Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: Un revólver llamado Mississippi

sábado, 24 de mayo de 2014

Un revólver llamado Mississippi

 Lo cierto es que mentiría si dijera que no esperaba estar en medio de una calle de este pequeño pueblo de Little Falls tumbado mirando al cielo. ¿Cuándo me abandonaste, Señor? Bueno, si tenemos en cuenta mis vicios, mi suerte diabólica y mis costumbres, lo que me extraña es que no me abandonase nada más nacer.
Tommy “Dos tiros” McCallan. Sabía de antemano que ese mal nacido lucía una recompensa tan alta por algo. Hoy comprobé su sobrenombre. Tommy “Dos tiros”. Por lo visto, el nombrecito de los cojones se lo puso un alguacil sin pelotas para plantarle cara, uno que prefirió salir por piernas después de comprobar la velocidad de Tommy; ahí va el dinero de mis impuestos. Hay que tener en cuenta que, Tommy, como muchos otros forajidos, no va solo. Este tipo de bandoleros siempre marca una huella antisocial en otros pobres diablos que lo siguen como perritos falderos. Unas veces las marcan, otras la despiertan. “Dos tiros” proviene de su velocidad en duelo y su puntería, Tommy siempre tiene tiempo de disparar dos veces y, por lo general acierta una, cuando no las dos. Y es por ese detalle que ahora estoy tumbado aquí, en la calle principal de Little Falls, debatiéndome entre levantarme o quedarme aquí tranquilito esperando a la parca. Al fin y al cabo, no me puedo quejar, me he salido con la mía. Sí, yo nací en el Mississippi, me bauticé en el Mississippi y esperaba morir en el Mississippi…

* * *

Sam “Mississippi” Waits nació, se bautizó y creció en Louisiana, muy cerca de su gran río Mississippi. Desde muy pequeño, su padre le inculcó de lleno lo que significaba amar Mississippi y las costumbres de cada uno de sus rincones. Su padre fue un veterano de guerra que, al igual que él, nació, creció y vivió allí hasta el momento de su muerte, pidiendo por favor que enterrasen su cuerpo a orillas de ese gran río. Manías que con el tiempo pasan de generación a generación.
Sus padres murieron siendo él un adolescente algo rebelde. Así que tuvo que hacerse cargo de una granja que pasó duros veranos y peores inviernos, quizás por su temprana edad para los negocios y su inexperiencia. No era bueno con la soga, tampoco se desvivía arando, aunque aún le quedaba gente que, por bienes y cercanía, le ayudaban con el trabajo de sus tierras. Ni siquiera tenía esclavos, como era costumbre con una extensión de tierra así. No necesitaba tanto para él solo. Tampoco era el tipo más agradable del salvaje oeste; ni falta que le hacía. Había heredado dos características por parte paterna que a temprana edad ya le brindaron una reputación tan beneficiosa como perniciosa; una terquedad digna de un toro y la paciencia de las paciencias. Tardó en comenzar a andar, tardó aún más en dejar escapar su primera palabra e incluso tardó en disparar su primera bala mientras practicaba con su padre; pero no falló. No falló la primera, la segunda, la tercera vez y ninguna que él supiera. Así que, como cazador se las apañaba de maravilla. Al final, consiguió que sus vecinos se ocupasen de la mayoría de sus tierras y se llevasen casi todo el beneficio. No era generoso, simplemente no tenía ganas de hacerlo él y, por una suma económica justa y una despensa bien abastecida, se ahorraba ese trabajo. Pero, en una tierra salvaje como era Mississippi, donde si algo brillaba en el suelo llovían puñetazos, puntapiés, insultos y demasiadas veces hasta las balas, no era de extrañar que alguien avispado intentase aprovecharse de un joven sin experiencia y con demasiado para él solo. El nombre de ese aprovechado era Jim Beam, cuñado de su vecino. Era uno de esos hombres que hizo su fortuna a costa de los demás y muchas espaldas doloridas, y la gastó de la misma manera. Nada más enterarse de las propiedades a explotar de Sam, Jim quiso indagar en registros de tierras y demás, con la idea de comprar por poco lo que realmente costaba oro. Su habilidad; los negocios. Su presa; un ingenuo jovencito de dieciséis años. Pero claro, lo de ingenuo era una idea hecha que llevaba de base. Jim llegó con brillo en su diente dorado, pelo fijado a fuerza hacia atrás por una mezcla de agua no potable y el constante sudor que regala el verano en Mississippi, un maletín gastado por las esquinas y papeleo que pensaba no leería Sam debido a analfabetismo colectivo, pero otra vez se equivocó; su santa madre era profesora de fin de semana en la parroquia del pueblo. Además, Sam ya era perro viejo desde niño, y actuaba de maravilla.
- ¿Qué, no dirás que es mal negocio? – La sonrisa de Jim era la de quien aspira a ser el nuevo diablo, pero claro, la de un aspirante al fin al cabo – Es lógico que alguien de tu edad busque conocer nuevos horizontes y no pasar el resto de su juventud atado a una tierra sin oficio ni beneficio. Con este contrato yo convierto esto en algo de provecho y tu sacas una buena tajada – No era ni por asomo una buena tajada, pero Sam volvió a ocultarlo igual de bien con su actuación de inculto frente al papel.
Primero se divirtió interpretando un paripé, haciendo creer a Jim que solo miraba aquellos contratos de letra pequeña con intención de quedar bien. No era la primera vez que había tenido que tratar con tipos como este. Así que, mientras Jim hacía el gesto que hacen las manos cuando creen que saborearán dólares a espuerta, Sam se levantó de su silla mecedora, escupió tabaco de mascar a un lado y sacó un cigarrillo que encendió con suma parsimonia, los ojos entrecerrados por el sol, ofreciendo otro a su caco visitante. Mientras Jim lo encendía dejando volar su fe al verde de papel arrugado y rostro de presidente, Sam se adentró no más de diez segundos en su casa con el cigarro pegado al labio y salió cargando un revólver que heredó de su padre y que tenía grabado en el cañón de plata la palabra Mississippi. Al principio Jim no dio crédito a lo que sucedía. No sabía dar forma a los modos de Sam. Entonces, cuando aún alimentaba el estómago del revolver con la tercera bala, Sam comenzó a hablar con el cigarro bailoteando entre sus labios.
- Bueno, si no he entendido mal, usted pretende colarme un gato y llevarse todas mis liebres, que por cierto dicen que las crío de maravilla – terminó la frase cerrando un tambor saciado de plomo y que giró por el simple gusto de hacerlo bailar - ¿No es así?
- ¿Disculpa? – Jim comenzó a ponerse nervioso y sentir sequedad en la garganta – Yo solo pretendo que nos beneficiemos de un buen trato para…
- ¿Es cómodo correr con botines?
La frase fue esclarecedora y dio paso a una imagen más que cómica de la que Sam se estuvo riendo a carcajadas durante toda la tarde de aquel día caluroso de comienzos de Junio. Sam no era amigo de gastar por gastar, pero aquellas balas perdidas le alegraron el carácter. Se llevaba a las mil maravillas con sus vecinos, y sabía de sobra que opinaban igual que él cuando dijo que Jim era un despojo social y que si volvía a sus tierras los libraría de la oveja negra de la familia. Y ciertamente lo era, y ciertamente no les importó el comentario. Aunque, quién iba a imaginar que volvería.
Huelga decir que la tierra de las oportunidades, como muchos la llamaban, también era, allá por el sur, la tierra de los rencores. Pocas veces no se “solucionaba” un conflicto entre dos caballeros o se dejaba un duelo por resolver. Para Jim, el corredor de fondo, un niñato de dieciséis años lo había ridiculizado y humillado a fuerza de pistola y descaro, y eso no debía quedar impune. Además, la avaricia de Jim iba muy lejos, y seguía pensando que esas tierras debían ser suyas. Así que, exactamente una semana más tarde y a la misma hora, volvió al porche de Sam Waits, acompañado por un matón de nombre desconocido para Sam y sus vecinos. Sam, que los vio venir a lo lejos, sonrió, tiró al suelo un cigarro que cogió tarde la jubilación, y echó mano de su revolver, que descansaba en una mesita bien tallada junto al libro más famoso de todos los tiempos; La Biblia, con un separador hecho de hoja de tabaco que marcaba Lamentaciones, su libro favorito. Cabe decir que Sam era un chico muy creyente pero con una fe muy intima. Él opinaba que; “lo que suceda entre Dios y yo se queda entre Dios y yo, al cura ni le va ni le viene”.
- Muy buenos días – Comenzó Jim abriendo la conversación.
- ¿Qué tal? Vaya, botines de nuevo, veo que le tienes cariño a ese tipo de calzado. Yo lo veo algo incómodo, la verdad – Se burló Sam, que ya llevaba al cinto Mississippi y acariciaba la culata como si fuera el lomo de un gato sumiso – Veo que has traído a tu mujer para convencerme.
Jim soltó una risotada encajando bien el golpe de sarcasmo y dio una palmadita en el hombro a su compañero, que parecía que hubiera andado diez kilómetros de volcán en erupción. Sus ropas, su sombrero y su piel vestían la suciedad del humo del fumador perenne y el abrazo del desierto, y su gesto de desprecio anunciaba impaciencia por cobrar.
- Verás, aquí mi colega y yo opinamos que no cavilaste suficientemente bien los términos del buen acuerdo que te hice. Así que nos hemos presentado aquí con la esperanza de que recapacites y le des un par de vueltas más a la idea. Creo que todos salimos beneficiados.
Jim, que observó cómo su sucio acompañante ya tenía la mano sobre la pistola, sacó de su maletín una pluma y los papeles del contrato. Antes de ofrecerlos, Sam caminó tranquilo unos cuantos pasos alrededor de ellos, apartándose aproximadamente una distancia de unos diez pasos.
- ¿Y bien? – Jim parecía relajado.
Antes de hablar, y sabiendo cómo se traduciría su respuesta, Sam hizo lo que mejor hacía desde pequeño; ser paciente y visualizar la situación. Era igual que cuando salía de caza. El se decía a sí mismo; “analiza a la presa, estúdiala, compréndela y podrás hacerte una idea de su reacción”. Y eso hizo durante unos cuantos segundos. Pensó; “ese puerco roñoso es diestro, está claro que es un superviviente. Me mira fijamente a la cara como buscando un gesto, por lo que apuntará con el cerebro y no con los ojos. Es bajito, más que yo, que le saco una cabeza, así que apuntará ligeramente hacia arriba. Mi posición es más abierta. Me parece bien”. Y habló:
- ¿Te has encaprichado, eh? Lo entiendo, las tierras de mis padres son… - miró en derredor y al volver a la conversación se topó de nuevo con la mirada fija y penetrante de aquel misterioso personaje – Yo diría, envolventes, mágicas.
- Entonces – prosiguió Jim, haciendo un gesto con la ceja a su compañero - ¿No cambiarás de opinión?
- ¿Cuántas formas hay para decir “Vete a la mierda, maricón”?
No había acabado de cerrar comillas cuando percibió en milésimas de segundos cómo aquel pistolero de nombre x y gatillo rápido desenfundaba el revolver y apuntaba hacia él con la inercia que da un contrato. Sam se tomó alguna milésima de más, calculando una trayectoria imprecisa por parte de aquel pistolero aunque, según la suma, no mortal. El disparo se tornó silbido de trueno y éste, mordisco de acero y sangre cuando penetró en el hombro izquierdo de Sam, que apenas retrocedió un paso. El pistolero cambió la expresión de seguridad por la de desconcierto cuando contempló, atónito, como un chico de dieciséis años había soportado el balazo, tomado postura, y ahora afinaba una trayectoria que aseguraba un final más que anunciado. Demasiada frialdad. Así que no hubo tiempo para un segundo intento. Aunque el cañón de Mississippi estaba tranquilo, la pólvora gritó rabia. Nadie preguntó el punto de vista de la bala. Simplemente, ésta se halló haciendo un viaje de placer que comenzó en una visita a un tabique nasal y acabó saliendo por una nuca de poco pelo.
Jamás se supo más de Jim Beam en Little Falls ni alrededores, y tampoco se le echó de menos. Para Martin, el cuñado de Jim, saber de aquella noticia fue motivo de preocupación por Sam y respiro a un tiempo. No soportaba a su cuñado, y sabía que sólo traía problemas a la familia y mala fama. Emily, la esposa de Martin, se dedicó en silencio a limpiar, desinfectar y coser la profunda herida del hombro de Sam, que gracias a Dios, a su suerte y a su ajustado cálculo de última hora, sólo quedaría en un buen dolor de músculos para unos cuantos meses y una perfilada cicatriz. E igual que su padre lo inició en el arte de la puntería y la paciencia, sería Emily quien sin querer y para evitar más dolor, lo introduciría en la más conocida forma de paliar las agonías; el Whiskey, al que no tardó en aficionarse.
Pasaron no más de dos semanas cuando, al llegar de pescar y echar una madrugada de risas y bocadillos con Martin, se encontró a dos señores bien vestidos y serios frente a su hogar. Se volvió a Martin dejando a un lado todos los útiles de pesca y con cara de “No fastidies”. Martin se quedó atrás esperando ver el resultado de la visita. Para él fue una sorpresa, pero aún más para los visitantes.
- Buenos días señores. Señor Waits – dijo el más mayor de los individuos, que vestía de negro aún a pesar del calor que ya anunciaba esa mañana de principios de Julio.
- Buenos días Sheriff Label. Alguacil Daniel’s. ¿Qué les trae por mis tierras? – La actitud de Sam era relajada a pesar de tener a la ley de visita.
El Sheriff Label respondió a la pregunta sacando un papel amarillento doblado en tres que desplegó y mostró a Sam. Era una orden de búsqueda con recompensa. Damon Roses “la víbora”, así lo apodaban. Sam había ganado un duelo sin comerlo ni beberlo a un pistolero buscado en gran parte de Mississippi por unos cuantos cargos entre los que contaban; robo a mano armada, robo a mano armada con homicidio (todos voluntarios) y atraco a un par de bancos. Entre algunos cargos más se hallaba el del odio al jabón y al agua, algo preocupante pero que al menos alarmaba de su llegada.
Martin, que permanecía a no más de dos metros de Sam, quedó boquiabierto ante tal noticia. Sam alargó la mano, agarró la orden y le echó un vistazo. Miró de nuevo hacia el sheriff y el alguacil esperando una respuesta.
- ¿Y bien? – Dijo Sam, encendiendo un cigarro y devolviendo la hoja de papel gastado al alguacil, que entró en la conversación acercándose a coger la orden.
- ¿Y bien? ¿Eso es lo único que se te ocurre decir? – añadió de pronto Hank Daniel’s, alguacil de Little Falls desde hacía tres años. Era un tipo de unos treinta queriendo, desde muy joven, aparentar cuarenta. Sam lo miraba pensando; si no sabes fumar, no fumes – Sam, ¿te llamas Sam, correcto? – Sam lo miró pensando; ¿Le falta un hervor? – Has ganado un duelo a “la víbora” Roses, ¿Y sólo dices: Y bien?
- Creo que el joven Waits tiene demasiada sangre de papá corriendo por sus venas – cortó Dwain Label – Verás chico, por tu acto, digamos, casual, y no me refiero a que acabases con Damon pues, conocí a tu padre y si te enseñó a disparar no es de extrañar que tengas madera cuando no hierro, sino al hecho de toparte con Roses en una escena que acaba en duelo, debes cobrar una recompensa. Exactamente la que pone en la hoja que te ofrecí. Dásela Daniel’s.
El alguacil Daniel’s extrajo una bolsa de tela de un maletín negro estilo médico que llevaba consigo y se lo entregó a Sam, que lo recibió igual que cuando te dan un libro que ya leerás con el tiempo, si lo lees. Martin sonrió y dio una palmada en el hombro de Sam, quien siquiera hizo caso al gesto
- ¿No dices nada? – adujo Daniel’s.
- ¿Si digo gracias también te indignarás? – Esta pregunta tomó más fuerza cuando Sam lanzó la bolsa encima de la mesa de madera donde descansaba su Biblia, haciendo ver que lo sucedido no significaba tanto para él.
El alguacil miró perplejo al sheriff. Se debatía entre dos pensamientos; O es demasiado chulo para entender lo que ha pasado, o demasiado joven y no tiene puta idea del riesgo que corrió.
- Chico, quería preguntarte algo. Si fuera por la recompensa no hubiera venido, como comprenderás, el banco no va a Mahoma. Me preguntaba si te interesaba aprender el oficio y quizás el día de mañana aspirar a alguacil y, quién sabe, si sobrevives, y con el tiempo, incluso a sheriff.
- Y todo eso después de mí, claro – se sumó Daniel’s.
Sam rodeó al sheriff y a su compañero de ley y se dirigió a la puerta de su casa hasta quedarse bajo el marco de la puerta. Se quedó casi de espaldas a ellos y dijo, mientras comenzaba a desabrocharse la camisa:
- Todo ese rollo no va conmigo, sheriff. Comprendo que alguien tiene que limpiar la mierda – acto seguido enfiló sus pasos hacia el interior de su casa, haciendo un ruido cristalino que anunciaba la llegada de un par de vasos de whiskey en camino.
El sheriff sonrió y contempló unas tierras que, aunque Sam no fuera conciente de ello, había protegido, visitado y amado junto a sus padres. De hecho, conocía l respuesta a su pregunta mucho antes de realizarla, pero bueno, dicen que por probar que no quede.

* * *
Después de un mes, día arriba, día abajo, Martin acompañó a Sam a Little Falls para vender un par de reses y hortalizas del huerto. Sam predijo en una noche de cena con sus vecinos, que el agosto próximo se celebraría la despedida de soltero de Satanás. A Sam le encantaba hablar en clave y metáfora, siempre buscando el humor ácido o el sarcasmo; ese punto lo heredó de mamá. Así que, para no probar suerte, pues con la comida no se juega, recogieron la cosecha y aprovecharon para extraer carne de unas cuantas piezas para así sacar unos ahorros hasta el otoño. Martin y Emily se preguntaron varios días si Sam había perdido la generosa recompensa o simplemente le daba igual el dinero, como tantas cosas.
Después de vender el género por el pueblo, Sam propuso entrar en una taberna a relajarse, tomar una buena cerveza y repartir tranquilos las ganancias. El calor aceptó por ellos. Pidieron dos buenas jarras de cerveza que Sam tuvo el detalle de pagar y algo para picar. La música, de manos del sobrino del dueño, era agradable. No aporreaba el piano, aunque los dos convinieron que al local le faltaba algo de movimiento si quería prosperar. Cuando Martin casi había acabado su jarra y Sam ya se levantaba a por una segunda tanda, un tipo que tomaba una copa en la barra se volvió hacia él y, con la voz ronca y la lengua despertando de una siesta de última, dijo:
- ¿Waits, Sam Waits? – no miró directamente a Sam, sino que devolvió de nuevo la vista hacia su copa y comenzó a menear el vaso.
- El mismo que fuma y calza – Sam pareció no extrañarse, simplemente hizo un gesto con la mano al camarero que indicaba el número de jarras que deseaba.
- Pero si sólo eres un criajo – Aquí sí se volvió hacia Sam, con una expresión de descaro e incredulidad que se mezclaban en un rostro de suciedad, barba mal cortada y soltería forzada.
- ¿Disculpa? – por una vez en mucho tiempo, Sam optó por el beneficio de la duda.
- Mis cojones has matado tú a Damon. Tú no podrías ni levantar el revolver – Se acabó el beneficio de la duda. Al escuchar esta frase, Sam, que recibió las dos jarras, dio un sorbo a la suya e hizo un gesto de brindis hacia aquel vaquero medio borracho y mugriento.
- ¿Si? Pues a esta invita Damon.
Es curiosa la rapidez a la que viaja la rabia, con el tiempo, algunos científicos descubrieron que va mano a mano con la velocidad del sonido. Por ahí anda. Cuando escuchó la respuesta descarada de Sam, el vaquero lanzó su copa de repente contra éste, que la esquivó sin dificultad para luego ir a parar a un ventanal que, como no esperaba visita, se vino abajo. Para sorpresa de los individuos que ocupaban la taberna, el camarero sólo cambió el gesto para denotar dolor; otra ventana que reparar. Eso sólo podía significar una cosa; aquel tipo era peligroso y conocido, y el tabernero lo sabía, porque no se quejó.
- Maldito niñato, te vas a burlar de tu puta madre – Se encaró de pronto el vaquero.
“No, ese no es el camino. ¿Ves, ya me has mosqueado?” Pensó Sam, que dejó la jarra y, dejando caer la mano sobre la culata del revolver, se quedó mirando muy fijamente a aquel tipo.
» Damon Roses “la víbora” era mi hermano. Vas a pagar con tus pulmones, niñato.
Y de nuevo, de una forma que rozaba a un tiempo lo instintivo y lo profesional, Sam se paró un par de segundos, no más de…dos, a analizar la situación y a aquel tipejo. Caviló: “Hermano de Roses y compañero de corral por su olor. Está medio borracho, pero acordándome del difunto, seguro que es un tirador experimentado. Es alto el cabrón.” En un tercer segundo, que se regaló a sí mismo, sopesó la distancia. No hubo un cuarto segundo, aquel tipo hedía a venganza e ira por los cuatro costados. Fue rápido, quizás demasiado para un borracho. Y por esa misma razón y por una suerte desmesurada, el disparo fue a parar al muslo izquierdo de Sam, que se decidía, ahora que había ya calculado con precisión, a disparar su bala. Una sola. Su revólver, Mississippi, se codeaba con pólvora de la cara, porque gastaba una potencia desmesurada. Se había alimentado de un tabique hacía poco más de un mes, y ahora no se conformaba con menos. Esta vez, escogió globo ocular de primero con guarnición de salida de oreja roñosa, pintando un bonito y pintoresco cuadro impresionista en la espalda del pianista, que tanteó seriamente la idea de mearse en los pantalones mientras seguía allí inmóvil.
Curiosamente, el ahora cadáver tardó en decidir caer al suelo con el fin de crear algo más de morbo a la situación. Sam fue muy consciente de que el alcohol a granel había jugado un papel muy importante en la línea temporal de su vida. Comprendió, en cuestión de milésimas de segundo, que el tipo que tenía delante no era moco de pavo y que bien podría haber muerto un par de veces en sólo un mes. Así que, cuando todo permanecía aún en silencio y su pierna razonaba con el cerebro para no comenzar allí una oda a todo tipo de improperios, guardó a Mississippi en su cinturón y cogió las dos jarras de cerveza para luego sentarse junto a Martin, que lo miraba atónito. La pierna no paraba de llorar carmesí, pero de momento le podía la sed, así que dio buena cuenta de toda la jarra en un par de tragos largos.
Hasta que, alertado por el tronar de dos disparos, el sheriff entró por la puerta de la taberna seguido de Daniel´s, nadie hizo el intento de salir del mutismo que ahora reinaba allí.
- Daniel´s, ¿ese cadáver maltrecho de ahí no es…
- Roses, señor, Peter Roses.
- Ya suponía yo – el sheriff se volvió hacia la mesa de Sam y contempló aquel muslo sangrando y a su dueño degustando un poco de cecina y un sorbo de la cerveza de Martin. No hubo comentario respecto a lo sucedido, simplemente una pregunta y una respuesta:
- ¿De veras no te interesa? Este no tenía una recompensa tan grande y cobrarías bien.
- No – Y acabó el plato de cecina dando un par de tragos más.

Y así, de esta guisa, fueron pasando los años de Sam y aumentando considerablemente su reputación y sus ahorros pues, nada más curaba una cicatriz de un nuevo duelo, aparecía otra hiena con ansias de renombre y popularidad. Y es que, desde que el destino, juguetón y sobrado de humor ácido, pusiera en su camino a los hermanos Roses, en todo Mississippi comenzó a sonar un silbido en el viento que cantaba un sobrenombre: “Mississippi Waits”. Algunos nostálgicos comenzaron creyendo que el viejo John Waits seguía vivo, pues llevaba incluso tatuado el nombre de su tierra tanto en su revolver como en el brazo con que lo sostenía. Pronto supieron que un chico que se hizo hombre a sí mismo, había suplantado el alma pistolera de su padre y se había labrado una personalidad y un carácter forjado en la pólvora, el alcohol y la hoja de tabaco. Un chico que se hizo hombre y duelista sin buscarlo, sin comerlo ni beberlo.
Aunque, como más de una vez pensó entre intercambio de faldas y whiskey, el sheriff, perro viejo, lo había puesto en el camino de la justicia disfrazándola de recompensa. «El sheriff me ha disfrazado de alguacil y para convencerme de lo contrario me llama caza recompensas». Mientras esa idea no se promulgase en voz alta y las obligaciones de la ley no llamaran a su puerta, le traía al pairo. Sam se consideraba afortunado por el hecho de tener cuanto necesitaba y muchas veces de sobra. Hay que decir que, en este transcurso de años, sus apodos se maquillaron diferente según su público. La razón de este hecho fue que, después de once duelos a su favor y evidentemente ni uno en contra, pues la historia ya hubiera acabado hace un par de líneas, Sam había recibido en cada uno de ellos un recuerdo en forma de plomo o rasguño profundo. Marcas y cicatrices que agrandaron considerablemente la habilidad de Emily tanto para la medicina repentina como para la costura. Así que, muchos de los que lo conocían como Mississippi Waits, comenzaron a llamarlo Atalaya Waits, según ellos porque jamás cayó. Pero, con diferencia, el sobrenombre que con más diferencia marcó su carrera, se lo puso el propio sheriff con la astuta idea de alejar el mal de sus tierras: El demonio del Mississippi.
Nadie sabía el cariño que podía tenerle Dios o, aún peor, el propio Diablo, pero Sam parecía calcular con ojo de cirujano el momento álgido de cada duelo que sobrevivió para, aún a pesar de recibir un disparo, no fallar el suyo, que siempre ponía el punto y final. Una vez casi quedó en punto y seguido, pero fue debido a los espasmos involuntarios de su oponente, que al final desistió.
Y así, después de once balas, muchas borracheras y una voz que el tabaco fue rompiendo, Sam llego un día a Little Falls, esta vez por voluntad propia, para poner fin a la carrera en alza de un bandolero que tenía gran parte de Louisinia patas arriba. Su nombre: Tom Sark, más comúnmente conocido como Tommy “Dos tiros” debido a su velocidad endiablada. Tommy amenazaba sus tierras y su gente con todo el devenir de sus actos, que podían salpicar como una cascada de fuego. Así que, para bien de todos y gloria de pocos, Sam retó a Tommy a un duelo en nombre de la ley. Esto último no lo creían ni él, ni Tommy ni el propio sheriff, pero daba el pego. Así que, después de una sesión de aseo para la ocasión, una copa de buena mañana y el debido acicalamiento de su revolver Mississippi, que con el tiempo se había vuelto muy soberbio, Sam tomó posición en la avenida principal de Little Falls frente a Tommy. Espectadores, pocos en primera fila y una cantidad considerable tras las ventanas. Y, tras un minuto de miradas lobunas, la canción que trajo el viento en forma de oda al silencio, y un cigarro que se quedó en las cenizas, los contrincantes no tuvieron más remedio que comenzar un show que por lo general duraba muy poco para lo mucho que costaba. Fue el crujir de una puerta mal cerrada la que dio, y esta vez sin metáforas, el pistoletazo de salida. De hecho fueron dos, y por raro que pareció, ninguno de Sam, que optó involuntariamente por tumbarse en el suelo de tierra a repasar su vida. Entonces, cuando se debatía entre contestar las cartas que tantas veces le mandó Satanás, escuchó una frase que lo extrajo de su siesta a deshora.
- ¿Y este tipo era el que acabó con las serpientes Roses? ¿El temido demonio del Mississippi? Pues tampoco era para tanto. Joder, esperaba algo más emocionante. Ni siquiera ha hecho homenaje al puto revuelo que le dieron a su revolver – Tom soltó una risotada y comenzó a caminar lento en dirección a Sam, que yacía en el suelo teatralizando, a ojos del mundo, una muerte muy conseguida – Voy a tener que heredar ese revolver para hacerle justicia al nombre.
Es curioso, muchos juran todavía que esas fueron las últimas palabras de Tommy “Dos tiros”, aunque la veracidad de la historia subraya que Tommy tuvo tiempo de un par de “hijo de puta y cabrón” hasta el momento de su muerte. Así que, cuando aún le quedaban unos diez pasos para alcanzar el cuerpo aparentemente inerte de Sam, el miedo sobrecogió los músculos de Tom Sark, que en este segundo caso, no tuvo tiempo de reaccionar. Desde no más de una altura de unos veinte o treinta centímetros del suelo, una bala seguida de la frase «Un carajo vas a heredar», cruzó castigadora la distancia que separaba a los dos contrincantes hasta instalarse sin previo aviso en la rodilla derecha de Tommy, que cayó al suelo para así apoyarse sobre las dos manos. Pero no fue uno, sino tres disparos. El primero un obsequio por aquella frase vejatoria, el segundo, pura técnica, pues voló la muñeca derecha de Tommy “Dos tiros”, impidiéndole toda opción de respuesta, pero el último, el último fue en pago por las molestias. Interesante, pero la última bala guión duelo que dispararía Sam sería la única que en teoría falló en toda su vida, pues en realidad, y esto es algo que sólo habló en un noche de copas con sus vecinos, no iba dirigida a la mandíbula de Tommy, sino a su frente. Pero bueno, el efecto fue el mismo, de hecho, mucho más pintoresco. Entonces, y cuando el duelo dio un giro ciento ochenta grados, Sam, que lo atribuyó todo a un mal despertar, se incorporó y aceptó la ayuda del sheriff Label para levantarse. Aquellas serían las dos cicatrices más altaneras de su cuerpo, una en el hombro derecho, para compensar la que en su día le dejara Damon Roses, y la segunda en la costilla izquierda, que lo obligó a leer el génesis de la Biblia unas tres veces hasta quedarse tranquilo.
- Nunca dudé de ti – dijo el sheriff después de sacudir la tierra de la espalda de Sam, que tosía por no gemir.
- Si ya, mi revolver tampoco.
- ¿Te hace la placa?
- Ya sabe la respuesta – agregó Sam con tono seco pero amistoso – Bueno sheriff, ¿una cerveza?
- Por supuesto, yo invito.

- Sheriff, eso iba implícito en la pregunta.

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