Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: La opinión de un cigarro

sábado, 24 de mayo de 2014

La opinión de un cigarro

 Había sido un día intenso para ella. Había luchado a fuerza de tecla y café con una larga y tediosa jornada de trabajo. Había recibido el tipo de noticias que merman el carácter de una piedra y la vuelven barro. Durante la madrugada, su relación amorosa se quedó en un punto y final triste, seco. El tiempo puede curar al amor o resquebrajarlo por completo. Presume de paciencia eterna, pero cuando se trata de amor, el tiempo es el más impaciente. Para colmo, ese día había perdido un ascenso por meses buscado, sufrido, sudado. Así que, cuando hubo acabado su último informe y no le quedaba más que recoger y partir a un merecido baño caliente y un asegurado descanso, extrajo de su bolso una cajetilla de cigarros. Para ser exactos, cabría especificar y decir “una cajetilla para un cigarro”. Solo quedaba uno, solitario y taciturno. Lo había guardado durante tres días, con la esperanza de no fumar ni uno más. Con la esperanza de que, si los pulmones tocaban el timbre de la casa de los vicios, en uno de los barrios que conforman el cerebro, la imagen de ese cigarro huérfano le recordaría su meta. Pero ciertamente había tenido un día horrible. Casi veinticuatro horas de pena que jugaban caprichosas a doblar sus minutos. Así que se quedó mirando el cigarro unos segundos, dejó escapar un suspiro y se lo llevó a los labios, donde permaneció húmedo y silencioso aguardando entrar en calor. El cigarro entendió que hay momentos en que es mejor dar espacio a alguien; no hablar, no gesticular, tan solo dar unos segundos de respiro para que la calma volviera por sí sola. A fin de cuentas abandonó el nido. Había esperado tres días en soledad, unos minutos no supondrían mucho más. Además, los cigarros siempre se guardan su opinión hasta que se les pregunta.
Tras terminar de recoger, dejó el lugar de trabajo siguiendo el camino de siempre; levantar el trasero de la silla de su escritorio, tomar el ascensor de planta quinta a planta principal, saludar a Matt el guarda y cruzar las puertas de cristal rotatorias. Ese tarde en concreto dedicó, sin volverse ni dejar de caminar, un feo gesto de su mano derecha (a tomar por culo para ser más concretos) al edificio. No podía más, todo le daba igual. Pensó: “No muerdas la mano que te da de comer, dicen, pero después de trabajar tanto para que me cambien el pienso de gama baja por uno de gama alta con despacho propio y más proteínas, no os quejéis si se me escapa un gruñido”.
Enfiló sus pasos hacia la playa, aquel basto rincón de sus pensamientos. Kilómetros de arena que conseguían que se relajara casi por completo. Sumad el silencio del viento, el idioma mudo que hablan los surcos de arena seca y la danza prohibida de las olas y obtendréis un estado de relax por el cuál no hay que pagar...aún. Si además el día te regala la caricia suave de finas y casi imperceptibles gotas de lluvia bajo un cielo encapotado, entonces alcanzas la verdadera tranquilidad. El mundo sabía que esa tarde no estaría de más obsequiarla con un momento de soledad merecida, y que mejor que la lluvia y el frío para espantar ruidos innecesarios y extras de escena baratos.
Así pues, cuando el cigarro ya creía que no había sido más que el juguete de una distracción vana, sintió la llama dar vida a su extremo entumecido. La vida de un cigarro es corta, breve, pero a la vez pasional y ardiente. Fue entonces cuando se dejó llevar por unas caladas que gritaban “no puedo más” y exhalaban suspiros de melancolía bajo aquella fina película cristalina de agua y horizonte gris.
Cualquier fotógrafo habría pagado todos sus ahorros por un solo ángulo de aquella escena de elementos en comunión y tabaco profundo. Parecía como si su ropa se hubiese puesto de acuerdo para lo que estaba por llegar antes de salir de casa. Ese día, y a pesar del sueño en deuda y una mente extraviada, vistió sus piernas de vaquero gris perla, un cinturón de ante marrón y hebilla plateada, unas botas altas de cuero con borlones a los lados que anunciaban un Diciembre mejor y una camisa blanca ceñida que acompañaba con una blusa beige de escote sugerente pero elegante. Encima y debido a la repentina llegada de un invierno cascarrabias, optó por un jersey negro de lana suave y cuello vuelto con tres botones color crema a un lado que debían su existencia a las más pura decoración. No podía faltar, por supuesto, un abrigo fino color negro hasta poco más de las rodillas, con doble fila de botones color hueso y una exagerada capucha estilo esquimal con hueco para tres caras. En total, una escena a escala de grises y colores pardos con un pincel de humo dibujando muecas imposibles en el aire.
Cada calada era una línea de poemas en un libro de recuerdos invisibles. A veces, tras apartar el cigarro de sus labios, pasaba el resto de su mano por su cara, para secar las gotas de lluvia, o simplemente para adoptar un gesto de mirada perdida apoyada en una barandilla de madera oscura. Miró a un lado y a otro tomándose su tiempo en cada vistazo. Como no había nada fuera de lugar, su propio caos encontró un orden que desordenar. Una lágrima surcó una de sus mejillas y calló sobre el reverso de su mano derecha, que mantenía una conversación con el cigarro sobre qué posturas son más adecuadas para sostenerlo, o cuáles llaman más la atención. El cigarro respondía a todo con “es cuestión de personalidad, el estilo se tiene o no se tiene”.
Cuando no quedaban más de tres besos al cigarro y la barra de labios ya había marcado en su cintura un tatuaje color rosado, dio tres ligeros golpes con la punta de la bota en el suelo, cobró conciencia de la lluvia y, con los brazos cruzados y la mirada fija en su vicio, dejó escapar a la brisa una mentira: Eres mi último cigarro.
Sonrió, y cerrando los ojos concentró tres de esas caladas en una sola, despertando un placer de fuego y ceniza en el contorno del cigarro que dio paso a un tiempo sin tiempo entre sus pulmones y sus pensamientos. Al cigarro no le quedaba nada más por decir, así que la mano derecha cerró la conversación con un gesto del pulgar que envió a éste a la arena mojada. Dejó escapar el humo, lenta y relajadamente y, por un par de segundos, todo se quedó en silencio en su corazón.

Desde la arena, el cigarro contempló su rostro por un momento en paz, y sintió que, a pesar de su existencia nociva, había servido de algo.

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