Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Hilarantes consecuencias por una blasfemia

sábado, 24 de mayo de 2014

Hilarantes consecuencias por una blasfemia

Un ding dio paso a otra de las almas que esperaban turno para conocer su destino infernal. Dodge miró su número; el 134.547. Por delante había trece almas más hasta su turno de entrada. Durante el tiempo que estuvo en la sala de espera, no más de una semana en días humanos, pudo dar vueltas a la cabeza y repasar su vida: trabajo, más trabajo, matrimonio monótono, vida monótona y de nuevo, trabajo monótono. Aún así, no había sido una mala vida después de todo, tan solo una vida corriente. Sobra decir que en el infierno un segundo son seis, un minuto el equivalente a seis y así sucesivamente, que es el mismo hecho misterioso que se da cuando vas a casa de tu suegro a hacerle compañía. Dodge murió en condiciones normales de una forma normal. Quién no moriría si un autobús se te echa encima de repente y sin avisar. Entre tanta espera, repasó su vida punto por punto y no encontró incidente posible que diera visa a un viaje directo al inframundo. Esposo fiel, amigo leal y trabajador sin quejas. Sueldo bajo, muchas retenciones, puesto de oficina y asiento inmundo, trato con un público eternamente indignado, etc. Tres hijos algo gamberros, picaresca personal que los adornaba y era directamente proporcional a sus buenas notas en clase; suficiente, aprobado raso y aprobado por lástima. Una vida aburrida pero sin altercados, exceptuando el momento de convertir a Dodge en una estampa de Picasso a la última. El conductor sigue jurando a día de hoy que un peatón embobado y sumido en su mundo se saltó el semáforo en rojo. Dodge jura y perjura que para empezar no es carne de burro, y maldice sin cesar los folletos de clubs de streaptease que deberían estar prohibidos en horario p.m. El molesto ding sonó trece veces más aquel mediodía hasta que por fin llegó su turno. Se levantó de su asiento y caminó hasta un mostrador lleno de panfletos color pardo y naranja y atendido por una chica muy peculiar. Vestía chaqueta gris, falda corta también gris, camisa blanca con botones negros y tacones de aguja con altura de precipicio; todo ello muy ceñido. Antes de añadir unas gafas de pasta estilo intelectual a modo rectangular, estaría bien decir que recogía su pelo ardiente, en el sentido más literal de la palabra, en un recatado moño muy propio para el puesto de secretaria, como rezaba en la solapa de su chaqueta...gris. Añadir también, que decoraba sus muñecas, dedos y orejas con finos abalorios de oro para resaltar unos puntiagudos y bonitos cuernos que emanaban de su frente, los cuales tenían a su vez un fino bañado en aquel vistoso metal dorado; el último grito en moda para los bolsillos pudientes del averno.
- Como te iba diciendo, Drugia – charlaba animada por el teléfono de la oficina - Apareció por la puerta con un ramo de rosas negras y vestido con un traje de Antichristian Dior. Si, si, para pecar, lo que yo te diga. Total, que me llevó al centro comercial del séptimo infierno. Unas ropas de cuero, unos tangas, unas máscaras sado y unas...
- Perdone, señorita – comenzó Dodge, siempre muy educado – es mi turno, pero exactamente no sé qué hago aquí.
La señorita de cuernos relucientes miró de reojo a Dodge, que cortó su charla de teléfono y su animosidad. Mascando chicle y adoptando un gesto de asco al mirarlo de arriba abajo, la secretaria de Satanás pulsó el botón de un comunicador y dijo cerca de éste:
- Señor, el blasfemo ya está aquí.
- ¿Blasfemo? - Dodge se extrañó ante el comentario.
A los pocos segundos, una madura pero suave voz emergió del comunicador. Tenía ese tono y timbre de quien fuma el tabaco más caro y lee a Kafka después del café de buena tarde. Parecía como si un niño del coro se hubiera dado a los placeres de la vida en un fin de semana de rock'n roll y locura total.
- Muy bien, Abrahel. Hazlo pasar directo a mi despacho.
Abrahel dejó de pulsar el comunicador y dijo al teléfono:
- Drugia, espera un momento, hoy no me dejan ni respirar. Ahora te llamo – Dodge la miró con esa cara resultado de una mañana sin desayunar y cien noches sin mojar – Coja el ascensor, planta sesenta y seis coma seis.
- ¿Sesenta y seis coma...seis? - Después de sorprenderse con el número de la planta, abandonó el mostrador de la amable y correcta secretaria, no sin coger de un pequeño cesto un caramelo Hells y un folleto titulado: Mi no vida como infernal – guía básica para el resurgido.
Se metió el dulce en la boca, que comenzó dejando ese regusto que dan los caramelos malos de limón, o sea, los que se reparten gratis en las fiestas de navidad y pertenecen a un fabricante completamente desconocido. Observó la ristra de botones que atesoraba el ascensor y comprobó que entre la planta sesenta y seis y la que daba a la azotea, no había ninguna planta sesenta y seis coma seis. Sacó medio cuerpo del ascensor con la idea de preguntar a la secretaria, pero parece ser que el teléfono la había absorbido de nuevo en una charla puramente cultural, con mucho nivel.
- No te lo creerías, vimos unos látigos de siete puntas, cuquis, cuquis, cuquis.
Perplejo por tan interesante conversación, se adentro de nuevo en el ascensor e hizo lo más lógico, pulsar el sesenta y seis y esperar que hubiera escaleras a partir de dicho tramo. El mecanismo chirriaba levemente, no como si fuera a romperse pero sí como si la idea le hiciera gracia, de tal forma que, toda persona con un mínimo de claustrofobia lo habría pasado igual de bien que un mosquito en una convención de Amigos del matamoscas. Ya por la planta veinte, y el ascensor opinaba que un trabajo bien hecho requería su tiempo, el caramelo comenzó a mostrar su verdadero rostro. A medida que lo degustaba, el gesto de Dodge iba cambiando hasta que, al llegar a la planta veinticinco, su cara mostró la mueca que ponen los hombres cuando reciben su primera exploración anal, con guante, dedo frío y ni pizca de piedad por la vergüenza propia. La golosina pasó de limón aún por clasificar a dulce mejicano de chile, de esos que comen los niños de allá y que si los pruebas tú, mueres...de picor, claro. Gritando improperios debido al extremo picor y solo en aquel ascensor, buscó algún cenicero o papelera donde escupir aquel caramelo del demonio. Nada, un ascensor de los de bajo presupuesto. Así que, como ya ojeó el folleto suficiente, depositó el dulce ya babeado sobre sus hojas, hizo una pequeña bola y se lo guardó en un bolsillo del pantalón. El picor duraría unas seis horas más, pero al menos ya se había desecho del origen de aquel sufrimiento. Miró el parpadeo de las luces de los números y observó que ya hubo pasado la planta sesenta y seis. De hecho, el ascensor se paró en seco a medio camino del sesenta y siete. A Dodge no le gustaban los ascensores. La puerta se abrió sin previo aviso, rechinando de manera preocupante hasta que dejó ver el suelo de un piso bien pulido a media altura del cuerpo de Dodge. En el borde, letras y números escritas con mala caligrafía juraban: Planta 66'6. Se quedó pensando unos segundos. Luego pulsó el botón sesenta y siete para ver si subía algo más; no había manera. Parecía que el ascensor había terminado su jornada laboral en aquel instante. Sin otra opción y con algo de miedo entre las piernas, se apeó al piso de suelo pulido y, cuando la suela de su zapato estaba a punto de abandonar los últimos milímetros de entrada al ascensor, éste cerró sus puertas y salió despedido hacia abajo como alma que lleva el...bueno, aquí sería un chiste fácil, como una bala y punto, arrancándole el zapato de cuajo y erizando el vello de todo su cuerpo al completo. Dodge sabía que no se había hecho pipí encima, pero se debía a que el médico le recomendó en vida visitar el baño cada pocas horas debido a problemas de vejiga, y en su espera en la oficina tuvo tiempo de sobra de ir unas cuantas veces. Cuando se puso en pie, miró tras de sí buscando su zapato, pero parecía ser que, en su arranque de prisa, el ascensor se lo agenció.
- ¿Quieres darte prisa? No tengo toda la eternidad – La misma voz del comunicador sonó al fondo del pasillo que componía aquella planta, pues no había más que eso y la puerta al final de éste.
Encaminó sus pasos hacia la puerta de la que también surgía una melodía familiar para Dodge; Johnny Cash. Parecía emerger de una radio antigua, y efectivamente así era. Cuando empujó la puerta que permanecía entreabierta, pudo contemplar un despacho decorado al estilo de los hombres de negocios de principios del siglo veinte, y en uno de los muebles, una radio de época que destilaba elegancia por todos lados. En el centro, un buen escritorio lleno a rebosar de papeles aún por firmar y carpetas sin abrir. Tras él, una bonita silla de despacho y un gran ventanal que daba a un maravilloso cielo de nubes de polvo y azufre. En la bonita silla, se hallaba un hombre con apariencia de flirtear con los treinta y coquetear con los cuarenta. Lucía chaqueta entallada y corbata como solo lo harían las estrellas de cine y se dejaba acariciar por el humo de un cigarro negro que sostenía con sumo estilo en su mano derecha. Sus facciones eran finas al tiempo que señoriales, y recogía una lacia melena plateada en una coleta baja. Si alguna vez lució barba, es algo que nadie podría demostrar. Dodge se quedó embobado mirando el color de sus ojos, de un rojo intenso y brillante.
- Si me sigues mirando así voy a creer que te has suicidado con otras intenciones – bromeó el señor de las tinieblas.
- Eh, si, si...perdone usted – nervioso, se adelantó hasta sentarse en una pequeña silla algo incómoda e informe frente al escritorio.
- Dodge Flannery, ¿verdad?
- Si, señor, el mismo - ¿Cómo se le habla al Diablo?
- El Blasfemo – sentenció Satanás, con una media sonrisa.
- ¿Blasfemo? Señor, creo que ha habido un malentendido – El Diablo aspiró profundo de su cigarro negro y, tras exhalar una tremenda bocanada de humo, respondió a la aclaración de Dodge.
- ¿Si? Yo creo que no.
- Eh...Por aquí deben tener, eh, ah si, historiales o algo parecido de las personas que ingresan en el infierno, ¿verdad?
- Como un registro - añadió Satanás maquinalmente.
- ¡Exacto! Como un registro, eso quería decir.
- Y tú opinas que, si busco en tu registro, no hallaré blasfemia alguna en todos tus años de vida, ¿correcto? - El Diablo arqueó una ceja.
- Yo diría que...no – Ya no las tenía todas consigo, pero Dodge seguía pensando que no había sido mal cristiano.
- Está bien, veamos, acércame si no te importa esa carpeta que tienes justo frente a ti – efectivamente, una carpeta con el nombre Dodge Flannery escrito con rotulador rojo de punta gruesa, descansaba frente a él entre todo el montón de papeles e impresos. Obediente pero tembloroso, Dodge agarró la carpeta y se la cedió a Satán, que había dejado el cigarro anclado a sus labios para sostener y manipular el papeleo con ambas manos.
 » Veamos – Como por ensalmo, al abrirla, la delgada carpeta comenzó engordar y vomitar papeles uno tras otro hasta casi inundar el despacho. Dodge se quedó atónito debido al derroche de magia – Espera que encuentre la fecha... Sí, aquí está – Uno de los papeles que cayó al suelo se elevó en el aire hasta dar con la mano de Satanás, que daba otra larga bocanada al cigarro. A Dodge le sorprendió que aquel cigarro no se consumiese – Trece del seis de dos mil diez. Hora, las ocho y dieciséis minutos de la mañana. Exactamente en ese momento, blasfemaste. Y bien que lo hiciste.
- ¿Cómo? Ni siquiera recuerdo ese día.
- Ah, no te preocupes, – sonrió de nuevo el Diablo, que dejó al humo invadir el despacho – para eso está “el registro”. A ver que lea: Tal día de lunes, a las 08:15 de la mañana, tras comenzar su jornada de trabajo en las oficinas de Robert e hijos, bla bla blá, bla bla blá, en el condado de Texas, bla bla blá, bla bla blá...palabrería. Aquí, un poco más abajo – Dodge atendía angustiado – Dodge Flannery hijo blasfemaba debido a la negativa, tras ocho intentos consecutivos, de ascender en la empresa. Las palabras de las que se acusa al individuo volaron de su boca en un arrebato de furia que dejó escapar en los baños del edificio. Tras tirar un rollo entero de papel al retrete y previamente haber insultado a su jefe de cincuenta y dos formas diferentes todas ellas, Dodge Flannery volvió como siempre a su puesto en la oficina.
- …
- ¿Vas haciendo memoria? - preguntó Satanás divertido – Sigo. La blasfemia acogida más abajo es motivo de sanción inmediata y reclusión del alma en el sexto infierno debido a falta de respeto grave al Altísimo.
- …
- A ver – Satanás parecía disfrutar - ¡Joder! ¿Todo eso dijiste?
- Eh...¿ El qué? - Dodge tuvo uno de sus apretones de vejiga, lo cuál trajo consigo un alarmante sudor de axilas y pernil.
- La frase empieza, dos puntos. Me cago en la santísima madre que parió...me salto esta parte...mmm...y me cago también en la iglesia y en Di... Eh, ¡vaya! No dejaste nada para el postre.
- …
- Joder, Dodge, cómo te pasas – el Diablo empezó a descojonarse en su cómoda silla y luego ofreció el papel a Dodge, que lo agarró entre temblores y sudor - ¿Ves? - dijo Satanás con las carcajadas aún deambulando por su boca – ahí viene bien clarito. Fecha y hora exactas.
- Pero – tragó saliva – Entiendo que está feo decir estas cococosas, ppero, ¿de verdad vas al infierno por soltar un par de improperios? - la esperanza nunca se pierde.
- Hombre, hombre, improperios, improperios...yo no lo llamaría así. Ni siquiera a mi me oirás decir esas cosas, y solo he leído una parte.
- Pero, el rrresto de mmi vida, me he ppportado bien – más sudor.
- No lo pongo en duda– Satanás adoptó una postura más erguida en su silla procurando volver a la seriedad – pero con las nuevas normas...
- ¿Nuevas normas? - Dodge apretó el papel, que se quejó para sus adentros pues no tenía culpa de nada.
- Si, clausulas, normas, conceptos, reglas, leyes... Muchas de ellas son nuestras, otras las aprueban arriba y debemos cumplir por un acuerdo mutuo para equilibrar almas. La contabilidad siempre es un coñazo.
- ¿Cómo?
- Verás – explicó el Diablo – tu pecado en concreto se acoge a una ley que dejó de estar vigente allá por el medievo, cuando los aquelarres de brujas y herejes pasaron de moda y por ello cesó en gran medida el número de blasfemias por región. Cabe decir que la inquisición tuvo mucho que ver en esto.
- ¿Existieron de verdad las brujas y los hechiceros? - por alguna razón, la curiosidad abordó a Dodge, que era muy aficionado a la lectura y los documentales de Discovery Channel.
- Bueno, digamos que el folclore y el ocultismo son como la homosexualidad latente de Hitler, que muchos hablaban de ella pero nadie podía probarla a ciencia cierta. Pero, volviendo al tema y citando de nuevo a la inquisición, y teniendo en cuenta estos tiempos modernos y su libertinaje, un coro de ángeles chapados a la antigua se propuso traer de nuevo la vieja escuela; cuando al humano se lo miraba con lupa y la biblia se leía con miedo y regularidad. Por tanto, no creas que estás aquí por mandato mío, nada más lejos de la realidad. El cielo te ha condenado.
- ¿Por una frase? - indignación y sudor.
- No una frase cualquiera. Te soltaste bien, desde luego. Como ya te digo, no es cosa nuestra. Si lees el libro Juicio y leyes pre-apocalipsis, capítulo tres, párrafo once, dirigido a herejías y blasfemias, podrás comprobar que, en su última actualización volvieron a dar mucho peso a los improperios contra el Altísimo.
- Pero...¿Cómo podía saberlo? Además, solo fue un desahogo, mi rabia iba dirigida a mi jefe.
- Con más razón. Vas y lo pagas con Dios. Los humanos tendéis a morder la mano que os da de comer. Desde luego y dejando las diferencias a un lado, entendería que se canse de vosotros algún día. Qué paciencia.
- ¿Y el perdón no sirve? Los domingos asistía a misa – Dodge entendía mejor que nadie las leyes y el modus operandi de un trabajo de oficina y empresa; cláusulas, puntos, detalles... Pero eso no quita que se agarrase a un clavo ardiendo.
- Hombre, si por pedir perdón te refieres a confesar pecadillos menores y orar en una iglesia que cojea...
- ¿Iglesia que cojea? - eso ya era lo último.
- Dodge, Dodge, Dodge – Satanás adoptó una postura algo más recostada y cómoda en la silla - Hay que saber leer la letra pequeña de las iglesias, hijo mío. Si el propio cura de una parroquia tiene mucho por lo que callar y confesar, ¿cómo esperas que tenga el poder de perdonar tus pecados, alma de cántaro?
- Pero...pero...pero – tres peros – Si el padre August era muy buen hombre, todo un cristiano.
En ese momento, Satanás extrajo de un bolsillo de su chaqueta un móvil última generación.
- ¿Ves esto? - lo dejó sobre la mesa
- Es un móvil – contesto Dodge extrañado.
- Efectivamente.
- ¿Y eso qué tiene que ver con el padre August?
- ¿Sabes? Antaño, cuando la gente era tan temerosa de Dios, la balanza se terminó decantando sobremanera hacia el lado de la luz. Hoy día, con la era de la tecnología y la informatización tan presente en vuestras vidas, el infierno no da abasto para más adeptos y condenados.
- Sigo sin entender la relación entre un móvil y el padre August.
- Dogde, querido mío, el internet sumó muchos goles a mi causa. Ah – suspiró el Diablo – bendita pornografía y bendita web. Qué favor os han hecho – Y de nuevo comenzó a reír.
- Vaya – se apenó Dodge – no imaginaba al padre August viendo ese tipo de cosas.
- Te he dicho pornografía, no de qué tipo – se divertía – Pero no te asustes, lo normal para un tipo con poco más de sesenta años. El cuerpo está para algo, maldita sea – Sí, se divertía y mucho - Así que, como decía, no puedes esperar que alguien que no sigue la senda que predica obtenga el favor para perdonarte a ti. Poderes tales conllevan ciertas medidas de respeto y rectitud.
- Bien, pues, si está todo dicho... – aceptación, algo que se gana con años de sueldo mísero y esposa con batuta.
- Pues, a pesar de lo que creas, tienes dos opciones, así que medítalo bien.
- ¿Dos? - Dodge ya daba por hecho los lamentos, el fuego y las torturas.
- Al contrario de lo que puedas pensar, los adelantos también llegan al infierno. Evolución, Dodge, evolución.
- Pues, cuéntame.
- Tampoco me tutees, Dodge, que con mi posición uno merece respeto.
- Perdone, señor – pipí.
- Es broma, joder, si vamos a pasar mucho tiempo juntos. Mira, el juicio final no se espera hasta... Bueno, eso a ti te da igual – a Dodge no le daba igual – La primera opción es el castigo, lo típico. Sabes que has pecado, lo aceptas y escoge sobrellevar la tortura que se te imponga. Por lo general, a menos que seas un asesino, un violador o similar, éste tipo de castigos no pasa de un horario de latigazos muy controlado, excursiones descalzos por parajes áridos y ardientes y una ligera dieta a base de pan, agua y queso los domingos.
- Bueno... - triste pipí.
- Por otro lado, habrás podido comprobar que tengo una secretaria que podría desempeñar mejores papeles que el de oficinista. De no ser así, mi mesa no la ocuparían este montón de papeles, carpetas e impresos. Así que, no desesperes – Satanás se puso de pie, rodeó la mesa y puso sus manos sobre los hombros de Dodge, que contemplaba apenado las nubes rojas tras el ventanal.
» Ups – añadió el Diablo – No recordaba que para hoy dieron lluvia de azufre, espero que la sirvienta no tendiera la colada hoy.
Dodge no podía creer lo que escuchaban sus oídos. Había ido derechito al infierno por blasfemar una vez en toda su vida. Un serie de infortunios negaron toda salida y, para colmo, la única alternativa era seguir como estaba en vida pero, trabajando eternamente, sin apenas un rato libre y, ¿cobrando algo?
- Y bien, ¿Qué decides? - Satanás no quitaba las manos de sus hombros, apretando cada vez un poco más, como solo hacen los jefes de verdad. Todo el mundo sabe que hay una gran diferencia entre un buen jefe y un jefe de verdad, y claro está, el reconocido jefe de mierda – La tortura no está tan mal; horarios flexibles, pan del día y agua...templada. Y las vistas de las excursiones tortuosas no están nada mal. Por otro lado – Mientras Satanás enumeraba las razones por las que escoger un camino u otro, Dodge se limitaba a pensar, la vista perdida en las nubes de fuego y azufre, en cómo había llegado hasta aquí...por una blasfemia, por una condenada blasfemia, una en toda su vida – los horarios de oficina son adecuados, pienso yo. Solo debes estar en tu puesto veintidós horas diarias, con sus quince buenos minutos para desayunar, otros diez para almorzar y bueno, no te negaré el café de por la tarde viendo que no fumas – Una sola y puñetera blasfemia – Así que para eso... ¡Qué coño! Me siento generoso. Te daría tus cinco minutos para el café y podemos hablar de una semaníta de escapada al año. Ya sabes, para aparecerte, poseer a alguien... Eso es muy divertido.
- ¡Al carajo! Me cago en la santísima madre... - Y ahí llegó la segunda. Y el Diablo sonrió. Y de repente comenzó a llover azufre. Y el Diablo se alegró de no tener ropa tendida.

- Entonces, tortura, supongo.

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