de que cobró vida? No queda mucho para llegar a la gasolinera, por cierto. Y ahora que pienso en todo esto, caigo en la cuenta de un muñeco a lo marioneta Pinnochio que me relagaron cuando tenía sólo cinco años. Me parece que mi novia se ha extrañado al verme sonreír de repente. Hagamos que crea que me sé la letra de la canción mientras echo otro vistazo sin sentido al retrovisor.
Yo era un chico muy introvertido, quizás demasiado. Todo me daba vergüenza y, sinceramente, las relaciones sociales no eran lo mío. Así que convertí a esa marioneta, tamaño casi un metro, en mi compañero de viaje, juego, penas y diversiones. Tom, así llamé a mi muñeco. Iba vestido con una ropa estilo tirolesa con un rollo a lo Sawyer… ¿Le pondría el nombre por eso? A veces no sé que hubiera sido de mi infancia de haberme faltado Tom. He reído y llorado con ese amigo de madera. De hecho, estuvo en mi habitación hasta hace poco que decidí marcharme. Mis padres pensaron que por el cariño que le tenía, era mejor alejarlo de mis sobrinos pequeños, que ya lo despojaron de la ropita la última vez que consiguieron alcanzarlo y casi le parten una mano.
Joder, Tom ha vivido conmigo el colegio, mi primera pelea, el instituto, el primer amor, reímos juntos con mi graduación y la borrachera que llevé a casa, vivió mi segunda y mi tercera resaca, conoció a mi novia, la aceptó y ella a él… Y allí se ha quedado; ese sótano no le pega. Qué buena infancia me ha regalado, y ahora nos separa la edad y… Coño, que me paso la gasolinera.
- Cariño, si puedes compra agua.
- Si vida – agua y repostar cincuenta dólares de gasoil.
Lo lleno del todo y me quedo más tranquilo. A nosotros nos gusta estar bien liberados para poder beber más, pero a los coches les gusta estar bien llenos para consumir menos. Buen coche. Me pregunto, si Tom pudiera hablar, qué pensaría, ¿estaría triste por dejarlo allí solo después de pasar tanto? El me dio siempre sin pedir. No sé qué carajo estoy diciendo, es sólo un muñeco. Pero, es mi muñeco, y no sería como soy de no ser por el. Qué coño…
- Vida, tenemos que volver.
- ¿Cómo? Pero si ya estamos de camino. ¿Te has olvidado alguna cosa?, ¿ocurre algo?
- Si, me he dejado algo muy importante.
No sé porqué hago esto, sé que es una simple marioneta y que como abra la boca, una de dos, o mi novia se descojona o me manda a hacer puñetas, pero algo dentro me está matando. Siento que le fallo a Tom. Si, ya sé que es un muñeco pero, yo le di alma a ese muñeco y forma tanta parte de mi como yo de él.
Desvío la mirada de las mismas farolas que antes me miraban con desprecio y ahora parecen atónitas. Acorto el camino a base de acelerar y respirar una extraña añoranza. Mi novia tiene la misma cara que pondría cualquiera si te intentaran hacer creer que el rey del pop era en efecto blanco. Yo no quería ni podía hablar, únicamente deseaba llegar cuanto antes. Aparqué al lado del BMW de mi padre y noté cómo desviaba la mirada del televisor para prestarnos una atención robada. Me bajé rápido y dejé que mi novia decidiese si se quedaba debatiéndose entre sintonías de radio o me acompañaba dentro. Quedó claro que la curiosidad la volvió gato. Más que parlamentar con la cerradura la atravesé como si llevara un sable. No sé exactamente qué me esta pasando, pero siento un vacío dentro de mi, y Tom tiene la culpa. Joder, por un muñeco. Espero que no se enfaden en mi casa por un hola a medias tan pasajero, pero el sótano me espera. Abro y enciendo una luz a medio morir con un fusible que gritaba en silencio que lo sustituyeran. Bajo, echo un rápido vistazo y, allí está, sentado en una sillita de su misma piel pero diferente color. Sin ropita, con frío, o eso quiero pensar, la mirada perdida en la mía. ¿Pero qué he hecho? En qué momento me olvidé de mi mismo…
Bajo rápido las escaleras asombrado por unas lágrimas que no puedo controlar y a las que no llamé. Me cuelo entre las cajas que lo parapetan y, sin atender a razones ni al hecho de que pudieran estar observándome mi novia, mis padres o el espíritu santo, me arrodillo frente a Tom. Entonces las lágrimas quitan el tope y mis ojos se desbordan.

- Lo siento – Y no puedo dejar de llorar ni de repetir esta frase hasta que acepta mi abrazo y me avergüenzo porque sé que en sus ojos de porcelana puedo leer un “no pasa nada, ya te había perdonado”, y permanezco allí unos minutos mientras mis labios siguen repitiendo: lo siento.  

Llamando a la Tierra

 Hace tiempo que se apagó la luz de Venus. Lo cierto es que en este frío y desolado tramo que separa Júpiter de Marte y Marte de la Tierra, y en una nave con tantos adelantos…bueno en realidad son dispositivos que apenas uso, uno llega rápido a perder el tiempo con detalles o pasatiempos que hubiera dado de lado en casa; como por ejemplo divisar el planeta muerto de Venus. Cuando me metí al ejército como piloto explorador me esperaba otra cosa. No sé; extraterrestres, combates contra organismos vivos en planetas desconocidos, descubrimientos intergalácticos. Pues bien, llevo un año en una misión de reconocimiento rodeando Júpiter en busca de bienes para nuestro decadente planeta y lo único que he encontrado es; redoble de tambores, ¡Nada! Todo lo anterior sólo es carne de libros y videojuegos. Llevo un mes comiendo mierda aquí solo en mi nave; Wild Horse. Muy bonita, avanzada y veloz, pero ahora veo que para una misión así el gobierno derrochó en una tecnología un tanto sobrante. Así que en resumen, estoy rodeado de una cantidad ingente de aparatos, ordenadores, mecanismos e incluso munición que nunca utilizaré. Una pena, porque algo de acción no me vendría mal para variar. Por lo menos tengo la guitarra que me regaló mi primo. Y como el ordenador principal tiene toda clase de archivos; históricos, músicos, cinematográficos…juegos, entretenimiento, idiomas… Pues eso, que siempre hay algo que hacer. Que curioso, en los archivos veo que una de las cosas que apenas ha cambiado con los años son estos maravillosos instrumentos. Maravilloso es un decir porque sigo sin cogerle el truco. Voy a poner la función personal del ordenador principal. Es una maldita locura hablar con un ordenador, pero a falta de alguien de carne y hueso…
- Ordenador, abre la función personal.
- Buenas noches, señor.
- Buenas noches, ordenador – No sé qué cojones hago dándole las buenas noches a una máquina, pero bueno.
» Ordenador, busca la tablatura de Stairway to Heaven.
- Cargando tablatura desde el principio, dónde suele aparcarla siempre, señor.
- ¿Eso es sarcasmo, ordenador?
- En absoluto, señor. Sólo me baso en historiales de comportamiento y uso, señor.
- ¿Ah, si? Pues dime, ¿cuándo fue la última vez que cagué?
- Por el reconocimiento de voz diría que eso sí es sarcasmo, señor, pero por miedo a caer en error de cálculo añadiré igualmente que defecó usted hace tres horas y veintidós minutos, señor.
- Correcto. Buena vigilancia.
- Si me permite el comentario, señor, capto por la cámara que se ha puesto su sombrero favorito, señor.
- Muy agudo, ordenador, mi sombrero de cowboy. Me inspira para tocar.
- Bueno, señor, si con inspiración se refiere a concluir satisfactoriamente cada tablatura hasta la fecha…
- Ordenador, cierra la función personal.
Ya hace tiempo que no me sale este puto acorde. ¡Joder! ¿Cómo era? ¡Bah! No sirvo para esto. Un maldito año aquí enrolado en esta absurda misión con tiempo de sobra para demasiado y sigo sin hacer bien ese punteado. A ver, no pretendo emular a Jimmy Page, han pasado casi cuatrocientos años desde que se fuera a criar malvas y todavía no ha salido un “guitarra” con ese toque. De hecho… sólo quiero tocar…este jodido… ¡coño!…punteo del principio… ¡Maldita sea! Siempre me quedo en la mitad. Paso.
Veamos si tengo algún mensaje de la base. Mensaje del capitán; ya lo leí. Mensaje de mi mujer; leído. Que duro es estar fuera. No llevo bien la distancia… ironía, estoy a tomar por culo de la Tierra, y aquí, su recuerdo es como un cuento de ciencia ficción. Remedio; joderme hasta que acabe la misión. A ver qué más. Mensaje de reporte; éste lo mandé yo. No estuvo mal, encontré un mineral extraño que podría trabajarse con fines de combustible y demás. Y aquí éste otro que mandé al Doctor O’Brian con el reporte sobre aquella estrella del cinturón de Orión. Murió, fue terrible. Pues nada, ni un mensaje nuevo.
Voy a intentar contactar con la base. Se supone que da señal. Joder, lleva días así. Esperando una contestación que no llega. Seguro que se ha jodido el comunicador. Se pasa horas cargando para nada. Menos mal que me dieron reservas de energía para casi dos años y esa mierda de bolsas de comida. Qué ganas tengo de llegar a casa de mi madre y atiborrarme de verdaderos platos de comida, y no de esta reducción científica asquerosa que no sabe a nada, por lo menos a nada auténtico. Un buen chuletón de cerdo…no, mejor, un entrecot de ternera. Cuántas cosas echo de menos.
Creo que voy a hacer algo de ejercicio a ver si así al menos me despejo y con el cansancio me tranquilizo. Mañana me queda un itinerario curioso. Aunque ahora que lo pienso… Voy a mirar el registro y la agenda porque creo recordar que sólo me queda un mes. Un mes y a casa. Qué alegría. Siempre me han gustado estos ordenadores tridimensionales acoplados al dorso de la mano. Estaba en agenda laboral, en el apartado de trabajos pendientes. Bien, sólo queda bajar una vez más al planeta para sacar muestras del aire y verificar la presión que ejerce la gravedad. Desde luego, con trajes adaptados se podría sacar partido a Júpiter. Igualmente, un mes se dice pronto.

Cómo siempre, una buena tanda de ejercicio y estiramientos te dejan a punto para ir a dormir a gusto. Ahora, cena gourmet, una ducha como Dios manda y a la cama. Aunque, bueno, cansado, cansado, lo que se dice cansado, no estoy, al menos no del todo. Creo que voy a echar una partida de poker con el ordenador. La maldita máquina utiliza el reconocimiento facial, sonoro y mis jugadas guardadas para establecer una estrategia a seguir con la que, por cierto, me está partiendo el culo desde hace un par de meses. Pero ya le voy pillando el truco. Veamos si la engaño esta vez.

- Ordenador, activa la función personal y abre Texas Holdem, que te voy a romper uno de los pocos dispositivos que olvidaron ponerte.
- Buenas noches de nuevo, señor.
- Que si, que si, tú abre el juego.
- Cargando Poker Texas Holdem. Cargando fichas de apuesta y cartas interactivas. Repartiendo naipes. Iniciando partida. Juegue, señor.
Veamos qué tengo aquí. Vaya, un tres y una reina, ambas de picas.
- Vamos sin ciegas, ordenador, sólo estamos tú y yo. Abriré con cincuenta dólares “interactivos”, que es la mínima apuesta que fijamos la vez anterior.
- Cincuenta dólares. Estupendo señor, comienza comedido, espero que el ejercicio y la ducha hayan sido satisfactorios, señor. Me complace verlo relajado.
- Recuérdame que te explique el concepto de mariconeo, ordenador. Lo digo para que obvies ese tipo de comentarios de aquí en adelante.
- Lo apuntaré en la agenda como tarea pendiente, señor.
- ¿Los ves o sólo me das cuerda para ver mi reacción?
- Los veo y subo cincuenta dólares más, señor.
Puta máquina de lo huevos. Ya empieza, para ponerme nervioso y que me retire. Pero ya no caigo más, que es un ordenador y farolea que da gusto.
- Los veo.
- Iniciando Flop
A ver si tengo suerte, que parece ser la única manera de plantarle cara a la máquina. Un ocho de corazones, una sota de picas y…un ocho de picas. Casi tengo color. Espero que no me lo note.
- Juega usted, señor. Debe tener buena mano pues noto cómo se le ensanchan las aletas de la nariz. Aunque quizás sólo sea impresión mía, señor. Perdone el atrevimiento.
- Pues si, es una impresión tuya – Ya me ha cogido otra vez el ordenador de los huevos. Me cago en la máquina del demonio – Apuesto ochenta dólares, ordenador.
- Debo recordarle, señor, que la máxima quedó establecida en doscientos cincuenta dólares por fase. Al haber subido levemente supongo que a pesar de tener buena mano pretende usted engañarme para que archive lo contrario. Así pues, veo sus ochenta y subo veinte más.
- Eso, sube mamón, y no te calles que es malo - Serás cabrón – Los veo.
- Iniciando ­Fourth Street.
Un rey de tréboles. Mierda para mí. El ordenador juega además con estadísticas. Todo son ventajas para él y basura para mí.
- Juega ust…
- ¡Que si! Yo abro la apuesta.
- Lo noto nervioso, señor.
- Ordenador, no me toques los cojones y espera que piense que voy a apostar.
- Si, señor, como guste, señor.
- Apuesto ochenta dólares, ordenador.
- Veo que mantiene la apuesta, señor. Veo sus ochenta.
- ¿No vas a subir? Qué raro, algo tramas.
- En absoluto, señor. Iniciando River.
¡Un seis de picas! Por fin algo de suerte. Toma color que te vas a comer. Y pienso cerrar el programa y la partida justo después para acostarme ganador por una puñetera vez, para que se joda el ordenador.
- Habla usted, señor.
Me lo voy a currar a ver si la desplomo. ¿Dónde está mi sombrero? Ahora, mejor.
- Ordenador, espera mientras voy a la nevera a por hielo. Me apetece jugar con un buen Martini a lo James Bond. Aunque bueno, ni tenemos limones ni una copa de cristal en condiciones, pero algo se improvisará.
- ¿Capto en su tono de voz seguridad y altivez, señor? ¿Debo esperar por consiguiente una buena mano?
- Que no hombre, que es por tirarme un farol, está clarísimo que me vas a desplomar de nuevo – Creo que con el comentario la acabo de cagar, pero ya me da igual – Ya voy, estoy terminando de servirme la copa.
- Por supuesto, señor. Aquí le espero.
- Tú qué vas a decir, ibas a tener que esperar de todos modos.
- Si, señor.
- A ver, apuesto…ciento veinte dólares.
- ¿No querría apostar más, señor?
- ¿Mi ordenador me está chuleando?
- En absoluto, señor. Veo sus ciento veinte y subo sesenta dólares más.
- Ahí quería yo verte. Te noto seguro y animado, ordenador.
- Las partidas de juego mental son enriquecedoras, señor. Procurar alegrarlo es uno de mis múltiples cometidos.
- Genial. Pues bien, veo tus sesenta y hablo. Color, de picas. ¡Toma mamón!
- Buena jugada, señor, arriesgando hasta el final y prudente en sus apuestas.
- Eso es chaval. Me has captado. Ve pasando a mi lado las fichas electrónicas.
- Full de ochos y reyes, señor.
- Eso, pagando que es gerundio… ¡¿Qué?!
- Tengo Full de ochos y reyes, señor. Una jugada superior al color, señor.
- No jodas, ¿de veras? ¡Me cago en mi sombra!
- Lo siento, señor. Otra vez será.
- Encima comentario para pellizcarme los huevos.
- Señor, ¿he de recordarle el concepto de mariconeo?

- No me puedo creer que todavía me quede un mes…  

La vida en una sílaba

 Y es que ya no sé cómo hacer para que lo entiendas. ¿No dicen que las mujeres sois creyentes de las señales y que nosotros los hombres no tenemos un solo pelo de intuitivos? El rollo de Venus y Marte, ¿no? Pues, hija mía, más señales no te puedo haber dejado en este último mes. Cualquiera se habría dado cuenta de que estoy loco por ti. A veces he pensado que, como trabajamos en el mismo sitio, igual piensas que es mi forma de comportarme pero, si te fijaras un poquito más habrías visto que ciertas cosas solo me salen contigo. De verdad... Me tienes loco y soy consciente de que lo sabes. Dicen también, que lo bueno se hace esperar, pero se me está yendo la paciencia por una sílaba; Sí. O no, pero dime algo ya. De sonrisas no puedo seguir viviendo. Y los abrazos quitan el gusanillo, que no lo matan, no creas, pero para quitar el hambre no son la panacea. No me malinterpretes, me encantan tus abrazos, me pasaría hora abrazado a ti. Además, el olor de tu piel me embriaga. Si, en serio. Llevo mucho tiempo cerca de ti como para mirar el todo; yo voy más allá, al menos contigo me sale así. Me aprendí hace tiempo el diccionario de tus gestos, tus diferentes formas de reír, los perfumes que utilizas según qué ocasión, la forma en que vistes. Cuando creí que había visto cada detalle de tu cara, aparecieron nuevos ángulos o yo los inventé. Esa es otra, imaginar no cuesta un centavo, así que hace tiempo que me aboné al canal de los recuerdos que nunca fueron. No sé, yo ya te miro y no me queda otra que preguntarte. Y mira que es bonito cuando algo sucede con esa magia que da lo inevitable. Pero bueno, a la vista del poco tiempo que tenemos y con el trabajo... Eso, tú mírame así, tan fijamente, no sea que me ponga nervioso y eso no lo queremos, ¿verdad? ¿Sabes qué es lo más curioso? Que todo esto lo arreglaríamos con una sola sílaba, tan solo una y...
  • Arthur, ¡Arthur! ¿Se puede saber dónde estás?
  • ¿Eh? Perdona... Mmm, pensaba, solo eso – Una sonrisa y un chasquido lo sacaron de su conversación íntima. Pero el humano aún no domina la telepatía y ella no había atendido a sus palabras. A ni una sola de ellas.
  • Te preguntaba si habías terminado los informes del proyecto para el nuevo edificio en Earl Street – Lo malo de las personas con encanto, es que encantan, y una sonrisa como esa no ayudaba.
  • S..si, si, ya los acabé – Te cambio una pregunta por una sílaba, pensó Arthur.

Il mio piccolo burattino

 Tropezando con el empedrado de la calle, aquel anciano carpintero salió despavorido de la entrada de su tienda, que era al mismo tiempo su sancta sanctórum para trabajar. Se había quedado dormido trabajando en una mesita de noche de talla y forma exquisita, algo digno de la realeza que de seguro no llegaría más lejos de su escaparate. Esa noche, como otras tantas desde hacía meses, rezó a Dios pidiendo aquello que más anhelaba. Hacía casi un año que talló en la mejor madera que llegó a sus manos, un títere de no más de un metro de altura, una figura que representaba todo aquello que jamás tuvo debido a circunstancias de la vida, y que para Geppetto representaba más que todo el oro del mundo; Un niño. Pero no fue Dios quien respondió a ese ruego, no, no fue él. Un ruido parecido a un traqueteo lo despertó en mitad de la noche para llevarlo a un estado de crítico terror. Cuando dio fuerza a los párpados para despegarlos de su estado de sopor, la imagen que lo esperaba en medio de su taller sobrecogió sus músculos hasta engarrotar su cuerpo casi por completo. Caminando de manera muy torpe en dirección a él, se movía aquel títere de madera, las rodillas temblorosas, la piel de madera disfrazada con unas cuantas prendas de confección infantil que adquirió de aquí y allá y los brazos en señal de ruego. Los ojos, que parecían haber sido cambiados por unos de verdad, lloraban lo que parecía una mezcolanza de savia y sangre que los enrojecía hasta darles un punto diabólico. La marioneta abrió una boca que ahora contenía, colocados de manera inexacta, dos filas de dientes que parecían no haber pedido permiso para emerger entre toda esa madera. El sonido gutural y áspero que traspasó aquella garganta inhumana fue lo que sacó a Geppetto de su estado de parálisis.
  • Pa...Padre... ¿Qué me pasa?
Era como si el mismísimo Diablo hubiese sustituido parte de sus piezas por un barro putrefacto que tornó en un intento de piel. Algo o alguien había jugado a ser Dios con la idea de un inocente niño de madera que ahora sufría por su existencia.
Ante la imagen satánica de aquel ser de madera y tendones de hilo, Geppetto no pudo sino correr horrorizado hasta la salida de su casa. Subió las escaleras del taller y abrió la puerta de un empujón, dando un giro a la llave de entrada que casi la divide en dos.
Ya en la calle, con la luna enmudecida tras un par de nubes que iban de tapadillo, Geppetto dirigió la mirada hacia la entrada, esperando que todo se quedara en una horrible pesadilla. Mas no fue así. De la profunda oscuridad que exhalaba la tienda, llegó el sonido seco de unos pasos chocando contra el suelo y unos gemidos nacidos de unas cuerdas vocales secas de polvo. La imagen funesta de aquel intento de niño cruzó el marco de la puerta, gesticulando como pudo una mueca de rabia y llanto y señalando con el índice de la mano derecha a Geppetto, que lo contemplaba aterrorizado.
- ¡Padre! ¿Qué has hecho, padre? ¡¿Qué me has hecho?! - Prosiguió Pinocchio, como rezaba el bordado de su camisa. Con cada palabra que pronunciaba, escupía y vomitaba ese líquido negruzco, jadeando y perdiendo fuerzas de las que no era dueño.

* * *

  • Gracias Don Ciliegio, realmente parece buena madera.
  • Un placer, Geppetto. Espero que a ti te sirva. Este tipo de madera no la utilizo, pero pensé que tú le sabrías dar algún uso.
  • Algo se hará – Y tras la frase, Geppetto se despidió del maestro Ciliegio, el otro carpintero del pueblo, y cerró la puerta.
Echó el cerrojo mientras examinaba el tronco de algo más de un metro que trajo el maestro Ciliegio. Aunque compartían oficio, tanto su forma de trabajar como su estilo eran radicalmente diferentes. En un primer vistazo pensó en madera de pino, pero al mirar más detenidamente casi hubiera jurado que aquel ligero tronco provenía de un fresno.
La tarde dio paso pronto al anochecer y, tras una ligera cena, Geppetto se preparó café e hizo lo que acostumbraba desde que trabajaba la madera; Sentarse frente a ella hasta que ésta le traducía cómo debía tallarla.
Nunca puso tanto cariño a ninguna pieza, nunca tanto afán ni tanto amor. Hubo momentos en que no diferenció si era la madera la que guiaba sus manos o el propio corazón, pero al final, aquel tronco cobró forma de niño. Como en un retrato, Geppetto comenzó su talla desde los ojos, vaciando la esfera que formaba la cabeza del títere para más tarde introducir los globos oculares. Talló una pequeña y puntiaguda nariz sobre una boca de sonrisa serena colmada de pequeños dientes que pintó de blanco marfil. Le llevó horas acabar el rostro, Dios lo sabía, pero el resultado valió la pena. Tornillos, articulaciones, hilos... Un títere que se tomó su tiempo en nacer. Pero debía ser perfecto, para Geppetto no cabía otra posibilidad. Su vecina, una señora de mediana edad ya viuda, confeccionó las ropas del muñeco. Tenían ese aspecto irlandés conocido por la vida de sus colores y contrastes, y bordado en un bolsillo pequeño de su camisa rezaba el nombre: Pinocchio. La telaraña que daría un por qué a sus gestos y movimientos, ya unía su extremidades a dos cruces de madera con las que Geppetto lo haría bailar y brincar en la plaza del pueblo, donde los hijos del panadero, el carnicero o cualquier transeúnte podrían disfrutar de tal jolgorio. Con sumo cuidado, dio color a los ojos, a la boca y a todos los detalles que forjaron una personalidad en un niño de madera que jamás cambiaría de opinión. Luego cubrió aquella piel áspera con una resina que la protegería del día a día. Y así concluyó.
La noche en que acabó su trabajo, sentía dolor en los dedos de las manos y un gran pesar en los párpados. Se sentó junto al fuego ya mustio de la chimenea de su sala de estar y contempló su gran obra hasta que el sueño, el cansancio y varias oraciones aún por escuchar decidieron que ya era hora de dar paso al descanso.

* * *

  • Geppetto, – comenzó en voz baja y grave el alcalde del pueblo – no he querido decir nada para no alarmar a la gente y que se te echaran encima como lobos hambrientos, pero si te he citado en mi casa expresamente, es por algo – Geppetto guardó silencio y apartó el rostro, dolido por lo que sabía seguiría y amargamente avergonzado.
Fue a decir algo, pero las palabras decidieron suicidarse en su garganta. El alcalde permanecía inmóvil a su lado, ocupando ambos la entrada a un dormitorio que emanaba infancia por sus cuatro costados; Juguetes, una litera, adornos coloridos y muchos metros para trastear, desordenar y recoger durante horas. Todo hubiera sido normal de no ser por la horrible mancha oscura que salpicaba terror e incertidumbre sobre la alfombra y la ventana, que permanecía rota como si un gran puño la hubiera golpeado y destrozado desde el interior.
» ¿Sabes por qué estás aquí? - El alcalde apretaba fuerte los puños al tiempo que las lágrimas surcaban su rostro enfurecidas, decididas a darse a conocer - ¡Mírame! ¡Mírame, Geppetto!
Geppetto, completamente hundido, giró la cara hasta que sus ojos se encontraron con los del alcalde del pueblo. Su mirada rabiosa y enrojecida lo contempló durante casi un minuto de incómodo silencio, y aunque Geppetto deseaba de corazón dar forma a palabras que lo calmaran, sabía que no podría. Nada lo devolvería ahora de su angustia.
» Estás aquí por aquella tarde en que recogí mi mesa escritorio, ¿recuerdas? - el alcalde medía cada palabra. Tropezaban su lengua y su llanto – Estás aquí por aquel títere que reposaba en una silla de tu taller – Sus puños se abrieron y sus manos se aferraron a la camisa de Geppetto, y sus rostros casi se tocaron cuando el alcalde terminó su frase entre balbuceos de ira – ¡Estás aquí por la cruenta muerte de mis dos niños y la hija del herrero a manos de un ser diabólico al que tú diste forma, y Dios sabe cómo le infundiste vida!
  • Yo...yo no... - Geppetto lo intentaba. Intentaba decir algo a pesar de la congoja.
  • ¡Tú no, ¿qué?! - le gritó el alcalde enfurecido.
  • Yo... no le di...vida, tan solo...despertó de repente – Y justo antes de que el alcalde lo abofeteara, justo cuando Geppetto cerró los ojos y volvió el rostro en gesto instintivo, la verdad se hizo aparente en sus lágrimas.
Por alguna razón, el alcalde supo que aquel anciano no mentía. No, el viejo Geppetto no era capaz de un crimen así y menos de tamaña herejía. Siempre fue un hombre amable y bueno, muy respetado por todos con quien la vida no fue muy justa. Un hombre viudo que, a pesar de la soledad, parapetaba su rostro de sonrisas para todos y vestía sus domingos de misa.
  • Lo siento Geppetto, pero es el tercer asesinato esta semana y ha quedado claro quién o qué los lleva a cabo. Ésta vez me ha tocado a mí, pero al parecer los niños de este pueblo no están seguros – soltó a Geppetto y puso una mano en su hombro. Su tono pasó de la furia y la tristeza mezcladas a la sola pena – Esto me duele muchísimo Geppetto pero, los vecinos pedirán explicaciones, harán sus averiguaciones y – se paró ante lo que iba a decir y tras respirar prosiguió – creo que será más seguro para ti que vayas al calabozo – Geppetto no pudo sino evocar lastima y mirar a la nada. Buscaba un porqué para su castigo divino...o en este caso, infernal – Al menos hasta que demos con él. Me costará demostrar tu inocencia, el ambiente está sumamente caldeado y buscan desesperadamente un culpable. Algunos ya hablan y comentan y no creo que la verdad tarde en darse a conocer. Lo siento, Geppetto.

* * *

Envidioso, dolido y herido por una razón que escapaba a su conocimiento, huyó del lado de su progenitor hasta perderse en la oscuridad y la soledad que brinda el bosque. Se alejó de miradas horrorizadas. No podía sino compadecerse a sí mismo. «¿Qué soy? ¿Por qué? ¿Qué hice?» Su alma mecánica repetía en su pecho preguntas que se clavaban como puñales en sus ojos para luego vomitar lágrimas de odio y pintura muerta. Las pocas personas que se toparon con aquel engendro de madera, hilo y tornillos, corrían despavoridas hacia ninguna dirección sin dar crédito a lo que vieron.
Sus pasos, torpes y ebrios del cansancio que da la tristeza, acabaron, después de varias horas caminando, frente a una enorme carpa atravesada por luces de rojo, carcajadas exageradas y el humo de incontables cigarros. Presa del miedo a lo desconocido, se acercó muy lentamente hasta la lona coloreada a franjas verdes, azules y blancas y con sumo cuidado apartó un trozo que no parecía unido a nada. Un pasillo rodeado por andamios de metal acababa en una gran pista de grava. En el centro, un señor vestido con extraños ropajes e inverosímiles bigotes, hacía saltar a un hombre muy pequeño y medio desfigurado, que vestía con mallas que lo asemejaban a un diablillo. La curiosidad lo empujó a echar un vistazo más exhaustivo, y cuando quiso darse cuenta casi había recorrido todo el pasillo. Contemplaba cómo el hombre de soberbios bigotes, el enano y unos cuantos perros disfrazados, hacían reír a un coro enorme de personas que abarrotaban el lugar.
  • ¡Dios santo, ¿qué es eso?! - exclamó un hombre que se encontraba sentado justo a su lado.
Pinocchio, que no había calculado su altura, se encontró presa de cientos de ojos que lo miraban expectantes, sobrecogidos. Intentó dar la orden a sus piernas para que huyeran en dirección contraria cuando el hombre de chaqueta roja, malla blanca y bigotes imposibles lo agarró de una de las cruces de madera que arrastraba y lo elevó en el aire.
  • ¡Damas y caballeros, niños y niñas que ya deberían estar en la cama... bastardos de toda clase... Contemplen a la nueva atracción de mi circo de los horrores – El hombre le dio la vuelta hasta que Pinocchio y él se miraron. De haber tenido músculos en la cara, su mueca habría reflejado una oda al terror. Lo habían atrapado y todo el mundo lo miraba en silencio. Pero aquel hombre no apartaba el rostro, no se sorprendió, tan solo sonrió y dijo - ¿Qué eres?
  • Eh...yo... - Su garganta, áspera de astillas y miedo, se negó a hablar. De pronto, el caballero de los bigotes lo levantó un poco más hasta quedarse mirando su camisa tirolesa.
  • ¡Pinocchio! ¡El niño de madera! – La gente tardó en reaccionar. Parecía que algunos estuvieran viendo un demonio y otros un ser sin sentido. Aquella marioneta se movía sin necesidad de hilos. Los miraba asustado pero sin gesto. Haciendo uso de las cruces, el caballero de rojo y blanco rompió el silencio, lo dejó en el suelo y lo obligó a bailar. De pronto, el enano disfrazado de diablillo y de cara inconclusa, comenzó a brincar a su lado y a tocar una pequeña flauta. La gente aplaudía, reía y a gritaba. Tenía miedo, mucho miedo, lo que no tenía eran fuerzas para resistirse.


* * *

  • Esto que me das de beber sabe fuerte, no me gusta – dijo Pinocchio dirigiéndose al enano, que descansaba en una cama salpicada de sábanas de colores y cojines de todo tipo.
  • Si supiera que eres un niño, no te lo daría, pero está claro que no eres – el enano dio una intensa calada a un puro que le venía grande, cerrando los ojos como si no hubiera un placer mayor.
  • ¡Sí lo soy! ¿Por qué me dices esas cosas?
  • Chico, los espejos son la evidencia de nuestras ilusiones. Yo podría levantarme ahora mismo, colocarme en medio del circo y decir en voz bien alta que soy un Adonis. El espejo se tornaría en una muchedumbre de risas y burlas que me devolverían el reflejo de la realidad; soy enano, sumamente feo y el culmen de mi existencia es hacer humor con ello si quiero sobrevivir. Yo lo acepto y mira; un techo, una cama, manjares y...con dinero...incluso algún muslo de más – Al decir eso se volvió hacia Pinocchio, guiño un ojo y chasqueó la lengua.
  • ¿Algún muslo de más? - No parecía entender.
  • Puede de cuerpo no, pero de mente sí eres infantil. Mujeres chico, mujeres. El dinero abre todas las puertas, créeme. Al final, ser guapo o no, niño o adulto, humano o títere no trasciende al oro.
  • Pero yo me siento niño, ¿por qué me sucede esto?
Pinocchio llevaba varios días deambulando con ese circo. Cada vez que pedía marcharse para ver a su padre, el hombre de los bigotes le daba alguna razón por la que era mejor aguantar algún día más; Satisface a tu padre y llévale las ganancias de tu trabajo...si la gente te ve así lo avergonzarás...Aquí te aceptamos como eres y siempre te querremos...Ellos te ven como un divertido monstruo, para nosotros eres nuestro niño de madera...
Pero Pinocchio sentía cada día más la nostalgia de estar junto a Geppetto. Ya no lo culpaba. En fuero interior, recordaba cuando solo era un ser sin movimiento y como cada oración o ruego de su padre le fue confiriendo un alma. Geppetto solo pretendía tener un niño.
  • Y yo me siento hombre, pero no llego ni a la mitad. Yo también pasé por el sendero de la lástima, pero de haberlo seguido, ya me hubiera ahorcado. Eres como yo muchacho, un monstruo a ojos de los demás. Un diabólico juguete de feria que por razones que prefiero no saber, se mueve a pesar de no tener derecho – Cada palabra se hundía en Pinocchio como una bala de cañón.
  • Yo no soy ningún monstruo – Las palabras se le atoraban mientras el llanto pretendía hacerse latente – No soy...ningún...juguete.
  • No pretendo herirte, chico – Dijo el enano dando otra intensa calada al puro y rellenando de nuevo de cerveza la jarra que compartía con Pinocchio – pero cuanto antes aceptes que no eres un niño y te des cuenta de a qué viniste a este mundo, más fácil harás tu camino.
Aquel enano desfigurado y cruel lo estaba menospreciando y bajando hasta el nivel de engendro. Sintió cada cuidado de su padre y todo el trabajo y amor que supuso darle forma. Aún peor, estaba tirando por tierra todo el cariño de la única persona que lo amaba de verdad y a quién abandonó nada más nacer.
  • ¡Yo seré...un niño de verdad! - La voz abandonaba su boca rota, áspera y envuelta en llanto.
  • Si, y yo un gigante – El enano se dio la vuelta para dar un trago a la cerveza.
En ese momento, Pinocchio avistó en el suelo, cerca de donde permanecía sentado, un martillo con el que apuntalaban la tienda de campaña cada vez que la cambiaban de lugar. Luego miró al enano, de espaldas a él y aún hablándole sus crueles verdades. El golpe fue duro, tremendo. De su cráneo brotó sangre en tanta cantidad que la tierra que pisaba no pudo absorberla toda. Pinocchio se sentía acelerado y mareado a un tiempo. Apretaba el martillo con tanta fuerza, que sentía cómo los tornillos de su articulaciones mordían la madera y carne marrón que tenía por piel. Súbitamente, se volvió sobre sí mismo y su imagen se chocó con un espejo. El líquido negro, mezcolanza maligna de resina y sangre, se desprendió de sus ojos y sus dientes apretados. Quería ser un niño de verdad, pero lo único que podía ver en el espejo era un títere del Diablo, un autómata sin derecho a la felicidad. Madera por piel, hierro por hueso, hilo por tendones y resina y brea por sangre. No era justo. No era nada justo. El martillo voló furioso por el aire hasta quebrar en pedazos el espejo. Merecía ser un niño de verdad. Geppetto merecía un hijo de verdad. Y puesto que el mundo había sido injusto, Pinocchio sería injusto con el mundo.
Con el espejo conformando un manto de reflejos rotos en el suelo, se volvió para salir corriendo de la tienda cuando se topó con alguien que lo miraba. Decir alguien quizás era inexacto. Un grillo que se mantenía quieto junto a la jarra de bebida, lo miraba muy fijamente. Pinocchio se paró en seco a contemplarlo. Hubiera jurado que su rostro era en parte humano e insecto a la vez. Parecía que lo analizaba, que buceaba en su interior para hablar a su alma corrupta. El tiempo pasaba entre ellos y el silencio habló culpabilidad. Pinocchio respiro fuerte, enfurecido por la situación. Lentamente, se agachó y recogió el martillo de entre los trozos de espejo roto. Se irguió sin apartar la mirada del grillo, que torció la cabeza un instante y luego la enderezó de nuevo.
- ¡No me juzgues! - chilló de repente Pinocchio, descargando un potente golpe sobra la mesa que acabó con ésta rota, el recuerdo de un grillo salpicado sus tripas por doquier y una jarra de cerveza empapando aquí y allá.

* * *

Se pasó toda una tarde escondido tras la chimenea de un tejado bajo al que logró subirse; todo el día mirando a los niños e hijos del pueblo jugar, correr y reír de un lado a otro de la plaza. La envidia y la tristeza lo corroían desde lo más profundo de su ser como una explosión de negrura. Se comparaba con ellos; miraba la madera y la piel muerta de sus brazos y luego comparaba, analizaba los gestos de sus caras y sus voces y luego comparaba, los notaba cansarse y echar mano del pecho y luego...comparaba. No latía, pero vivía. ¿Qué forma de vivir era aquella? No comprendía el sentido de su vida. No se sentía completo. Eso era; no estaba completo del todo. Quizás, su padre no lo acabó y ahora se maldecía por haber escapado. «Puedo hablar, moverme y pensar...pero me faltan cosas» pensó mientras observaba cómo jugaban dos niñas a un juego de pelota. Lloró, y en el escozor de aquella brea maldita que empañaba sus ojos mecánicos, quiso comprender la naturaleza de su razón de ser. De nuevo miró a las niñas jugar. «Qué cabellos tan rubios y sedosos, qué sonrisas, qué inocencia. Quiero todo eso, lo necesito» Pensó fijando la vista en una de las crías. ¿Qué edad tenía un niño de su altura? Para Pinocchio, su existencia aún se acogía a la de un recién nacido. Todo era tan extraño.
De tejado en tejado, fue dejando entrar malicia y envidia en su pecho, persiguiendo los pasos de la niña hasta que, cuando el sol comenzó a despedirse del horizonte para descansar, la vio entrar en un taller. Un hombre alto y fuerte de barba espesa y brillante calva, la recibía con un fuerte abrazo y múltiples besos. Debía ser su padre. Cuánto amor, Cuánta ternura y cuánta suerte. Aquello le pareció injusto. ¿Por qué podían tener todo aquello mientras él solo podía limitarse a mirar? Geppetto lo había soñado tantas veces y él había sido testigo mudo de sus plegarias. Pero el cielo o el infierno le pagaron con una moneda de cambio oxidad, marchita.
Y ahí se quedó; agazapado y vigilante cual gato cazador, la mirada fija en cada ventana de la casa taller, el oído aguzado esperando la calma. Debía conseguir todo eso. Ansiaba ser un niño de verdad. Pasaron las horas y la paciencia se cansó de no hacer nada. Las luces que provenían del interior, se fueron apagando una a una hasta dar lugar a un buenas noches. Saltando de teja en teja, Pinocchio había conseguido llegar al canalón de una de las ventanas de la casa. Se asomó pero no vio a nadie, y cuando se disponía a entrar, una puerta se abrió en el interior y aquel hombre grande entraba en la habitación sosteniendo un pequeño candil con el que iluminaba sus pasos y una jarra que humeaba algo para beber.
Faltó poco para que lo sorprendiera cuando, por instinto, Pinocchio se pasó rápido al marco de otra ventana a su izquierda. Por el movimiento, bien hubiera dado la talla de simio. Y allí, sentada en la oscuridad y con la sábana cubriéndola de cintura para abajo, la niña de cabellos rubios como el sol de la mañana lo contemplaba en silencio. No hizo sonidos, no se asustó, no se movió apenas, tan solo pestañeó.
  • ¿Cómo te llamas? - Quiso quebrar el silencio.
Pinocchio estaba nervioso, asustado. Sabía que quería llegar aquí pero no qué hacer luego. Sabía qué quería pero no cómo hacerlo o si era lo correcto.
» ¿Se te comió la lengua el gato? - Su voz sonaba delicada y dulce, tanto, que las piernas de Pinocchio se decidieron a entrar por él hasta llegar al borde de la cama. Al acercarse y quedar a menos de un metro, la niña cambió el rostro. Pinocchio notó cómo lo repasaba con los ojos ahora que se habían acostumbrado a la oscuridad. Pero no se asustó, no gritó.
» Qué raro eres – añadió divertida, la voz queda – Te pareces a uno de mis muñecos – entonces alzó su mano derecha y acarició la madera y la piel tétrica que envolvían la cara de Pinocchio.
Quizás el tacto no fuera como esperaba o el líquido espeso y tibio que corría por sus ojos la sobrecogió, de súbito, la niña apartó la mano y comenzó a respirar rápido y profundo.
  • Pi...Pinocchio – la voz que dejó escapar de su garganta fue ronca, áspera y profunda, tanto que la niña comenzó a temblar levemente y a recular en la cama.
Parecía que deseaba decir algo, gritar o llorar, pero miedo que no hubo pasado hasta ahora se arremolinó en sus sentidos atenazándolos por completo. Delante suya, un niño con madera por piel, tornillos e hilos colgando de sus extremidades, ojos sin vida y un rostro parco, la contemplaba fijo como una pesadilla. La ingenuidad se paga cara. Pinocchio, tan cerca de la niña, escuchó el latir rápido y constante de su corazón. El tamborileo de un pecho que masticaba terror y socorro. Desvió la vista a su cara y supo entonces que gritaría, pediría ayuda. Pero era un corazón de verdad, algo que él ansiaba y no podía tener.
Endemoniado de la fuerza que dan la rabia, la envidia y el odio, atravesó fiero el pecho de la niña con los dedos de la mano derecha. Dedos puntiagudos que emularon cuchillos en la noche. Una vez vez y otra, y otra, y otra más hasta que los ojos de la niña se perdieron en el techo sombrío de aquel cuarto. El único sonido que pudo emitir la cría fue su último suspiro antes de morir. Un sonido seco como una tos en que escupió sangre e incógnitas que nadie respondería.
Pero aún no llegó a su meta. A horcajadas sobre ella, sus nervios se crisparon aún más al toparse con un muro de hueso que protegía su tesoro. La ira se leía en su alma cuando golpeó con fuerza de toro desbocado hasta romper los huesos y arrancar el corazón de su pecho. Una nueva manta carmesí los cubría a los dos. Pero hizo ruido, demasiado ruido machacando carne y huesos para conseguir aquel corazón. Se oyó el crujir de la puerta y un grito ahogado dio paso a una nueva escena. Cuando se giró a mirar,encontró al hombre grande y barbudo paralizado bajo el marco de la puerta; sostenía un candil que iluminaba el pasillo. Su expresión eran la lectura del terror mezclado con la ira. Dejó caer el candil y éste hizo arder parte de las tablas del suelo. Exhalando un grito de furia, el hombre cargó hacia Pinocchio. Aún sobre la cama y sosteniendo en su mano el corazón sin vida de la niña, mancillada sobre un lecho de inocencia, la marioneta diabólica reaccionó y saltó de la cama para correr hacia la ventana. En su carga enfurecida, el hombre a quien conocían como el herrero del pueblo, chocó contra un armario al saltar por encima de la cama. A punto estuvo de agarrar a Pinocchio, que ya había alcanzado la ventana abierta para huir despavorido por los tejados. Cuando miró atrás, el hombre asomaba por la ventana con la cara enrojecida por el odio, pidiendo ayuda y llamando a la guardia. Se paró después de muchos tejados fríos, llevado por el viento que mueve a los demonios al correr y por una fuerte sensación de éxtasis. En su mano derecha; un corazón de verdad.

* * *

Las dos señoras paseaban por la pequeña plaza del mercado, intercambiando miradas de soslayo con los puestos de verduras, pasta, quesos y carnes que la componían. El cielo encapotado de aquella mañana apagaba el reflejo de los adoquines y daba al ambiente un aire triste que apaciguaba el buen hacer de las gentes del pueblo. Dos señoras de entre cincuenta y sesenta años, la soledad de la viudedad, la compra de la semana y ciertos sucesos eran los ingredientes perfectos para un buen cocido de cotilleo y frases silenciosas que preferirían ser gritadas entre el gentío.
  • ¿Sabes lo de los hijos del alcalde? - comenzó la más joven, que se agarraba del brazo de la señora mayor.
  • Algo escuché – dijo la mayor, infravalorando con la mirada los repollos del frutero.
  • Parece ser que anoche, el alcalde escuchó unos gritos que provenían del cuarto de sus hijos, y cuando salió corriendo para ver qué sucedía, los encontró muertos tirados en la alfombra central de su cuarto.
  • Eso no es todo, Francesca – la mujer mayor utilizó su brazo libre para valorar el peso y sonido de un melón con golpes secos del dedo índice – al parecer, a uno de los niños le atravesaron la garganta hasta arrancarle la lengua, y al hermano lo habían despellejado vivo, de ahí los gritos que escuchó el padre. Por lo visto, el asesino atravesó la ventana cuando el alcalde cruzó la puerta.
  • Dios, no quiero imaginar cómo se quedaría nuestro alcalde cuando se encontró la situación.
  • La primera fue la hija del herrero – Justo en ese momento pasaron por delante de su taller, y la señora mayor hizo un gesto con la barbilla para mostrar que permanecía cerrado - ¿Te enteraste, verdad?
  • Oh, Jesús, María y José... Ni lo digas – La tal Francesca comenzó a respirar más rápido de la cuenta. La mujer mayor se paró agarrada de su brazo en medio de la plaza, la miró y prosiguió muy seria.
  • El corazón, hija mía, le arrebató el corazón. No quiero pensarlo. Pobre hombre. Me pregunto si la guardia sabe algo y peor, qué será lo siguiente – Las dos señoras se quedaron en medio de la plaza sumidas en un silencio que solo las rodeaba a ellas y el miedo correteando por cada callejón.

* * *

La marioneta, aprovechando un descuido de los guardias y sabiendo que lo buscaban desde que regresó al pueblo, se encaramó a una de las ventanas del piso principal del taller de Geppetto. Sin apenas hacer ruido, la empujó y se coló por la habitación de la sala de estar. La chimenea aún saboreaba restos de madera y carbón, lamiendo un postre de llamas débiles. Portaba con él un saco color pardo impregnado de sangre que contenía restos humanos. En su rostro sin gesto se podían adivinar ira e incertidumbre. Su interior, negro como la noche y envenenado de preguntas, lo incitó a robar a los demás premios que él solo soñaba. Su diabólica existencia dio fuerza a su violencia, a la fuerza de sus piernas; rompió las cruces de madera que dominaban sus movimientos y liberó a un ser que se alimentaba de su propia injusticia. Pero estaba cansado. Cansado de no ser. Había vuelto de su exilio al bosque, de su estancia en un circo de horrores con la intención de hallar la paz, la aceptación. Pero para ello tuvo que hacer sacrificios. Justos o injustos, Pinocchio estaba convencido de que eran actos que debía llevar a cabo. Le faltaban piezas para convertirse en un niño completo y estaba dispuesto a todo por ello. Y ahora que por fin había vuelto al calor y el refugio del hogar, su padre no estaba. Se pasó un rato caminando de aquí allá, respirando las ropas de Geppetto y acariciando cada útil de trabajo hasta que no pudo más. El amanecer quería hacerse presente y anunciaba una mañana encapotada de cielos cargados de lágrimas de gris. Con cuidado y aprovechando la oscuridad todavía latente de los callejones, salió de su hogar con la intención de encontrar a su padre. Deambuló de un lado a otro, con los ojos fijos en cada ventana abierta, cada rincón y cada puerta por si alguna casualidad lo llevaba hasta Geppetto. Acabó cerca del centro del pueblo, en una calleja oscura y maloliente, cuando escuchó una voz ronca que provenía de lo alto de una ventana con barrotes.
  • ¿Pinocchio? - sonó desde arriba.
Cuando alzó la vista, se encontró con la mirada de Geppetto, que se agarraba a los barrotes con una mueca de incredulidad.
  • ¿Padre? - Su euforia enronqueció aún más su voz. Saltó a los barrotes y se agarró con una mano mientras con la otra sostenía el saco empapado de sangre - ¿Padre, eres tú? ¿Qué haces ahí a dentro? Te he buscado toda la noche.
  • Hijo – Geppetto respondió a las preguntas con más preguntas - ¿Dónde has estado? Y...¿qué has hecho? - Su mirada se desvió al saco empapado de culpabilidad y Pinocchio siguió el trayecto de sus ojos hasta comprender.
  • ¿Esto? Papá, lo he traído para ti. Son tesoros para que me completes.
Geppetto no daba crédito a las palabras de su marioneta. Bajó al suelo y, aún mirando a la ventana, el rostro fijo al de Geppetto, extrajo la lengua y el corazón.
  • ¿Ves? Mira, esto es para mi voz ronca. Seguro que al fin tendré voz de niño de verdad. Y mira, – hablaba convencido, con el tono que da la falsa inocencia y la ingenuidad – un corazón nuevo. Se ve que el mío no late bien, padre.
  • Pinocchio... - Geppetto comenzaba a hundirse en una pena que pesaba toneladas y a derramar lágrimas que surcaron sus arrugas avergonzadas.
  • Ah, y esto – y extrajo trozos de piel del saco – No las pude obtener completamente intactas. Me costó porque no dejaba de moverse, pero yo le decía que me haría un niño feliz y auténtico. Aunque esté a trozos, espero que te sirvan.
  • Pinocchio – la congoja arañaba sus palabras, sus sentidos y su fuerza – Hijo mío...¿qué has hecho?
  • Pero, padre... – Pinocchio no entendía. ¿Es que acaso su padre no estaba contento? ¿Necesitaba más materiales, o no eran los adecuados?
  • Dime una cosa...por favor, – le costó hablar entre lamentos – ¿has matado tú a esos niños? - De repente, Pinocchio se sintió culpable, con miedo a responder.
  • Eh...padre...
  • ¡Responde! - gritó Geppetto con los ojos empañados en lágrimas.
  • Yo...no – mintió – yo...no lo hice – y comenzó a notar un dolor en su cara.
  • ¿Y de dónde has sacado ese corazón...y esa piel... - lloraba de rabia y se aferraba a los barrotes – y esa lengua? ¡¿De dónde, Pinocchio?!
  • Yo...papá, yo...los encontré por casualidad – Geppetto contempló atónito el resultado. El dolor se tornó en el crecimiento de una nariz puntiaguda que casi rozó el medio metro de distancia y Pinocchio gritó de dolor.
» ¡Padre, ¿qué me pasa?, ¿qué es esto?, ¿por qué me crece la nariz? - la resina y la sangre envolvieron sus ojos dando una apariencia más siniestra al títere.
  • Porque me estás mintiendo, hijo – Geppetto habló con voz trémula. Respiraba profundo – Porque eres un mentiroso y has hecho algo muy malo.
Pinocchio alzó la mirada, la boca abierta, el tiempo impertérrito. De sus manos cayeron sus crímenes al saco. Se sintió horrible. Se sintió estúpido. Se sintió tonto, mal consigo mismo, hundido.
  • Dios Santo, ¿qué has hecho, hijo mío? - Geppetto abandonó los barrotes para sumirse en la soledad y la amargura del calabozo - ¿Qué has hecho?...
Pinocchio miró sus manos ensangrentadas. Contempló desde fuera sus actos, su estupidez y su injusta vida. Se sentía tan humillado que comenzó a llorar; peor, a rebuznar como un asno, un estúpido asno. No podía parar. Relinchaba y daba coces al suelo dejado llevar por la pena y un ataque de nervios. Notó más dolor en su cabeza. De sus orejas de maderas, brotó pelo. Se echó las manos a las orejas y comprobó que se habían vuelto largas y peludas. Su nariz seguía creciendo y, en un arranque de furia, la partió, provocando un dolor inmenso en su cara y el brotar incesante de más líquido oscuro y espeso. Se arrodilló y se apoyó en los adoquines ya húmedos del rocío de la mañana.
  • ¿Qué has hecho, hijo mío?, ¿qué has hecho? - La voz de Geppetto se liberaba de los barrotes para mortificar aún más a Pinocchio.
Una especie de rabo atravesó burlón su pantalón y el rebuznar de su lamento invadió por completo el callejón.
  • Padre – relinchaba, trabucando palabras y frases – Padre, yo... ¡Padre!
  • ¡Aquí estás, maldito engendro del demonio! - Una mano lo agarró del cuello de la camisa y lo elevó en el aire, otras dos lo agarraron por las piernas hasta reducirlo - ¡Dios bendito, ¿qué tipo de ser infernal eres tú?! - dos guardias lo apresaban ahora en medio del callejón.
  • ¡Papá, papá! - gritó Pinocchio, pero no hubo respuesta, tan solo sollozos huérfanos en una habitación sin vida.

* * *

La plaza se había congregado aquella mañana de lluvia alrededor de un cadalso preparado para la ocasión. Dentro de un carromato para presos y bandidos, Geppetto contemplaba la penosa escena con el tormento aferrado a sus ojos. El gentío gritaba todo tipo de improperios a un ser diabólico resultado de los experimentos de Satanás. Ese no era su sueño ni esa su marioneta.
Humillado, su cuerpo se asemejaba ahora al de un burro. Sus ropas estaban rotas y sucias y su nariz se convirtió en un deforme tabique de madera. Su mirada se perdía triste en el suelo del cadalso. El alcalde no quiso hundir más la vida del anciano, así que dio la orden de que el cochero emprendiera el viaje. La noticia debía saberse para calmar las preguntas del pueblo y el ambiente una vez se libraran del problema. Para Geppetto, la vida en la aldea ya no era una opción. Lo sacarían de allí y lo llevarían lejos, a otro pueblo donde no se supiera de su existencia hasta la fecha y con suerte pudiese rehacer los años que le quedaban por vivir.
Los gritos de saña y terror, se mezclaban en torno a Pinocchio cuando el carromato comenzó a moverse y alejarse de la plaza. A los lejos, pudo ver una lluvia de piedras y verduras masacrar al títere. A veces, la marioneta no podía contener su miedo, y lloraba y relinchaba como un asno, asustando a niños y niñas, evocando unas veces lástima y otras repugnancia.
Aunque el carromato se alejó bastante, Geppetto alcanzó a ver cómo la soga rodeaba el cuello de su hijo, cómo la tensaban y, cómo, sin mediar palabra, el estridente sonido de la rotura llenaba la plaza cuando lo colgaron. No esperaron a saber si, siendo medio muñeco medio niño, sobreviviría al ahorcamiento, y por ello encendieron bajo él una hoguera que acabó raudo con hilos, ropas, carne muerta y madera. Las llamas lo abrazaron todo en él, hambrientas por el miedo que acompañaba a los aldeanos.

Entre las cuatro paredes de madera y clavos de su celda carromato, Geppetto dejo a su vida escapar por sus ojos. Nunca jamás lo entendería. Nunca jamás volvería a ser nadie. Para él, la vida ya no tenía sentido y, alcanzando el pozo más negro de su alma, decidió que no valía la pena mantenerla. El viaje fue largo para el cochero, pero no para Geppetto.
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