Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Bloody Mary

sábado, 24 de mayo de 2014

Bloody Mary

 El frío no calaba su gabardina roja, pero se hacía presente en su rostro, que bajó tonos por momentos hasta que alcanzó un blanco níveo. El carmín de sus labios y el rímel de sus párpados parecían figuras abstractas sobre un lienzo marmóreo. Cascadas de pelo emergían de su caperuza formando bucles de fuego que hacían cobrar vida a un bosque helado salpicado por cientos de troncos sin apenas ramas o verde. El otoño los sentenció, pero lo invierno fue su verdugo. Ni un silbido, ni un aullido en la lejanía, siquiera el crujir de alguna rama rota por algún roedor de incógnito. Tras la que fue una larga caminata dibujada en la memoria de la nieve, se paró un instante, dejó la cesta sobre aquella inmensa manta de blanco, y extrajo de su gabardina un cigarro. Acercó el cigarro a la llama de un candil que llevaba en la mano izquierda para aplacar la oscuridad y dio un par de profundas caladas. El humo dibujó en el ambiente vetas de gris que se tomaron su tiempo en mezclarse con el aire para desaparecer.
Con el cigarro en la boca, el candil en una mano y la cesta en la otra, puso de nuevo rumbo a su destino; aquella cabaña por años visitada, relegada a la eterna soledad de un bosque de cuento de hadas, monstruos y sin más apolítica que la que hablan los animales.
Cuando completó su camino y se encontraba frente a aquella vieja cabaña, dejó de nuevo la cesta reposar ésta vez en uno de los peldaños que daba acceso a la entrada. Encogió el rostro en ese gesto que declara la última calada del cigarro, lo tiró al suelo, lo pisó con su bota de cuero negro y alzó el rostro para dejar escapar el humo. Sonrió antes de dar ningún paso. La puerta se encontraba entre abierta. Tras hacerse de nuevo de la cesta, subió los tres peldaños y empujó con suavidad pero decidida la puerta. No la sorprendió en absoluto la escena que la esperaba dentro. Sobre la cama, desecha en una amalgama de sábanas rasgadas y trazos húmedos de rojo sangre, descansaban los restos de una mujer a la que, hasta la fecha, tuvo a bien llamar abuela. Una señora que, como cada fin de semana, esperaba la llegada de su nieta, desde hacía ya casi treinta años, aguardando sus dulces e historias de aldea. Una señora algo amargada por la vida y huraña en sus formas. La soledad de aquella choza perdida en medio del bosque congeniaba con su forma de ser, que sólo su nieta soportaba.
En la mesa que hacía las veces de comedor y soporte para un millón de partidas de cartas que se perdieron en el tiempo, la esperaba, sentado en una silla y al resguardo del calor de la chimenea, una figura semihumana recubierta de un pelaje oscuro como la noche cerrada y dos ojos del color del ámbar. Su mano, colmada por unas garras que bien podrían atravesar una armadura de acero, repicaba en la mesa sin cesar creando un sonido seco. Su boca, teñida de sangre ajena, vestía una macabra sonrisa que se arqueó aún más cuando sus ojos se encontraron con los de aquella mujer de rostro pálido. De su garganta emergió una voz gutural y áspera que inundó la estancia.
  • Buenas noches, muchacha, llegas justo a tiempo.
  • ¿Qué tal, lobo? - La mujer de rojo se acercó a una de las sillas, dejó la cesta en el centro de la mesa marcando la distancia entre ella y la criatura y puso el candil cerca, con idea de encender otro cigarro - La última vez que te vi, hace ya unos años, creo recordar que tenías el pecho lleno de plomo. O no aprendes, – prosiguió mientras extraía otro cigarrillo de su gabardina y se paraba para encenderlo con la tenue llama que aún emanaba del candil – o te va el riesgo.
  • Entiende que tu abuela materna me supo a poco. Pero mira, – e hizo un gesto con la zarpa mostrando aquella imagen dantesca de restos de carne y huesos rotos – la paterna sí ha entrado bien.
  • Qué bueno para ti que mis dos abuelas fueran dos amargadas sociópatas que no soportaban vivir en compañía.
  • Desde luego – se miraron largo y sonrieron - ¿Me das uno de esos cigarros tuyos?
  • Claro, ¿por qué no? Toma, - y le acercó la cesta – sírvete unos pasteles mientras preparo café - tras ponerse de pie y ofrecer un cigarrillo a aquel engendro de la noche, lo rodeó y comenzó a preparar una cafetera que dejó al fuego de la chimenea.
  • ¿Eres consciente de que no saldrás de aquí con vida? Hacer migas no te servirá de nada.
  • Descuida, que se guapa no implica que sea tonta – la colilla de su cigarro se perdió entre las llamas de la chimenea.
  • Oye, huelen bien estos pasteles, pelirroja, ¿los has preparado tú? - El lobo se llevó a los labios un primer pastel glaseado de rosa y bañado en chocolate negro.
  • Mi madre dice que marido no me iba a faltar – Apartó la cafetera aullante del fuego y sirvió dos tazas que luego llevó a la mesa – Yo siempre le contesto; Madre, a los hombres se los conquista de dos formas muy básicas; cocinando bien y mostrando un sugerente escote – El lobo se echó a reír mientras daba buena cuenta de los pasteles.
  • ¿No te apetece uno? Vaya, puede que sea casualidad pero el café también lo clavaste, preciosa – Mary o Caperucita, como muchos la llamaban, le devolvió un guiño pícaro sacando un cigarro más.
  • Ahora no, no me gusta comer mientras como y viceversa.
  • ¿Y el café? - Añadió el lobo engullendo un quinto pastel de crema y bizcocho.
  • El café es el mejor amigo del tabaco – dijo cruzando las piernas y los brazos en un gesto muy bohemio. Durante unas cuantas caladas, Caperucita contempló tranquila, como aquella bestia de orejas puntiagudas y mirada lasciva devoraba todos los pasteles hasta solo dejar uno en la cesta.
  • Te doy un último pastel de paréntesis – ella le sonrió.
  • ¿Recuerdas? Lobo ¡Qué ojos más grandes tienes! - El lobo le devolvió la sonrisa.
  • Son para verte mejor – añadió agravando la voz.
  • ¡Y qué orejas tan largas y puntiagudas!
  • Son para oírte mejor – y agarró el último pastel.
  • Y... - El rostro de Caperucita adoptó una mueca de lujuria, la mirada altiva antes de seguir - ¡Qué dientes más grandes!
  • Con la edad y el cuerpo que tienes ahora, no es lo único que pones grande – Los dos se echaron a reír.
» A todo esto – prosiguió – con ese cuerpo, ese rostro y ese fuego en tus ojos, ¿qué hace una mujer como tú, sumida en una aldea dejada de la mano de Dios deambulando por los bosques del Diablo? - Ella lo miró profundo mientras comenzaba a mordisquear el último pastel. Trece de trece.
  • De pequeña, una aldea, un par de abuelas cuenta cuentos y el respirar de las montañas es un ambiente ideal para crecer. Pero es cierto, cuando llegas a mi edad y te percatas que hay más allá de estos bosques, te replanteas muy seriamente dejar el calor de las chimeneas y todos esos hijos de leñador y herrero que te echan el ojo. Es por eso que seguí visitando a mi abuela paterna – El lobo se terminó el pastel y comenzó a chupetearse las garras - ¿Te he comentado que en realidad era rica? La muy agarrada guardaba todo su dinero de viuda bajo ese colchón ahora ensangrentado. ¿Te he comentado también que soy su heredera? - En este punto, el lobo alzó la vista de sus garras endulzadas y miró fijo a Caperucita, que sonreía entre calada y calada - ¿Estaban ricos?
Cuando se miró la zarpa de nuevo, percibió como la vista se le nublaba y las imágenes se desdoblaban sin remedio.
  • No puedo creer que seas tan zorra – consiguió decir el lobo mientras percibía cómo el veneno de los pasteles arañaba cruento sus entrañas.
  • Una tiene que comer, ¿no crees?
La cabeza del lobo cayó en la mesa, los ojos aún abiertos, contemplando cómo Caperucita sacaba de un armario junto a la cama una sábana de color pardo y levantaba el colchón destrozado de su abuela. De debajo de aquel jergón, salieron monedas y más monedas de oro y múltiples caderas, collares y anillos colmados de rubíes que llenaron la panza de aquella sábana. Luego se acercó al cuerpo inerte de la criatura, lo besó en la frente y dijo:

  • Gracias por ahorrarme el peso de mala nieta – Tras esa frase, salió por la puerta, y nunca jamás se supo de ella en la aldea.

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