Revolver - Working In Background La fábrica de misterios: 2015

martes, 8 de septiembre de 2015

Sorteo de El lienzo de los malditos

Hola, amigos, amigas, ratones y culebras varias. Mañana dedicaré un hueco del día a enviar los libros a los ganadores del concurso realizado por mi buena amiga Chica Sombra. Enhorabuena a los participantes y..., espero que os guste y lo comentéis.

Besos veraniegos

miércoles, 8 de julio de 2015

La letrina de los dioses

 Todo el mundo en Veralia conocía de sobra La letrina de los dioses, una posada que hizo su nombre por ofrecer un gran servicio de misión, oferta, demanda y recompensa, para todo tipo de aventurero. Infravalorada antaño, sobrevalorada ahora, aquella posada se convirtió en el punto de referencia de muchas espadas y varitas mágicas famosas en todo Arca, así como en un enclave obligado para todo historiador o trovador que de verdad buscase hacerse un nombre entre las letras más leídas o las odas mejor interpretadas.
Eran tiempos de gloria; tiempos para salir de casa joven, conocer mundo, hacer riquezas y grabar el propio nombre en el reloj de arena de los tiempos. Hacía poco que una crisis económica se había disipado en el gran continente de Veralia y había que aprovechar. «Independízate hijo; monta tu propia escuela de magia». Los padres instaban a sus retoños a abandonar el nido para ayudarlos a madurar o utilizar el cuarto sobrante para hacer un estudio. Fuera como fuere, aquellos que evitaban la idea de practicar uno de esos tantos oficios que la mayoría desdeña pero, menos mal que alguien los hace (panadero, lechero, carnicero, etc...), soñaban con hacerse un hueco entre las filas de aventureros que el día de mañana viven de su nombre y su popularidad. Y es que, en estos tiempos que corren, la buena fama no la dan una espada y una rodela del mejor metal, sino un acero roído por los dientes de un dragón y un escudo a medio calcinar por sus llamas. La gente se vuelve más morbosa cuanto más se les da, y las aventuras ya no son lo que eran. El populacho quiere pruebas, cicatrices y sangre, lo normal. No te conviertes en escritor porque escribas un libro, te conviertes en escritor porque te leen.
Pues ahora, más que nunca, esa realidad persigue a los aventureros. «Yo vencí al nigromante de La montaña de la estirpe olvidada», y la gente responde: «Hemos oído que el nigromante tenía un medallón de plata clavado en el pecho, y no vemos ningún medallón entre tus pertrechos». Así pues, todo guerrero, mago o ladrón que buscase pruebas, solo debía acudir a La letrina de los dioses. Aquella posada confería la seguridad de una misión escrita en letra cursiva con títulos subrayados. Aventuras de contrato donde el propio aventurero pagaba una tasa por el derecho de agenciarse la recompensa, los logros, los tesoros y la fama generada en su odisea. Y todo gracias a un sistema creado por el primer gerente de la propia posada: Limb de Riorner El canas, apodado así por llevar una vida de preocupación perpetua que flaco favor hizo a su cabellera.
Pues bien, Limb, que se negaba a dar un mal nombre a su querida taberna, se dedicó a buscar almas curiosas y faltas de sueldo que comprobasen, en persona, el rigor de cada misión que ocupase en papel el ancho y largo de sus tablones. Eran tratados como Tasadores de peligros, y con el tiempo dieron paso a una vertiente conocida como los Agentes de seguros.
Aquella noche en Quimera, la brisa que anunciaba la llegada de la primavera susurraba silencios por entre las muchas callejas de aquella ciudad de prospero puerto de río y olor dulzón en el aire. Dicho silencio chocaba contra el doble portón de madera de la famosa posada. Sus puertas permanecían misteriosamente cerradas esa noche, y digo misteriosamente, porque fue uno de los primeros lugares de encuentro en poner de moda el “abierto veinticinco horas”, como rige el sistema solar de nuestro calendario. En la doble puerta, un cartel rezaba: Cerrado por tasación.
Gracias a este cartel tan astuto, nadie puso quejas ni molestó. Cerrado por tasación, escrito en cursiva y pintura negra, explicaba, como ya habréis deducido, que los tasadores se reunían aquella noche para valorar y puntualizar las aventuras de la nueva temporada y el rango de cada una. Con rangos me refiero a nivel de dificultad.
Y allí, con solo un par de candiles iluminando una de las diez mesas de la taberna y once jarras de cerveza a poco de ser vaciadas, once individuos sopesaban cada palabra del asunto que se traían entre manos. Boco, el nuevo regente de La letrina desde que murió su padre Mabu Cejapoblada, se acercaba a la mesa con una gran bandeja cargada de jarras llenas de cerveza a rebosar y el oído curioso y aguzado. Para que os sumerjáis un poco más en el ambiente, os diré que aquella famosa posada, no solo ganó renombre por su sistema de recompensas y sus veraces tasadores, sino por ser también el único edificio con forma circular de la ciudad a parte del coliseo de los tres reyes, del cuál ya hablaré si me da para otra novela.
Por fuera, piedra abrazando madera y grandes ventanales que cada mañana daban la bienvenida al gran astro dorado. Tenía tres plantas, dos de las cuales servían como dormitorios para los viajeros y los maridos castigados. Tres chimeneas dispuestas en triángulo sobresalían por entre las tejas color barro. Olor a café por la mañana, a ollas de estofado al mediodía y a litros de cerveza de noche. Sin duda alguna, una posada como pocas en todo Arca. En sus paredes de madera descansaban pinturas de héroes que hicieron nombre y gloria con las misiones más famosas y peligrosas de la historia de La letrina de los dioses.
Sonó un carraspeo entre los murmullos de los otros diez individuos, nueve de ellos de raza humae aunque de diferentes regiones y costumbres pero, tasadores al fin y al cabo. El carraspeo provenía del único comensal que pertenecía a la raza närim quien, a pesar del declive de su pueblo y teniendo en cuenta las dificultades que pasaban desde que su mayor enclave tuvo que ser desalojado, vestía ropajes dignos de un buen comerciante, anillos y collares de fina plata, y engalanaba su espesa y trenzada barba con abalorios de oro. Era dificil descubrir dónde acababa su melena pelirroja y dónde comenzaba su barba, pues las trenzas de ambas se unían. A ambos lados del närim, otros dos individuos vestidos de manera opulenta acompañaban su carraspeo; uno era poco más alto que un taburete, o sea, un pärvum, raza extremadamente nerviosa, impredecible y ocurrente, sea cual sea el momento. Parecía ajeno a la preocupación que se fraguaba en el ambiente y paladeaba a gusto su cerveza, como si aquello no fuera con él. El último personaje parecía ser un humae de la propia ColinaSerrada, un colinaserradiense, distinguidos por adoptar las creencias närim y sus formas incluso a la hora de adornar sus barbas. Éste último vestía su rostro de silencio y humillación.
  • Jumpf – carraspeo incómodo närim.
  • Veamos, lo primero, ¿ya hay nombre para la misión? - dijo uno de los jóvenes tasadores, que parecía pertenecer a estas tierras y vestía túnica de seda blanca.
  • Después de mucho cavilar la historia que se cierne tras la ciudad mágica de Risco Profundo... - comenzó un anciano tasador procedente del este de Veralia, donde la lluvia es el pan de cada día y todo alimento lleva una base de manteca de ballena. Son fáciles de reconocer por sus barbas en herradura y sus bigotes exagerados.
  • ¿Jumpf ?– carraspeo inquisitivo.
  • Después de esto – prosiguió, mirando de soslayo al närim –, creemos que, para quitar hierro al asunto, un buen nombre podría ser Renace Villa Mazmorra.
  • Suena esperanzador – dijo un tosco tasador de barba frondosa, patillas que no llegaban a ninguna melena y brazos prominentes.
  • Bien, porque es ese o Salvad Villa Mazmorra - respondió el anciano.
  • Ese no - cortó el más ancho y alto de los ocho tasadores. Un hombre que bien recordaba las raíces del norte –, hace pensar en una situación desesperada de vida o muerte. Se supone que buscamos aventureros ávidos de fortuna y fama que no les importe el riesgo, y con ese título solo acudirán almas caritativas que luego se cagarán en los pantalones. O peor aún, algún predicador loco por guiar un pueblo a la salvación – acabó su primera jarra, la ofreció a Boco, le hizo un gesto con la mano para que regresara a la barra y dio un nuevo sorbo a su segunda cerveza –. Denegados ambos nombres – nadie se opuso a su decisión, parecía ser el líder de los tasadores, y con aquel tamaño, mejor no llevar la contraria.
  • Jumpf – carraspeo de aprobación närim; el pärvum apuró su jarra. El colinaserradiense comenzó a sudar.
  • ¿Alguna otra idea?
  • Yo he pensado en una concreta que igual nos beneficia a todos – se escuchó una voz aguda y desagradable entre los murmullos y los carraspeos del närim.
  • ¿Vikko? - el líder prestó atención a Vikko, un humae de origen incierto, fruto de infidelidades por parte de ambos padres; ni siquiera la madre aseguraba haberlo parido. Un chico de mirada astuta, encorvada postura e intenciones misteriosas.
  • Bueno, al fin y al cabo, ésta es la primera vez que se nos paga para que maquillemos un poco la verdad, ¿no es así?
  • Jumpf, jumpf – carraspeo nervioso. Leve eructo pärvum. Sudor sobacal colinaserradiense.
  • ¿Y? - preguntaron dos de los otros tasadores al mismo tiempo.
  • Por lo general, los aventureros actúan en solitario o en grupos organizados, pero bien es cierto que, después de estudiar nuestras valoraciones sobre Risco Profundo, ahora mazmorra maldita, lo mejor sería mandar un ejército a Villa Mazmorra.
  • Es cierto – añadió una voz con acento de oriente –. Compartir no entra dentro del diccionario de los cazarrecompensas.
  • Por ello, y teniendo en cuenta la suma que manejamos esta noche a fin de tapar ciertos huecos algo... confusos, y que podrían provocar malentendidos cuando no futuras confrontaciones – el chiquillo había estudiado y hablaba de maravilla –, he pensado que, para ahorrarnos la posibilidad de manchar nuestro nombre y el de La letrina, podríamos...
  • ¡No te enrolles! - se impacientó el líder.
  • Podríamos dividir la misión teniendo en cuenta sus peligros.
  • ¿Te refieres a crear varias aventuras con Villa Mazmorra como punto de referencia? - preguntó el más anciano.
  • Efectivamente – Vikko le guiñó un ojo al decir esto –. De esta manera, todos los huecos quedan cubiertos sin posibilidad de fraude.
  • Jumpf – carraspeo närim muy de acuerdo y sorbo de cerveza. Ánimo pärvum. Suspiro colinaserradiense.
  • Interesante. Los futuros héroes no podrían alegar quejas de salir victoriosos o no de sus hazañas. Visto así, si quieren perseguir algún logro más a parte de su misión, sería por voluntad propia. Mmm – el líder se acarició su larga melena gris –. Muy astuto. ¿Todo el mundo de acuerdo con dividir la misión?
Todos, incluidos el närim y sus dos compañeros, levantaron la mano en señal de aprobación. La mano y las cejas animadas del pärvum era lo único que se veía de él.
  • Decidido entonces, dividiremos la aventura. Ahora solo nos queda decidir cuántas misiones competen a la petición inicial de Risco Profundo, el nombre de cada una y el rango de dificultad que conllevan.
  • Que nadie olvide que ésta es La letrina de los dioses y el renombre nos lo ganamos con nuestro veraz servicio – sonó una voz temblorosa pero decidida.
  • ¡Qué te he dicho de fisgonear, Boco! Anda, vete a fregar que esto no te concierne – amenazó el líder, que con su voz profunda y potente y su corpulencia, consiguió sin esfuerzo amedrentar al orondo tabernero –. Todo está dispuesto para que no haya fraude, ¡maldita sea!
  • Volviendo al tema – comenzó el de acento oriental y ropajes anchos –, y teniendo en cuenta la información recopilada por cada uno de los aquí presentes y la de Marvinne, quien no regresó con vida – todos guardaron unos segundos de silencio -, el grado de dificultad no es, en ningún caso, normal - fácil; un símbolo de espada bajo la recompensa indica poca peligrosidad, diez símbolos, aparentemente el máximo, indican gesta heroica. Alguna vez se vieron once espadas... Esta rareza se conoce como “Bromita de los dioses” en la jerga de los cazarrecompensas.
  • Hombre, primero están todos esos rataris que ocupan sus múltiples salas – dijo uno.
  • Por no decir los osumbras que se aliaron a ellos – añadió el anciano.
  • Yo diría que lo más creíble sería al contrario. Los primeros se aliaron a los segundos, cobardes como siempre – puntualizó el de las tierras de oriente.
  • De ser así, lo veo como un movimiento estratégico, no de cobardía – la debilidad se olía en los modos de Vikko, que nunca destiló mucha valentía, procurando realizar su trabajo desde las gradas.
  • Eso ahora da igual – dijo una tasadora del grupo con pinta de avezada guerrera –, lo que importa es que manejamos entre manos un número indeterminado de esas ratas, no sé cuántos osos berserker, alguna que otra bestia inmunda o demoníaca... - la chica, de musculoso cuerpo y anguloso rostro, dio un sorbo a su cerveza antes de proseguir.
» Y luego está eso otro tan grande, por no hablar del dragón.
  • Jumpf, jumpf, jumpf – Tres carraspeos..., tres.
  • Y no es pequeño – habló el líder –. Encima es púrpura, y tienen muy mala leche.
  • Los dragones no dan leche – informó un silencioso y bajito tasador junto al líder, recibiendo acto seguido un golpe de nudillos en plena sien.
  • ¡Eso ya lo sé, imbécil! Era una forma de hablar.
  • Con todo - dijo Vikko –, diría que lo más preocupante no es el dragón – y entonces dirigió su mirada hasta centrarla en los rostros nerviosos de los tres individuos, que comenzaron a carraspear nerviosos mientras daban pequeños sorbos a sus cervezas -. ¿No es así? - sonrió.
  • Muy cierto – habló el anciano –; la verdad que expulsó a las gentes de la ciudad arcana de la tierra conocida también como Villa Mazmorra, se esconde ahora bajo su salón principal, allá por la cámara de los patriarcas; y yo diría, aún a riesgo de parecer pesimista, que diez espadas no son un número adecuado.
  • Jumpfffmjumjum – carraspeo conjunto. Sudor incómodo. Vergüenza latente.

* * *

Puede que alguno se haya quedado a cuadros después de leer el prólogo. En mi defensa debo decir que son trucos literarios para crear expectación. Pero vayamos por partes; para disfrutar del libro que tenemos entre manos, se necesitan saber el dónde y el cuando, ya que, el por qué, me lo guardo para más adelante; consideradlo otra de mis argucias para persuadiros con la lectura. Una vez conoces esos..., llamémoslo detalles, puedes respirar mejor los aires de aventura épica que despide esta historia.

El Dónde

Para empezar y, no sea que la magia - en su cara más caprichosa - hubiera dispuesto ésta novela más allá de mi mundo, os hablaré de él. Siempre es un placer describir Arca, y hasta para quienes pertenezcan a sus vastas tierras, es menester echar un ojo a estas líneas. Cultura señores, cultura.
Arca es, según los historiadores, los religiosos e incluso los científicos - los de aquí, claro -, la tierra de todos y cada uno. Su nombre tuvo el placer de escogerlo un filósofo de la antigüedad llamado Moah, un erudito conocido por ser el primero que habló cara a cara con los dioses. ¿Con cuáles? Eso no se sabe, pero muchos amigos y vecinos del elegido afirmaron en su día la fiabilidad de dicho acontecimiento, y desde entonces, lo acogimos como el pasado del que provenimos.
En realidad, si nos ceñidos a los hechos y citando de nuevo la veracidad, Moah no era erudito, ni mucho menos. Filósofo puede; cuando te has pasado más de media vida - el equivalente a sesenta y siete años, año arriba, año abajo - labrando y cultivando campos, se te pasan muchas tonterías por la cabeza, y alguna vez las sueltas y tienen sentido. Unas veces parecen desvaríos, otras, esos desvaríos quedan grabados en la historia cual verdades como puños.
Moah no era un profeta, mucho menos alguien religioso, pero sí se sabe de él que fue un hombre bueno. Uno de estos señores que al observarlos en su día a día y su vida cotidiana, solo puedes decir: míralo, qué majo el hombre. Toda su familia lo quería, y sus vecinos, y sus amigos; todo el mundo. Por eso, cuando un mediodía entró en la taberna de su pueblo diciendo que acababa de hablar con los dioses en persona, unos lo creyeron y otros pensaron: míralo, qué majo el hombre.
Al parecer, en una de esas mañanas veraniegas de calor intenso y húmedo del mes de Ahngosto, el hombre, ya mayor, tuvo una visión. De ahí que unos lo creyeran y otros no. Según Moah, los primeros dioses, padres del resto de nuevas deidades del panorama actual, bajaron de más allá las nubes para exponerle una duda, en busca, dijo él, de la sabiduría de los mortales. La duda decía así:
Si de repente nos da por desatar una catástrofe climatológica a nivel mundial y tuvieras poco más de unos meses para prepararte y salvar a todos los que puedas, ¿dónde meterías a tanta gente?
Los historiadores lo tachan de acertijo, yo más bien lo veo una putada. Pero Moah, un hombre majo de buenas intenciones y mejores pensamientos, pensó en su pueblo, variopinto por aquel entonces, cuando el oro no tenía mucha importancia y el odio racial era un concepto que deambulaba por las jarras de más y no pasaba de algún comentario jocoso.
Y es que en Arca somos muchos y muy diferentes. Cada uno con su origen, su padre y su madre. Rataris, humaes, närims, passeravis, galaparaxs, etc, etc, etc. Si tuviera que describir a todas las razas, necesitaría un compendio a parte, uno de esos que viene con la edición del coleccionista en tapa dura y con dibujos representativos.
Así pues, el viejo Moah, que no las tenía todas consigo por el golpe de calor, contestó: ¿En un arca? Se tomó su tiempo, al parecer.
Según narra la leyenda y aquellos que atesoraron sus palabras, los dioses, al escuchar su respuesta inocente, se apartaron a un lado de los campos a debatir. Cuando volvieron, todos menos uno contemplaron sonrientes al anciano, y le agradecieron su tiempo. Ahora el mundo tiene nombre gracias a ti, le explicaron entre sonidos celestiales que se traducían en su mente. Y el día de mañana, si nos da por ahí, tú y los tuyos ya sabéis cómo apañároslas.
El caso no se ha dado aún.
Nunca se supo por qué uno de los dioses estaba en desacuerdo. Se sostiene la idea de que aquel dios pensaba que en un arca se puede meter a mucha gente, pero no tiene por qué estar preparada para todo tipo de desastres. Un quisquilloso; de todo tiene que haber en esta vida.

Ahora ya conocéis mi mundo y su origen, bueno, el de su nombre, porque su origen es algo que aún hoy se debate científica y fervorosamente, y paso de meterme en discusiones que no llevan a nada. Soy de la opinión de que los dioses se aburrían. Ni más ni menos.

En fin, dicho esto, apuntemos más de cerca, donde ocurre la aventura por nombre A partes iguales, título fruto del café y no la cerveza, que quede claro...

Ah, mi amada SierpeRoca, una preciosa extensión de montañas que amurallan el norte del continente central de Arca: Veralia. Maravillosas tetas de tierra y roca aderezadas con nieve en polvo que contemplan, orgullosas, el frío continente de Upumatum. Y entre ambos continentes, el Gran plateado, un enorme charco que los divide y que, todavía hoy, es tratado como río, aunque hace siglos que evolucionó a un término mayor.
Cuenta la tradición y un sinfín de abuelas, que el nombre de SierpeRoca se lo atribuyó un cartógrafo real dispuesto a descubrir el norte, y que cuando quiso cruzar el Gran Plateado, una gigantesca serpiente - y cuando digo gigantesca me refiero a grande hasta límites insospechados -, sedienta de vagar por el mundo, se paró a beber de las aguas del gran río, y tan cansada estaba, que allí se quedó dormida, hibernando y veraneando hasta que el dios viento la cubrió de tierra y el frío polar la adornó de blanco.
Otros creen que aquel cartógrafo no supo cómo justificar un error logístico al por entonces rey de Veralia, ni el rodeo que tuvieron que dar él y sus hombres hasta llegar al norte. Pero sí se sabe que, hasta que tuvo el valor de volver, pasó el tiempo suficiente para que, ya viejos de arrugas, los dos se creyeran semejante patraña.

Nuestra aventura tiene lugar entre dos de las montañas que se hallan en la columna vertebral de la gran sierpe: ColinaSerrada y ColinaErrante, pertenecientes al valle rocoso de Risco Profundo. Unos pocos pueblos compartían la riqueza y la pureza que dan las montañas; estaban los humae de ColinaSerrada, los cervarem de LaderaEsguince, los pärvum de ColinaErrante, los närim que acudieron a las grutas y minas que recorren el costillar de la sierpe y hasta los geodón que despertaron en su interior. Todas estas razas vivían en comunión, armonía y una buena unión de mercado en alza.
Una buena unión hasta que dejó de serlo pues, en todo el centro del valle de Risco Profundo, y de origen desconocido, se encontraba una construcción que durante décadas, todas estas razas, exceptuando algún incauto que luego no lo contó, prefirieron pasar por alto. Tenía su entrada justo entre las dos montañas ya citadas, donde el valle mezcla matices de verde y los árboles crecen sin ayuda del hombre. Muchos atestiguan que se trataba de la boca de la sierpe, que daba paso al interior de su cavernoso cuerpo. Otros simplemente la llamaron mazmorra.
Con el tiempo, unos cuantos individuos ataviados de exploradores y aventureros, se adentraron en aquella mazmorra atraídos por una fuerza misteriosa llamada curiosidad. Al final resultó ser eso, una mazmorra colocada allí tiempo ha por vete a saber quién, donde criaturas ocultas a los mortales aguardaban hambrientas a la espera de un buen bocado. Pero la mazmorra era más que eso, y pronto se corrió la voz de los tesoros y conocimientos ocultos que descansaban en sus galerías, sus pasillos, sus oscuras salas y sus calabozos.
Como era de esperar, las gentes de las montañas reclamaron la mazmorra como parte de sus tierras, adentrándose en ella a tropel y expulsando todo rastro de mal; purgando de criaturas malignas hasta sus más recónditos rincones. Y ciertamente había tesoros, y ciertamente se estaba a gusto allí. Tanto es así, que varias de aquellas razas la hicieron su nuevo hogar, orgullosas de su conquista. Remodelaron sus tres pisos, extensos como las más grandes aldeas que podáis imaginar. Dieron forma a aquella prisión de los horrores hasta que dio gusto permanecer adentro, aislado del frío que azotaba las cumbres de Risco Profundo.
En su afán por hacerla suya, aquellas razas compartieron las habilidades y los secretos típicos de sus raíces, forjando una unidad que más tarde se conoció con el nombre de Villa Mazmorra, en honor a lo que fue. Y es debido a este intercambio de culturas, razas - y otras veces fluidos -, junto con el hecho de hallarse entre montañas, que con el tiempo, la magia halló otra de sus formas y los sabios la tildaron como la madre de la geomagia; un punto ideal para estudiar los entresijos de la roca y sus doctrinas arcanas.
Fue entonces cuando Villa Mazmorra pasó a ser una universidad mágica, donde la hechicería se utilizaba hasta para hacer pan. Un lugar donde cada raza dio rienda suelta a su imaginación y sus dotes hasta originar artes que hoy son conocidas como materias de estudio.
Los geodón, hijos de la tierra, desvelaron los misterios con que se defiende la roca y golpea la piedra. Los närim, maestros del martillo, reconocieron que de haber magia en ellos, se hallaba entre sus runas, signos rebosantes de empeño que tornan su significado en una corriente de energía tangible al ojo del hombre. Los pärvum, inquietos por naturaleza, compartieron las bases de la alquimia con sus nuevos hermanos y los avances de la inventiva y la ingeniería absurda. Y por último están los colinaserradienses, humaes que no aportaban nada, pero como ayudaron en la conquista de la mazmorra y es de malnacido ser desagradecido, se les hizo un hueco. El tiempo y su origen insulso los llevó a adoptar las costumbres de sus hermanos de montaña.
Los cervarem de LaderaEsguince prefirieron quedarse a un lado en todo esto y guardar con sumo recelo sus precipicios y cumbres empinadas. Eso de vivir ocultos no iba con ellos. Era una raza que se jactaba de su altura, su unión con la ladera y su constitución para sobrellevarla, y por ello no imaginaban la vida ocultos del sol.

Vaya, todo esto para explicar el dónde... Pero no creáis, presumo que es necesario si se quiere entablar una buena amistad con la historia.


El cuando

Esto me llevará muchas líneas de menos. Exactamente doscientos y pico años después de que Villa Mazmorra fuera reconocida como la segunda universidad mágica de Arca - después de la principal allá en las tierras flotantes de Puerto Poniente -, y escuela del elemento tierra, el mal sobrevino de la manera más sutil y absurda que os podáis imaginar. Por aquel entonces corría el año 647 d.m. - después de Moah, de su muerte, como es lógico -.
A lo mejor os imaginabais que dicho mal abordaría la Villa prorrumpiendo en ella con un ejercito devastador de demonios y criaturas del averno, oculto durante años a expensas de recuperar lo que por derecho le pertenecía: la mazmorra, calentita y cómoda toda ella. Pues no, nada más lejos de la realidad. Pero a eso ya llegaremos. Lo que interesa en este momento, es saber que de ese hecho hace ya un año y medio, y que debido a él, las buenas gentes de Villa Mazmorra se vieron de repente sin hogar, expulsadas de nuevo a sus lugares de origen, o compartiendo apretujados pequeñas aldeas de montaña. Y todas estas razones me dan de sobra para escribir la historia que viene a continuación.

sábado, 27 de junio de 2015

Sinopsis de mi nueva novela... comienza la trilogía

A partes iguales

Villa Mazmorra, la ciudad mágica de la piedra, la alquimia, las runas y la inventiva sin sentido, se encuentra ahora sumida en el caos. Una maldición pulcramente trajeada de satén, parapetada tras un calculado bigote, oscurece sus salones, su academia arcana y sus torres invertidas. En un último intento por recuperar su hogar, las razas de Risco Profundo acuden a La letrina de los dioses en busca de aventureros capaces que les devuelvan la esperanza.
El destino y la casualidad, en su constante partida de dados, conspirarán para que ocho individuos muy singulares, acaben uniendo fuerzas por una causa digna... o simplemente porque el sentido de la orientación les falló en el último momento, y acabaron donde no debían, y ya que estaban...


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