Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: A partes iguales: Prólogo

miércoles, 14 de mayo de 2014

A partes iguales: Prólogo

Prólogo
La letrina de los dioses

Todo el mundo en Veralia conocía de sobra La letrina de los dioses, una posada que hizo su nombre por ofrecer un gran servicio de misión, oferta, demanda y recompensa para todo tipo de aventurero. Infravalorada antaño, sobrevalorada ahora, aquella posada se convirtió en el punto de referencia de muchas espadas y varitas mágicas famosas en todo Aargash, así como en un enclave obligado para todo bardo o trovador que de verdad buscase hacerse un nombre entre las letras más leídas y las odas más interpretadas.
Eran tiempos de gloria; tiempos para salir de casa joven, conocer mundo, hacer riquezas y grabar el propio nombre en el reloj de arena de los tiempos. Hacía poco que una crisis económica se había disipado en el gran continente de Veralia y había que aprovechar. “Independízate hijo; monta tu propia escuela de magia”. Los padres instaban a sus retoños a abandonar el nido para ayudarlos a madurar o utilizar el cuarto sobrante para hacer un estudio. Fuera como fuere, aquellos que escapaban a la idea de practicar uno de esos tantos oficios que la mayoría desdeña pero, menos mal que alguien los hace (panaderos, lecheros, carniceros, etc...), soñaban con hacerse un hueco entre las filas de aventureros que el día de mañana viven de su nombre y su fama. Y es que, en estos tiempos que corren, una buena fama no la dan una espada y escudo del mejor metal, sino una espada roída por los dientes de un dragón y un escudo a medio calcinar por sus llamas. La gente se vuelve más morbosa cuanto más le das, y las aventuras ya no son lo que eran. El populacho quiere pruebas, cicatrices y sangre, lo normal. No te conviertes en escritor porque escribas un libro, te conviertes en escritor cuando te leen.
Pues ahora, más que nunca, esa realidad persigue a los aventureros. “Yo vencí al nigromante de La montaña de la estirpe olvidada”, y la gente responde: “Hemos oído que el nigromante tenía un medallón de plata clavado en el pecho, y no vemos ningún medallón entre tus cosas”. Así pues, todo guerrero, mago o ladrón que buscase pruebas, solo debía acudir a La letrina de los dioses. Aquella posada confería la seguridad de una misión escrita en letras mayúsculas. Aventuras de contrato donde el propio aventurero pagaba una tasa por el derecho a agenciarse la recompensa, los logros, los tesoros y la fama generada por cada odisea. Y todo gracias a un sistema creado por el primer gerente de la propia posada: Limb de Riorner “el canas”, apodado así por llevar una vida de preocupación perpetua que flaco favor hizo a su cabellera.
Pues bien, Limb, que se negaba a dar un mal nombre a su querida taberna, se dedicó a buscar almas curiosas y faltas de sueldo que comprobasen, en persona, el rigor de cada misión que ocupase en papel el ancho y largo de sus tablones. Eran conocidos como Tasadores de peligros, y con el tiempo dieron paso a una vertiente conocida como los Agentes de seguros.
Aquella noche en Imeral, la brisa que anunciaba la llegada de la primavera susurraba silencios por entre las muchas callejas de aquella ciudad de prospero puerto y olor a sal en el aire. Dicho silencio chocaba contra el doble portón de madera de la famosa posada. Sus puertas permanecían misteriosamente cerradas esa noche, y digo misteriosamente, porque fue uno de los primeros lugares de encuentro en poner de moda el “abierto veinticinco horas”, como rige el sistema solar de nuestro calendario. En la doble puerta, un cartel rezaba: Cerrado por tasación.
Gracias a este cartel tan astuto, nadie puso quejas ni molestó. “Cerrado por tasación”, escrito en cursiva y pintura negra, explicaba, como ya habréis deducido, que los tasadores se reunían aquella noche para valorar y puntualizar las misiones de la nueva temporada y el rango de cada una. Con rangos me refiero a nivel de dificultad.
Y allí, con solo un par de candiles iluminando una de las diez mesas de la taberna y once jarras de cerveza a poco de ser vaciadas, once individuos sopesaban cada palabra del asunto que traían entre manos. Boco, el nuevo regente de La letrina desde que muriese su padre Mabu Cejapoblada, se acercaba a la mesa con una gran bandeja cargada de jarras llenas de cerveza a rebosar y el oído curioso y aguzado. Para que os sumerjáis un poco más en el ambiente, os diré que aquella famosa posada, no solo ganó renombre por su sistema de recompensas y sus veraces tasadores, sino por ser también el único edificio con forma circular de la ciudad a parte del coliseo de los tres reyes, del cuál ya hablaré si me da para otra novela.
Por fuera, piedra abrazando madera y grandes ventanales que cada mañana daban la bienvenida al gran astro dorado. Tenía tres plantas, dos de las cuales servían como dormitorios para los viajeros y los maridos castigados. Tres chimeneas dispuestas en triángulo sobresalían por entre las tejas color barro. Olor a ollas de café por la mañana, a ollas de estofado al mediodía y a litros de cerveza de noche. Sin duda alguna, una posada como pocas en todo Aargash. En sus paredes de madera descansaban pinturas de héroes que hicieron nombre e historia con las misiones más famosas y peligrosas de la historia de La letrina de los dioses.
Sonó un carraspeo entre los murmullos de los otro diez individuos, ocho de ellos de raza Humae aunque de diferentes regiones y costumbre pero, tasadores al fin y al cabo. El carraspeo provenía del único comensal que pertenecía a la raza Narim. Un Narim que, a pesar del declive de su pueblo y, teniendo en cuenta las dificultades que pasaban desde que su mayor enclave tuvo que ser desalojado, vestía ropajes dignos de un buen comerciante, anillos y collares de fina plata y engalanaba su espesa y trenzada barba con abalorios de oro. Era dificil descubrir dónde acababa su melena pelirroja y dónde comenzaba su barba, pues las trenzas de una se unían con las de la otra. A ambos lados del Narim, otros dos individuos vestidos de manera opulenta, acompañaban su carraspeo; uno era poco más alto que un taburete, o sea, un Parvum, raza extremadamente nerviosa, impredecible y ocurrente, sea cual sea el momento. Parecía ajeno a la preocupación que se fraguaba en el ambiente y paladeaba a gusto su cerveza, como si aquello no fuera con él. El otro individuo parecía ser Humae de la propia ColinaSerrada, un Colinaserradiense, distinguidos por adoptar las creencias Narim y sus formas incluso a la hora de adornar sus barbas. Éste último vestía su rostro de silencio y humillación.
  • Jumpf – carraspeo incómodo el Narim.
  • Veamos, lo primero, ¿ya hay nombre para la misión? - dijo uno de los jóvenes tasadores, quien parecía pertenecer a estas tierras y vestía túnica de seda blanca.
  • Después de mucho cavilar la historia que se cierne tras la ciudad mágica de Risco Profundo... - comenzó un anciano tasador procedente del este de Veralia, donde la lluvia es el pan de cada día y todo alimento lleva una base de manteca de ballena. Son fáciles de reconocer por sus barbas en herradura y sus bigotes exagerados.
  • Jumpf – carraspeo desaprovatorio.
  • Después de esto – prosiguió, mirando de soslayo al Narim – creemos que, para quitar hierro al asunto, un buen nombre podría ser “Renace Risco Profundo”.
  • Suena esperanzador – dijo un osco tasador de rasurada cabellera, barba frondosa, patillas que no llegaban a ninguna melena y brazos prominentes.
  • Bien, porque es ese o “Salvad Risco Profundo” - respondió el anciano.
  • Ese no, - cortó el más ancho y alto de los ocho tasadores. Un hombre que bien recordaba las raíces del norte – Hace pensar en una situación desesperada de vida o muerte. Se supone que buscamos aventureros ávidos de fortuna y fama que no les importe el riesgo, y con ese título solo acudirán almas caritativas que luego se cagarán en los pantalones. O peor aún, algún predicador loco por guiar un pueblo a la salvación – acabó su primera jarra, la ofreció a Borco, le hizo un gesto con la mano para que regresara a la barra y dio un nuevo sorbo a su segunda jarra – Denegados ambos nombres – nadie se opuso a su decisión, parecía ser el líder de los tasadores, y con aquel tamaño, mejor no llevar la contraria.
  • Jumpf – carraspeo de aprobación Narim; el Duende apuró su jarra. El Colinaserradiense comenzó a sudar.
  • ¿Alguna otra idea?
  • Yo he pensado en una concreta que igual nos beneficia a todos – se escuchó una voz aguda y desagradable entre los murmullos y los carraspeos del Narim.
  • ¿Vikko? - el líder prestó atención a Vikko, un Humae de origen incierto, fruto de infidelidades por parte de ambos padres. Un chico de mirada astuta, encorvada postura e intenciones misteriosas.
  • Bueno, al fin y al cabo, esta es la primera vez que se nos paga para que maquillemos un poco la verdad, ¿no es así?
  • Jumpf, jumpf – carraspeo nervioso. Leve eructo Parvum. Sudor sobacal Colinaserradiense.
  • ¿Y? - preguntaron dos de los otros tasadores al mismo tiempo.
  • Por lo general, los aventureros actúan en solitario o en grupo, pero bien es cierto que, después de estudiar nuestras valoraciones sobre Risco Profundo, ahora mazmorra maldita, lo mejor sería mandar un ejército a ColinaSerrada.
  • Es cierto – añadió una voz con acento de oriente – Compartir no entra dentro del diccionario de los cazarrecompensas.
  • Por ello, y teniendo en cuenta la suma que manejamos esta noche a fin tapar ciertos huecos algo...confusos, y que podrían provocar malentendidos cuando no futuras confrontaciones – el chiquillo había estudiado y hablaba de maravilla – he pensado que, para ahorrarnos la posibilidad de manchar nuestro nombre y el de La letrina, podríamos...
  • ¡No te enrolles! - se impacientó el líder.
  • Podríamos dividir la misión teniendo en cuenta sus peligros.
  • ¿Te refieres a crear varias misiones con Risco Profundo como punto de referencia? - preguntó el más anciano.
  • Efectivamente – Vikko le guiñó un ojo al decir esto – De esta manera, todos los huecos quedan cubiertos sin posibilidad de fraude.
  • Jumpf – carraspeo muy de acuerdo y sorbo de cerveza. Animosidad Parvum. Suspiro Colinaserradiense.
  • Interesante. Los futuros héroes no podrían alegar quejas de salir victoriosos o no de sus hazañas. Visto así, si quieren perseguir algún logro más a parte de su misión, sería por voluntad propia. Mmm – el líder se acarició su larga melena gris – Muy astuto e interesante. ¿Todo el mundo de acuerdo con dividir la misión?
Todos, incluidos el Narim y sus dos compañeros, levantaron la mano en señal de aprobación. La mano y las cejas animadas del Parvum era lo único que se veía de él.
  • Decidido entonces, dividiremos la aventura. Ahora solo nos queda decidir cuantas misiones competen a la petición inicial de Risco Profundo, el nombre de cada una y el rango de dificultad que conllevan.
  • Que nadie olvide que ésta es La letrina de los dioses y el renombre nos lo ganamos con nuestro veraz servicio – sonó una voz temblorosa pero decidida.
  • ¡Qué te he dicho de fisgonear, Borco! Anda, vete a cagar que esto no te concierne – amenazó el líder, que con su voz profunda y potente y su corpulencia, consiguió sin esfuerzo, amedrentar al orondo tabernero – Todo está dispuesto para que no haya fraude, ¡maldita sea!
  • Volviendo al tema – comenzó el de acento oriental y ropajes anchos – y teniendo en cuenta la información recopilada por cada uno de nosotros y la de Marvin, quien no regresó con vida – todos guardaron unos segundos de silencio - el grado de dificultad no es en ningún caso normal - Fácil; un símbolo de espada bajo la recompensa indica poca peligrosidad, diez símbolos, aparentemente el máximo, indicaba gesta heroica. Alguna vez se vieron once espadas... Esta rareza se conoce como “Bromita de los dioses” en la jerga de los cazarrecompensas.
  • Hombre, primero están todos esos Ratari que ocupan sus múltiples salas – dijo uno.
  • Por no decir los Osumbra que se aliaron a ellos – añadió el anciano.
  • Yo diría que lo más creíble sería al contrario. Los primeros se aliaron a los segundos, cobardes como siempre – puntualizó el de las tierras de oriente.
  • De ser así lo veo como un movimiento estratégico, no de cobardía – la debilidad se olía en los modos de Vikko, quien nunca destiló mucha valentía, procurando realizar su trabajo desde las gradas.
  • Eso ahora no importa – dijo una tasadora del grupo con pinta de avezada guerrera – lo que importa es que manejamos entre manos un número indeterminado de esas ratas, no sé cuántos osos berserker, alguna que otra bestia inmunda o demoníaca... - la chica, de musculoso cuerpo y anguloso rostro dio un sorbo antes de proseguir.
» Y luego está eso otro tan grande, por no hablar del dragón.
  • Jumpf, jumpf, jumpf – Tres carraspeos... Tres.
  • Y no es pequeño – habló el líder – Encima es púrpura, y tienen muy mala leche.
  • Los dragones no dan leche – informó un silencioso y bajito tasador junto al líder, recibiendo acto seguido un golpe de nudillos en plena sien.
  • ¡Eso ya lo sé, imbécil! Era una forma de hablar.
  • Con todo, - dijo Vikko – diría que lo más preocupante no es el dragón – y entonces dirigió su mirada hasta centrarla en los rostros nerviosos de los tres individuos, que comenzaron a carraspear nerviosos mientras daban pequeños sorbos a sus cervezas - ¿No es así? - sonrió.
  • Muy cierto – habló el anciano – la verdad que expulsó a las gentes de la ciudad mágica conocida también como Villa Mazmorra, se esconde ahora bajo su salón principal, allá por la cámara de los patriarcas; y yo diría, aún a riesgo de parecer pesimista, que diez espadas no son un número adecuado.
  • Jumpfffmjumjum – carraspeo conjunto. Sudor incómodo. Vergüenza latente.   

1 comentario:

  1. Hola :D
    Muy bueno el prólogo, lo demás será genial también, estoy segura.
    Un beso ^^

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