Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Su alma entre los cerezos

sábado, 24 de mayo de 2014

Su alma entre los cerezos

La joven lo miró por última vez a los ojos, triste y humillada pero segura de su destino. La cara salvaje y pasional del amor había quebrado su futuro, un futuro que para ella sólo destilaba tonos de gris y amargura. Si le hubieran preguntado, hubiera respondido una y mil veces que no se arrepentía en absoluto. Habría dicho, si aún tuviera derecho a las palabras, que de tener libre un sólo segundo más de su tiempo, sería para él, para su amor oculto, para su idilio. El misterio le había mostrado una forma de beso que jamás probó, el calor en unos abrazos robados que jamás entendería, el poder de una caricia animal y tierna que escapaba a su mente.
La mirada que le fue devuelta, azorada pero firme, derramó una lágrima, sólo una. Esa fue la señal que daba salida a una carrera de sangre y hiel. Con pulso firme, la muchacha dibujó una línea perfecta en su garganta que dio paso a una cascada de silencio y carmesí. No se puede entender el significado literal de Jigai para la mujer, hasta que el kaiken de doble filo y ella son uno solo. Había pagado su infidelidad con creces, pero dejó claro en su rostro mortecino, que el arrepentimiento era un extranjero más en su corazón. Pudo beber el sake de despedida o escribir su último poema, pero eran honores que su alma obvió a pesar de que las tradiciones casi se rompen para ella.
El Daimyô se mantuvo firme, la mandíbula apretada en gesto de dolor, mientras la vida de su hija se apagaba ante sus ojos. El dolor de su marido jamás igualaría al de un padre despojado de su sangre, pero así debía ser.
En su mano derecha, el kaiken que absorbió su vida. En la izquierda, el objeto que la delató y condenó: Un simple molinillo de viento.

* * *

Paseó su mirada entre tazas vacías de alcohol. Sus ojos se perdían aquel atardecer en un mar de nostalgias mientras su alma vomitaba ríos de sake. No bebía para olvidar. Bebía para recordar. Bebió hasta que sus recuerdos viajaron desesperados hacia aquella boca, aquellos dulces y tiernos labios prohibidos. Jugó con sus dedos, dibujando formas en el aire, imaginando como los paseaba por su pelo negro. Bebió porque la amó, porque la amaba y porque seguiría amándola tras la amargura. Sabía que el licor de arroz podría paliar en parte su llanto, pero no paliaría el de su espada. Notaba su rabia y desesperación impregnadas en una hoja que jugó a ser dios en decenas de cuerpos. Aquella impotencia que lo consumía vibraba furiosa en su katana. Pero mantenía la poca cordura que restaba al pensar que ni toda la sangre ni toda la ira del mundo la traerían de vuelta. Las leyes y tradiciones de sus ancestros habían condenado su amor desde el principio, y ese principio se hizo fin. Un alma rebelde como la de Kentarô no podía aspirar a pedir la mano de Sâkura, la hija de un Daimyô, pero sí pudo en cambio robarle el corazón. A veces pensaba que aquel amor pasional y condenado permanecía escrito en las memorias del tiempo hasta que el suspiro de dos cuerpos lo hiciera realidad. Y fue a esos momentos a donde su mente viajó anhelante, sumida en sake y humo de tabaco.
Quedaba poco para el ocaso cuando se levantó de su asiento, pagó más alcohol del que bebió e hizo un gesto a la dueña de la taberna, la yaya Momo, abuela de todos y familia de nadie. Ella lo miró triste con una medio sonrisa en la cara y, cuando quiso devolverle sus monedas, él dijo:
  • A donde voy no requiero riquezas – Entonces la besó en la mejilla y le acarició el pelo.

* * *

Le habían dado un honor mayor que el Seppukku, lo habían retado a duelo. El mismísimo general de las fuerzas del Daimyô, Ibuki, había rogado a su señor por el deseo de acabar él mismo con la vida de aquel traidor. Sólo así limpiaría su nombre, bajo el grito de su espada. El Daimyô, ofuscado y aún dolido por la perdida, le concedió dicha petición. Kentarô, a cambio, pidió algo: escoger el lugar. Quizá fuera por los años de servidumbre de una casta que probó su filo y lealtad una y mil veces, el honor impoluto, la katana invencible, o quizá por aquella vorágine de amarga confusión, pero para sorpresa de todos, el Daimyô accedió.
Sâkura fue enterrada bajo la sombra tenue de un cerezo, un cerezo arropado por decenas de hermanos de rosa y mutismo. Para Ibuki, acabar con Kentarô condenando su alma junto a la de una esposa traidora, simbolizaba una buena forma de erradicar un recuerdo trémulo. Encerraría para siempre aquel recuerdo en un bosque que jamás pisaría, una cárcel para su pasado marchito, para su nombre manchado.
Si bien su reputación ponía en entredicho su puntualidad, no así su katana. Quienes supieron del duelo, quienes fueron testigos y todo aquel que alguna vez pronunció el nombre y apellidos de Kentarô, sabían que, de poder elegir, jamás se opondrían a una katana que parecía besada por los labios de una diosa. No había dudas en la capacidad de guerra del general, pero aún menos en las proezas de una casta que simbolizaba todo aquello que escapa al entendimiento del acero templado. La duda gritaba en silencio incluso en boca del Daimyô, que sabía que, después de todo, sería quien más perdería aquel ocaso. Fuera como fuere, había perdido una hija y ahora perdería una gran espada.

De espaldas a la tumba, Ibuki esperaba ansioso cuando Kentarô, el rostro cansado, hizo aparición. Llevaba el pelo desaliñado y el kimono cubriendo un solo brazo, el izquierdo. Dejaba ver el resto de su torso, una piel que hablaba un idioma secreto de cicatrices.
No habría palabras, ni gestos, tan solo dos katanas que abandonarían sus vainas para marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Los oponentes se miraron fijo, profundo. Se estudiaron y analizaron hasta quedar satisfechos y seguros de sí mismos. Kentarô mantenía una sonrisa que perfilaban sus labios susurrando orgullo. Entonces los cerezos lloraron un canto a la brisa, disfrazando el lugar de pétalos y el aire de un aroma suave que envolvía los sentidos. Súbitamente, un pétalo de cerezo acarició meloso el rostro de Kentarô, que cargó hacia Ibuki con la mano derecha aferrada a la empuñadura de su katana. Ibuki emuló al viento en un arranque de furia latente, dirigiendo sus pasos hacia Kentarô. Aquel ocaso, sólo una espada cortó en dos el aire. Sólo una espada probó el sabor de la carne y rugió sangre. Los contrincantes, en su lance de honor, se habían cruzado y cambiado las posiciones. Ahora, Kentarô ocupaba el lugar frente a la tumba de su amada. Sonreía, nunca perdió la sonrisa. Ibuki, de espaldas a él, giró el rostro y preguntó:
  • ¿Por qué no desenvainaste? - La vergüenza se olía en sus palabras.
  • Te he dado el honor de quitarme la vida, no iba a darte el de morir bajo mi katana – la sangre brotaba de su pecho imparable, como ríos de pena, pero aún así, sonreía.

Y así, con la poca fuerza que aún se negaba a abandonar su cuerpo, dio un par de pasos hasta quedar al lado de la tumba de Sâkura. De su kimono extrajo un objeto que suscitó el murmullo de mil pétalos en el ocaso; un molinillo de viento. Se arrodilló para luego tumbarse junto a la tumba de Sâkura y clavó el molinillo en la tierra que exhalaba su nombre. Se sintió morir, alegre y preparado. Entonces, con un dedo de su mano, dio al molinillo una razón para girar. Y allí permanecieron el silencio y la muerte, contemplando la escena donde la vida se rindió a la realidad del amor y la sangre...y sus almas vagaron al fin libres entre los cerezos.

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