Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Il mio piccolo burattino

sábado, 24 de mayo de 2014

Il mio piccolo burattino

 Tropezando con el empedrado de la calle, aquel anciano carpintero salió despavorido de la entrada de su tienda, que era al mismo tiempo su sancta sanctórum para trabajar. Se había quedado dormido trabajando en una mesita de noche de talla y forma exquisita, algo digno de la realeza que de seguro no llegaría más lejos de su escaparate. Esa noche, como otras tantas desde hacía meses, rezó a Dios pidiendo aquello que más anhelaba. Hacía casi un año que talló en la mejor madera que llegó a sus manos, un títere de no más de un metro de altura, una figura que representaba todo aquello que jamás tuvo debido a circunstancias de la vida, y que para Geppetto representaba más que todo el oro del mundo; Un niño. Pero no fue Dios quien respondió a ese ruego, no, no fue él. Un ruido parecido a un traqueteo lo despertó en mitad de la noche para llevarlo a un estado de crítico terror. Cuando dio fuerza a los párpados para despegarlos de su estado de sopor, la imagen que lo esperaba en medio de su taller sobrecogió sus músculos hasta engarrotar su cuerpo casi por completo. Caminando de manera muy torpe en dirección a él, se movía aquel títere de madera, las rodillas temblorosas, la piel de madera disfrazada con unas cuantas prendas de confección infantil que adquirió de aquí y allá y los brazos en señal de ruego. Los ojos, que parecían haber sido cambiados por unos de verdad, lloraban lo que parecía una mezcolanza de savia y sangre que los enrojecía hasta darles un punto diabólico. La marioneta abrió una boca que ahora contenía, colocados de manera inexacta, dos filas de dientes que parecían no haber pedido permiso para emerger entre toda esa madera. El sonido gutural y áspero que traspasó aquella garganta inhumana fue lo que sacó a Geppetto de su estado de parálisis.
  • Pa...Padre... ¿Qué me pasa?
Era como si el mismísimo Diablo hubiese sustituido parte de sus piezas por un barro putrefacto que tornó en un intento de piel. Algo o alguien había jugado a ser Dios con la idea de un inocente niño de madera que ahora sufría por su existencia.
Ante la imagen satánica de aquel ser de madera y tendones de hilo, Geppetto no pudo sino correr horrorizado hasta la salida de su casa. Subió las escaleras del taller y abrió la puerta de un empujón, dando un giro a la llave de entrada que casi la divide en dos.
Ya en la calle, con la luna enmudecida tras un par de nubes que iban de tapadillo, Geppetto dirigió la mirada hacia la entrada, esperando que todo se quedara en una horrible pesadilla. Mas no fue así. De la profunda oscuridad que exhalaba la tienda, llegó el sonido seco de unos pasos chocando contra el suelo y unos gemidos nacidos de unas cuerdas vocales secas de polvo. La imagen funesta de aquel intento de niño cruzó el marco de la puerta, gesticulando como pudo una mueca de rabia y llanto y señalando con el índice de la mano derecha a Geppetto, que lo contemplaba aterrorizado.
- ¡Padre! ¿Qué has hecho, padre? ¡¿Qué me has hecho?! - Prosiguió Pinocchio, como rezaba el bordado de su camisa. Con cada palabra que pronunciaba, escupía y vomitaba ese líquido negruzco, jadeando y perdiendo fuerzas de las que no era dueño.

* * *

  • Gracias Don Ciliegio, realmente parece buena madera.
  • Un placer, Geppetto. Espero que a ti te sirva. Este tipo de madera no la utilizo, pero pensé que tú le sabrías dar algún uso.
  • Algo se hará – Y tras la frase, Geppetto se despidió del maestro Ciliegio, el otro carpintero del pueblo, y cerró la puerta.
Echó el cerrojo mientras examinaba el tronco de algo más de un metro que trajo el maestro Ciliegio. Aunque compartían oficio, tanto su forma de trabajar como su estilo eran radicalmente diferentes. En un primer vistazo pensó en madera de pino, pero al mirar más detenidamente casi hubiera jurado que aquel ligero tronco provenía de un fresno.
La tarde dio paso pronto al anochecer y, tras una ligera cena, Geppetto se preparó café e hizo lo que acostumbraba desde que trabajaba la madera; Sentarse frente a ella hasta que ésta le traducía cómo debía tallarla.
Nunca puso tanto cariño a ninguna pieza, nunca tanto afán ni tanto amor. Hubo momentos en que no diferenció si era la madera la que guiaba sus manos o el propio corazón, pero al final, aquel tronco cobró forma de niño. Como en un retrato, Geppetto comenzó su talla desde los ojos, vaciando la esfera que formaba la cabeza del títere para más tarde introducir los globos oculares. Talló una pequeña y puntiaguda nariz sobre una boca de sonrisa serena colmada de pequeños dientes que pintó de blanco marfil. Le llevó horas acabar el rostro, Dios lo sabía, pero el resultado valió la pena. Tornillos, articulaciones, hilos... Un títere que se tomó su tiempo en nacer. Pero debía ser perfecto, para Geppetto no cabía otra posibilidad. Su vecina, una señora de mediana edad ya viuda, confeccionó las ropas del muñeco. Tenían ese aspecto irlandés conocido por la vida de sus colores y contrastes, y bordado en un bolsillo pequeño de su camisa rezaba el nombre: Pinocchio. La telaraña que daría un por qué a sus gestos y movimientos, ya unía su extremidades a dos cruces de madera con las que Geppetto lo haría bailar y brincar en la plaza del pueblo, donde los hijos del panadero, el carnicero o cualquier transeúnte podrían disfrutar de tal jolgorio. Con sumo cuidado, dio color a los ojos, a la boca y a todos los detalles que forjaron una personalidad en un niño de madera que jamás cambiaría de opinión. Luego cubrió aquella piel áspera con una resina que la protegería del día a día. Y así concluyó.
La noche en que acabó su trabajo, sentía dolor en los dedos de las manos y un gran pesar en los párpados. Se sentó junto al fuego ya mustio de la chimenea de su sala de estar y contempló su gran obra hasta que el sueño, el cansancio y varias oraciones aún por escuchar decidieron que ya era hora de dar paso al descanso.

* * *

  • Geppetto, – comenzó en voz baja y grave el alcalde del pueblo – no he querido decir nada para no alarmar a la gente y que se te echaran encima como lobos hambrientos, pero si te he citado en mi casa expresamente, es por algo – Geppetto guardó silencio y apartó el rostro, dolido por lo que sabía seguiría y amargamente avergonzado.
Fue a decir algo, pero las palabras decidieron suicidarse en su garganta. El alcalde permanecía inmóvil a su lado, ocupando ambos la entrada a un dormitorio que emanaba infancia por sus cuatro costados; Juguetes, una litera, adornos coloridos y muchos metros para trastear, desordenar y recoger durante horas. Todo hubiera sido normal de no ser por la horrible mancha oscura que salpicaba terror e incertidumbre sobre la alfombra y la ventana, que permanecía rota como si un gran puño la hubiera golpeado y destrozado desde el interior.
» ¿Sabes por qué estás aquí? - El alcalde apretaba fuerte los puños al tiempo que las lágrimas surcaban su rostro enfurecidas, decididas a darse a conocer - ¡Mírame! ¡Mírame, Geppetto!
Geppetto, completamente hundido, giró la cara hasta que sus ojos se encontraron con los del alcalde del pueblo. Su mirada rabiosa y enrojecida lo contempló durante casi un minuto de incómodo silencio, y aunque Geppetto deseaba de corazón dar forma a palabras que lo calmaran, sabía que no podría. Nada lo devolvería ahora de su angustia.
» Estás aquí por aquella tarde en que recogí mi mesa escritorio, ¿recuerdas? - el alcalde medía cada palabra. Tropezaban su lengua y su llanto – Estás aquí por aquel títere que reposaba en una silla de tu taller – Sus puños se abrieron y sus manos se aferraron a la camisa de Geppetto, y sus rostros casi se tocaron cuando el alcalde terminó su frase entre balbuceos de ira – ¡Estás aquí por la cruenta muerte de mis dos niños y la hija del herrero a manos de un ser diabólico al que tú diste forma, y Dios sabe cómo le infundiste vida!
  • Yo...yo no... - Geppetto lo intentaba. Intentaba decir algo a pesar de la congoja.
  • ¡Tú no, ¿qué?! - le gritó el alcalde enfurecido.
  • Yo... no le di...vida, tan solo...despertó de repente – Y justo antes de que el alcalde lo abofeteara, justo cuando Geppetto cerró los ojos y volvió el rostro en gesto instintivo, la verdad se hizo aparente en sus lágrimas.
Por alguna razón, el alcalde supo que aquel anciano no mentía. No, el viejo Geppetto no era capaz de un crimen así y menos de tamaña herejía. Siempre fue un hombre amable y bueno, muy respetado por todos con quien la vida no fue muy justa. Un hombre viudo que, a pesar de la soledad, parapetaba su rostro de sonrisas para todos y vestía sus domingos de misa.
  • Lo siento Geppetto, pero es el tercer asesinato esta semana y ha quedado claro quién o qué los lleva a cabo. Ésta vez me ha tocado a mí, pero al parecer los niños de este pueblo no están seguros – soltó a Geppetto y puso una mano en su hombro. Su tono pasó de la furia y la tristeza mezcladas a la sola pena – Esto me duele muchísimo Geppetto pero, los vecinos pedirán explicaciones, harán sus averiguaciones y – se paró ante lo que iba a decir y tras respirar prosiguió – creo que será más seguro para ti que vayas al calabozo – Geppetto no pudo sino evocar lastima y mirar a la nada. Buscaba un porqué para su castigo divino...o en este caso, infernal – Al menos hasta que demos con él. Me costará demostrar tu inocencia, el ambiente está sumamente caldeado y buscan desesperadamente un culpable. Algunos ya hablan y comentan y no creo que la verdad tarde en darse a conocer. Lo siento, Geppetto.

* * *

Envidioso, dolido y herido por una razón que escapaba a su conocimiento, huyó del lado de su progenitor hasta perderse en la oscuridad y la soledad que brinda el bosque. Se alejó de miradas horrorizadas. No podía sino compadecerse a sí mismo. «¿Qué soy? ¿Por qué? ¿Qué hice?» Su alma mecánica repetía en su pecho preguntas que se clavaban como puñales en sus ojos para luego vomitar lágrimas de odio y pintura muerta. Las pocas personas que se toparon con aquel engendro de madera, hilo y tornillos, corrían despavoridas hacia ninguna dirección sin dar crédito a lo que vieron.
Sus pasos, torpes y ebrios del cansancio que da la tristeza, acabaron, después de varias horas caminando, frente a una enorme carpa atravesada por luces de rojo, carcajadas exageradas y el humo de incontables cigarros. Presa del miedo a lo desconocido, se acercó muy lentamente hasta la lona coloreada a franjas verdes, azules y blancas y con sumo cuidado apartó un trozo que no parecía unido a nada. Un pasillo rodeado por andamios de metal acababa en una gran pista de grava. En el centro, un señor vestido con extraños ropajes e inverosímiles bigotes, hacía saltar a un hombre muy pequeño y medio desfigurado, que vestía con mallas que lo asemejaban a un diablillo. La curiosidad lo empujó a echar un vistazo más exhaustivo, y cuando quiso darse cuenta casi había recorrido todo el pasillo. Contemplaba cómo el hombre de soberbios bigotes, el enano y unos cuantos perros disfrazados, hacían reír a un coro enorme de personas que abarrotaban el lugar.
  • ¡Dios santo, ¿qué es eso?! - exclamó un hombre que se encontraba sentado justo a su lado.
Pinocchio, que no había calculado su altura, se encontró presa de cientos de ojos que lo miraban expectantes, sobrecogidos. Intentó dar la orden a sus piernas para que huyeran en dirección contraria cuando el hombre de chaqueta roja, malla blanca y bigotes imposibles lo agarró de una de las cruces de madera que arrastraba y lo elevó en el aire.
  • ¡Damas y caballeros, niños y niñas que ya deberían estar en la cama... bastardos de toda clase... Contemplen a la nueva atracción de mi circo de los horrores – El hombre le dio la vuelta hasta que Pinocchio y él se miraron. De haber tenido músculos en la cara, su mueca habría reflejado una oda al terror. Lo habían atrapado y todo el mundo lo miraba en silencio. Pero aquel hombre no apartaba el rostro, no se sorprendió, tan solo sonrió y dijo - ¿Qué eres?
  • Eh...yo... - Su garganta, áspera de astillas y miedo, se negó a hablar. De pronto, el caballero de los bigotes lo levantó un poco más hasta quedarse mirando su camisa tirolesa.
  • ¡Pinocchio! ¡El niño de madera! – La gente tardó en reaccionar. Parecía que algunos estuvieran viendo un demonio y otros un ser sin sentido. Aquella marioneta se movía sin necesidad de hilos. Los miraba asustado pero sin gesto. Haciendo uso de las cruces, el caballero de rojo y blanco rompió el silencio, lo dejó en el suelo y lo obligó a bailar. De pronto, el enano disfrazado de diablillo y de cara inconclusa, comenzó a brincar a su lado y a tocar una pequeña flauta. La gente aplaudía, reía y a gritaba. Tenía miedo, mucho miedo, lo que no tenía eran fuerzas para resistirse.


* * *

  • Esto que me das de beber sabe fuerte, no me gusta – dijo Pinocchio dirigiéndose al enano, que descansaba en una cama salpicada de sábanas de colores y cojines de todo tipo.
  • Si supiera que eres un niño, no te lo daría, pero está claro que no eres – el enano dio una intensa calada a un puro que le venía grande, cerrando los ojos como si no hubiera un placer mayor.
  • ¡Sí lo soy! ¿Por qué me dices esas cosas?
  • Chico, los espejos son la evidencia de nuestras ilusiones. Yo podría levantarme ahora mismo, colocarme en medio del circo y decir en voz bien alta que soy un Adonis. El espejo se tornaría en una muchedumbre de risas y burlas que me devolverían el reflejo de la realidad; soy enano, sumamente feo y el culmen de mi existencia es hacer humor con ello si quiero sobrevivir. Yo lo acepto y mira; un techo, una cama, manjares y...con dinero...incluso algún muslo de más – Al decir eso se volvió hacia Pinocchio, guiño un ojo y chasqueó la lengua.
  • ¿Algún muslo de más? - No parecía entender.
  • Puede de cuerpo no, pero de mente sí eres infantil. Mujeres chico, mujeres. El dinero abre todas las puertas, créeme. Al final, ser guapo o no, niño o adulto, humano o títere no trasciende al oro.
  • Pero yo me siento niño, ¿por qué me sucede esto?
Pinocchio llevaba varios días deambulando con ese circo. Cada vez que pedía marcharse para ver a su padre, el hombre de los bigotes le daba alguna razón por la que era mejor aguantar algún día más; Satisface a tu padre y llévale las ganancias de tu trabajo...si la gente te ve así lo avergonzarás...Aquí te aceptamos como eres y siempre te querremos...Ellos te ven como un divertido monstruo, para nosotros eres nuestro niño de madera...
Pero Pinocchio sentía cada día más la nostalgia de estar junto a Geppetto. Ya no lo culpaba. En fuero interior, recordaba cuando solo era un ser sin movimiento y como cada oración o ruego de su padre le fue confiriendo un alma. Geppetto solo pretendía tener un niño.
  • Y yo me siento hombre, pero no llego ni a la mitad. Yo también pasé por el sendero de la lástima, pero de haberlo seguido, ya me hubiera ahorcado. Eres como yo muchacho, un monstruo a ojos de los demás. Un diabólico juguete de feria que por razones que prefiero no saber, se mueve a pesar de no tener derecho – Cada palabra se hundía en Pinocchio como una bala de cañón.
  • Yo no soy ningún monstruo – Las palabras se le atoraban mientras el llanto pretendía hacerse latente – No soy...ningún...juguete.
  • No pretendo herirte, chico – Dijo el enano dando otra intensa calada al puro y rellenando de nuevo de cerveza la jarra que compartía con Pinocchio – pero cuanto antes aceptes que no eres un niño y te des cuenta de a qué viniste a este mundo, más fácil harás tu camino.
Aquel enano desfigurado y cruel lo estaba menospreciando y bajando hasta el nivel de engendro. Sintió cada cuidado de su padre y todo el trabajo y amor que supuso darle forma. Aún peor, estaba tirando por tierra todo el cariño de la única persona que lo amaba de verdad y a quién abandonó nada más nacer.
  • ¡Yo seré...un niño de verdad! - La voz abandonaba su boca rota, áspera y envuelta en llanto.
  • Si, y yo un gigante – El enano se dio la vuelta para dar un trago a la cerveza.
En ese momento, Pinocchio avistó en el suelo, cerca de donde permanecía sentado, un martillo con el que apuntalaban la tienda de campaña cada vez que la cambiaban de lugar. Luego miró al enano, de espaldas a él y aún hablándole sus crueles verdades. El golpe fue duro, tremendo. De su cráneo brotó sangre en tanta cantidad que la tierra que pisaba no pudo absorberla toda. Pinocchio se sentía acelerado y mareado a un tiempo. Apretaba el martillo con tanta fuerza, que sentía cómo los tornillos de su articulaciones mordían la madera y carne marrón que tenía por piel. Súbitamente, se volvió sobre sí mismo y su imagen se chocó con un espejo. El líquido negro, mezcolanza maligna de resina y sangre, se desprendió de sus ojos y sus dientes apretados. Quería ser un niño de verdad, pero lo único que podía ver en el espejo era un títere del Diablo, un autómata sin derecho a la felicidad. Madera por piel, hierro por hueso, hilo por tendones y resina y brea por sangre. No era justo. No era nada justo. El martillo voló furioso por el aire hasta quebrar en pedazos el espejo. Merecía ser un niño de verdad. Geppetto merecía un hijo de verdad. Y puesto que el mundo había sido injusto, Pinocchio sería injusto con el mundo.
Con el espejo conformando un manto de reflejos rotos en el suelo, se volvió para salir corriendo de la tienda cuando se topó con alguien que lo miraba. Decir alguien quizás era inexacto. Un grillo que se mantenía quieto junto a la jarra de bebida, lo miraba muy fijamente. Pinocchio se paró en seco a contemplarlo. Hubiera jurado que su rostro era en parte humano e insecto a la vez. Parecía que lo analizaba, que buceaba en su interior para hablar a su alma corrupta. El tiempo pasaba entre ellos y el silencio habló culpabilidad. Pinocchio respiro fuerte, enfurecido por la situación. Lentamente, se agachó y recogió el martillo de entre los trozos de espejo roto. Se irguió sin apartar la mirada del grillo, que torció la cabeza un instante y luego la enderezó de nuevo.
- ¡No me juzgues! - chilló de repente Pinocchio, descargando un potente golpe sobra la mesa que acabó con ésta rota, el recuerdo de un grillo salpicado sus tripas por doquier y una jarra de cerveza empapando aquí y allá.

* * *

Se pasó toda una tarde escondido tras la chimenea de un tejado bajo al que logró subirse; todo el día mirando a los niños e hijos del pueblo jugar, correr y reír de un lado a otro de la plaza. La envidia y la tristeza lo corroían desde lo más profundo de su ser como una explosión de negrura. Se comparaba con ellos; miraba la madera y la piel muerta de sus brazos y luego comparaba, analizaba los gestos de sus caras y sus voces y luego comparaba, los notaba cansarse y echar mano del pecho y luego...comparaba. No latía, pero vivía. ¿Qué forma de vivir era aquella? No comprendía el sentido de su vida. No se sentía completo. Eso era; no estaba completo del todo. Quizás, su padre no lo acabó y ahora se maldecía por haber escapado. «Puedo hablar, moverme y pensar...pero me faltan cosas» pensó mientras observaba cómo jugaban dos niñas a un juego de pelota. Lloró, y en el escozor de aquella brea maldita que empañaba sus ojos mecánicos, quiso comprender la naturaleza de su razón de ser. De nuevo miró a las niñas jugar. «Qué cabellos tan rubios y sedosos, qué sonrisas, qué inocencia. Quiero todo eso, lo necesito» Pensó fijando la vista en una de las crías. ¿Qué edad tenía un niño de su altura? Para Pinocchio, su existencia aún se acogía a la de un recién nacido. Todo era tan extraño.
De tejado en tejado, fue dejando entrar malicia y envidia en su pecho, persiguiendo los pasos de la niña hasta que, cuando el sol comenzó a despedirse del horizonte para descansar, la vio entrar en un taller. Un hombre alto y fuerte de barba espesa y brillante calva, la recibía con un fuerte abrazo y múltiples besos. Debía ser su padre. Cuánto amor, Cuánta ternura y cuánta suerte. Aquello le pareció injusto. ¿Por qué podían tener todo aquello mientras él solo podía limitarse a mirar? Geppetto lo había soñado tantas veces y él había sido testigo mudo de sus plegarias. Pero el cielo o el infierno le pagaron con una moneda de cambio oxidad, marchita.
Y ahí se quedó; agazapado y vigilante cual gato cazador, la mirada fija en cada ventana de la casa taller, el oído aguzado esperando la calma. Debía conseguir todo eso. Ansiaba ser un niño de verdad. Pasaron las horas y la paciencia se cansó de no hacer nada. Las luces que provenían del interior, se fueron apagando una a una hasta dar lugar a un buenas noches. Saltando de teja en teja, Pinocchio había conseguido llegar al canalón de una de las ventanas de la casa. Se asomó pero no vio a nadie, y cuando se disponía a entrar, una puerta se abrió en el interior y aquel hombre grande entraba en la habitación sosteniendo un pequeño candil con el que iluminaba sus pasos y una jarra que humeaba algo para beber.
Faltó poco para que lo sorprendiera cuando, por instinto, Pinocchio se pasó rápido al marco de otra ventana a su izquierda. Por el movimiento, bien hubiera dado la talla de simio. Y allí, sentada en la oscuridad y con la sábana cubriéndola de cintura para abajo, la niña de cabellos rubios como el sol de la mañana lo contemplaba en silencio. No hizo sonidos, no se asustó, no se movió apenas, tan solo pestañeó.
  • ¿Cómo te llamas? - Quiso quebrar el silencio.
Pinocchio estaba nervioso, asustado. Sabía que quería llegar aquí pero no qué hacer luego. Sabía qué quería pero no cómo hacerlo o si era lo correcto.
» ¿Se te comió la lengua el gato? - Su voz sonaba delicada y dulce, tanto, que las piernas de Pinocchio se decidieron a entrar por él hasta llegar al borde de la cama. Al acercarse y quedar a menos de un metro, la niña cambió el rostro. Pinocchio notó cómo lo repasaba con los ojos ahora que se habían acostumbrado a la oscuridad. Pero no se asustó, no gritó.
» Qué raro eres – añadió divertida, la voz queda – Te pareces a uno de mis muñecos – entonces alzó su mano derecha y acarició la madera y la piel tétrica que envolvían la cara de Pinocchio.
Quizás el tacto no fuera como esperaba o el líquido espeso y tibio que corría por sus ojos la sobrecogió, de súbito, la niña apartó la mano y comenzó a respirar rápido y profundo.
  • Pi...Pinocchio – la voz que dejó escapar de su garganta fue ronca, áspera y profunda, tanto que la niña comenzó a temblar levemente y a recular en la cama.
Parecía que deseaba decir algo, gritar o llorar, pero miedo que no hubo pasado hasta ahora se arremolinó en sus sentidos atenazándolos por completo. Delante suya, un niño con madera por piel, tornillos e hilos colgando de sus extremidades, ojos sin vida y un rostro parco, la contemplaba fijo como una pesadilla. La ingenuidad se paga cara. Pinocchio, tan cerca de la niña, escuchó el latir rápido y constante de su corazón. El tamborileo de un pecho que masticaba terror y socorro. Desvió la vista a su cara y supo entonces que gritaría, pediría ayuda. Pero era un corazón de verdad, algo que él ansiaba y no podía tener.
Endemoniado de la fuerza que dan la rabia, la envidia y el odio, atravesó fiero el pecho de la niña con los dedos de la mano derecha. Dedos puntiagudos que emularon cuchillos en la noche. Una vez vez y otra, y otra, y otra más hasta que los ojos de la niña se perdieron en el techo sombrío de aquel cuarto. El único sonido que pudo emitir la cría fue su último suspiro antes de morir. Un sonido seco como una tos en que escupió sangre e incógnitas que nadie respondería.
Pero aún no llegó a su meta. A horcajadas sobre ella, sus nervios se crisparon aún más al toparse con un muro de hueso que protegía su tesoro. La ira se leía en su alma cuando golpeó con fuerza de toro desbocado hasta romper los huesos y arrancar el corazón de su pecho. Una nueva manta carmesí los cubría a los dos. Pero hizo ruido, demasiado ruido machacando carne y huesos para conseguir aquel corazón. Se oyó el crujir de la puerta y un grito ahogado dio paso a una nueva escena. Cuando se giró a mirar,encontró al hombre grande y barbudo paralizado bajo el marco de la puerta; sostenía un candil que iluminaba el pasillo. Su expresión eran la lectura del terror mezclado con la ira. Dejó caer el candil y éste hizo arder parte de las tablas del suelo. Exhalando un grito de furia, el hombre cargó hacia Pinocchio. Aún sobre la cama y sosteniendo en su mano el corazón sin vida de la niña, mancillada sobre un lecho de inocencia, la marioneta diabólica reaccionó y saltó de la cama para correr hacia la ventana. En su carga enfurecida, el hombre a quien conocían como el herrero del pueblo, chocó contra un armario al saltar por encima de la cama. A punto estuvo de agarrar a Pinocchio, que ya había alcanzado la ventana abierta para huir despavorido por los tejados. Cuando miró atrás, el hombre asomaba por la ventana con la cara enrojecida por el odio, pidiendo ayuda y llamando a la guardia. Se paró después de muchos tejados fríos, llevado por el viento que mueve a los demonios al correr y por una fuerte sensación de éxtasis. En su mano derecha; un corazón de verdad.

* * *

Las dos señoras paseaban por la pequeña plaza del mercado, intercambiando miradas de soslayo con los puestos de verduras, pasta, quesos y carnes que la componían. El cielo encapotado de aquella mañana apagaba el reflejo de los adoquines y daba al ambiente un aire triste que apaciguaba el buen hacer de las gentes del pueblo. Dos señoras de entre cincuenta y sesenta años, la soledad de la viudedad, la compra de la semana y ciertos sucesos eran los ingredientes perfectos para un buen cocido de cotilleo y frases silenciosas que preferirían ser gritadas entre el gentío.
  • ¿Sabes lo de los hijos del alcalde? - comenzó la más joven, que se agarraba del brazo de la señora mayor.
  • Algo escuché – dijo la mayor, infravalorando con la mirada los repollos del frutero.
  • Parece ser que anoche, el alcalde escuchó unos gritos que provenían del cuarto de sus hijos, y cuando salió corriendo para ver qué sucedía, los encontró muertos tirados en la alfombra central de su cuarto.
  • Eso no es todo, Francesca – la mujer mayor utilizó su brazo libre para valorar el peso y sonido de un melón con golpes secos del dedo índice – al parecer, a uno de los niños le atravesaron la garganta hasta arrancarle la lengua, y al hermano lo habían despellejado vivo, de ahí los gritos que escuchó el padre. Por lo visto, el asesino atravesó la ventana cuando el alcalde cruzó la puerta.
  • Dios, no quiero imaginar cómo se quedaría nuestro alcalde cuando se encontró la situación.
  • La primera fue la hija del herrero – Justo en ese momento pasaron por delante de su taller, y la señora mayor hizo un gesto con la barbilla para mostrar que permanecía cerrado - ¿Te enteraste, verdad?
  • Oh, Jesús, María y José... Ni lo digas – La tal Francesca comenzó a respirar más rápido de la cuenta. La mujer mayor se paró agarrada de su brazo en medio de la plaza, la miró y prosiguió muy seria.
  • El corazón, hija mía, le arrebató el corazón. No quiero pensarlo. Pobre hombre. Me pregunto si la guardia sabe algo y peor, qué será lo siguiente – Las dos señoras se quedaron en medio de la plaza sumidas en un silencio que solo las rodeaba a ellas y el miedo correteando por cada callejón.

* * *

La marioneta, aprovechando un descuido de los guardias y sabiendo que lo buscaban desde que regresó al pueblo, se encaramó a una de las ventanas del piso principal del taller de Geppetto. Sin apenas hacer ruido, la empujó y se coló por la habitación de la sala de estar. La chimenea aún saboreaba restos de madera y carbón, lamiendo un postre de llamas débiles. Portaba con él un saco color pardo impregnado de sangre que contenía restos humanos. En su rostro sin gesto se podían adivinar ira e incertidumbre. Su interior, negro como la noche y envenenado de preguntas, lo incitó a robar a los demás premios que él solo soñaba. Su diabólica existencia dio fuerza a su violencia, a la fuerza de sus piernas; rompió las cruces de madera que dominaban sus movimientos y liberó a un ser que se alimentaba de su propia injusticia. Pero estaba cansado. Cansado de no ser. Había vuelto de su exilio al bosque, de su estancia en un circo de horrores con la intención de hallar la paz, la aceptación. Pero para ello tuvo que hacer sacrificios. Justos o injustos, Pinocchio estaba convencido de que eran actos que debía llevar a cabo. Le faltaban piezas para convertirse en un niño completo y estaba dispuesto a todo por ello. Y ahora que por fin había vuelto al calor y el refugio del hogar, su padre no estaba. Se pasó un rato caminando de aquí allá, respirando las ropas de Geppetto y acariciando cada útil de trabajo hasta que no pudo más. El amanecer quería hacerse presente y anunciaba una mañana encapotada de cielos cargados de lágrimas de gris. Con cuidado y aprovechando la oscuridad todavía latente de los callejones, salió de su hogar con la intención de encontrar a su padre. Deambuló de un lado a otro, con los ojos fijos en cada ventana abierta, cada rincón y cada puerta por si alguna casualidad lo llevaba hasta Geppetto. Acabó cerca del centro del pueblo, en una calleja oscura y maloliente, cuando escuchó una voz ronca que provenía de lo alto de una ventana con barrotes.
  • ¿Pinocchio? - sonó desde arriba.
Cuando alzó la vista, se encontró con la mirada de Geppetto, que se agarraba a los barrotes con una mueca de incredulidad.
  • ¿Padre? - Su euforia enronqueció aún más su voz. Saltó a los barrotes y se agarró con una mano mientras con la otra sostenía el saco empapado de sangre - ¿Padre, eres tú? ¿Qué haces ahí a dentro? Te he buscado toda la noche.
  • Hijo – Geppetto respondió a las preguntas con más preguntas - ¿Dónde has estado? Y...¿qué has hecho? - Su mirada se desvió al saco empapado de culpabilidad y Pinocchio siguió el trayecto de sus ojos hasta comprender.
  • ¿Esto? Papá, lo he traído para ti. Son tesoros para que me completes.
Geppetto no daba crédito a las palabras de su marioneta. Bajó al suelo y, aún mirando a la ventana, el rostro fijo al de Geppetto, extrajo la lengua y el corazón.
  • ¿Ves? Mira, esto es para mi voz ronca. Seguro que al fin tendré voz de niño de verdad. Y mira, – hablaba convencido, con el tono que da la falsa inocencia y la ingenuidad – un corazón nuevo. Se ve que el mío no late bien, padre.
  • Pinocchio... - Geppetto comenzaba a hundirse en una pena que pesaba toneladas y a derramar lágrimas que surcaron sus arrugas avergonzadas.
  • Ah, y esto – y extrajo trozos de piel del saco – No las pude obtener completamente intactas. Me costó porque no dejaba de moverse, pero yo le decía que me haría un niño feliz y auténtico. Aunque esté a trozos, espero que te sirvan.
  • Pinocchio – la congoja arañaba sus palabras, sus sentidos y su fuerza – Hijo mío...¿qué has hecho?
  • Pero, padre... – Pinocchio no entendía. ¿Es que acaso su padre no estaba contento? ¿Necesitaba más materiales, o no eran los adecuados?
  • Dime una cosa...por favor, – le costó hablar entre lamentos – ¿has matado tú a esos niños? - De repente, Pinocchio se sintió culpable, con miedo a responder.
  • Eh...padre...
  • ¡Responde! - gritó Geppetto con los ojos empañados en lágrimas.
  • Yo...no – mintió – yo...no lo hice – y comenzó a notar un dolor en su cara.
  • ¿Y de dónde has sacado ese corazón...y esa piel... - lloraba de rabia y se aferraba a los barrotes – y esa lengua? ¡¿De dónde, Pinocchio?!
  • Yo...papá, yo...los encontré por casualidad – Geppetto contempló atónito el resultado. El dolor se tornó en el crecimiento de una nariz puntiaguda que casi rozó el medio metro de distancia y Pinocchio gritó de dolor.
» ¡Padre, ¿qué me pasa?, ¿qué es esto?, ¿por qué me crece la nariz? - la resina y la sangre envolvieron sus ojos dando una apariencia más siniestra al títere.
  • Porque me estás mintiendo, hijo – Geppetto habló con voz trémula. Respiraba profundo – Porque eres un mentiroso y has hecho algo muy malo.
Pinocchio alzó la mirada, la boca abierta, el tiempo impertérrito. De sus manos cayeron sus crímenes al saco. Se sintió horrible. Se sintió estúpido. Se sintió tonto, mal consigo mismo, hundido.
  • Dios Santo, ¿qué has hecho, hijo mío? - Geppetto abandonó los barrotes para sumirse en la soledad y la amargura del calabozo - ¿Qué has hecho?...
Pinocchio miró sus manos ensangrentadas. Contempló desde fuera sus actos, su estupidez y su injusta vida. Se sentía tan humillado que comenzó a llorar; peor, a rebuznar como un asno, un estúpido asno. No podía parar. Relinchaba y daba coces al suelo dejado llevar por la pena y un ataque de nervios. Notó más dolor en su cabeza. De sus orejas de maderas, brotó pelo. Se echó las manos a las orejas y comprobó que se habían vuelto largas y peludas. Su nariz seguía creciendo y, en un arranque de furia, la partió, provocando un dolor inmenso en su cara y el brotar incesante de más líquido oscuro y espeso. Se arrodilló y se apoyó en los adoquines ya húmedos del rocío de la mañana.
  • ¿Qué has hecho, hijo mío?, ¿qué has hecho? - La voz de Geppetto se liberaba de los barrotes para mortificar aún más a Pinocchio.
Una especie de rabo atravesó burlón su pantalón y el rebuznar de su lamento invadió por completo el callejón.
  • Padre – relinchaba, trabucando palabras y frases – Padre, yo... ¡Padre!
  • ¡Aquí estás, maldito engendro del demonio! - Una mano lo agarró del cuello de la camisa y lo elevó en el aire, otras dos lo agarraron por las piernas hasta reducirlo - ¡Dios bendito, ¿qué tipo de ser infernal eres tú?! - dos guardias lo apresaban ahora en medio del callejón.
  • ¡Papá, papá! - gritó Pinocchio, pero no hubo respuesta, tan solo sollozos huérfanos en una habitación sin vida.

* * *

La plaza se había congregado aquella mañana de lluvia alrededor de un cadalso preparado para la ocasión. Dentro de un carromato para presos y bandidos, Geppetto contemplaba la penosa escena con el tormento aferrado a sus ojos. El gentío gritaba todo tipo de improperios a un ser diabólico resultado de los experimentos de Satanás. Ese no era su sueño ni esa su marioneta.
Humillado, su cuerpo se asemejaba ahora al de un burro. Sus ropas estaban rotas y sucias y su nariz se convirtió en un deforme tabique de madera. Su mirada se perdía triste en el suelo del cadalso. El alcalde no quiso hundir más la vida del anciano, así que dio la orden de que el cochero emprendiera el viaje. La noticia debía saberse para calmar las preguntas del pueblo y el ambiente una vez se libraran del problema. Para Geppetto, la vida en la aldea ya no era una opción. Lo sacarían de allí y lo llevarían lejos, a otro pueblo donde no se supiera de su existencia hasta la fecha y con suerte pudiese rehacer los años que le quedaban por vivir.
Los gritos de saña y terror, se mezclaban en torno a Pinocchio cuando el carromato comenzó a moverse y alejarse de la plaza. A los lejos, pudo ver una lluvia de piedras y verduras masacrar al títere. A veces, la marioneta no podía contener su miedo, y lloraba y relinchaba como un asno, asustando a niños y niñas, evocando unas veces lástima y otras repugnancia.
Aunque el carromato se alejó bastante, Geppetto alcanzó a ver cómo la soga rodeaba el cuello de su hijo, cómo la tensaban y, cómo, sin mediar palabra, el estridente sonido de la rotura llenaba la plaza cuando lo colgaron. No esperaron a saber si, siendo medio muñeco medio niño, sobreviviría al ahorcamiento, y por ello encendieron bajo él una hoguera que acabó raudo con hilos, ropas, carne muerta y madera. Las llamas lo abrazaron todo en él, hambrientas por el miedo que acompañaba a los aldeanos.

Entre las cuatro paredes de madera y clavos de su celda carromato, Geppetto dejo a su vida escapar por sus ojos. Nunca jamás lo entendería. Nunca jamás volvería a ser nadie. Para él, la vida ya no tenía sentido y, alcanzando el pozo más negro de su alma, decidió que no valía la pena mantenerla. El viaje fue largo para el cochero, pero no para Geppetto.

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