Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Cartas de sangre

sábado, 24 de mayo de 2014

Cartas de sangre

 Tea contemplaba tranquila su querida Londres desde el gran ventanal de su despacho. No era un despacho estilo agente de Hollywood, pero para una jefa de editorial de clase media, no estaba nada mal. Había sido una semana dura en la editorial; mucho que leer y poco de donde sacar. Tenía que encontrar algo que reforzara el nombre de la compañía si querían llegar a los mínimos ese año. Faltaba poco para diciembre y las navidades siempre son fechas críticas que hay que saber aprovechar. Total, olvidar lo profundo de las letras para dar paso al instinto del fiero empresario. Tea siempre pensaba en momentos así: por mucho que ame la lectura o escribir, para ello necesito energía, y para conseguir dicha energía he de alimentarme y dar de comer a otros y...para todo eso, necesito dinero.
Llevaba casi dos horas sumida en la quietud junto a ese pensamiento en su cabeza y la escena gris marengo de Londres, acentuada por el sabor de un té moruno que aún mantenía algo de calor cuando el sonido del comunicador la sobresaltó, sacándola de su viaje astral.
  • ¿Dígame, Jessica?
  • Es su amiga Amanda – dijo su secretaria - dice que tiene algo muy importante que...
  • ¡Tea, - Amanda se adueñó del comunicador con esa caradura que dan las buenas amistades forjadas tras años de copas e insultos improvisados - no te hagas la importante conmigo que vivimos en la misma casa y déjame pasar!
  • Señora...
  • Déjala pasar – Tea sonrió, Amanda siempre conseguía robarle una sonrisa en los peores momentos, y aquella mañana triste no era menos para ella.

Amanda entró por la puerta con las mejillas rojas y los ojos hinchados de ilusión. La sonrisa de oreja a oreja y unas pupilas dilatadas delataban su euforia. Amanda era una de esas chicas que aparentaba su edad y no más; treinta años. Una de esas personas responsable para los estudios pero no para su habitación o el orden de su vida, enganchada aún a series como Friends y seguidora de las novelas negras. Inquieta, había dedicado varios años de su vida a convertirse en arqueóloga, y aunque con pocos resultados, hasta ahora había sabido mantenerse, escribiendo columnas con reportajes de índole egipcio, griego, etc, para periódicos o revistas de ciencia, o viajando de aquí allá atraída por la noticia de un nuevo enclave histórico que sacar a la luz.
  • Buenas tardes, Amanda, ¿a qué debo esta grata visita?
  • Tea, no he podido esperar a que llegaras a casa para contártelo. – Le dio la vuelta al escritorio de Tea y se colocó a su lado, presionó el botón del comunicador y dijo con tono serio y decidido – Jessica, prepara más té por favor, – Tea la miró divertida – esta reunión no será corta.
  • Amanda, estoy ocupada, tengo cosas que hacer – Durante unos segundos, no más de tres, se miraron fijamente. Amanda arqueó una ceja – Está bien, – repuso Tea – pero no más de media hora, que debo devanarme el cerebro y encontrar un best seller entre todos estos textos que ves aquí si quiero mantener a flote las ventas de este maldito año.
  • Ah, por eso no te preocupes, – añadió Amanda orgullosa mientras tomaba asiento – a eso mismo venía yo.
  • ¿Cómo? - Tea adoptó de repente una postura más erguida en su asiento.
  • ¡Ahá! Ahora sí te interesa, ¿no?
  • Venga, no seas mala pécora y suéltalo ya .
  • Bueno, sabes que hace dos días regresé de Rumanía – Amanda adoptó una mueca pícara mientras extraía cuidadosamente una carpeta color pardo y un cuaderno de su bolso ancho. No tenía mucho gusto a la hora de vestir, así que hacer alusión al bolso ni va ni viene.
  • Si.
  • Resulta que en una de mis expediciones a una catedral de estilo gótico, demacrada por los siglos, hallé algo, algo muy, muy interesante.
  • ¡Joder, Amanda, que me tienes en ascuas! - Jessica entró con una bandeja de té y pastas cuando aún se mantenía en el aire el eco de aquel “joder”. Amanda dejó escapar una risa malvada.
  • No sufras, cuando sepas qué es, me querrás comer a besos por el hallazgo – entonces extrajo de la carpeta unas hojas de papiro bien conservadas aunque agrietadas por los años de soledad, y a su lado dejó caer el cuaderno abierto por la primera página.
  • ¿Y eso?
  • Un diario, y a su lado la traducción, recién llegada de Rumanía. Mis felicitaciones a John Pepper, mi contacto y traductor en casos como éste.
  • ¿Un diario? - esa pregunta también la pensaba Jessica, la secretaria, que a pesar de haber cumplido con su cometido, fue vencida por el morbo y la curiosidad – Gracias Jessica, puedes dejarnos. Que no nos molesten en la próxima... Ya te avisaré.
  • Gracias Jessi – Añadió Amanda con tono agudo; era muy payasa fuera cual fuese la escena – Si, mi dulce amiga, un diario, y no uno cualquiera.
  • ¿A quién pertenece? - La curiosidad ya rondaba a Tea, que envolvía la nueva taza de café con las manos a fin de calentarlas un poco.
  • Hagamos una cosa, mientras me tomo el té y me atiborro a pastas, porque  apenas desayuné, tú te lees la primera carta y lloras cuando llegues al final.
  • ¿Y eso por qué?
  • Al final de cada carta, el protagonista firma con su nombre, al menos con uno de ellos – el gesto pícaro de Amanda ponía aún más nerviosa a Tea, que se moría por leer.
  • Joder, me tienes en vilo totalmente.

Tea cogió el cuaderno, no sin antes echar un vistazo a las hojas de papiro con sumo cuidado, dejándose envolver por el olor que resumen siglos de historia ocultas. Tomó un sorbo de té y se llevó una pasta a la boca. Leyó: Primera carta, en una caligrafía cursiva que intentaba imitar a la original.

Primera carta

Llevo años y años intentando hallarme a mí mismo, conocerme, conocer mi verdad; y no ha sido hasta ahora, que me propuse relatar mis días y mis sentimientos, que lo he conseguido, al menos en parte. Espero que el pequeño trozo de alma que me queda sin corromper, se deje caer en estas páginas. Espero también que, el día de mañana, quien las encuentre, se tope con las palabras de un recuerdo, y no de un alma errante. Hace años que la muerte se hospedó en la habitación de al lado y parece que se encuentra lo suficientemente a gusto como para no abandonar mi casa. No tengo mucha idea de cómo empezar ni por dónde, pero no estaría de más decir que, como todo en esta vida, el comienzo es Dios.
Me río ahora de haber necesitado tantos años para liberar a mis ojos de la venda que los cegaba. La religión es el término tras el que los cobardes y los inmorales escudan sus actos de crueldad para un fin propio. La fe es camino de pocos y consuelo de muchos. Antaño, yo tenía fe, pero por desgracia también tenía religión. Vestía religión, respiraba religión, gritaba religión contra mis enemigos y los hundía con ella. Mi amor por mi iglesia y por Dios era tan recto y fanático, que dejé de comulgar con su palabra para hacerlo con la mía propia. Mas yo creía hacerlo en pos de sus designios. Dejaba a mi espada y mis creencias volar, llevadas por la idea de un vínculo glorioso, de una verdad absoluta.
Ahora entiendo que Dios me abandonara. No podía seguir excusando mis atrocidades tras el velo de una incorruptible fe, perdida en un bosque de árboles de odio y miedo a todo aquello que creía pagano. Mi cuerpo, bañado en la sangre de mil enemigos, no justificaba mi camino a ojos de Dios. Creía, con rabia y fervor, que todo cuanto hacía era por él. Ahora, cuando mi ira y mi vileza se han apagado por los años de soledad oscura y fría, veo cuán equivocado estaba. No lo hacía por él, lo hacía por mi.

Tea elevó la vista del cuaderno después de leer la firma a pié de página.
  • ¿V T? - preguntó contemplando la sonrisa de Amanda, que la miraba fijamente.
  • Vlad Tepes – añadió con un tono lascivo en sus palabras. El rostro de Tea se volvió blanco al escuchar aquel conocido nombre.
» ¿Sabes lo más interesante de ese diario? Y eso que solo llevas una hoja de papiro.
  • Eh... - muda, esperó que su intento de respuesta sirviera.
  • Que según la prueba que hicimos, la del carbono catorce, data de unos doscientos años después de su muerte.

* * *

Tea se encontraba ahora de pié, de espaldas a Amanda y su escritorio, cuaderno en mano la mente perdida. Dejaba escapar sus pensamientos ante la imagen cristalina del ventanal. La ciudad de Londres se presentaba tranquila para ella; sin ruidos molestos, sin colores infiltrados fuera de una paleta de claroscuro. No podía dar crédito a lo que tenía ante sus narices. Barajaba la posibilidad de que aquellas cartas no fuesen más que el desvarío de algún loco de catedral y medievo, alguien que había saboreado demasiada historia y soledad juntas. ¿Inmortalidad, vampiros y príncipes de las tinieblas? Stoker ya perdió una gran parte de su vida y su persona en hacer de aquel personaje bélico toda una franquicia. Al fin y al cabo, pensaba Tea, las mentiras de unos dan forma a las leyendas de otros. Se volvió hacia Amanda, que devoraba divertida las últimas pastas de té, seleccionando y dejando para el final esas tan reconocidas con el centro lleno de una mermelada de frambuesa.
  • ¿Cuando murió Vlad? Lo llamaban el empalador, ¿verdad? - comenzó Tea, que calculaba cada palabra que abandonaba sus labios.
  • Efectivamente, así lo apodaron. Murió...espera que haga memoria... Sí, en mil cuatrocientos setenta y... ¿cinco? No, setenta y seis. Todo un fetichista de las lanzas. Ahora hacemos fiestas de la espuma, en su día eran fiestas de sangre. Tampoco ha cambiado tanto – como siempre, Amanda bromeó.
  • Y dices que estas cartas datan de mil seiscientos y pico – Tea se acercó a la mesa y acarició el papiro que hacía referencia a aquella primera carta.
  • Correcto – sorbo de té y otra pasta.
  • Pero eso es imposible, ¿lo sabes, verdad?
  • ¿Te refieres a la diferencia de tiempo? - Tea asintió – Supongo. Yo solo digo que, dejando a un lado la veracidad y aunque quizás...
  • Quizás no, seguro – sentenció Tea sin dejar acabar a Amanda.
  • Quizás... – reforzó Amanda elevando su tono de voz – las haya escrito otra persona que quiso comenzar el conocido mito...
  • Si, entiendo – volvió a cortar Tea – Tengo entre mis manos el comienzo de dicho mito.
  • ¡Premio! Gracias, gracias – rara era la vez que Amanda no sumaba un chascarrillo a alguna de sus frases o bromas – Aún así, podría existir la posibilidad... - tercer corte.
  • Has visto muchas películas, Amanda. Pero debería seguir leyendo, igual hay detalles que saquen cosas a la luz. Desde luego pueden tener muchísimo gancho todos estos desvaríos.
  • Dí mejor, deberíamos, yo no pasé de la segunda carta. Demasiado trabajo y poco tiempo. Ahí me enganché más. Así que date prisa, que han tardado dos semanas en enviármelas y me muero de la curiosidad – Amanda hizo un gesto relamiéndose el reverso de la mano como un gato.
Tea tomó asiento, miró el reloj y se quedó pensando. Aquello no era cosa de un rato, necesitaba tiempo y un buen análisis. También estaba el hecho de todo cuanto englobaban aquellas cartas. Mitos y cientos de historias que se creían pioneras en un mundo de fantasía oscura. Con todo, solo había dado un sorbo a un prólogo de sabor suave pero contundente, necesitaba paladear más

Carta segunda

Es curioso que, por amor y por odio a un mismo tiempo, di la espalda a Dios para encontrarme cara a cara con el Diablo. Si tuviera que dar un consejo y solo uno a la humanidad, diría una y mil veces que hay que tener cuidado de lo que se desea. Si reniegas del Señor no puedes esperar a cambio una palmada en la espalda.
Antes de convertir mi fe en la luz en una doctrina a las tinieblas, yo era un ser cruel y despiadado con mis enemigos. Pero si buscas bien en cada alma, hasta el ser más vil tiene tiempo y hueco para amar. Y yo amé, y Dios sabe que lo hice tan a ciegas como mi afán por mi iglesia. Pero llegado cierto momento de guerras y enfermedades que aún hoy acusan a mis tierras y a sus gentes, el cielo se llevó mi amor. Si lo hizo en cobro por mis actos fuera de sus leyes o si solo fue voluntad del todopoderoso, es algo que aún a día de hoy me quema las entrañas.
En un abrir y cerrar de ojos perdí una batalla, perdí un amor de cuentos. Dejé a mi corazón extraviarse tras de ella. Y así, decidí perder mi vida, que de nada valía sin su aliento constante, sin su risa y su calor perpetuos. En aquellos días pensé; Si te lo he dado todo, Dios, ¿por qué me arrebatas la fragua de mi pasión?, ¿por qué despojas mi vida de lo único que no acojo a ti?
Así fue como abracé el dogma de mi oscuridad, un camino directo al odio que daba lugar a la plaza del infierno. Porque mi oración no la escuchó Dios cuando le rogué me la devolviera. Porque mi cólera no la absorbió el cielo. Porque todos mis reclamos los escuchó el Demonio, que no buscaba más que un adepto para sus juegos, una pintura de colores muertos conque burlarse del Padre de todo y todos. Una forma de atacar su fe. Y yo acepté su mano llevado por la ira y el desengaño.
Desde entonces, he muerto y he revivido. He caminado por las sombras más oscuras y éstas cantaron arias a mis oídos solo para hacer de mi inmortalidad algo menos tedioso. He burlado las leyes físicas y humanas con la intención de llevar la contraria a la buena senda de Dios. He robado vida, he bebido sangre, he matado sin castigo y permanezco incólume rogando porque llegue el día en que la pluma que dicta su juicio verdadero se centre en mi, solo por tener tres segundos para preguntar... ¿Por qué, Señor?, ¿Por qué me abandonaste?


Todo se quedó en silencio cuando Tea acabó la carta. Amanda mantenía un gesto tranquilo, con una sonrisa cómplice.
  • Vaya – empezó Tea – Desde luego, esta es mucho más profunda.
  • Yo lloré – dijo Amanda, que ya no tenía pastas que devorar ni té que ingerir.
  • No puedo negar que me ha llegado. Interesante, la firma de esta carta no es la misma que la anterior.
  • Correcto. A eso sí le eché un ojo. Parece ser que según la carta firma con otras iniciales. Una leve investigación verifica qué nombres usó en cada una.
  • ¿Y eso por qué?
  • Quién sabe – Amanda se levantó y comenzó a caminar por el despacho, acariciando lomos de libros que dormitaban en estanterías o cambiando adornos de sitio – Igual tiene algo que ver con su estado de ánimo, o quizás solo sea...porque si.
  • D – la voz de Tea sonó seca al pronunciar aquella letra – Drácula.

* * *

Carta tercera

Aún mantengo un amargo pero interesante recuerdo de mi despertar. Sí, si tengo que elegir un término, yo diría que despertar es la palabra idónea para describir ese momento en que abandonas la vida y la muerte te da la espalda. Mi cuerpo permanecía exhausto por la batalla y las heridas mortales que recibí. Aproveché esos últimos momentos de existencia para realizar mi primera herejía; maldecir a Dios y al cielo. Transmuté el sentido de una oración en toda una oda al odio y al reproche. Escupí sangre y furia de rodillas en medio de aquel campo mancillado de guerra. Por primera vez, no agaché la cabeza el rostro oculto a las nubes para orar. Esa vez miré desafiante hacia los pocos rayos de sol que se filtraba entre aquel manto de gris. Y mientras mis palabras se envolvían en sedas de saña y espino, pude recordar cómo la sangre que emanaba de mis cortes y mi boca se volvía cada vez más oscura, casi negra. Fue como sentir mi alma suspendida entre dos mundos. Noté al Tiempo caminar tranquilo a mi vera, engalanado con sus ropajes de pulcro blanco y sus abalorios de fino oro. Percibí su fría mano sobre mi hombro desnudo y pude escuchar un idioma que solo habló para mi y para el viento. Olvídame... Repitió esa palabra unas tres veces hasta que dejé de sentir su presencia... Y lo olvidé, y él me olvidó a mi. Y aquellos trazos de sol que acariciaban la tierra ahora marchita de carmesí y lamían mis heridas, desaparecieron de repente, ocultando toda luz a mis ojos, despojándome de mi último día entre los mortales. Porque yo no tengo derecho al Sol. Porque yo solo canto a la Luna, ese plateado rincón de los solitarios. Porque las pocas lágrimas que me quedan solo florecen de noche para marchitarse en el crepitar del amanecer.
Permanecí en aquella quietud de mi despedida horas y horas hasta que la noche me dio su bienvenida. Si alguna vez mi sangre tiñó aquellos campos de tristeza, eso es algo que quedaría entre el recuerdo, el silencio y yo. El frío, el hambre y el dolor me volvieron el rostro para dar a la calma de la inmortalidad. Mis sentidos se refugiaron en el olvido para dar paso a unos nuevos y mejores, mucho más refinados. Tuve la sensación de haber estado atrapado toda mi vida dentro de un gato que descubrió curioso que podía ser león. Y quise ser león. Caminaba, y mientras lo hacía abandonaba los designios y las cadenas que constreñían mi caparazón humano para dar forma ahora a un nuevo ser. Fue como si el Diablo empapara de nuevo la arcilla de la que todos venidos para remodelarla a su gusto en un claro insulto al altísimo. Perfiló mi belleza, dio un brillo lunar a mis cabellos, dotó de una potencia extraordinaria mis músculos y hundió en mi pecho el cuchillo ardiente de los pecados para que hablase sus siete idiomas. Con tales poderes, mis deseos surcaban incluso bosques y bestias, desde las más pequeñas a las más feroces. Vi el mundo desde un punto de vista soberbio que solo la noche conoce. A día de hoy, aún me sorprendo con algún secreto más de mi mismo o de mi oscura naturaleza. Ya no sé si el Diablo ansía que permanezca cerca y por eso me agasaja con nuevos dones y por ello Dios me procura un camino lejos de su reino, apartado de su recuerdo.

Hacía rato que habían llegado a casa y ni siquiera quisieron preparar nada de cenar. Se procuraron algo ligero por el camino y algún postre para llevar. Pero dicho postre tuvo que esperar a la carta. La lluvia golpeaba celosa contra las ventanas del salón, que dejó de hacerle caso para asistir a aquella lectura. Un sofá, una buena manta de fin de semana y película, dos chocolates calientes y la luz amarilla intensa de una lámpara que soportaba los años triunfante llevando la contraria a la corriente, era todo cuanto necesitaron Tea y Amanda, que se miraban ahora perplejas tras lo que habían leído. Amanda quiso ser quien pusiera ahora voz a la carta, y a cada línea que dejaba atrás le seguía un gesto más ensimismado.
  • Entonces, así surgió el primer vampiro – comenzó Amanda mirando fijamente la firma – D de nuevo.
  • Amanda – Tea adoptó un tono reprobatorio. Su imaginación, a pesar de amar la literatura, se centraba ahora en la veracidad.
  • Solo digo que de ser así, parece una forma emocionante de volver de entre los muertos. Aunque parece que se quedó alas puertas de ambos sitios para siempre.
  • Si, eso parece – Tea parecía pensativa.
  • ¿Qué te ocurre? - Amanda dejó el cuaderno sobre la mesa y sostuvo la taza de chocolate entre sus manos para calentarlas.
  • No sé, me resulta raro.
  • ¿Qué te resulta raro? Además de hecho de estar leyendo la autobiografía del príncipe de las tinieblas – Su voz se animó más que de costumbre hasta encontrarse con el gesto de Tea, que fruncía los labios para decir sin palabras: Sí, claro.
  • Parece odiar a Dios por abandonarlo y despojarlo de su amor, en cambio, en cada carta tengo la sensación de que solo espera llamar su atención.
  • Creo que una cosa no quita la otra – Amanda acercó el otro chocolate caliente a Tea – Que lo odie no significa que no sepa el lugar que ocupa. Creo que estas cartas son la aceptación de alguien que ha vivido lo suficiente como para poder analizar profundamente sus actos.
  • Tiene sentido, si – Pero algo concomía a Tea, que daba pequeños sorbos al chocolate.
  • Seguro que si seguimos leyendo despejamos dudas.
Ninguna quiso mirar el reloj en aquel momento. Amanda se moría por curiosear como un gato hambriento mientras Tea buscaba a todo aquello un punto psicológico. Aquella sería una noche larga e intensa y aún quedaban cartas por leer y misterios por saborear.

* * *
Se despertaron tarde aquella mañana de sábado. Desayunaron acompañadas de un silencio incómodo que solo daba lugar al repicar de la lluvia en la ventana. Tea se había levantado aproximadamente una hora antes que Amanda y decidió preparar el desayuno. La desgana se ocupó de que un quehacer que no lleva más de veinte minutos engordara hasta abarcar casi una hora. Desde que abrió los ojos, Tea se preguntó si Amanda había sido hostigada por las mismas pesadillas que ella tuvo el poco rato que consiguió conciliar el sueño. Quiso dar una explicación a todo aquello. Procuró pensar que leer tanto sobre un tema que además se da a la imaginación podía originar cambios en el subconsciente, y este a su vez en los sueños. Poco más tarde, con el desayuno esperando ya en la mesa, comprobó, por el carácter agriado de Amanda, que habían compartido mala noche. Pero hasta que las palabras cruzadas dieran lugar a los hechos, no quiso confirmar la idea de pesadillas compartidas.
  • ¿Qué tal has dormido? - Comenzó Tea con la pregunta de rigor. Amanda elevó la mirada de la taza de café, el zumo y las tostadas en un gesto de claro cansancio.
» Entiendo. Yo apenas he dormido. Esa última carta... - dejó que un silencio de no más de tres segundos se sentara a la mesa y se sirviera su parte – Supongo que igual que a mi, te dejó algo tocada.
  • Supones bien – añadió Amanda, que a pesar del sueño y el rostro de pocos amigos, no perdía el hambre. Cinco tostadas fueron testigo directo de su apetito – Hasta ahora, el resto de cartas eran más...
  • Sentimentales – Tea acabó la frase de Amanda, dejando que el café le calentara las manos.
  • Efectivamente. Esta última en cambio, no sé, parecía una forma de vomitar todo su poderío y su naturaleza oscura de la forma más grotesca y explícita posible.
  • Sí, coincido. ¿No tienes la sensación de que su forma de expresar o sentir va en ocasiones más allá de lo que podemos experimentar las personas normales? - Ambas se miraron y de nuevo bajaron la mirada a la mesa, dispuesta quizás para más personas de las que era necesario, al menos en cantidad de comida.
  • Tea, sé que tú prefieres obviar toda idea de ocultismo y referencia sobrenatural pero, esas palabras, toda esa magia negra con todos esos sentimientos encadenados a ella – miró a la ventana mientras hablaba, dejando a la vista perderse bajo la lluvia – Todo es tan...profundo.
  • E inquietante. ¿Sabes? Necesito reflexionar sobre qué hacer con estas cartas y cómo. Creo que pasaré la tarde enfrascada en el resto. En parte me siento muy atraída por encontrar otra de esas cartas en que su estado emocional da esos giros tan misteriosos y viscerales.
  • Por desgracia debo ir a ver a mi madre, que la tengo abandonada. Pero en cuanto vuelva, te las robo – Amanda procuró elevar su ánimo - Es curioso, después de la lectura de anoche, el cuerpo se me enfrió y no me quedaron ganas de más. Hoy en cambio, siento de nuevo esa extraña sensación de desvelar algo más. Esas cartas parecen adictivas, ¿no crees? - Amanda sonrió, pero Tea vestía un rostro serio, perdido.
  • Eso parece.

La cuarta carta

A veces deambulo por los pasillos de mis propiedades; casas de aquí y allá, fincas, palacetes e incluso mis adorados castillos. Mis fieles, silenciosos y adorados castillos; qué sería de mi sin vuestro abrazo seco. La compañía perpetua de su fría estructura de piedra me recuerda mi inmortalidad cada noche, dando algo de sentido a mi existencia. En el transcurso de los años puedo comprobar cómo, todo aquello cuanto permanece cerca de mi, el tiempo suficiente, se ve mancillado de forma sombría. Noto mi presencia y el halo de tinieblas que me abraza contagiando todo a mi alrededor. No me extraña que incluso estas palabras y la tinta que les dio vida hayan sido marcadas con las plumas del manto negro que envuelve mi persona. Pero no me molesta, nada más lejos de la verdad. El reflejo de mi naturaleza tenebrosa y mi supremacía se hacen presentes en mi entorno. ¿Terrible maldición o bendición oscura? Algunas veces creo que Dios me castigo despertando este monstruo que habitaba en mi para amargar mi existencia en cada uno de mis actos. Si es así, es inútil. Comprobar cómo el reflejo de mi dolor recae en todo aquello que toco, me hace degustar el hecho de que profano cuanto Él crea. Esa es mi venganza. Si por el contrario, el Diablo me dotó de la virtud de manchar toda pureza y luz con el aliento de mi voluntad, bienvenido sea dicho don. Porque puedo reírme de la creación y el cielo con solo caminar, con solo estar, con solo existir. No hay un solo día que no busque una forma de venganza contra el altísimo, contra su negativa a responder mis ruegos.
Y es en esos paseos, en esas noches en que la luna deja ver su expresión triste e inmaculada, cuando paseo sereno por mis dominios, arañando trozos de piedra y madera fría, arrancando de ellos el estridente sonido de mi llanto hereje. Y cuando mi esencia transmuta mis manos en poderosas garras, y dejo en esos pasillos el trazo de mis lamentos, percibo poco a poco cómo el veneno de mis entrañas da nuevas y tenebrosas formas a todo ese esqueleto de columnas y arcos olvidados. Mi presencia cambia patios llenos de ángeles pétreos, por la mirada perenne de gárgolas vigías. La oscuridad transforma rostros angelicales en muecas demoníacas repletas de cuernos y colmillos que solo son la extensión de mi pesar. Torreones de pocos pisos alargan sus cuellos en la noche hasta alcanzar formas puntiagudas y eternas que expresan que un sentimiento puede ser infinito. Cada puerta que abro lleva mi sangre, cada habitación aúlla en silencio mi lamento carmesí, cada ventana llora ríos de angustia al mundo exterior. Da igual cuanto ocultes al sol de mi, porque ennegreceré cada rincón de cada sitio en que permanezca más de un segundo solo para recordarte mi estancia en la casa de tus hijos mortales. Pienso empañar cada corazón puro que se cruce en mi camino. Y de todo corazón ya impuro extraeré su mal oculto y lo moldearé, haciendo herejía de tus enseñanzas y malformando tus ejemplos hasta pulir criaturas de la noche que escupan a tu luz sagrada. Mi senda dará envidia al justo, lujuria a las vírgenes, golpeara, martillo furioso, ira sobre templanza. Vomitará gula y pomposidad sobre el recato y ofuscará de avaricia hasta el alma más pura y casta. Bañaré mi cuerpo en fiestas de sangre y orgías de nocturnidad. Beberé la inocencia del pecho pálido de la mujer que ansía gemir y jamás lo hizo, ofreciendo todo aquello que tú prohíbes. Arrancaré las vísceras en forma de lobo de quien se oponga a mi y alimentaré con su vida, con su sangre, el odio de mis colmillos inmortales.
Esta noche hago imperecedera mi rabia a todo cuanto amas, porque quizás el sentido de mi vida fuese servirte en vano, pero el de mi no vida será reescribir tus palabras hasta que el eco de mis tinieblas se vuelva religión.

Por alguna razón que desconocía, y ya sola en casa, Tea releyó aquella carta acompañada únicamente por un té, una manta y el ruido mudo de la lluvia. De nuevo se estremeció ante tanta locura y perversión, y de nuevo, necesitó leerla.

* * *

Cuando quiso darse cuenta, ya era de noche. Había pasado todo el día enfrascada en aquellas oscuras cartas. Palabras de sangre, furia y odio. Lamentos, oraciones perdidas y la angustia que se respira en la soledad. Aquellos textos sumieron a Tea en un río desbocado de sensaciones que la arrancaron del tiempo y las horas durante más de medio día.

Carta quinta

La triste idea de estar solo me llevó varias veces, en todos estos años, a hacer uso de la lengua que habla la lujuria en secreto para atraer el calor que solo brinda un cuerpo de mujer. Las tinieblas, caprichosas y siempre deseosas de anteponerse a la luz, cincelan a sus nuevos hijos con la caricia de lo imposible, revelando rasgos que nunca hubo, músculos que susurran deseos y rostros que pueden robarte el alma con solo una mirada. Como primogénito de las tinieblas y de esta naturaleza de sangre y colmillo, mi poder se elevaba sobre el de cada nueva criatura o adepto que seguía mis pasos en la noche. Aquellas doncellas de inocencia perdida me miraban cada luna como la primera vez, y me respiraban cada mañana como si fuera la última. Pero su irrefrenable deseo por mi presencia no llenaba el hueco de mi corazón. Me volví hipnótico para todo aquel que me rodeaba; veneno dulce en copa de cristal y oro. Poco a poco, todo ser etéreo o maldito se hacía presente a mi alrededor. Atraídos por la esencia oscura que emanaba de mis entrañas como abejas que anhelan miel, se arrodillaban ante mi, perdidos y faltos de una mano guía. Todos los repudiados por la luz se sumaban a mi causa. Bestias, almas prófugas, personas que perdieron el rumbo o jamás encontraron su lugar. Todas venían a mi para que las remodelara a mi antojo. La noche me agasajaba con poderes, colores y sensaciones fuera del alcance de toda imaginación. Y a pesar de ello y de toda esa compañía, yo me sentía más solo que nunca...

No comió, apenas sí bebió agua. Las cartas aullaban atención y aquella hipnosis siniestra parecía haberse mezclado con la tinta tatuada en sus hojas. No atendió ningún quehacer o responsabilidad que no fueran aquellas misteriosas cartas. Con cada nueva historia, la atención de Tea se sumía más y más en ese mundo oscuro de ocultismo y tragedia que con tanta exquisitez transmitía su creador. El teléfono sonó una vez, y otra, y otra más. En un acto reflejo llegó a apagar su móvil. No quería que la molestaran o interrumpiesen durante su lectura. No deseaba interrupciones de ningún tipo. Solo leer más, saber más, conocer más, desvelar los secretos de las sombras. Quería respirar la magia negra que encerraban aquellas cartas, poder paladear todas y cada una de sus letras.

Carta sexta

Pero el rumor de mi existencia no solo llegó a viejos y nuevos hijos de la noche. El cielo, en un acto por erradicar su fallo, mandaba a mis dominios almas guerreras que fantaseaban con la idea de acabar con el elegido del Diablo. Siempre concluía de la misma forma. No puedes vencer aquello que no puedes entender. Los dejaba acercarse hasta que su euforia por la victoria del bien sobre el mal se hacía latente en sus rostros. La decepción llegaba poco más tarde, cuando el espejo que los hechizaba se rompía y mostraba la realidad de mi superioridad haciendo de su sangre mi elixir. Guerreros, valientes paladines portando cruces en nombre de Dios. Todos cayeron bajo el yugo de mi espada corrupta. Superé los límites impuestos por la débil cáscara humana hasta traspasar las barreras de lo soñado. Caminé muros y techos solo porque mi voluntad así lo quiso. Respiré las aguas de un lago durante horas hasta aburrirme y cargué el peso de un yunque sobre mi espalda por el único placer de saberme poderoso. Y con cada nuevo poder, miraba al cielo y sonreía. Todo lo que prohíbes forma parte de mi. Esas palabras surcaban el aire hasta atravesar las nubes. Ya no eran ruegos al Señor, eran desafíos, y cada nuevo desafío me alejaba más de él para acercarme más a la oscuridad...

El teléfono de casa había sonado más veces de las que pudo percibir. Las cartas no deseaban que las abandonaran, y encadenaban la atención de Tea a cada párrafo. Se dejó engatusar por rimas de amor maldito en la séptima. Se perdió en los pecados robados de una octava carta que describía orgías de seda roja y desenfreno. Surcó entre palabras los misterios de un ser al que llamaron vampiro, engendro de Satanás. Descubrió, ya en la novena carta, cómo aquel cuerpo endiablado y ciego de pena había dominado los poderes de la nigromancia y la ilusión en un intento por desdeñar la santidad de la Biblia. De repente, acabó la décima carta tras leer cómo aquel su protagonista quiso vencer a la soledad buscando un alma afín en viajes por otras tierras rogando a la esquiva esperanza. Sin respuesta. Ya tenía la vista puesta sobre la onceava carta cuando el teléfono forzó su garganta de cables de cobre al máximo hasta sacar a Tea de su aislamiento.
  • ¿Diga? - Contestó secamente y respiró profundo. No sabía por qué, pero la llamada la molestó.
  • Joder, te ha costado coger el teléfono, maldita sea.
  • ¿Amanda?
  • Veo que al menos te acuerdas de mi – Amanda intentaba disfrazar su enfado con bromas ácidas.
  • Lo siento, me sumí en la lectura y desaparecí – y no mentía.
  • Te llamé no sé cuántas veces al móvil y de repente empezó a sonar el buzón de voz.
  • Espera que mire – efectivamente, su teléfono móvil permanecía apagado – Vaya, tienes razón, está apagado. No recuerdo haberlo desconectado – y de nuevo, no mentía.
  • Ya – Amanda secó aún más su tono – Luego comencé a llamar a casa, al menos cuando tuve tiempo de hacerlo. Así llevo unas horas. Pero mira, al fin lo coges.
  • No te enfades Amanda, simplemente se me ha ido el santo al cielo con la lectura.
  • Pues yo diría que al cielo exactamente, no.
  • Tampoco es para tanto – Tea tenía ganas de llegar al fondo de la conversación para acabar cuanto antes y poder seguir leyendo – Cuéntame, ¿qué te sucede?
  • ¿A mi?, a mi nada, excepto que estoy muerta de miedo y con un ataque de nervios.
  • … - Tea esperó.
  • ¿Te acuerdas de mi contacto John Pepper?
  • ¿El traductor?
  • Ese.
  • Si.
  • Muy bien. Porque me ha llamado su mujer desde su casa aquí en Londres.
  • ¿Y eso?
  • Al parecer llevaba unos días muy raro, desde antes de volver de Rumania. No pude entender mucho de lo que me contaba, la pobre no hacía más que llorar.
  • ¿Le ha sucedido algo?
  • Si, Tea. Está muerto, y cualquiera con un mínimo de vista diría que lo han asesinado. Lo de mínimo es sarcasmo.
  • … - sin saber por qué, el silencio la llevó a mirar la nueva carta.

Carta undécima

...pues mi secreto debe permanecer conmigo, porque así me lo reveló el tiempo, inmaculado y eterno... Porque hasta que encuentre la nueva rosa que llene de color el jardín de mi tormento y mi hastío, solo yo puedo llevar la carga de la eterna juventud y el beso de las tinieblas en mi rostro...

Era difícil traducir aquellas cartas sin perder una parte de la voluntad propia tras leerlas. Cuando acabó, John supo que debía abandonarlas. Algo en ellas sobrecogía su corazón y lo instaba a releerlas una por una. Quizás fuera por su naturaleza masculina, que en todo hombre ruega el reto y la acción en algún momento de la vida humana, pero aquella carta ancló su barco en el corazón de John. No la leyó, la saboreó, la sintió hasta el punto de formar parte de sus líneas cuál actor secundario en una obra de murmullos y silencios. Una obra de butaca de oro y final de lágrimas calladas. Una obra que quiso hacer suya en cada sueño a raíz de aquel día en que la tradujera.

Carta Séptima

Hoy por hoy, vuelvo la vista atrás y recuerdo las palabras de aquel caballero. Vampiro, así me llamó. Letras impregnadas de ponzoña y desprecio. Vampiro, me pareció interesante a la par que elegante. Si así quería el hombre dar forma posible a mi realidad fuera de lugar, lo di por bueno. Con el tiempo no fui un vampiro más; fui y soy el primero y más importante. Los que supieron de mi, al igual que aquel caballero de plata y espada, creían, ciegos e ingenuos, que al eliminarme a mi, ese término pasaría a formar parte de los muros que conforman al olvido.
Mi poder alcanza su mayor esplendor en la cuna misma de la noche más profunda, cuando la luna grita a los hombres palabras que no saben escuchar y los lobos aúllan cánticos a su madre de blanco. En mis dominios, mis súbditos, mi tierra, los pilares mismos de mi hogar, protegen mi persona del día y la mirada del sol. Así pues, quienquiera que cruzaba las puertas de mi castillo, si no había muerto ya presa del frío, las bestias o el odio que se reflejaba en mis creaciones, debía llegar a mi a sabiendas de la noche y los designios de las sombras. Mi entorno me protegía. Las tinieblas habían escogido a un campeón, a un paladín, y ese era yo.
Así fue como seis hombres de procedencia para mi desconocida, partieron a los Cárpatos, las cumbres mismas de mi amada Transilvania, con la palabra de Dios por espada y su fe hecha armadura. Mas solo uno consiguió sobrevivir a la antesala del horror. Y digo horror porque es cuanto puedes leer en sus rostros al llegar ese momento en que su verdad los abandona y su creencia se hace añicos. Pero con los años, y a mi me sobran, aprendes de la guerra que a tu enemigo, por pequeño o débil que parezca, le debes un respeto. Al fin y al cabo, que es una batalla sino poner la vida en manos de tus enemigos. Yo sabía de sobra cuantas lágrimas de sangre lloraron aquellos seis cuerpos solo para alcanzar la torre más alta de mi castillo; reír su desgracia estaba de más. Así que quise darle aquello que parecía ansiar; la muerte. Le dejaría ver mi rostro, contemplar el pecado que el cielo quiso ocultar y así arañar despiadado las tablas de su religión.
Lo esperé, copa de sangre en mano, al amparo de la compañía que dan las velas en la oscuridad y el olor de las rosas en la noche. Aquella veintena de llamas dibujaban silbidos mudos en mis aposentos. Sabía en qué momento cruzaría las puertas de madera oscura y en qué condición, pues mi no vida ya formaba parte de cada piedra, cada ventana y cada rincón, y nada podía escapar a mi mirada etérea.
Con la rabia de mis siervos salpicando su armadura y abrazando su espada, alzada y desafiante, el caballero se adentró en mis aposentos con el corazón henchido de valentía y la cruz católica grabada en su capa. Nunca olvidaré aquel rostro. Para ser hombre de batalla, su cara, aunque no falta de la dureza que dan las guerras, me pareció hermosa. Sus rasgos describían trazos duros y finos a un tiempo. Casi sentí la necesidad de beber su sangre allí mismo y sentir su alma condenada en mis entrañas junto a la de cada víctima que sumé a mi causa. Decidido y tras poner nombre a mi naturaleza oscura, cargó contra mi exhalando un grito bárbaro que dejó eco en mi sala. Le sonreí, y cuando la punta de su espada casi respiraba el perfume de mi pecho, me esfumé. Buceando en las sombras contemplé divertido la mueca que se dibujó en su rostro. Llegar hasta mi ya supuso un sinfín de bocados a lo oculto, ahora debía luchar contra una fuerza que escapa a la razón y la lógica de manera superior. Me materialicé tras él y acaricié sus largos cabellos castaños. Reconozco que en aquel momento di por hecho que los nervios lo traicionarían y se volvería fiera hacia mi. Pero me equivoqué. Lentamente, me encaró y exclamó una oración rogando favor a Dios. Pidió fuerza contra mi y las sombras que lo ofuscaban, pidió voluntad para no ceder al mal y rogó que la luz de la verdad se ciñera a su espada. No pude sino pronunciar el amén y reír. Entonces descargó su filo contra mi pecho, hundiéndolo muy cerca de mi corazón hasta que su rostro quedó casi pegado al mío. Cuando cerró los ojos en señal de conclusión, y tras apretar la empuñadura de la espada, pude ver la ironía hecha realidad; qué mejor manera de burlarme del cielo que convertir a uno de sus guardianes en la tierra. Y de nuevo reí, y el caballero abrió los ojos extrañado. Iba a extraer la espada de mi cuerpo frío, cuando lo agarré fuertemente del cuello con la diestra mientras con la siniestra aferraba la hoja, dejando mi sangre corrupta lamer su metal. Lo levanté en el aire y debido a la presión, sus ojos quisieron escapar de sus órbitas. La espada abandonó mi cuerpo y, con las fuerzas que pudo sacar de su último aliento, contempló horrorizado cómo la herida que provocó en mi pecho se cerraba cual párpado en ojo de piedra para nunca volverse a abrir. Admira el fallo de tu Dios en esta noche y degusta en tus últimos segundos de vida el favor que las tinieblas brinda a sus hijos, porque hoy volveré a manchar la senda de la luz haciéndote mío para el resto de los días. Te condeno a vagar avergonzado de tu suerte alejado de la vida y al borde de la muerte, para siempre. Esas fueron mis palabras exactas antes de hundir mis colmillos en su cuello. Esas fueron las últimas palabras que escuchó aquel caballero momentos antes de que mi sangre, negra de pecados, besara sus labios secos.

La noche en que su mujer lo encontró desangrado y sin vida, John Pepper abrazaba cerca de su corazón una copia de aquel relato; la séptima carta.
La noche se le antojó serena, tranquila, con ese encanto especial que dan la lluvia intensa y las nubes anaranjadas por capricho de cientos de farolas. Se encontraba de pie tras una silla de escritorio ocupada por el cuerpo inerte de un individuo abrazado a una carta. Miró a su alrededor; parecía ser una habitación con intenciones de, algún día, mutar en estudio, y con el tiempo, quizás aspirar a despacho. La única luz provenía de una pequeña lámpara de lectura. De manera refleja, apartó el zapato de charol de la lámina de sangre que se extendía bajo la silla y parte del escritorio. Iba a darse la vuelta con la intención de abandonar la casa y su silencio cuando, unos papeles llamaron su atención. Sonrió. No había encontrado lo que venía buscando, al menos en parte.
Se acercó de nuevo al escritorio, con cuidado de no mancharse con la sangre que salpicaba la escena, y posó sus largos y elegantes dedos sobre unas hojas de papel. La acercó al borde de la mesa y echó un vistazo. Conocía el idioma hacía tiempo. No era la primera vez que visitaba Londres y seguramente no sería la última. Para él, aquella ciudad de gris, lágrima permanente y adoquín húmedo, guardaba la magia muda que otras ciudades admiran con recelo.

Carta Octava

Me reía en la cara de la iglesia. Debo reconocer que quizás mis actos pisotearan la línea que separa la moralidad y lo ético de lo morboso. Llegó un momento en que existía para ello. Mas, no me río de la fe humana. Pero he de puntualizar; La verdadera fe humana. Aprendí de mí mismo conceptos desfasados como puedan ser el fanatismo y la ingenuidad. Cada día hallo, en mis nocturnas escapadas, muchos más creyentes de boca y menos de corazón. Pues aquel caballero sí servía con fervor, entregó a Dios su cuerpo y su alma en enteros. Y, ¿para qué? Para perderlo todo después en baños de sangre y pecados. Pude contemplar, con el paso de los años, como la vergüenza por su nueva naturaleza prohibida, lo instaba a dejarse llevar por los siete caminos que conforman al placer. Como a otros y a muchas más de ellas, lo guié en el arte maldito de corromper el alma y cada insignificante acto cometido por el cuerpo. Le mostré la cara oculta de las tinieblas y la satisfacción que da la noche. Quien otrora formase parte de una noble casta de guerreros de la luz, pasó poco a poco al lado más oscuro de su corazón; sin remedio, sin excusas. El mal, todo lo corrompe, y yo he representado cada uno de sus papeles como actor consagrado. Inmune a mi propio veneno, observaba cómo la personalidad e incluso el físico de mis elegidos y elegidas se iban moldeando por los designios de aquello que llamaron vampirismo y que para mi no era más que una treta de la oscuridad para burlar a lo sagrado...

De nuevo, sonrió. Sin acabar la carta, deslizó sus dedos sobre ella para dejar a la luz la siguiente. Posó la mano izquierda sobre el hombro del cadáver allí sentado y se tomó algo más de tiempo en las palabras de una nueva historia personal.

Carta Novena

Con el tiempo, aprendí a mantener conversaciones más largas con la muerte. Solitaria como yo, prefiere el silencio y el saber que da escuchar. Pero aquel silencio tenía mucho que enseñarme. Entendí que, si Dios daba la vida o la quitaba, yo ofrecería la no vida a aquellos que decidieran seguir mis pasos. Y así fue como, más allá de regalar gotas de mi sangre a futuros vampiros potenciales, aprendí a levantar de sus sueños eternos a quienes ya no eran. Cual experto marionetista, levantaba sus huesos del descanso perpetuo y los manipulaba en pos de mis necesidades. Me sobraba preocupación, me sobraba luchar. Había confinado dentro de los muros de mis dominios, decenas de almas dispuestas a cuanto fuera por mantener mi integridad física fuera del alcance de la iglesia.
Mentiría si no reconociera que mi recuerdo viajó directo hacia mi amor perdido, pero ya había degustado de sobra lo que las sombras hacen con sus adeptos, y no podía relegar la vida de mi amada a un camino de pecados y tinieblas parcas. No mancillaría así su recuerdo. Si hoy pido algo a Dios, de corazón, si es que todavía queda algo de eso en mi, yaún a riesgo de parecer egoísta, es que la tenga a su lado. Que no la haga pagar por mis errores, pues la cuenta quedó pendiente entre Él y yo, y solo entre nosotros ha de ser saldada.

Su sonrisa desapareció al concluir aquella escueta carta. De nuevo, colocó la octava sobre la novena con un gesto suave de sus dedos, miró el cielo lloroso tras las ventanas y dijo, en una voz tan leve que casi rozó el susurro:

  • Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Demasiada lluvia – Y al acabar esas palabras y, tras ocultar su huella de colmillo en el cuello de John, abandonó la habitación y con ella la casa. No había encontrado lo que buscaba, al menos en parte.

* * *

Hacía rato que habían terminado los cafés que pidieron. Sentadas y en silencio, Tea y Amanda se quedaron mirando la carpeta que guardaba las cartas traducidas que reposaba entre sus tazas ya vacías. A aquellas horas de la noche, la cafetería cambió la cafeína por la vitamina B y la tranquilidad por el vaivén de las charlas de medianoche.
  • ¿Qué opinas? - La euforia típica en Amanda se había esfumado, y el tono de su voz era apagado, triste.
  • Qué opino, ¿sobre qué? - Tea hizo un gesto a la barra. El camarero, que tenía confianza con ambas, se acercó instantes más tardes con dos vasos de cerveza.
  • Tea, John está muerto. Según su mujer, se pasó sus últimos días obsesionado con las cartas.
  • No sabía que él guardara copias.
  • Cuando las tradujo me pidió el favor de hacer una copia para sí mismo. Confío... – hizo una pausa, miró a ningún lugar y reestructuró la frase que pensaba decir – Confiaba en John, Tea. Él no haría uso de ellas.
  • No insinué nada parecido, simplemente creí que solo existían las originales y la traducción – Tea posó la mano sobre la carpeta.
  • Quizás pasé por alto ese detalle cuando te lo conté, ¿qué más da? El caso es que, cuando la policía se llevó el cadáver, aproveché para preguntar a Betty. Bueno, esperé a que respirase un poco, parecía un alma en pena. Pobre mujer.
  • ¿Preguntaste? - Tea dio un sorbo a su cerveza y se acomodó como pudo en su asiento.
  • Si. Le pregunté a Betty por la copia que se guardó John. Al parecer esa tarde lo dejó en casa enfrascado en la lectura de varias de ellas. Me resulta curioso que no las hayan encontrado.
  • ¿Cómo? - no es tan difícil pasar de la preocupación al miedo.
  • Te explico. Encontraron a John en su escritorio, desangrado. Parece ser que le rajaron la garganta.
  • Joder – Justo iba a dar un nuevo sorbo a su cerveza cuando su estómago se lo pensó dos veces.
  • La pregunta es ¿qué hacía sentado en un escritorio vacío? - Amanda reflejó sus nervios bajando el tono de su voz, algo evidente para Tea, que la conocía por su forma despreocupada de expresarse – Le pedí a Betty el favor de buscarlas. Nada, ni rastro.
  • Entonces, ¿han desaparecido? - Amanda asintió. No es tan difícil pasar del miedo al terror. Esta vez, ambas dieron un buen trago a sus bebidas.
  • Tea, entenderás que todo este asunto de las cartas ya no me convenza tanto. Igual, en vez de hacer un hallazgo hice un robo – Las miradas se quedaron suspendidas en la carpeta.
  • Espero por nuestro bien que te equivoques.
  • Y yo. Al final, tú has leído más que yo, o eso parece – Amanda posó también su mano sobre la carpeta. Tea no la apartó.
  • Me daría coraje no poder publicarlas. Hacen sentir más de lo que expresan y, ocultan tanto al mismo tiempo – el gesto fue muy leve como para interpretar que acariciaba la carpeta.
  • Te entiendo. Quizás sea porque yo las encontré, – Amanda puso los ojos en blanco y recuperó un tiento de su humor – pero me gusta mi cuello tal y como está.
  • Aún no sabemos nada con certeza. Quién sabe si John tenía negocios turbios o un pasado... Yo qué sé – Ni ella misma era capaz de creer en sus palabras. Suspiró.
  • Tea, lo único que sé, es que las copias que guardaba hasta esta tarde se han esfumado.

Puso rumbo a su casa, no sin antes acercar de nuevo a Amanda al barrio de John. Les parecía mal dejar a Betty sola, que no tenía familia en la ciudad. Por alguna razón, necesitaba comprobar que las cartas originales se encontraban a buen recaudo. Condujo enfrascada en un bosque de nervios. El limpiaparabrisas no daba abasto ante la manta de agua que cubría Londres aquella noche. Cada semáforo que detenía su camino, desviaba la vista a la carpeta, que descansaba sobre el asiento del copiloto. Aparcó de mala manera frente al portal de su edificio. Abrió el bolso y extrajo un saquito con caramelos de nicotina. Apenas los probó desde hacía un par de semanas, pero pensó que los hubiera tirado por la ventana de haber tenido a mano un cigarro, al menos la mitad de uno. Apagó el motor y de nuevo desvió la mirada a la carpeta. Sin calcularlo, la abrió y ésta mostró la carta undécima.
...pues mi secreto debe permanecer conmigo, porque así me lo reveló el tiempo, inmaculado y eterno... Porque hasta que encuentre la nueva rosa que llene de color el jardín de mi tormento y mi hastío, solo yo puedo llevar la carga de la eterna juventud y el beso de las tinieblas en mi rostro...

Tragó saliva al releer esas palabras. Necesitaba sentirse segura. Cogió la carpeta, la guardó en su bolso y salió rápida del coche. Procuró no permitir a la lluvia hacer su trabajo, pero la noche parecía enfadada y se llevó el gato al agua. Cuando subió, se deshizo del empapado abrigo y se dirigió al salón, donde hubo dejado las cartas. Alterada, encendió la luz y miró hacia la mesa. Allí estaban, dentro de otra carpeta color azul. Respiró profundamente y metió esa carpeta en su bolso, junto a la otra. Se cambió de ropa y, consciente de la realidad, sacó del armario un impermeable rojo.
Ya de vuelta al coche, encendió la radio y se comió un par de caramelos más. El miedo te hace pensar más de la cuenta, y algo dentro de sí la hizo temer por todo el asunto de las cartas. Dónde mejor que en su despacho, pensó. Por alguna razón, creía que al guardarlas allí todo sería más seguro. Más tarde o más temprano, se aclararía todo el asunto de John. Necesitaba abrazar la esperanza de hacer esas cartas suyas.
Cuando quiso darse cuenta, ya había aparcado en el garaje próximo a la editorial, había saludado a Eric, el guardia de seguridad del edificio y había subido por el ascensor hasta la planta donde quedaba su despacho; la sexta planta. La luz naranja de la tormenta rompía la oscuridad de la oficina. Cuando estuvo a punto de entrar en su despacho, se sorprendió al encontrar la puerta entreabierta. Estaba segura de que había cerrado la última vez que fue a trabajar. Lentamente empujó la puerta. Se quedó paralizada. De espaldas a ella y contemplando toda una Londres pasada por agua, se encontraba una figura esbelta y trajeada. No podía ver su rostro en esa posición, pero era imposible no ensimismarse al contemplar su larga melena lacia de un tono plateado y sus largos y elegantes dedos entrecruzados a la espalda. Tenía la sensación de que, incluso con la luz apagada, el ambiente era el que debía ser. Fue una voz grave aunque melodiosa la que rompió el silencio.
  • Te estaba esperando. Es un placer para mi conocerte, Tea Green – Guardó silencio unos segundos que para Tea se antojaron eternos - ¿Serías tan amable de devolverme mi diario?

* * *

Allí, de pie en su despacho, sentía como la voluntad la abandonaba para escapar al rincón de los suspiros prohibidos. Tenía miedo, tanto, que fue consciente del temblar de sus dedos aferrados al bolso. No podía dejar de mirar aquella elegante figura de hombre imposible frente al ventanal. Lentamente, él elevó su mano derecha en un gesto en que toda Londres quedaba bajo su merced. La sonrisa que emergió de sus labios se escudó tras el vaho casi imperceptible que regala el frío intenso en el aire. Poco a poco se volvió hasta que Tea pudo contemplar, aún en la oscuridad, el rostro de aquel conocido desconocido. El corazón, perplejo, comenzó a golpear su pecho, sudoroso y mojado por la lluvia. No era una cara común. Sus rasgos, finos y excesivamente seguros de sí mismos, parecían dibujados con la tinta fruto de la sabiduría de mil años. Tea no supo encajar su rostro en ninguna época, sino en todas a la vez. Sus cejas, aunque quietas, parecían hablar el mutismo con suma experiencia en el idioma. Bajo ellas, el corte rasgado de sus ojos la penetraban sin permiso disfrazados de un brillante tono carmesí. Miguel Ángel habría pagado por esculpir una nariz y unos labios como aquellos. Su barba, propia de aquellos que leen entre líneas, describía el buen hacer de quien expresa la vida con poemas y los poemas con silencios. El cabello le caía sobre hombros y espalda como ríos de plata en la noche hasta lamer su cintura. El tono de su piel hacía pensar en la caricia de la luna. Era alto, fuerte en apariencia. Cada gesto de su cuerpo, aunque tenue, era grácil. Vestía su figura con un traje gris entallado. Debajo, una camisa blanca donde el cuello se unía por una elegante corbata de color tinto. Sus manos, de largos dedos y provocadoras uñas y engalanadas de oro y fina plata, la invitaron a sentarse frente a él.
  • No me tengas miedo, solo pretendo mantener una buena conversación – tomó asiento en la silla de escritorio de Tea y adoptó la pose que se aprende cuando naces rey.
  • … - El silencio contestó por ella. No fue consciente de estar sentada hasta que dejó el bolso descansando sobre su falda. No sabía si quería sentarse o no, solo supo que debía hacerlo.
  • Te agradezco que hayas venido hasta mi. Necesito mi diario de vuelta. Entenderás que forma parte de mi intimidad – Cada frase era embellecida por un ademán de sus manos o sus rasgos.
  • Tú mataste a John – Su garganta casi la ahoga al pronunciar aquellas palabras. Era como si la presencia de aquel ser obligara al decoro.
  • Y a tantos otros – Desvió la mirada a la ciudad – Pero, ¿es condenado el león a prisión por cazar a un Antílope? - Una sonrisa se dibujó en sus labios – Yo lo tildo de naturaleza. Aunque bien es cierto que en este caso en particular, tan solo protejo lo que es mío, además, claro está, de mi anonimato.
  • ¿Anonimato? - pronunció las palabras con suma tristeza, apretando el bolso y pensando en las cartas que ocultaba bajo su piel de cuero negro.
  • Si las has leído, y me consta por su tinta que así es, sabrás que no deben salir a la luz – Fue la primera vez que sus miradas se cruzaron en una avenida de sinceridad – El ser humano no está preparado para soportar una verdad de fe y fuego como esta.
  • ¿Fe y fuego? - En realidad, Tea lo entendía perfectamente, ya que las palabras de aquel individuo de tinieblas no solo hablaban al oído, sino que llegaban fuertes al corazón.
  • La fe, querida mía, existe porque el hombre jamás estuvo o estará preparado para entender la verdad de Dios y el Diablo. La fe es ese velo que separa a los crédulos e incrédulos de la tragedia. Una tragedia escrita en papiros de luz y oscuridad, de justicia y sangre – Ella lo contempló hablar con el respeto que se da a un maestro – Fíjate en mi, que he necesitado cientos de años para entenderlo. Es por ello que mi verdad debe quedar a buen recaudo.
Entonces se puso en pie y rodeó la mesa lentamente hasta colocarse tras Tea, que notó su pecho desbocado gritando sonidos que azotaban sus sentidos. Sus manos frías, aunque sumamente suaves, se posaron sobre sus hombros que, ¿cuando se desembarazaron del abrigo? Con una ternura inexplicable, él comenzó a peinar sus cabellos mojados.
  • Sé que me has leído más allá de mis palabras. Sé que me has sentido y por eso esperaba que ahora tú corazón hiciera frente a mi razón – Tea no supo dar explicación a ese momento de ternura, pero se le antojó tan familiar que sus nervios quedaron atrás, en el callejón del olvido.
» Ahora entiendes que no me encontraste. Fue la tinta de los siglos mezclada a mi sangre la que te trajo hasta aquí – Acercó sus labios a su cuello y sus palabras fueron susurros que erizaron su piel – Estoy maldito y, ahora que mi ira permanece calma después de años de congoja, no soy quien para condenar una sola alma más bajo el yugo de mis pecados, que solo me pertenecen a mi.
  • Pe...pero – Tea respiraba tan hondo que pudo sentir su pecho hacer preguntas que no buscaban respuestas, solo gestos. ¿Qué poder guardaba aquel ser? ¿Como puede alguien burlar a los sentidos y jugar así con el devenir del tiempo? ¿Se puede hablar el idioma ajeno del cielo y la infierno? En el futuro, jamás daría crédito a lo que inspiró aquel roce de sus labios en la piel desnuda de su cuello pero, por un instante, pudo sentir cada año de soledad y el transcurso imparable de cada década que se esfumó con él. Vio imágenes que ponían veracidad a sus textos. Paladeo la sangre de cientos de muertes y miles de pecados. Olfateó tras los muros olvidados de castillos que servían a un propósito apartado de toda esperanza. Escuchó el gemir de lo prohibido. Solo un segundo y Tea fue consciente de una verdad que no se puede explicar. Y entonces lo entendió. Aquella condena de inmortalidad y sangre trae consigo la pena del exilio, y el humano no está preparado para vislumbrar siquiera una verdad tal. Ahora que había sido presa de unos recuerdos que no le pertenecían, podía entender ese voto al silencio eterno.
  • Por ello, comparte mi silencio – Las palabras acariciaron su oído y la hicieron estremecerse en el asiento. Su boca exhaló un suspiro hecho de metáforas imposibles.
Quiso volverse, mas sus piernas no estaban del todo de acuerdo con la orden. En aquel momento, el cerebro de Tea no imponía, tan solo sugería. Guió su mano nerviosa buscando acariciar el rostro de Drácula, pero solo encontró aire. Sabía de sobra que los textos, al igual que su creador, habían desaparecido en un manto de bruma y olvido. Una lágrima de sangre recorrió curiosa su mejilla. No esperaba que la sensación fuera tan parecida a un sueño pero, aceptó que jamás volvería a contemplar un amanecer como el que mostraba su ventanal.

Londres tuvo el detalle de brindar a Tea un último refugio de luz, pero solo uno más.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Revolver - Working In Background Revolver - Working In Background