Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Muñeco mío

sábado, 24 de mayo de 2014

Muñeco mío

 Las luces de cientos de farolas flotan delante de mis ojos, como transeúntes que me miran extrañados al verme pasar. Soy un extraño para ellas y ellas para mí. Es una de esas noches de motor y carretera en que el coche se sume en el silencio y la música de la radio juega a crear atmósferas que parecen parar el tiempo. Si, una de esas noches mágicas en que llegas a creer que hasta la radio escoge la música apropiada.
No hace mucho que mi novia y yo decidimos poner alas a nuestra relación y abandonar los respectivos nidos. La miro y ella me sonríe, es una de esas sonrisas que te acarician el alma y te consuelan en momentos de pena. Mudanza; adiós papá, adiós mamá. Me estoy haciendo mayor. Ella piensa que voy a cambiar de marcha, pero lo único que quiero es entrelazar los dedos de mi mano y la suya. Autopista en quinta, muy de agradecer. Miro por el espejo y casi pienso que ese día lo reservaron para nosotros; sin baches, sin tráfico, sin obstáculos que puedan parar el camino que hemos trazado juntos.
Al mirar el cuenta kilómetros y la velocidad, veo que ando escaso de gasolina. Debería repostar, que de pequeño, mis hermanos me contaban historias de autopista de las que despiertan a media noche a papá y a mamá con un mentiroso “no tengo sueño”. Así que, de cartel a cartel y tiro porque me toca, me fijo en que a unos tres kilómetros encontraré una gasolinera donde dar de comer al depósito.
Sigo conduciendo envuelto ahora por Ordinary world de Duran Duran, que parecía haber aprovechado el instante más adecuado para poner banda sonora al momento que estaba por llegar a pocos metros. Miramos a la derecha y divisamos un desguace de automóviles repletito hasta la boca de esqueletos de metal y sillones de cuero. Lo pasamos y empecé a pensar en mi coche. Lo tenía desde hacía tres años, un regalo del plasta de mi hermano, al que por cierto tengo que llamar a ver cómo esta. No sé cómo puedo querer tanto a ese coñazo de ser, pero es que me parto con el, no lo puedo remediar. Entonces caigo en la cuenta de que, a pesar de ser una tontería, mi novia y yo le pusimos incluso nombre. Cuánta gente habrá puesto nombre a su coche. Cuando te quieres dar cuenta, te has acostumbrado en entero a él, a su asiento, a sus pedales, a su altura, al olor. Y lo más curioso es que el coche también parece llegar a un punto en que se acostumbra a ti. Sé que, de momento, no podría separarme de este coche. Y es que no creo que seamos conscientes de lo que unos simples objetos inanimados pueden llegar a significar para nosotros. No sé, de tanto conducirlo, de tanto cuidarlo creo haberle dado un alma. ¿Nunca os pasó que disteis tanto mimo y personalidad a un objeto que al final tuvisteis la sensación de que cobró vida? No queda mucho para llegar a la gasolinera, por cierto. Y ahora que pienso en todo esto, caigo en la cuenta de un muñeco a lo marioneta Pinnochio que me relagaron cuando tenía sólo cinco años. Me parece que mi novia se ha extrañado al verme sonreír de repente. Hagamos que crea que me sé la letra de la canción mientras echo otro vistazo sin sentido al retrovisor.
Yo era un chico muy introvertido, quizás demasiado. Todo me daba vergüenza y, sinceramente, las relaciones sociales no eran lo mío. Así que convertí a esa marioneta, tamaño casi un metro, en mi compañero de viaje, juego, penas y diversiones. Tom, así llamé a mi muñeco. Iba vestido con una ropa estilo tirolesa con un rollo a lo Sawyer… ¿Le pondría el nombre por eso? A veces no sé que hubiera sido de mi infancia de haberme faltado Tom. He reído y llorado con ese amigo de madera. De hecho, estuvo en mi habitación hasta hace poco que decidí marcharme. Mis padres pensaron que por el cariño que le tenía, era mejor alejarlo de mis sobrinos pequeños, que ya lo despojaron de la ropita la última vez que consiguieron alcanzarlo y casi le parten una mano.
Joder, Tom ha vivido conmigo el colegio, mi primera pelea, el instituto, el primer amor, reímos juntos con mi graduación y la borrachera que llevé a casa, vivió mi segunda y mi tercera resaca, conoció a mi novia, la aceptó y ella a él… Y allí se ha quedado; ese sótano no le pega. Qué buena infancia me ha regalado, y ahora nos separa la edad y… Coño, que me paso la gasolinera.
- Cariño, si puedes compra agua.
- Si vida – agua y repostar cincuenta dólares de gasoil.
Lo lleno del todo y me quedo más tranquilo. A nosotros nos gusta estar bien liberados para poder beber más, pero a los coches les gusta estar bien llenos para consumir menos. Buen coche. Me pregunto, si Tom pudiera hablar, qué pensaría, ¿estaría triste por dejarlo allí solo después de pasar tanto? El me dio siempre sin pedir. No sé qué carajo estoy diciendo, es sólo un muñeco. Pero, es mi muñeco, y no sería como soy de no ser por el. Qué coño…
- Vida, tenemos que volver.
- ¿Cómo? Pero si ya estamos de camino. ¿Te has olvidado alguna cosa?, ¿ocurre algo?
- Si, me he dejado algo muy importante.
No sé porqué hago esto, sé que es una simple marioneta y que como abra la boca, una de dos, o mi novia se descojona o me manda a hacer puñetas, pero algo dentro me está matando. Siento que le fallo a Tom. Si, ya sé que es un muñeco pero, yo le di alma a ese muñeco y forma tanta parte de mi como yo de él.
Desvío la mirada de las mismas farolas que antes me miraban con desprecio y ahora parecen atónitas. Acorto el camino a base de acelerar y respirar una extraña añoranza. Mi novia tiene la misma cara que pondría cualquiera si te intentaran hacer creer que el rey del pop era en efecto blanco. Yo no quería ni podía hablar, únicamente deseaba llegar cuanto antes. Aparqué al lado del BMW de mi padre y noté cómo desviaba la mirada del televisor para prestarnos una atención robada. Me bajé rápido y dejé que mi novia decidiese si se quedaba debatiéndose entre sintonías de radio o me acompañaba dentro. Quedó claro que la curiosidad la volvió gato. Más que parlamentar con la cerradura la atravesé como si llevara un sable. No sé exactamente qué me esta pasando, pero siento un vacío dentro de mi, y Tom tiene la culpa. Joder, por un muñeco. Espero que no se enfaden en mi casa por un hola a medias tan pasajero, pero el sótano me espera. Abro y enciendo una luz a medio morir con un fusible que gritaba en silencio que lo sustituyeran. Bajo, echo un rápido vistazo y, allí está, sentado en una sillita de su misma piel pero diferente color. Sin ropita, con frío, o eso quiero pensar, la mirada perdida en la mía. ¿Pero qué he hecho? En qué momento me olvidé de mi mismo…
Bajo rápido las escaleras asombrado por unas lágrimas que no puedo controlar y a las que no llamé. Me cuelo entre las cajas que lo parapetan y, sin atender a razones ni al hecho de que pudieran estar observándome mi novia, mis padres o el espíritu santo, me arrodillo frente a Tom. Entonces las lágrimas quitan el tope y mis ojos se desbordan.

- Lo siento – Y no puedo dejar de llorar ni de repetir esta frase hasta que acepta mi abrazo y me avergüenzo porque sé que en sus ojos de porcelana puedo leer un “no pasa nada, ya te había perdonado”, y permanezco allí unos minutos mientras mis labios siguen repitiendo: lo siento.  

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