Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: septiembre 2014

martes, 9 de septiembre de 2014

Día mundial del sexo por el sexo

Podéis tomaros esto como uno de mis relatos, o igual como una de esas columnas de interés. El caso es que hoy, al despertar y pensar en cuánto debo escribir, ya sea como amada labor o por el simple hecho de despejar de ideas mi mente hiperactiva, me acordé de varias personas de mi alrededor que empuñan el teclado a modo periodístico. Personas que aprecio no solo por esa profesionalidad, sino también por ser amigos que han aportado algo a mi pequeño mundo literario aún en construcción, y lo que me queda.
Es por esto que me pregunté: ¿Sería capaz de escribir algo como ellos?, ¿me atrevería con esa forma de escribir que va directamente al consumidor y busca ser informado, o solo estoy capacitado para crear historias ficticias que calmen esa sed por saborear todas esas sensaciones que solo podemos soñar?
Así pues, tras una buena sesión de ejercicio y exprimir el cerebro en busca de algo interesante que contar, caí en la cuenta de que toda buena conversación que se precie, por filosófica que comience, no valdrá la pena si no acaba abarcando uno de estos dos temas, cuando no los dos a la vez: caca y sexo.
Y es que es imposible no sonreír cuando se está con alguien de confianza, tomando algo mientras procuras contarle tus penas o preocupaciones, o la batalla del hombre consciente contra el sistema político que nos muerde las entrañas y, de repente, el tema se extrapola para acabar hablando de gases no tan nobles o escenas subidas de tono.
Pero como no deseo hacer hincapié en cuántas veces vamos al baño o si agacharse a coger algo es un problema después de según qué comidas, voy a ir más allá, pues lo que vengo a contar se escribe en clave de crítica. Sí, una crítica a ese otro tema que queda libre de entre esas dos joyas: el sexo.
No penséis que voy a censurar ese maravilloso ejercicio tan sano para el cuerpo y la mente y a la vez tan estudiado. Todo lo contrario; mi idea es proclamar, aunque sea por un día, un “¡Ya basta!”. Efectivamente, señoras y señores. Muy humildemente, al otro lado del ordenador, hago un llamamiento público para hacer de éste día, nueve del nueve de dos mil catorce, el ¡Día mundial del sexo por el sexo!. Y os preguntaréis qué conlleva el Día del sexo por el sexo. Por lo general, los días nombrados de esta forma, procuran dos cosas, a saber: el orgullo o la protesta por algo. Pues yo vengo a juntar los dos conceptos, enorgullecerme de lo que voy a decir, y protestar la otra cara de lo que conlleva.
Y es que la sociedad de hoy en día, con sus series de actores y actrices de canon de belleza diez, sus vampiros y hombres lobo ciclados y pasionales, o sus mujeres de Nueva York en pos del capítulo culmen de su sexualidad, nos han llevado a pensar que un hombre no es lo suficientemente hombre si no viste un cuerpo escultural; o que lo es aún menos si su técnica de cunnilingus no está lo suficientemente depurada como para ser comentada en reuniones de café de amigas; o que una mujer no debe soñar con su príncipe azul, el hombre que la ame incondicionalmente, sino sus cincuenta sombras y a poder ser “Grey” marengo.
Pues bien, yo, un hombre de a pié que se considera normal y corriente, no vengo a protestar por estos límites que nos imponen la radio, la televisión, los libros para personas chabacanas y, en total, la sociedad y su idea de consumo, sino a quejarme de vosotros, los que oís esos llamamientos y huís de lo natural y lo bonito de experimentar por uno mismo.
Y digo esto pues creo que, a ciencia cierta, las personas solo son ellas mismas cuando se masturban en soledad, al menos en lo que a sexualidad se refiere. Pocas veces alguien es tan abierto de mente como para cambiar este hecho. ¿Y por qué lo pienso? Fácil. Solo en el puro aislamiento te sueles dejar llevar por lo que realmente deseas, a sabiendas de que nadie te observa para juzgarte. Únicamente a solas, una persona se masturba paladeando en su mente la forma en que realmente le gustaría apretar, morder o forni...follar (y pido perdón por la expresión) con su pareja, su esposo/a, etc. Es luego, al estár frente a ellos, cuando el individuo en cuestión, hombre o mujer, se traga sus instintos y, atemorizado por todos esos listones que pretenden imponernos, no solo no disfruta del sexo, sino que todo lo que pudiera llevar detrás se pierde entre las sábanas.
¿Dónde han quedado esas risas al equivocarse o probar una postura nueva? ¿Dónde se ha ido la confianza para decir “estoy algo desacostumbrado”? ¿Dónde, lectoras y lectores, quedó mirar a la persona que amas y obviar si carece de abdominales y o si su peinado no va a la moda? Me pregunto dónde se fue esa mirada entre dos personas, esa que habla deseo por sí sola y se esconde tras un fino y traslucido velo de ternura. Y lo peor de todo, adónde escaparon las confianzas para poder comportarte frente a ella tal y como eres, sin reprimir palabras. ¿Qué hay más bonito que mostrarle a esa persona cómo la deseas en realidad y por qué cuando piensas en ella te hierve la sangre? O mejor aún, ser aceptado por ella. ¿Qué supera el hecho de dos individuos que poco a poco se van desgranando el uno al otro con el bello fin de encajar y, aunque sea por un momento, hacerse felices, hacerse uno?
Por ello, yo os pido que, si os gustó este, llamémoslo artículo, me ayudéis a instaurar el “Día del sexo por el sexo”, un día sin miedo a lo natural, sin miedo a nosotros mismos, sin miedo a no cumplir con los clichés o la medida estándar; un día en que le cuentes sin pudor qué deseas hacerle aunque luego no estéis de acuerdo, un día para aprender sobre ti mismo y sobre esa persona; un día sin miedo a dar la talla, un día sin “el tamaño sí importa” o “teta que cubre la mano, no es teta es grano”. Un día en que nos sintamos orgullosos de cómo somos, de lo que sentimos y de cómo amamos o deseamos. Un día para destruir esa idea del hombre perfecto en su búsqueda del clítoris o la femme fatale que te lleva al orgasmo solo con mirarte.
Lo que yo pido es un día para llegar frente a esa persona, poner tu mano en su rostro, sonreír y poder besarla sin pudor. Un día para echar unas risas porque el colchón cruje o no atinabas en la oscuridad. Un día para disfrutar del sexo como eso, tan solo sexo, algo que creemos es obsceno cuando en realidad, quizás sea lo más natural del mundo.
Desde mi humilde punto de vista, hemos sobrestimado al punto g, para cagarnos en el amor...queda dicho y, como veis, he podido mezclar en una frase ambos temas.

martes, 2 de septiembre de 2014

Inmortal

 Qué cierto es que, los mejores momentos aparecen cuando no se esperan, cuando nada se planea. Tengo la sensación, en este instante, que da igual las veces que cuente esta historia, en mi mente siempre adquiere un matiz nuevo.
Aquella fue una de esas veces, una de tantas, en que sueltas la frase: “A ver si quedamos esta semana y nos tomamos un café”...un café... Uno de tantos; con las buenas amistades es bueno redundar. ¿Nuestro pecado como amigos? Teniendo en cuenta que vivimos a una calle de distancia, sí, yo diría que frases como esas, que siempre resuenan entre comillas, son un crimen entre buenos colegas.
Pero aquella vez, aquella tarde, decidimos despojar de comillas la frase y dar un paseo, hasta llevar nuestros pasos a uno de esos cafés que tanto nos gustan, al amparo de la buena música de época, con la idea de poner nuestras vidas al día.
Voy a llamar a mi amigo “U”. Él siempre dice que, solo cuando queda conmigo, le suceden las cosas más inverosímiles o absurdas. Opino, y no es ningún secreto para él, que es un poco especial en temas de comportamiento, pero como U opina lo mismo de mí, estamos a pares.

Al principio fue como siempre; dar una vuelta, charlar mientras caminábamos, contar las últimas experiencias, las inquietudes, las noticias de interés... Así hasta llegar al lugar indicado. Imaginad uno de esas cafeterías que intentan, de forma humilde, llevar a sus clientes de vuelta a otro momento, a otra edad, a una época en que todo era diferente. Ese tipo de lugares nos encantan a la gente como U y yo, así que, como era de rigor, allí acabamos nuestro paseo.
Todo empezó sin más cambios que estar sentados y pedir unos cafés para proseguir con la charla, cuando frente a nosotros, una señora de unos cincuenta años de edad y arrugas que llegaron antes de tiempo, se tambaleaba junto a una figura del local, que representaba a un gánster de tamaño natural. Al parecer, pretendía hacerse fotos junto al individuo de cartón piedra, pero las copas de más dificultaban su tarea. Yo me quedé mirándola, preguntándome si ayudarla o seguir con mi conversación.
  • Conozco esa cara – dijo U – Por favor C, – C soy yo – no dejes salir tu vena samaritana que luego te quejas de que todos los locos se te acercan, y me gustaría seguir pensando que estoy entre los cuerdos.
  • No seas así, me da pena la pobre mujer, solo quiere hacerse una foto con el muñeco, pero le está costando.
  • Ahora es una foto, luego se sentará a tu lado a contarte su vida y yo me pasaré el resto de mis días mirándote de soslayo como castigo por hacerme pasar por estas cosas.
  • Tómate el café y calla – le sonreí y me levanté.
  • Mírala... – U se parapetó en su taza de café, como si la cosa no fuera con él.
Recuerdo que, mientras me acercaba a aquella señora, que por cierto tuvo que ser muy guapa de joven, y dejando a un lado sus comentarios y chistes a un muñeco que ejercía su buen papel de mutismo perpetuo, creí percibir en ella una gesto que intentaba enmascarar otro sentimiento; no sé, quizás fuese amargura o tristeza, pero entendí que esas arrugas no le pertenecían, no aún.
  • Buenas tardes, señora – comencé, y se volvió hacia mí con aquella sonrisa rota.
  • Hola, guapa – calculé que aquella copa que sostenía debía pasar de la tercera...como mínimo.
  • ¿Quiere que saque yo la foto? Veo que le cuesta.
  • Sí, por favor – me contestó alegre – Este caballero – añadió refiriéndose al muñeco – no pone de su parte.
Me dejó su móvil y en cuestión de unos minutos le hice el simpático reportaje que ella pretendía desde un principio. Cuando se le acabaron las poses, se apartó del muñeco, cambió el gesto, el tema, y se acercó tranquila hacia mí.
  • Qué triste es beber por pasarlas horas – me dijo extrañamente serena y sonriente.
  • Sí que es cierto – intenté ser cortes y volver con U, que de haber tenido pan a mano, hubiese rebañado en el poso de café solo para hacerme entender el mensaje.
  • ¿Estás ahí sentada? Bien, pues así me tomo la próxima y te cuento un poco de mi – se auto invitó.
U, que la escuhó, levantó las cejas y arqueó los labios en ese gesto que señalaba un claro “te lo dije”. Con el alcohol que llevaba encima, no entiendo aún lo rápido que pidió la copa y se sentó a nuestro lado. Yo sonreí a U y no pude sino encogerme de hombros. Me lo busqué yo solita.
  • A tu novia, ¿es tu novia? - preguntó.
  • No, somos amigos – contestó U representando su sonrisa más ensayada.
  • Ah, pues a tu amiga le comentaba lo triste que es beber como lo hago yo. Qué amargo es el amor, pero qué bonito. Aprovechadlo, vosotros que sois jóvenes – y levantó su copa en señal de brindis.
Diría que hasta aquí, todo iba como U vaticinó, pero al proseguir su asalto a nuestra mesa, nuestras caras cambiaron, la idea que teníamos se desvaneció y la música de fondo pasó a ocupar un papel muy lejos de la escena. Ahora recuerdo todo esto y sonrío para mí; es increíble descubrir cómo detrás de cada transeúnte puede haber una gran historia.
  • Yo bebo porque hay penas que solo saben nadar en alcohol. Y ahogarlas, no digamos – la mujer siguió con su historia. Pude comprender que, seguramente, se sentía sola, necesitaba hablar, ser escuchada, y de forma desesperada, nos eligió como público.
» A ver – se paró un segundo para hacer un gesto aclaratorio con la copa – soy viuda – me sobrecogió, básicamente porque, como ya cité, no pasaba de los cincuenta – y bebo porque he decidido seguir con ese papel en mi vida.
  • Vaya, lo siento mucho – me vi de repente posando mi mano sobre su brazo – pero es usted muy joven.
  • Yo no diría tanto, pero gracias por el piropo – considero loable, ahora que sé lo que está por venir, el hecho de que pudiese mantener esa sonrisa perenne en su rostro.
  • ¿Y cómo fue? Si no es molestia que le pregunte.
  • Un infarto. Demasiado joven. Aunque ahora sé que, da igual con qué edad le hubiese dado, yo habría sentido la pérdida de la misma manera – dio un sorbo a su copa, dejó a sus ojos perderse en el recuerdo por unos instantes y volvió a su historia.
» Veréis, cuando conocí a mi marido, que en paz descanse, yo tenía tan solo nueve años – ante este dato, U cambió su actitud de muro para adoptar otra más interesada – él tenía catorce, y de hecho salía con mi prima. Por Dios, qué guapo era ya por entonces. Recuerdo que, desde que me lo presentara mi prima, ya se nos escapó la mirada. A veces pienso que fue eso que llaman amor a primera vista, que sí que existe. Como comprenderéis, ese tipo de miradas se repitieron más de una vez, imposibles de evadir, y claro, mi prima, más tarde o más temprano, no tuvo más remedio que reconocerlo. Un día vino a hablar conmigo, y eso que, como digo, yo solo tenía nueve años; pero claro, eran otros tiempos, otra forma de ver las cosas y una manera muy distinta de comportarse. Pues bien, una tarde, ella vino a mi casa y, sin preambulos me preguntó - Te gusta mi novio, ¿verdad? - Imaginad mi cara de sorpresa, me quedé muda – Ya – su gesto de aceptación me trajo mucha pena en ese momento – Pues resulta que tú a él también, qué le vamos a hacer – la sorpresa casi hizo a la pena desvanecerse – Así que, qué puedo decir. Es una tontería que perdáis el tiempo.
» Mi prima, es tan linda – parecía que sus ojos contenían palabras que ella prefería seguir ocultándo – Como podéis imaginar, no tardamos ni un segundo en buscarnos.
  • Entonces, ¿tuviste novio desde los nueve años? - a U y a mí nos pareció tan inusual como llamativo.
  • Efectívamente. Y fueron los mejores veintitrés años de mi vida – Aún no sé cómo sentó esto último a U, para mi fue como un jarrón de agua helada tan inesperado que ni pude reaccionar.
  • ¿Veintitrés? Eso quiere decir que su marido...
  • Murió a los treinta y siete años de edad, Dios lo tenga en su gloria.
  • Vaya, no sabe cuánto lo siento – y mi mano seguía allí reposada sobre su brazo izquierdo – pero, qué lástima, era demasiado joven para algo así.
  • Que me lo digan a mí, que nuestra tercera hija era aún un bebé – suma y sigue – pero sabéis, a día de hoy sigo manteniendo que fueron los mejores y más maravillosos años de mi vida, y no daría ni un solo paso hacia atrás. Ese hombre me regaló los mejores momentos de mi existencia – Desde aquí, dejó de mirarnos, parecía hablar más bien para sí misma, para contarse secretos, verdades y decisiones que ella bien sabía – A pesar de mis años de viudedad, de que incluso una vez, soñé con él y me rogó que siguiera con mi vida, que fuera feliz, que era lo único que deseaba para mi... A pesar de todo ello, sé que ya no habrá ningún hombre para mi. No sin él. Las ganas de amar se me escaparon detrás de su último suspiro. Es mi esposo, yo su mujer, y solo quiero ser suya hasta el día en que me muera – al fin dio permiso a sus lágrimas para que surcaran sus mejillas. Nos miró de repente he hizo esa mueca forzada que intenta retener el llanto. Y aún con todo, no dejó de sonreír – Sé que suena cursi, o exagerado, pero lo que me quede, prefiero vivirlo junto a su recuerdo.
Y ahí lo comprendí. La única manera de ser inmortal es viviendo en el recuerdo de los demás, en este caso, en el de una mujer que se levanta cada día y se despierta cada noche evocando el recuerdo y alma de uno de esos amores que damos por idílicos pero que, a veces, se escapan de los cuentos para hacerse realidad. Allá donde se encontrase aquel hombre, permanecía vivo en el corazón ebrio de una persona que tuvo la suerte de conocer el sentido de la vida. Reconozco que me costó no derramar una lágrima cuando la contemplé con la mirada absorta en ningún lugar, o quizás paseando por sus recuerdos más dulces.
» Simplemente me niego a volver a amar a nadie que no sea mi marido. Mi corazón solo le pertenece y pertenecerá a él, por siempre.

Cuando ya no tuvo más palabras para expresar todo aquello que necesitaba vomitar, se levantó con cuidado, se secó las lágrimas, siempre sin dejar de sonreír, y dijo para despedirse:
  • El amor es lo más bonito que tiene este mundo. Aprovechadlo, vosotros que podéis.
Qué decir. Pagamos los cafés y nos fuimos de allí con un silencio que no vino con nosotros en un principio. Es curioso; ahora, la fortuna se me antoja un viajero caprichoso y de culo inquieto, que se presenta en tu hogar sin avisar y sin importar tu edad, como la de aquella señora. Unas veces se viste de seda y oro, otras se disfraza de idilio, y otras de oportunidad. Por desgracia, muchas veces, no se hace sentir y la dejamos escapar, o la retenemos a la fuerza como a la gallina de los huevos de oro, hasta robar su esencia. Esta mujer la dejó pasar amablemente y la disfrutó durante veintitrés años. Algunos pensarán: veintitrés años, qué lastima, su amor se fue pronto. Yo opino: qué suerte tan bonita. Encontró el amor verdadero, una quimera para muchos, y lo gozó durante veintitrés años y tres hijas.
Por desgracia, ese sentimiento tan lindo, esa historia que nos pueda parecer tan romántica, no es para ella sino una novela efímera que, cada día se levanta con ganas de releer, hasta que a la noche descubre la cruda realidad...solo quedan palabras y un epílogo por escribir.
Al salir de la cafetería y caminar unos cuantos pasos callados, U rompió el silencio para decir:
  • Tengo que reconocer que la historia es buena, pero estas cosas solo me pasan cuando quedo contigo.
Le dediqué una sonrisa, pero por dentro paladeé parte de aquella historia agridulce. Nunca se entiende del todo una canción hasta que se vive, y todo esto me llevó al muelle de San Blas, con aquella mujer vestida de anhelo, esperando por alguien que ya no volverá.


Aprovechadlo, vosotros que podéis.
Revolver - Working In Background Revolver - Working In Background